ANECDOTARIO

(TEXTOS TOMADOS DEL LIBRO DE ENRIQUE GALLUD JARDIEL LA AJETREADA VIDA DEL UN MAESTRO DEL HUMOR, ESPASA-CALPE, MADRID, 2001)

REPOSTAJE FRUSTRADO

En 1921 entró como «colaborador» en La Acción, pero –según cuenta él mismo– no parece que colaborara mucho.
Agustín Bonnat, redactor-jefe del diario, quiso poner a prueba las habilidades del nuevo «fichaje» y darle una oportunidad de lucirse con algo fácil.
-Vamos a ver, Enrique... -parece ser que le dijo-. Tengo un trabajo para ti.
-Vd. dirá, jefe -repuso Jardiel.
El otro le explicó lo que deseaba de él.
-Ha habido un accidente en la Plaza de Toros de Madrid. Un toro se saltó ayer la barrera y mató a Regino Velasco, uno de los aficionados que presenciaba la corrida. Éstas son sus señas -dijo, entregándole un papelito-. Ve allí y «haz» el entierro.
El incipiente periodista marchó a la casa del finado y se encontró con una familia sumida en el dolor y la desesperación. Dio el pésame, se tomó algún que otro bocadillo -como era costumbre entonces- y regresó al periódico.
-¿Qué? -preguntó Bonnat- ¿Qué has averiguado?
El joven redactor se apresuró a contarlo.
-Pues, parece ser que el toro se saltó la barrera y acometió a don Regino Velasco, que presenciaba la corrida, matándole.
-¿Y qué más? -quiso saber el otro.
-Pues nada más.
Hubo una pausa trágica.
-Pero, ¡eso ya lo sabíamos antes!
-Ya lo sé.
-¿Y no traes más noticias? ¿No te has enterado de nada más? -rugió, más que preguntó, Bonnat.
-No, señor.
-¿Y por qué no -el redactor-jefe no salía de su asombro.
-Pues, verá Vd.: la familia estaba desolada, tenía un disgusto morrocotudo y, la verdad, me ha parecido de muy mal gusto el importunarles con preguntas en un momento tan delicado.
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UN REGALO DE CINCUENTA COMEDIAS

El año de 1926 presenció una crisis estético-existencial de Jardiel.
Lo sucedido fue que, en cuanto a su producción literaria, llegó a tener la convicción de que todo cuanto llevaba hecho era de pésima calidad. Especialmente, su obra teatral, escrita en colaboración. Así es que tomó una medida heroica y sin precedentes en el mundo de las letras: ¡regaló a su colaborador, Serafín Adame, cincuenta comedias!
–Esto se ha acabado, Serafín –le dijo un día–. Sintiéndolo mucho, voy a empezar otra vez desde cero y, en el futuro, escribiré solo. No te lo tomes a mal.
–Pero, ¿por qué? –preguntó el otro, que no entendía nada de aquello.
–Pues, aunque no quiero ser pesimista, porque todo lo que hemos escrito hasta la fecha es muy malo –le explicó Jardiel.
–A mí no me lo parece –objetó Adame.
–¿Ves? Ya no estamos de acuerdo. Pero, créeme: lo que hemos producido es bastante mugriento.
–Y, ¿qué piensas hacer?
–Intentar escribir de otra forma. Mejor que hasta ahora, si puedo y sé.
–¿Y toda la cantidad de obras que tenemos escritas y aún sin estrenar?
En aquel momento, las comedias de ambos en colaboración que esperaban en un cajón el momento de ser estrenadas, llegaban a cuarenta y nueve.
Jardiel lo pensó durante un momento y exclamó:
–¡Te las regalo!
–¿Cómo dices? –preguntó Adame, que no cabía en sí de asombro.
–Sí, que son para ti. Haz con ellas lo que quieras: estrénalas, quémalas o emplea el papel para hacer cucuruchos para altramuces. Haz lo que te plazca... menos estrenarlas con mi nombre.
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INVENTANDO AUTORES

En la revista Buen humor, donde Jardiel colaboraba, había una sección de traducciones de humoristas extranjeros, que estaban muy bien pagadas, en comparación con los artículos originales. Jardiel se ofreció para «traducir» todo lo que hiciese falta. Pero, en realidad, como le era mucho más rápido y sencillo, lo que hacía era sacarse del caletre autores imaginarios con nombres los más extranjero posibles, escribir él directamente los artículos humorísticos –cosa que para su gran ingenio no ofrecía ninguna dificultad– y presentarlos y cobrarlos como traducciones.
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EL ASESINATO DE JACINTO BENAVENTE

En 1927, cuando ya llevaba el elenco diez o doce días ensayando la primera obra de Jardiel, el empresario del teatro le llamó a su despacho y le dijo que su estreno se suspendía indefinidamente, porque «se oponía Jacinto Benavente». Jardiel aún no conocía personalmente al afamado autor de La malquerida y no entendió en absoluto esta decisión. La razón alegada por el secretario de don Jacinto era que, como había una obra de éste en cartel no quería que se anunciase ningún estreno de otra firma, para no restarle espectadores.
En aquel momento, viendo amenazado su futuro profesional por el capricho de un hombre harto de gloria, Jardiel, con el ímpetu y la irreflexión de los pocos años, decidió «cargarse» (o, por lo menos, dejar malparado) al futuro Premio Nobel.
A continuación, tuvo lugar una larga y triste peregrinación de nuestro hombre por todos los lugares del «Madrid de noche», para encontrar a don Jacinto. Le buscó por los saloncillos de varios teatros, por diversos cafés y chocolaterías que solía frecuentar, sin resultado alguno. Finalmente, se apostó en la puerta de la casa de Benavente, en la calle de Atocha, en donde aguardó en vano durante toda la noche, bajo una lluvia pertinaz, a que éste regresase a su domicilio. En cuanto le viera llegar, se abalanzaría sobre él y lo que tuviera que pasar, pasaría indefectiblemente.
Afirmó Jardiel después que «hay un dios que protege a los grandes hombres», pues Benavente no apareció por allí en toda la noche. Nuestro hombre era pequeño, pero de constitución recia y fuerte, acostumbrado al ejercicio físico. Espoleado por la rabia, podía muy bien haber propinado a don Jacinto una gran paliza, de haberle hallado aquella noche.
Afortunadamente, esto no sucedió. El frustrado asaltante regresó a su domicilio, mojado y abatido, reflexionando sobre la manera en la que los autores consagrados cerraban el camino del éxito a los nuevos talentos.
Al día siguiente, le llegó un aviso de la empresa del teatro, para que se presentara allí rápidamente. Cuando llegó le explicaron que todo había sido una oficiosidad del secretario de don Jacinto y que éste nunca se había opuesto a nada. Además, estaba casi ofendido de que nadie hubiera podido pensar que él fuera capaz de hacer una cosa así.
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LA AVENTURA DEL SEXTICICLO

Una de las cosas raras que le llevó a cabo fue la famosa aventura del raid humorístico, de la que se ocuparon mucho los periódicos de la época.
Parece ser que unos periodistas zaragozanos decidieron aquel verano desplazarse desde la capital del Ebro a Madrid, en patinete. A Jardiel, cuando lo supo, no se le ocurrió otra cosa que corresponderles con un viaje de Madrid a Zaragoza en triciclo. Trató el asunto con Alberto de Tapia y el dibujante Joaquín Sama y les convenció para que le acompañaran en aquella insensata aventura. Pero como no pudieron encontrar triciclos de su tamaño, inventaron el «sexticiclo», un artilugio que no era sino tres bicicletas unidas una a otra longitudinalmente.
Emprendieron el viaje y, en Guadalajara, se cruzaron con los aragoneses del patinete. Mandaron a Madrid muchas crónicas cómicas del viaje, que se publicaron en El Heraldo de Madrid, lo que le proporcionó inmensa popularidad y le abrió las puertas de La Voz e Informaciones. _____________________________________________

EL AUTO-HOMENAJE

Para celebrar el triunfo de una de sus comedias, Jardiel pensó que lo adecuado sería un banquete-homenaje, como era lo habitual en aquellos años. Pero como nadie se decidía a ofrecérselo, determinó invitarse él mismo. Con lo cual, transmitió su proyecto a un amigo suyo, el novelista catalán Bartolomé Soler, y ambos se organizaron mutuamente un ágape que hizo historia, pues solo asistieron ellos dos. Vestidos de frac, solos, ante una mesa larguísima, con un cubierto en cada extremo, se homenajearon el uno al otro, en una opípara comida, con champagne. A los postres, cada uno de ellos hizo un discurso que fue respetuosamente escuchado y calurosamente aplaudido por el otro.
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DETENCIÓN EN LA FRONTERA


Cuando Jardiel marchó a trabajar a los Estados Unidos casi no le dejan entrar.
Su contrato con la Fox no incluía inicialmente un permiso de trabajo, por lo que la productora le aconsejó que entrase en el país como turista. Esto parecía sencillo al salir de Madrid e incluso en el Atlántico, durante la travesía en el Samaria. Pero ante los oficiales de aduanas estadounidenses la cosa era muy distinta.

«¡Nueva York y la Inmigración! Hay combinaciones de palabras que hacen temblar, y ésta, por lo visto es una de ellas.»
Los oficiales suben a bordo, hacen preguntas, se enteran de que es escritor, ignoran sus protestas de que es turista y que posee un visado por seis meses otorgado por el Cónsul americano en Madrid, le niegan la entrada en el país y, no contentos con ello, deciden encerrarle en la cárcel de Ellis Island.
Ese presidio para viajeros no admitidos esta justo debajo de la Estatua de la Libertad. Cosas de los EE.UU.
Jardiel pasa varias horas esperando a que se decida su suerte. Los oficiales de Inmigración charlan y beben whisky sin hacerle el más mínimo caso. Todos los demás pasajeros del Samaria han desembarcado ya.
Entonces nuestro hombre tiene un ataque de furia: da puñetazos en la mesa, afirma ser un ciudadano libre, amenaza con contar luego en España todo lo que le está sucediendo.
Pero tampoco así consigue que le hagan ningún caso.
Por fin tiene una idea salvadora. Se dirige a sus verdugos y les dice en su mejor inglés:
–¡Vengo de Europa! En Europa, en todas las agencias de turismo, hay unos carteles aconsejando que se visiten las cataratas del Niágara. ¿Cómo voy a visitar las cataratas del Niágara, si ustedes no me dejan desembarcar?

Los burócratas se quedan pensativos por unos momentos, pero, indudablemente, aquel argumento les convence. El oficial mayor sella su pasaporte y le permite la entrada en el país.
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PERSEGUIDO POR LOS MILICIANOS

En agosto de 1936 nuestro hombre estuvo a punto de morir asesinado en una «checa». Le acusaron de ocultar en su domicilio a un falangista, en un momento en el que una denuncia de esta índole, aun sin demostrarse, era suficiente para justificar el «paseo» y muerte de cualquiera.
Una noche, cinco milicianos armados penetraron violentamente en su domicilio, aterrorizando a toda familia.
–¿Enrique Jardiel Poncela? Tiene que acompañarnos para que le tomemos declaración.
–¿De qué se me acusa? –quiso saber.
–De ocultar a Rafael Salazar Alonso.
–No he hablado una palabra con él en mi vida.
–Es igual. Síganos.
Sin casi dejarle vestirse le llevaron al palacio de los duques de Medinaceli, convertido en «checa». Allí se le informó de que se recibían todos los días varias denuncias contra él.
Tuvo que esperar varias horas.
Finalmente, llegó un comandante de las milicias, que le dijo:
–Se le acusa de fascista. Tenemos muchas denuncias que lo confirman–. Hizo una pausa significativa–. Y ya sabrá lo que eso significa.
Significaba la muerte inmediata, si no conseguía zafarse de aquellas acusaciones absurdas.
–¡Yo no soy fascista! –protestó.
–Tiene muchos amigos que lo son.
–¡Claro que sí! Soy autor teatral y trato con muchos actores y con mucha gente –arguyó–, que seguramente tendrán todo tipo de ideas políticas, aunque yo, en la mayoría de los casos, las desconozco.
–¿Cómo justifica, entonces, esas acusaciones?
–Porque soy una persona que tiene éxito profesional y, consecuentemente, muchos enemigos. Seguro que las denuncias las ha puesto compañeros de oficio que me envidian y quieren que corra el escalafón.
–¿Sospecha de alguien?
Esta era la pregunta clave. Si sus sospechas no eran acertadas y no identificaba a sus acusadores, estaba perdido.
–Han sido Fulano, Mengano y Zutano –y dijo los nombres de aquellos a los que creía capaces de haber llevado a cabo tal acción.
El comandante consultó unos nombres que estaban escritos en un papel y volvió a preguntar.
–¿Qué nombres ha dicho?
–Fulano, Mengano y Zutano.
La pausa que siguió fue muy larga.
–Vamos a dejarle volver a casa... por ahora. Mañana iremos otra vez por usted, para proseguir con los interrogatorios.
Parecía que, al menos, había conseguido ganar algo de tiempo.
–Pero, por favor, para que mi familia no se asuste, vengan al Café Europeo. Yo estaré allí trabajando todo el día.
–Bien. Puede irse.
Jardiel volvió a casa, tranquilizó a su familia... y no les dijo que al día siguiente iban a ir por él de nuevo. Si tenían que recibir alguna noticia infausta, nunca sería demasiado pronto.
Al día siguiente, haciendo un esfuerzo sobrehumano sobre su miedo, se dirigió al café, donde se sentó a la mesa, fingiendo trabajar.
Los milicianos llegaron al mediodía. Se apearon del coche y se quedaron mirándole desde la calle a través de los cristales.
Él comenzó a escribir como un desaforado. Ellos siguieron contemplándole, desde la acera durante largo rato; de vez en cuando, deliberaban entre ellos y volvían a mirarle, mientras él, sin alzar la vista, seguía escribiendo y escribiendo. En un momento dado hicieron ademán de entrar en el café, pero finalmente permanecieron fuera. Discutieron todavía un rato y, por último, se subieron al camión y se alejaron de allí.
Sólo después de un buen rato se atrevió a dejar de escribir y a levantar la cabeza.
Había llenado el papel con el inicio de una comedia. Lo que había escrito era: Amplísimo vestíbulo de la casa del padre de Herminia, en Madrid.
Sólo que lo había escrito repetidamente unas sesenta veces.
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JARDIEL SE CONVIERTE EN EMPRESARIO

Jardiel estaba sin nada de dinero ypensó en un medio para recuperarlo rápidamente.
La solución que se le ocurrió fue convertirse él mismo en empresario teatral. Le «pidió prestada» la compañía titular del Teatro de la Comedia a Tirso Escudero, para llevarla de gira ese verano por algunas provincias del Norte (Salamanca, Palencia Zamora, Valladolid, Pamplona, San Sebastián, Bilbao y Santander). Según él, la cosa no tenía por qué ser muy complicada. Sólo hacían falta tres cualidades esenciales para desempeñar la actividad empresarial: saber sumar, saber mandar y tener un espectáculo atrayente.
Los actores estaban encantados, pues quedarse en Madrid significaba el paro forzoso durante dos meses. Era mejor estar más fresquito por allí arriba, trabajar y cobrar. Se formó así la «Compañía de Comedias Cómicas Enrique Jardiel Poncela», para explotar su producción por provincias.
La tournée fue un éxito redondo, pero Jardiel hubo de hacer absolutamente de todo para llevarla a buen fin.
Lo primero que hacía al salir de una ciudad era facturar todo el equipaje de la compañía –una tonelada–. Acompañado por Carmencita, el representante y el maquinista, se dirigía apresuradamente a la siguiente ciudad en su coche, llevando en él el decorado de la primera obra que iban a representar – generalmente la Eloísa–, para que se fuera montando y estuviera listo para el debut de la tarde, mientras llegaba el resto del elenco, que viajaba en tren. Jardiel iba a recibirles a la estación, les buscaba alojamiento en hoteles cercanos al teatro, hacía llevar todo al escenario, repartía los camerinos a los actores para que no se pegasen entre ellos por conseguir el mejor, daba las instrucciones a los técnicos del lugar y se ocupaba de las ruedas de prensa, de la propaganda y de la censura local, a la que había que someter la obra y cuyo permiso era imprescindible.
Luego, si había tiempo, dirigía el ensayo. Además, –como casi siempre se iba con retraso– martillo en ristre, ayudaba a los tramoyistas a montar el decorado, para que estuviera preparado a la hora de la función. Antes de empezar ésta, se cambiaba de ropa, su ponía un smoking, salía a escena y daba una charla de presentación de la obra. Durante la representación «estaba en todo», dirigiendo y controlando a los actores. Acabada la función, hacía las cuentas de taquilla y supervisaba el desmontaje. En fin: una labor ímproba, que le permitió dominar todos los entresijos de la actividad teatral y adelgazar bastantes kilos.
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LA RESOLUCIÓN DE UN CLÍMAX


Hay una anécdota curiosa en relación con el final de Las siete vidas del gato. Se escuchaba un tiro y uno de los personajes de una habitación muy concurrida caía al suelo, herido por la bala. La concurrencia del estreno, instantáneamente, comenzó a silbar y a patear. Evidentemente, no quería que su humor festivo se viese empañado por un elemento dramático.
–¿Qué está pasando aquí? –se preguntaba el empresario, sin entender nada de todo aquello–. Han estado celebrando, riendo y aplaudiendo toda la obra y, al final, esto.
–Pasa –aclaró Jardiel– que la gente no quiere sufrir.
–¡Pero esto significa un fracaso! Un pateo al final de la obra provoca la impresión de que la obra no ha gustado en absoluto. Tienes que hacer algo –le apremió–. Tienes que eliminar el tiro, para evitarnos problemas.
–No se puede eliminar –respondió el autor–. Es un elemento esencial en el argumento de la obra. Ese personaje debe morir y no hay otra manera de hacerlo.
–Pero, si no lo cambias, vamos a la ruina. ¡La obra será un fracaso!
Jardiel se echó a reír.
–En absoluto –aseguró–. Verás cómo lo arreglo fácilmente.
–Tendrás que escribir la escena de otra forma, meter chistes, justificar cosas, algo...
–No tendré que añadir ni una sola palabra al texto.
–¿Qué dices?
–Ya lo verás: confía en mí.
Al día siguiente, Jardiel dio una sencilla instrucción a los actores.
En la escena cumbre de la obra sonó el tiro de rigor.
Y no uno, sino todos los personajes que se hallaban en escena en el momento del clímax –unos veinte– cayeron al suelo. El público prorrumpió en carcajadas al ver que todos creían haber sido alcanzados por el disparo.
Y luego, ¡naturalmente!, sólo se levantaron diecinueve.
Las risas continuaron, el éxito no se vio empañado por nada y el personaje que tenía que morir, moría, como era su obligación.
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RECETA PARA SEDUCIR SEÑORAS

En cierta ocasión, una mujer que escuchó su nombre en una reunión, se dirigió a él, airada y le increpó:
–¡Farsante! ¿Cómo se atreve Vd. a hacerse pasar por Jardiel Poncela? Yo conozco personalmente a Jardiel, que es una persona que me es muy querida, y es un hombre alto, rubio y bastante más joven que Vd.
Evidentemente, a aquella señora la había seducido alguien, fingiendo que era Jardiel Poncela.
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LE CONFUNDEN CON ESPRONCEDA

Es muy curioso el caso de un camarero de un café que frecuentaba nuestro hombre, y que creía sinceramente que el escritor se llamaba Espronceda.
–¿Cómo quiere el café, señor Espronceda? –le preguntaba–. ¿Sólo o con leche?
–Adiós, señor Espronceda. ¡Hasta mañana! –le decía al despedirse.
Su hija Eva presenció aquello una vez y preguntó a su padre:
–Cree de verdad que te llamas Espronceda. ¿Por qué no le sacas del error?
–Es mucho más divertido así –explicó Jardiel–. Porque más tarde o más temprano, alguien le dirá que Espronceda ha muerto. Entonces él lo negará rotundamente, diciendo: «¡Qué va! ¡Si esta mañana mismo ha estado conmigo y se ha tomado un café con leche y un croissant delante de mí!»
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JARDIEL SE ENFRENTA A DON JUAN

Jardiel, al frente de una compañía propia, «hizo las plazas» de Zaragoza, San Sebastián y Barcelona. Llevaba montadas varias de sus comedias y, como pensaba alargar la gira durante todo el otoño, tuvo que montar –¡naturalmente!– Don Juan Tenorio.
Ésta era una práctica habitual durante el mes de noviembre y todas las compañías solían, en aquellos años, llevar esta obra en repertorio. Jardiel, además, había escrito unos «Entreactos» sobre el drama romántico, en donde se explicaban muchas particularidades curiosas y que servía de complemento a la representación.
Pero sucedió que la empresa del Teatro Borrás de Barcelona tenía sus exigencias. No sólo detenía las representaciones de las obras de Jardiel para representar el Tenorio, sino que insistía en que el papel de don Juan no lo interpretase el galán oficial de la compañía, sino alguien designado por la misma empresa.
Jardiel quiso saber las razones para ello.
–Pues, verá usted –le dijo el empresario–: hay una persona que goza de mucha popularidad en Barcelona y hemos creído que si se encargase del papel de don Juan, las representaciones serían un gran éxito; tendríamos el lleno asegurado.
–Muy bien –replicó el autor–. Pero, tenga Vd. en cuenta que mis actores son tan buenos como el que más y pueden hacer una representación de gran calidad. Además, permítame decirle que...
–No lo dudo en absoluto –le cortó el otro–. Pero no es un asunto de que el actor sea de mayor o menor calidad.
–Explíquese.
–Verá: es que no se trata de un actor –dijo el empresario.
–¿Ah, no? Y, si no es un actor el que va a hacer el papel de don Juan, ¿qué es, entonces? ¿Un ministro? ¿Un ingeniero agrónomo?
–Un torero.
Jardiel se quedó de piedra.
Efectivamente. La reclame que el empresario aquel había ideado para promocionar su Tenorio consistía en que el protagonista fuese una figura de moda en el mundillo de los famosos. Y, ¿quién más famoso en este país que un torero?
Nuestro hombre, resignado ante lo inevitable, decidió tomarse aquello con buen humor, por lo que añadió:
–¡Muy bien! A fin de cuentas, don Juan también lleva capa y espada y hasta muchos comediantes tienen sus muletillas. Sepamos ahora quién es el diestro que va a subir de un salto del coso al escenario.
Y el empresario se lo dijo.
–El torero es Mario Cabré.
–Pues entonces no va Vd. a ganar mucho dinero –afirmó Jardiel, ya que Cabré, aunque muy querido en Barcelona, no era, ni mucho menos, una primera figura del toreo–. Ya puestos, ¡tendría Vd. que haber contratado a Manolete!
El efecto que causó de esta anomalía teatral entre los actores está fuera de toda descripción. Algunos se opusieron abiertamente y Jardiel tuvo que emplear toda su persuasión para tranquilizar los ánimos durante los ensayos. La actriz que iba a hacer de Doña Inés, por el contrario, estaba ilusionada por recibir los galanteos del torero, aunque fueran fingidos.
Pero la persona que más sufría con aquella situación absurda era el galán oficial de la compañía, quien, apartado de su personaje de don Juan, había pasado a ocuparse del papel de don Luis Mejía, el sempiterno rival del conquistador.
–Si viera Vd., don Enrique, lo abatido que estoy por tener que hacer de don Luis –le decía, casi lloroso.
–Hombre –respondía Jardiel–, el papel de don Luis también es bonito y de mucho lucimiento.
–Sí –objetaba el otro, ingenuamente–, pero luego don Juan va y le mata.
–Ya sabes que esto no es así por mi gusto, que todo ha sido una imposición.
–Ya lo sé, ya lo sé –aseguraba–. Y, sin embargo...
Y se alejaba, cabizbajo.
Tal fue la depresión en la que se sumió el actor que, para desagraviarle y animarle un poco, Jardiel decidió darle una sorpresa.
Llegó el día del estreno del Tenorio. Como es sabido, el primer acto tiene lugar en una hostería en donde don Juan y don Luis se reúnen en la escena llamada «de las conquistas» para referirse sus maldades durante el último año. Ambos espadachines van seguidos de sendos grupos de partidarios y de curiosos.
Cuando Cabré, en dicha escena, se quitó el antifaz, la concurrencia aplaudió a rabiar, demostrando de esta manera lo acertado de la idea del empresario. Entonces, le tocó hacerlo a don Luis. En el momento en que don Luis se quitó la máscara, lo primero que vio en escena fue al mismísimo Jardiel, ataviado con un traje de época, con capa, espada y chambergo, que comenzaba a jalearle.
–¡Viva don Luis Mejía! –gritaba, ante el estupor de todos.
Con objeto de animar a su cómico, había decidido aparecer de figurante, haciendo de partidario de don Luis, para demostrarle que estaba con él y le apoyaba, aunque criterios económicos les impusiesen mil toreros a la compañía.
El público, indudablemente, reconoció al autor y no se explicaba qué demonios hacía el conocido escritor actuando de figurante en la obra. Durante todo el acto, Jardiel actuó, apoyando a don Luis, lanzando gritos esporádicos de «¡Mejía es el mejor!» y dando un bello ejemplo de amistad, compañerismo y lealtad hacia su gente.
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LA CENA MEDIEVAL

Con motivo del estreno de su obra El pañuelo de la dama errante (Teatro de la Comedia), en donde aparecía el fantasma de una dama del siglo XIII, Jardiel ofreció a toda su compañía y a otros muchos invitados una verdadera cena medieval. Se celebró en el vestíbulo del teatro, con una larga mesa llena de platos de la época.
Todos los actores y los otros invitados tuvieron que vestirse con trajes medievales. Al sentarse en sus sitios encontraron un sobre donde figuraba el gracioso nombre al uso que se le había adjudicado a cada uno y que tendría que usar durante la cena.
Jardiel era el señor feudal y, consecuentemente, fue recibiendo a los invitados, acompañado de un fraile y de un verdugo. Luego presidió la mesa. Se disfrazó con una peluca rubia y un traje que le venía grande. Carmencita, con largas trenzas rubias, le acompañaba. Cenaron cordero que, ¡naturalmente!, tuvieron que comer con los dedos. También se podía eructar y limpiarse con la manga.
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LA VISITA DE «CANTINFLAS»

Mario Moreno «Cantinflas», uno de los mayores ídolos cinematográficos del momento en España, escribió a Jardiel, encargándole una comedia, para representarla en su país. Nuestro autor le contestó diciéndole que él no sabía escribir para una personalidad determinada y tan concreta como era la suya, y que la comedia que le pudiera ofrecer, no le iba a gustar. «Cantinflas» insistió en que, al menos, le hiciera una sinopsis, para poder juzgar. Jardiel accedió a realizarla.
En una nueva carta el cómico mexicano le anunciaba su visita a España para verle, charlar con él y recoger la sinopsis. Jardiel estaba entonces con su compañía en Barcelona y, sin sospechar el barullo que se iba a armar, contó el asunto a sus actores.
Entonces todos comenzaron a burlarse a sus espaldas, pues tenían tan idealizado a «Cantinflas» que no pensaban que aquello fuera posible.
–¿Qué se ha creído? ¿Que «Cantinflas va a venir ex profeso a verle a él? –decían.
Cuando los periódicos anunciaron que Mario Moreno acababa de llegar a Madrid, no faltaron guasones que dijeron a Jardiel:
–Don Enrique, «Cantinflas» ha llegado a Madrid. Tendrá Vd. que ir a verle allí.
–No –contestó secamente el interpelado, dándose cuenta de la ironía con que le hablaban–. Será el propio «Cantinflas» el que venga a verme a mí aquí, a Barcelona.
Naturalmente, siguieron sin creérselo.
La prensa catalana anunció al día siguiente la llegada del cómico a la Ciudad Condal.
–¡Ha venido! –le anunciaron los actores–. ¡«Cantinflas» ha venido! ¡Está en Barcelona! Se hospeda en el Ritz. Tendrá Vd. que ir a buscarle al hotel.
–No hará falta –aseguró Jardiel–. Vendrá él mismo al teatro.
El cachondeo de los actores no disminuyó. Hasta que, al día siguiente, uno de ellos interrumpió a gritos el ensayo que estaba teniendo lugar.
–¡Está aquí! ¡«Cantinflas» está aquí! ¡Ha acudido al teatro y quiere ver a don Enrique!
Allí estaba «Cantinflas», efectivamente.
Todos quedaron estupefactos. Ambos artistas charlaron durante largo rato. El mexicano recogió y pagó su sinopsis (que, como ya el español le había advertido, no le sirvió para su personaje) y entre los dos se estableció una amistad que continuó ya para siempre.
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EN LA CASA DE EMPEÑOS

Jardiel, en otro tiempo asiduo del Casino de Monte Carlo, fue en esos últimos años «cliente» de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad. Acompañado por su fiel amigo de esa época, Miguel Martín, acudió allí una vez a desempeñar una pulsera de Carmencita.
–¿Cómo se llama usted? –le preguntó el administrativo de la ventanilla.
–Enrique Jardiel Poncela.
–Muy bien: documentación.
No la llevaba encima. Se la había dejado en otro traje.
–Lo siento: no la tengo aquí.
–¡Ah! Pues sin documentación no se puede hacer nada. Vuelva a su casa a por ella.
–¡Hombre, no sea usted así! Tengo aquí la papeleta...
–¿No tiene usted nada, ningún otro documento que le acredite...?
–No, lo siento.
–Pues no hay nada que hacer– dijo el empleado. Y añadió–: Mire usted, en cierta ocasión le pasó lo mismo a un actor famoso, tampoco tenía encima la documentación. Y, para demostrarme que era él en realidad, me declamó varios trozos de varias escenas. Así es que quedé convencido de que decía la verdad y autoricé el desempeño.
–Me parece muy bien –replicó Jardiel–. Pero yo soy comediógrafo y no puedo ahora escribirle aquí mismo una comedia, porque supongo que al mediodía cerrarán ustedes para comer.
Se dirigió a la salida. Al llegar a ella se detuvo y volvió sobre sus pasos.
–No voy a escribirle un drama rural, pero si le sirve a Vd. una carta de un Premio Nobel...
–¿Cómo dice? –preguntó, estupefacto el burócrata.
–Tengo encima una carta de don Jacinto Benavente dirigida a mí.
–A ver...a ver
La carta de Benavente permitió el desempeño de la pulsera de Carmencita.

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NO LE DEJAN ENTRAR A SU PROPIA CONFERENCIA

Uno de sus últimos esfuerzos literarios fue una disertación en el Ateneo, que escribió a la luz de una vela, pues le habían cortado la corriente eléctrica por falta de pago.
Sin embargo, el anuncio de su conferencia creó gran expectación en los círculos intelectuales y todo el mundo puso en movimiento sus influencias para conseguir presenciar el acto.
La dirección del Ateneo cursó invitaciones a muchas personalidades artísticas del momento y, ¡naturalmente!, en su lista figuraba el propio Jardiel, que recibió una invitación para asistir a la conferencia que él mismo iba a dar. Esto provocó muchas bromas en su círculo de amigos.
Lo verdaderamente paradójico de aquello fue que, cuando llegó al Ateneo, justo a la hora de dar comienzo el acto, no le dejaban pasar.
–Su invitación, por favor –le pidió el portero.
–Verá Vd.: es que yo soy el conferenciante.
–Sí, ya –respondió el portero con ironía.
–Le aseguro que es verdad. Me tiene que dejar pasar. Me están esperando y se ha hecho tarde. Soy Jardiel Poncela.
–¡Ah! Yo no quiero saber nada. A mí me han dicho que no permita pasar a nadie sin invitación. ¿No ve cuánta gente hay que se quiere colar? –le indicó, señalándole a una multitud que se agolpaba a las puertas, con la esperanza de conseguir entrar en el último minuto.
Entonces Jardiel recordó que sí tenía una invitación. Se rebuscó los bolsillos y la sacó.
–Aquí está. Tenga.
–Pase Vd.
Dentro, todos estaban impacientes por el retraso. Los oyentes que abarrotaban el Salón de Actos le recibieron con un gran aplauso.
Jardiel se dirigió al auditorio.
–Hace dos días –comenzó– que en mi casa de Infantas 40, recibí un sobre con esta tarjeta–. La leyó en voz alta–: «El Presidente del Ateneo de Madrid se complace en invitar a usted a la conferencia que, bajo el título de Dos mil trescientos años de teatro cómico sin gracia, pronunciará don Enrique Jardiel Poncela.»
Hizo una pausa y continuó:
–¡Y por eso estoy aquí, señoras y señores!
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