Galería de fotos

El escritor en sus años de juventud




La pose más característica del escritor



Durante el rodaje de los Celuloides rancios



Labor cinematográfica de Jardiel



En el falso cementerio construido para el rodaje de Angelina




En Basilea



La familia del escritor



Fiesta de fin de rodaje de Angelina




Con los directivos de los estudios de la Fox, en Hollywood



La cena medieval que dio a los actores del Teatro de la Comedia




Durante el rodaje de Angelina




Escribiendo en el café




Con Tirso Escudero, empresario del Teatro de la Comedia




En un acto de gala




En su domicilio de Infantas, con su hija Mariluz




Con un grupo de amigos






















Paseando a uno de sus perros



Con dos amigos de juventud



Con José López Rubio, en Los Angeles



Con su coche Ford, del que estaba muy orgulloso




Pronunciando una charla por la radio en Buenos Aires




La pintora Marcelina Poncela, madre del escritor



Con un amigo no identificado



Carmen Labajos, su compañera durante muchos años



Con Carmen y Mariluz, a bordo de «Monte Amboto», con rumbo a la Argentina




En Pola de Lena, pronunciando una conferencia en homenaje a Vital Aza




Rodaje de Celuloides cómicos



Mostrando los planos del teatro de su invención



Con Camen, durante la cena medieval



Con su fiel perro «Bobby»



El periodista Enrique Jardiel, padre del escritor



Enrique en sus años infantiles



Paseando por Madrid






Durante una cena-homenaje que se dio con un amigo y a la que sólo asistieron ellos dos




Mariluz y Evangelina, las dos hijas del escritor




Estreno de Blanca por Fuera y Rosa por dentro




Estreno de Un marido de ida y vuelta




Estreno de Los habitantes de la casa deshabitada




Estreno de Los habitantes de la casa deshabitada





Estreno de Los habitantes de la casa deshabitada






Estreno de Es peligroso asomarse al exterior




Estreno de Como mejor están las rubias es con patatas




Estreno de Los ladrones somos gente honrada



Estreno de El amor sólo dura 2.000 metros



Estreno de Los ladrones somos gente honrada



Estreno de El sexo débil ha hecho gimnasia



Estreno de El pañuelo de la dama errante




Estreno de El sexo débil ha hecho gimnasia




Estreno de Es peligroso asomarse al exterior



La compañía de Jardiel en Buenos Aires



Con su familia



En su juventud, en Quinto de Ebro




Mostrando su sonrisa particular




En uno de sus viajes a los Estados Unidos




Con José López Rubio en Hollywood



Cuadro de Enrique con sus hermanas, pintado por su madre



Durante el rodaje de Angelina




Una escena de la película Angelina

Teatro breve

TEATRO PARA LEER


El Teatro para leer incluye una serie de obras que destacan por la variedad geográfica de sus ambientaciones. Pertenecen indudablemente a una serie de comedias breves que se publicaron –algunas con otros títulos– en la revista Buen humor entre los años 1924 y 1928, donde Jardiel firmaba con el pseudónimo de «Conde Enrico di Borsalino». Después las reunió en su obra El libro del convaleciente, empleándolas también años después para elaborar algunos guiones radiofónicos. Probablemente escribiría otras del mismo tipo que fueron posteriormente desechadas.
Realmente estas piezas son casi escenificaciones de chistes o de situaciones ridículas, con poco contenido argumental. Algunas son totalmente irrepresentables, por desarrollarse en la selva o en la cima de una montaña o por incluir personajes del reino animal, como una divertida serpiente boa. Pero las obras tienen un innegable valor como descripción de rasgos típicos de diferentes naciones y por su contenido de sátira literaria. Jardiel se burla ingenuamente de las películas de vaqueros y de los dramas románticos y no deja de zaherir a las dos nacionalidades –la inglesa y la israelí– que menos simpáticas le eran. Su recreación de la corte española de la época de Felipe IV es de singular calidad.









El conflicto de Lord Walpole

Comedia genuinamente inglesa, cuya acción transcurre a orillas del conocido río Támesis.

PERSONAJES.– Los que vayan saliendo.
DECORACIÓN.– Saloncito azul en el palacio de Lord Walpole, situado en el cogollo neblinoso de Londres.
Es de noche. En el palacio se celebra una fiesta. Dentro suenan violines y algunas toses.
Al levantarse el telón la escena está más sola que el faro de Vigo. En seguida, por la derecha, entra Lady Walpole, hermosa dama que ha cumplido los veinte años hace ciento doce meses. Lleva un traje de abrigo. Bueno, el traje es de tisú de plata, pero digo que es de abrigo porque le ha costado carísimo y es muy elegante.

Lady Alicia.– (En inglés.) ¡Oh, Dios mío! La emoción apenas me deja hablar. ¿Qué va a ocurrir aquí esta noche? Entre los invitados he visto a Horacio Sterling. Seguramente querrá hablarme, y si mi marido sospechase... ¡Qué horror! (Se derrumba en una butaca de Dublín.)
(Por el foro entra Horacio Sterling, hombre de cincuenta años pasados; veinte pasados en Londres y treinta pasados en Escocia. Horacio espía por todas las puertas y luego se inclina elegantísimo, porque de otra manera no sabe inclinarse, ante Lady Walpole.)
Lady Alicia.– (Alzando la rubia testa.) ¡Sterling! ¡Vos!
Horacio.– Yo, yes.
Lady Alicia.– ¿A qué venís?
Horacio.– ¿A qué podré venir? Vengo, lady Alicia, a... (En voz baja y en un inglés difícil de traducir.) There is the window, little for west...
Lady Alicia.– ¡Oh! (Anhelante y en la misma clase de inglés que Horacio.) When to you yellow.
Horacio.– Five o clock tea.
Lady Alicia.– (Horrorizada.) ¡No, no, por Dios! ¡Alejaos! ¡Oh, no sabéis lo desgraciada que podéis hacerme!
Horacio.– Pero, ¿cómo irme? ¿No comprendéis que sufriría más?
Lady Alicia.– ¿Y mi marido, Horacio? ¿Y mi marido?
Horacio.– Os amo.
Lady Alicia.– ¿Me amáis?
Horacio.– Sí. Lo juro por Oliverio Cromwell.
Lady Alicia.– Pero él no podrá nunca comprender...
Horacio.– Comprenderá. ¡Todo, todo antes que perder mi dicha!
Lady Alicia.– ¡Oh, Dios mío! It is where the steward...
Horacio.– (Tajante.) ¡Bridge!
Lady Alicia.– (Furiosa.) ¡Lawn tennis!
Horacio.– (Insinuante.) Football...
Lady Alicia.– (Llorosa.) ¡Puzzle!
Horacio.– Yes. (Coge el rostro de Lady Alicia entre sus manos y le besa los áureos cabellos.)
(Por la izquierda entra entonces Lord Walpole, hombre de unos cuarenta años, elegantísimo y tan delicado que siempre lleva algodón hidrófilo en los bolsillos para coger las cosas sin mancharse. Ve cómo Sterling besa los cabellos de su mujer y avanza en silencio con el rostro inmóvil.)
Lord Walpole.– (Saludando.) Good morning.
Lady Alicia.– ¡Bernardo! ¿Eres tú?
Horacio.– (Señalando a Walpole.) ¿Vuestro esposo?
Lady Alicia.– Yes.
Horacio.– Presentádmelo. (Lady Alicia presenta a los dos hombres.)
Lord Walpole.– Sentaos, mister Sterling. (Se sientan ambos. Ofreciendo tabaco a Sterling.) Capstan cigarrette smoking?
Horacio.– Yes. Thank you. (Fuman cigarrillos.)
Lord Walpole.– Lo he visto todo. Contestadme. ¿Besabais los cabellos de mi mujer?
Horacio.– Un inglés no puede mentir. Los besaba. (Lady Alicia ahoga un grito. Lord Walpole muerde el cigarrillo.)
Lord Walpole.– Explicad por qué besabais los cabellos de Lady.
Horacio.– La amo.
Lord Walpole.– Es una razón poderosa. Sin embargo, ella está casada conmigo.
Horacio.– Lo sé. Y no me importa. Un inglés no debe mentir.
Lord Walpole.– ¿No os importa que esté casada conmigo?
Horacio.– No.
Lord Walpole.– He aquí un caso curioso. Y bien: ¿ansiáis morir?
Horacio.– Un inglés no debe mentir. No quiero morir, Lord Walpole.
Lord Walpole.– Pues yo tendré que mataros.
Horacio.– (Encogiéndose de hombros.) Patience! (¡Paciencia!)
Lady Alicia.– (Desmelenándose.) No, no. ¡Morir, no! ¡Antes de eso, yo diré el terrible secreto que...!
Horacio.– (Levantándose de un salto.) ¡Callad! ¡Callad, digo!
Lady Alicia.– ¡Si callo, moriréis!
Horacio.– ¿Qué importa? Después de todo, la gripe...
Lady Alicia.– ¡No! Sé que estáis sano. ¡Mentís para que a mí no me importe vuestra muerte! ¡No moriréis!
Horacio.– (Haciendo paradojas inglesas.) Tengo para mí que la muerte es lo más vital.
Lady Alicia.– (Imitándole.) Sólo hay vitalidad en el movimiento.
Horacio.– Pero, ¿acaso el movimiento no es utopía?
Lady Alicia.– El movimiento es real e hijo de la vida completa.
Horacio.– La vida... Es decir: nada.
Lord Walpole.– (Metiendo cucharada en aquellas sutilezas.) Nada y todo, es verdad.
Horacio.– ¿No creéis que el movimiento es lo más quieto que existe?
Lord Walpole.– Creo que el movimiento se demuestra andando. (Y para demostrarlo, saca una pistola automática y la dispara contra Sterling, que cae muerto.)
Horacio.– (En la agonía.) ¡Oh! Escocia... El bacalao... El secreto de Lord Kitchener... (Muere.)
Lady Alicia.– ¡Ha muerto!
Lord Walpole.– (Flemático.) Yes. This is fiambre.
Lady Alicia.– ¿Qué habéis hecho? ¡Era mi padre! ¡Era mi padre! Pero siempre os oculté que vivía porque era de humilde condición...
Lord Walpole.– ¿Soy, pues, un asesino?
Lady Alicia.– ¡El asesino de mi padre! Vos le matasteis...
Lord Walpole.– No lo volveré a hacer. Os juro que no lo volveré a hacer.
(Varios invitados se agrupan horrorizados en la puerta del foro.)
Lady Alicia.– ¡Padre, padre!
Lord Walpole.– (Haciendo mutis, desesperado.) I the seven by tumming for the Tamesis! (Se va y cae el

TELÓN






El sacrificio de Yogataro

Drama bárbaramente japonés, que tiene su acción en un fumadero de opio, situado en los arrabales de Tokio, según se entra a mano derecha.

PERSONAJES.– Varios.
DECORACIÓN.– Salón del fumadero de opio de Tao Kusiu. A derecha e izquierda, varias colchonetas rectangulares y mugrientas, donde yacen dormidos por el opio y soñando preciosidades algunos parroquianos del fumadero. Al fondo, especie de mostrador, donde un Boy se ocupa de llenar de pasta de opio las pipas que han de consumir los parroquianos.
Ambiente muy misterioso. Poca luz en la estancia. Se oyen palabras sueltas y voces roncas. Huele un poco a taller de guarnicionero.
Al levantarse el telón, en escena los tipos ya dichos.
Después de una pausa de dos horas y media, que servirá para dar al público la sensación de quietud y silencio que reina en los fumaderos de opio, entran por una puerta Yogataro y Harashira. Son dos japoneses cortos de talla y cortos de vista. Visten a la europea y tienen caras de camas turcas.

Yogataro.– Penetra, Harashira, y que el Cielo quiera que lo hagas con toda felicidad y complacencia.
Harashira.– Gracias, Yogataro. Que el cielo, a su vez, te premie tu buen deseo y tu circunspección. (El lector podrá observar lo pelmazo que se hace el diálogo a fuerza de amabilidades; eso es cosa del Japón, y yo lamento mucho que sea así.)
Yogataro.– ¿Tus menudos y lindos pies han pisado alguna vez el piso de este amplio y elegante fumadero?
Harashira.– No. Nunca tuvieron ocasión mis asquerosos ojos de contemplar esta rectangular y espaciosa estancia.
Yogataro.– ¿Cómo? ¿Es posible que tus delgados labios no hayan apresado nunca la boquilla de una pipa de opio?
Harashira.– Nunca.
Yogataro.– ¿Me lo dices de verdad o me lo dices de boquilla?
Harashira.– Te lo digo de verdad, nieve de las cumbres.
Yogataro.– ¡Es raro, agua de los mares! (Ya es sabido que los japoneses se dirigen continuamente extraños y complicados piropos.) Pues bien, quiero ser yo quien descorra ante tus atónitas miradas el velo que oculta la visión pintoresca de un fumadero de opio. Llamaré al amable Boy, nos traerá unas espléndidas pipas, fumaremos y pronto tu noble espíritu vagará por las regiones celestiales del ensueño.
Harashira.– Gracias, abeto de la llanura.
Yogataro.– De nada. Quiero hacerte feliz, rosa de la primavera.
Harashira.– Te lo agradezco, automóvil de alquiler. (Se sientan en el suelo sobre una esterilla.)
Yogataro.– ¡Boy! (El Boy alza la cabeza.) ¡Boy, ven!
Boy.– ¡Va! (Se acerca el Boy.) ¿Lashira tava a akú tseiu? (Que quiere decir: ¿Cuántas pipas les traigo a los hermosos señores?)
Yogataro.– Trae cuatro para empezar. (El Boy se aleja y luego vuelve con unas pipas y una brasa. Los parroquianos encienden las pipas y fuman mientras charlan de terremotos y de juegos malabares.)
Harashira.– Y bien, divino Yogataro... ¿Sigues enamorado de aquella maravillosa musmée de que me hablaste?...
Yogataro.– Sigo y seguiré siempre, luz del sol, porque mi miserable corazón ya no reside en mi feo pecho, sino que me lo ha robado esa muñeca de laca.
Harashira.– ¿Me dijiste que se llamaba Flor de Almendro?
Yogataro.– No. Flor de Almendro es la hija de mi patrona. La mujer por quien desfallezco de amor se llama Agua de Azahar. Es menuda como la lluvia de abril y nacarina como una perla de Ceilán. Y es celosa como un buen empleado.
Harashira.– ¿Cómo? ¿Tanto te ama, que ya siente celos, luz de acetileno?
Yogataro.– ¡Ay, sí!
Harashira.– En tu semblante, lleno del resplandor de la aurora, leo la dicha en que te sumerges.
Yogataro.– Sí. No lo niego. Estoy contento como un niño que toma la fosfatina.
Harashira.– Feliz tú, para quien la vida guarda sus frutos sazonados. Yo, entretanto, sufro como si viese representar una comedia a la Xirgú.
Yogataro.– ¿Que sufres?
Harashira.– Sí. Lao degalira ibrima... («Sufro una bestialidad.») Yo amaba también a una musmée hermosa y kimonuda, mas su padre se enteró de nuestro amor y la sacó de Yosiwara para encerrarla en su casa. ¡Su padre me la arrebató de mis brazos!... ¡Su padre! ¡Oh! ¡Tsieu tiu minao sawara! (Que quiere decir: «¡Maldito sea su padre, y el padre de su padre y el padre del padre de su padre!»)
Yogataro.– Vamos, no te acalores, que en las calles hace frío y puedes coger una congestión al salir, planta del trópico.
Harashira.– Ya me tranquilizo, baño refrescante.
Yogataro.– Fuma y calla, que con el humo de la boquilla se va pasando la juventud.
Harashira.– Tengo idea de haber oído eso ya en alguna parte.
Yogataro.– Lo oirías en la feria de Yokohama, cuando fuiste el año pasado a vender piñones.
Harashira.– Seguramente.
Yogataro.– Fuma y duerme. Que tus párpados caigan como la hoja en el otoño en los jardines de Kioto. (Harashira va quedándose dormido.) (Por la puerta entra entonces Sitatakiami, vulgarmente conocida por Agua de azahar, hermosísima mujer japonesa de un metro veinte de estatura, que viene recatándose el rostro tras un kimono color rinoceronte con anginas.)
Agua de azahar.– Tiemblo como el pasajero de una motocicleta al pensar que alguien pueda reconocerme. ¡Si me vieran en este sitio! Pero el opio me domina, y si no fumo dos o tres pipas todos los días, no tengo fuerzas ni para hacerme el moño... (Se dirige al mostrador.)
Yogataro.– ¡Pobre el Cielo! ¿Acaso no es ella Agua de Azahar, la de los menudos pies? ¡Mi corazón estalla! (Va hacia ella y la coge por una muñeca.) Agua de Azahar.
Agua de azahar.– (Alterada.) ¡Yogataro!
Yogataro.– ¿Tú aquí? ¿Tú en este lugar infecto, donde todo vicio tiene su asiento y todo asiento tiene su vicio? ¡Oh! ¡Qué dolorosa impresión de ducha de agua hirviendo!
Agua de azahar.– ¡Yogataro! ¡Yogataro! Perdóname...
Yogataro.– ¡Ay! Ya me deslizo por el tobogán de la desilusión... Ya para mí el Cielo y la Tierra se han vestido de luto...
Agua de azahar.– ¡Oh! (Esta exclamación la lanza en japonés.)
Yogataro.– Explícame, desdichada. Explícame, lodo de los caminos, por qué estás aquí...
Agua de azahar.– Perdóname, espuma de cerveza. Soy desdichada, muy desdichada. Y he venido para olvidar en el opio mis sufrimientos, mordedores como un ofidio.
Yogataro.– ¿Que tú sufres, barro de las carreteras?
Agua de azahar.– Sí. Estoy enamorada de un hombre del que me separó mi padre, y busco el olvido en esta droga infernal. ¡Porque el opio es una droga!
Yogataro.– ¡Lo que es una droga es lo que acabo de comprender! El hombre que amas, ¿no se llama Harashira?
Agua de azahar.– ¡Harashira! ¡El mismo! ¿Le conoces?
Yogataro.– (Señalando el cuerpo durmiente y roncante de Harashira.) Mírale.
Agua de azahar.– ¡¡Ah!! ¡Él aquí!
Yogataro.– También vino a olvidar.
Agua de azahar.– Perdón...
Yogataro.– Soy yo quien te ruega que me perdones el haberte llamado lodo de los caminos y barro de las carreteras. Eres buena. Eres pura como la leche esterilizada, y amas a un hombre con todas las hercúleas fuerzas de tu corazón. ¡Bien! ¡Basta! ¡Ámale, es tu deber! Y mi deber, yo sólo lo conozco. Toma. Fuma. (Le da una pipa.) Tiéndete al lado de Harashira, y cuando ambos volváis de la región del sueño un abrazo estrecho como un piso moderno os unirá para siempre. Adiós. Que seáis felices.
Agua de azahar.– ¡Yogataro!
Yogataro.– Obedece. (Agua de azahar se tumba junto a Harashira y fuma con fruición. Yogataro se retira hacia el foro.) ¡Sé lo que me corresponde! (Saca de debajo del chaleco un puñal y se lo clava en la región abdominal.) ¡Uf! (Fallece.) (Comienza a amanecer.)

TELÓN







El arrojo de Tom Walter

Asombroso drama del Oeste americano que ocurre en el territorio de Texas; no en la misma capital, sino en el ancho campo; de Texas arriba.


PERSONAJES.– ¿Se apuestan ustedes algo a que no sabemos cuántos van a ser?
DECORACIÓN.– Alrededores campestres de rancho abandonado. A la izquierda, perspectiva de desierto, todo lo más árido posible; se ven, sin embargo, algunos cactus que alzan sus trémulas ramas. Cielo sin nubes, aunque ligeramente plomizo. Temperatura buena, aunque suavemente calurosa. Lugar solitario, aunque tenuemente poblado. Principio interesante, aunque progresivamente pelma.
Al levantarse el telón, se engancha en los telares y queda a medio subir Por fin, merced a un poderoso esfuerzo muscular de los tramoyistas, sube todo. La escena está sola y huérfana. A la hora, sobre poco más o menos, se oye un galopar de caballos y entra por la derecha Carol Master; muchacha de unos dieciocho años, que es rubia cual moneda de oro y tiene los ojos azules, cual billete de tranvía. Carol viste traje de montar. La sigue, también a caballo, John Perrins, joven de unos treinta años, que lleva bigote recortado de guías y va peinado a «lo foca», para hacer comprender al público que él es el traidor del drama. Perrins viste con mucha elegancia un traje de montar estilo inglés. Lleva gorra, provista de visera, como la gran mayoría de las gorras.
Nótense en el diálogo los giros y las expresiones eminentemente norteamericanos.

Carol. – Y bien, mi buen John, me parece que nos hemos perdido.
John.– Tal creo. Y es doloroso. Porque si estuviésemos en Nueva York podríamos preguntar a un guardia cuál era el camino para llegar a casa, pero como nos hallamos en mitad del campo, eso no es posible.
Carol. – Muy cierto.
John.– Por eso, a mí esta existencia salvaje me hincha.
Carol. – ¡Oh! Yo la adoro, la adoro con todos sus inconvenientes. En las ciudades todo es artificio, frivolidad y calles a medio adoquinar. Mientras que el campo... ¡Oh, el campo! ¡El campo! ¿Usted me comprende, John? ¡Oh, el campo, el campo! ¡¡El campo!! ¡¡El campo! ¡Oh!
John.– La comprendo perfectamente, Carol. El campo... Es verdad. ¡El campo! No obstante, opino que debemos apearnos.
Carol. – Sí. Los pobres caballos están fatigadísimos.
John.– El mío, después de ocho horas de galope, ya tiene cara de oficinista. (Se apean y atan los caballos a un cactus.)
Carol. – (Sentándose en el tronco de un árbol derribado.) Verdaderamente también yo estoy fatigada. Y es que la fatiga... ¡Oh, la fatiga! ¿Verdad, John, que digo la verdad? ¡La fatiga! ¡Oh!
John.– Todo eso es verdad, Carol. ¡La fatiga! Muy cierto. ¡La fatiga! (Al lector le extrañará esa falta de ideas de Carol y John, pero debe tener en cuenta que ambos son norteamericanos y que Norteamérica es un pueblo joven. Ya se sabe que los pueblos jóvenes, además de no tener historia, son pobres en ideas y en monumentos antiguos.)
Carol. – Me aburro, John. Es terrible esto de ser una joven millonaria americana, porque todo le resulta a una aburridísimo.
John.– Justamente ahora le iba a hablar a usted de amor.
Carol. – ¡Oh! El amor... ¡El amor! ¿No es cierto que no me equivoco al decir esto? El amor, John... ¡El amor!
John.– ¡No se equivoca usted, no!... ¡El amor! (Quedan pensativos.) Efectivamente. (Se levanta, coge a Carol por los hombros y le da un beso.)
Carol. – ¡¡John!!
John.– Sí. Carol. Yo soy, yo mismo. (Le da dos besos más.)
Carol. – (Escandalizada.) ¡¡John!!
John.– La amo a usted y ha de ser mía. ¡He nacido en California y hago todo lo que me propongo!
Carol. – ¡Miserable californiano! ¡Toma! (Le atiza una bofetada que se oye en San Francisco, en Los Ángeles y en Long Beach.)
John.– (Tuteándola de un modo repugnante.) No me amas, ¿verdad? ¡Qué importa!
Carol. – Sabe usted, infame, que estoy enamorada de Tom Walter, el mejor vaquero de Texas... y que si no me he unido aún en matrimonio con él, es porque mi padre le cree autor de los últimos robos de ganado acaecidos en la comarca... ¿Por qué, pues, me besa usted? ¡Pediré una indemnización de 50.000 dólares!
John.– ¿Cincuenta mil dólares por tres besos? ¡Tengo un capital de 150.000 dólares, de manera que aún puedo darle otros seis besos más. (Se los da.)
Carol.– ¡Socorro! ¡A mí! (Forcejean al estilo de Texas.)
(A los gritos, entra por la derecha Dick «el bachiller», bandido y ladrón de ganados que merodea por los alrededores, seguido de catorce compañeros de infamias. Todos vienen a caballo, levantando mucho polvo. Tres de los caballos se alzan sobre las patas traseras para hacer ver que se trata de una partida de bandidos americanos.)
Dick.– ¡A ellos, compañeros! (Los bandidos se apean y cogen presos a Carol y John.) ¡Conservad a la joven para pedir por ella un fuerte rescate! Al hombre, lo mataremos...
Un bandido.– ¿Lo ahorcamos?
Dick.– ¡Sí! Aquel árbol es bueno. (Señala a un árbol próximo. Los bandidos pasan una cuerda alrededor del cuello de John y la deslizan por una rama del árbol.)
John.– (Aparte.) Seguramente que dará tiempo a que venga gente a salvarme.
Un bandido.– ¿Tiramos de la cuerda?
Dick.– Aguarda seis minutos para prolongar la agonía.
(Tres minutos después, Tom Walter, el valeroso vaquero de Texas, surge en el horizonte con un revólver en cada mano.)
Los revólveres de Tom.– ¡Pum, pum, pim, pam, pum! (Todos los bandidos caen muertos, incluso el padre de uno de ellos, que vive en Filadelfia.)
Carol. – ¡Tom! (Se echa en sus brazos.)
Tom.– ¿Qué ha ocurrido, rubia mía?
Carol.– Esos bandidos nos han sorprendido en el momento en que me besaba John.
Tom.– ¡Ah! ¿Te besaba John? ¡Ahora verás! (Se lía a puñetazos con John Perrins durante medía hora.)
(Cuando Joan ya está hecho una alfombra, se oye una bocina de automóvil y entra en un «Ford» Warren Master, padre de Carol, y el «sheriff» Lozano.)
El sheriff.– ¡Alto! Soy el «sheriff».
Warren.– Muchachos, que os casen en seguida.
El sheriff.– Volvámonos de espaldas, que van a besarse.
Tom.– (Besando a Carol.) ¡Toma, amada mía! ¡Un beso, dos besos, seis, doce, treinta!
John.– (Aparte.) ¡Como se los cobre como a mí, a 50.000 dólares, lo hace polvo!

TELÓN

La desdicha de Louis Leroy

Apocalíptico drama francés que ocurre en París en el renombrado barrio latino.

PERSONAJES.– Los estrictamente precisos y necesarios y alguno que ni es necesario ni es preciso.
DECORACIÓN.– Sotabanco abuhardilado y de arquitectura repugnante de un inmueble situado en la calle de Monsieur le Prince.
Un camastro; una silla vieja que hace de lavabo, por lo cual tiene en el asiento incrustada una palangana. Una mesa coja. Montones de libros que sirven de asiento a los moradores del sotabanco. Dos velas de sebo. Una cocina de carbón de encina. Bien visible, un acordeón.
Al levantarse el telón, en escena un tramoyista, que se halla encendiendo un cigarro. De pronto se da cuenta de que el telón está levantado ya, y entonces pone una cara de primo muy grande y se va a todo correr. Carcajadas en el público. Cuando cesa la juerga del «respetable», se entera uno de que el camastro está ocupado por Niní, preciosa francesilla de unos veinte años que se encuentra enferma de anemia galopante desde que se firmó el armisticio de la Gran Guerra. En seguida, por la puerta del foro –porque en el foro hay una puerta además de un roto en la decoración–, entra Louis Leroy, protagonista del drama, que como todos los personajes es un artista bohemio.

Louis.– ¡Niní! ¡Niní!
Niní.– (Con voz desfallecida como un accidentado.) ¿Qué?
Louis.– ¿Dónde estás?
Niní.– Dans le camastro...
Louis.– ¡Oh! ¡Mon Dieu! (Va a tientas hacia el camastro, porque se me ha olvidado decir que Louis trae los ojos cubiertos por una venda.)
Niní.– ¿Encontraste qué comer?
Louis.– No... (Con desesperación.) ¡No! (Con tristeza.) No... (Con acritud.) ¡No! (Con agotamiento.) No... Nuestra desdicha es interminable como un desfile. Nadie en el mundo quiere mis versos; tú estás enferma en el lecho del dolor, ¡ay, sí!, y yo..., yo desfallezco de hambre y de desilusiones, y además convalezco de las cataratas en los dos ojos que me operaron el lunes... ¡Mon Dieu, mon Dieu, mon Dieu! (Sigue diciendo «Mon Dieu» entre dientes hasta el final del drama.)
Niní.– ¡Oooooh! (Solloza.)
Louis.– (Abrazándose a ella.) ¡Uuuuuh!... (Solloza también.) (Vea el lector qué angustia sufren los artistas pobres en París. ¡Cuántas tragedias parecidas se han desarrollado en las viejas casuchas del Barrio Latino!)
Ernest.– (Dentro.) ¡Louis! ¡Louis!
Louis.– Llaman. Serán nuestros amigos de infortunio...(Abre la puerta y entran Ernest, Henri, James y Pierre, artistas bohemios que son, respectivamente, un escritor, un músico, un grabador, un pintor y un idiota. Les acompañan Gaby, Thérèse, Mary, Ernestine y Françoise, muchachas adorables que soportan heroicamente la miseria de sus novios.) (Saludos, besos, risas, alegría ficticia y, por tanto, descacharrante.)
Ernest.– ¿Nada nuevo?
Louis.– Nada. Nuestros sufrimientos no acaban nunca.
Ernest.– (Acordándose de pronto de que es francés.) Mon pauvre ami! (Le abraza.)
René.– Todos estamos en igual situación. No podemos comer, tenemos frío y sed de gloria y de justicia... ¡Oh, el arte! Él tiene la culpa de todo ¿No comes? ¡Es el arte! ¿Sufres? ¡Es el arte! ¿Caminas sobre la nieve? ¡Es el arte!
Louis.– Mi situación es insostenible. Desde que tengo las cataratas no veo ni gota.
Pierre.– ¡Pues es raro!
Louis.– Pero nada me importaría si Niní no estuviese próxima a morirse de hambre...
Ernest.– ¿Se va a morir de hambre?
Louis.– Sí. Dentro de un rato; al final del drama.
Todos.– ¡Pobre Niní! ¡Pobrecilla! ¡Pobrecilla!
Gaby.– Toma. Yo guardo un pedazo de pan del mes pasado... Cómetelo. (Sensación.)
Henri.– (Aparte a los demás.) ¡Qué rasgo! ¡Qué hermoso rasgo! ¡Privarse de comérselo ella por dárselo a una amiga moribunda...!
Niní.– (Abriendo los ojos.) ¡Trae, trae! (Le dan el pedazo de pan y después de enormes esfuerzos, consigue morderlo.) ¡Oh, qué angustia! Morir de hambre. ¿Quién me lo hubiera podido decir a mí el día de mi nacimiento?
Pierre.– Te lo podía haber dicho la nodriza.
Henri.– ¡Calla, Pierre! ¡Tú siempre has de ser el más idiota de todos!
Pierre.– ¿Yo?
Henri.– Tú, sí... (Discuten durante media hora de arte y de psicología.) (¡Bohemios!)
Ernest.– ¡Silencio! Niní va a morirse de un momento a otro. ¡Silencio!
Henri.– ¡Ah! Va a morir... (Todos rodean el lecho.)
Louis.– Niní. Niní...
Niní.– Me muero... La vida se me escapa como un prófugo. ¡Pobre Louis! Te dejo. Te dejo solo con estos diez amigos. En lo sucesivo... ¿a quien la vas a comprar medias?
Thérèse.– Me las comprará a mí, que no tengo; no te preocupes...
Niní.– Gracias, Thérèse. Adiós, amigos míos. Muero contenta porque pienso que tampoco vosotros tardaréis en moriros de hambre...
Henri.– (¡Caray, qué consuelo!)
Niní.– Un capricho tengo.
Louis.– Di, amor mío...
Niní.– Toca el acordeón, Louis. Quiero morir con música.
Ernest.– ¡¡Alma de artista!! (Louis se pone a tocar el acordeón.)
Niní.– Así, así... ¡Oh! ¡París! ¡Bohemia! ¡Barrio Latino! ¡Poincaré! (Fallece.) (Una pausa; todos lloran.)
Henri.– Cubrámosla. (La cubre con una sábana.)
(Rezan y lloran formando un grupo. Louis sigue tocando el acordeón a causa de la velocidad adquirida.)

TELÓN




















La cita de Rebeca

Comedia indudablemente judía.

PERSONAJES.– Unos cuantos.
DECORACIÓN.– Comedor confortable y confortante, porque para algo es comedor. Muebles adecuados. Gran ventanal en el foro. Es conveniente que haya alguna puerta.
Al levantarse el telón, en escena Rebeca hablando por teléfono. Rebeca es una muchacha de unos veinticinco años y con una nariz así de larga.

Rebeca.– Si, Samuel; mi marido va a marcharse dentro de unos momentos... ¿Qué dices? ¿Eh? ¿Que si a donde va a ir es a la calle? ¡Oh, oh, oh! (Riendo.) ¡Es gracioso! ¡Muy gracioso! Sí. Se va a ir a la calle. De manera que si continúas adorándome, apresúrate a venir y podrás amarme durante la ausencia de Jacob. No dejes de venir, amor mío. Te guardo unas croquetas que han sobrado de la cena. Qué, ¿vendrás? ¡Qué alegría! Mira, tú te colocarás en la esquina, y cuando Jacob se vaya, yo te echaré una moneda de diez centavos. Ésta será la señal de que puedes subir. ¿Comprendido? ¿Qué? ¿Que si la moneda de diez centavos será de una sola pieza? ¡Oh, oh, oh! (Riendo.) ¡Muy gracioso! ¡Muy gracioso! ¡Hasta ahora, amor mío! Adiós, Samuel... (Cuelga el auricular.) ¡Ah, qué feliz me siento! ¡Sí! Me siento tan feliz como si me hallase en Sión un lunes por la tarde. (Por la derecha entra Jacob, marido de Rebeca, hombre de unos cuarenta y cinco años.)
Jacob.– Me voy.
Rebeca.– ¿Te vas?
Jacob.– Me voy a la Sinagoga de la esquina a lucir el sombrero hongo y a cantar unos cuantos salmos, porque, sino, la garganta y el hongo se me estropearán de no usarlos. ¿Me dejas que bese tus rizados cabellos?
Rebeca.– ¡Oh, sí! Bésalos, Jacob. De algún modo hay que sacarle producto al pelo.
Jacob.– Gracias. (Le besa los cabellos.) ¿Sabes lo que estoy pensando, Rebeca?
Rebeca.– ¿Qué piensas, Jacob?
Jacob.– Que no tendría ninguna gracia que ahora que yo me voy a la Sinagoga, tú avisases a alguno de mis amigos y me la pegases con él...
Rebeca.– Efectivamente; no tendría ninguna gracia...especialmente para ti.
Jacob.– Y oye, Rebeca, sí que tendría gracia que él creyese que yo no sabía nada y que yo estuviese enterado de todo...
Rebeca.– Sí que eso tendría gracia, Jacob.
Jacob.– En fin, Rebeca, tengo prisa y me voy. Me esperan los amigos de la Sinagoga para cantar salmos y hablar de finanzas internacionales. Ea, adiós, Rebeca.
Rebeca.– Adiós, Jacob.
Jacob.– ¿Me permites que bese tus rizados cabellos?
Rebeca.– Bésalos, Jacob. Ya te he dicho que usarlos es gratuito.
Jacob.– Gracias. Adiós. (Jacob hace mutis y Rebeca le despide desde la puerta. En seguida va hacia el ventanal.)
Rebeca.– Ya está Samuel esperando en la esquina. ¡Qué gallardo es! En cuanto vea salir a Jacob tiraré a la calle la moneda de diez centavos para que Samuel pueda subir a amarme y a comerse las croquetas. ¿Eh? Sí, Jacob sale ya...Ya se marcha... (Llamando.) ¡Samuel! (Tira a la calle la moneda de diez centavos y luego cierra el ventanal y corre a un espejo a retocarse el peinado para que Samuel, cuando suba, la encuentre hermosa y apetecible.) Verdaderamente estoy hermosa. No es extraño que todos los amigos de Jacob me hayan declarado su amor. Yo no he aceptado más que el amor de Samuel, esto es lo cierto, pero soy joven y tiempo me queda de aceptar el amor de los demás. ¡Ah, Samuel, Samuel! Hoy te voy a gustar yo más que las croquetas; lo presiento... Pero, ¿qué hará Samuel que no sube? (Espía por la puerta de la derecha.) Es raro. No oigo sus pisadas que siempre resuenan en la escalera. Le aguardaré tocando el piano. (Rebeca se sienta ante el piano e interpreta un canto a Jericó. Pausa larga. Rebeca se levanta del silletín del piano.) ¡Oh, señor del Sinaí, cómo me extraña que Samuel no suba! ¿Le habrá ocurrido algo? Jacob va a volver y no tendremos tiempo de adorarnos... ¿Eh? (Escucha por la puerta de la derecha.) ¡Sí! Ya sube. Son sus pisadas. (Por la derecha entra Samuel Tiene unos treinta años y cara de rosquilla.)
Samuel.– ¡Rebeca! (La abraza.)
Rebeca.– ¡Samuel! Vete. ¡Vete en seguida! Jacob va a volver de un momento a otro... Pero, ¿qué te ha ocurrido? ¿Por qué has tardado dos horas y cuarto en subir?
Samuel.– Rebeca, la noche está oscura...
Rebeca.– Sí. ¿Y qué?
Samuel.– Pues bien: no he podido encontrar hasta hace un instante la moneda de diez centavos que me tiraste desde el ventanal.

TELÓN











El crimen de René Plint

Estremecedor drama suizo que ocurre en el Mont Blanc.

PERSONAJES.– Ya los conoceremos más adelante.
DECORACIÓN.– Vertiente del conocidísimo Mont Blanc, montañita de cuatro mil y pico metros de altura, enclavada por el Supremo Hacedor en Suiza y que en la actualidad es utilizada para practicar el alpinismo.
Es infantil advertir que la escena debe aparecer completamente nevada, que hay allí menos vegetación que en la pista de un circo, que hace un frío que quita la cáscara, que el sol reverbera a ratos en la nieve y que la soledad Martínez más absoluta reina en aquel lugar.
Al levantarse el telón, un espectador da la voz de «¡Fuego!», queriendo indicar que enciendan alguna hoguera, porque el frío del escenario llega hasta el patio de butacas; pero el público cree que está ardiendo el edificio, y en dieciocho segundos queda el local vacío de personas y lleno de abrigos y paraguas. Una hora más tarde, convencidos de que se han tirado una plancha del tamaño de una rotativa, vuelven todos.
(Por la derecha entra René Plint, hombre de unos cincuenta años congelados. Como se ha pasado la existencia entre la nieve, René, que es de lo más suizo, tiene ya cara de pelícano triste. Va vestido con pieles de oso y encima de ellas, para ir bien abrigado, se ha puesto la gabardina de un tramoyista. Lleva en las manos sendos bastones provistos de ruedecillas, y en los pies se ha calzado excelentes skis. Las primeras palabras las pronuncia dirigiéndose a alguien que se supone viene detrás de él.)

René.– Passez, messieurs; passez, doncs... Vous allez voir les grandes merveilles de la Suisse en neige... ¡Mi abuela, qué frío hace hoy! (Se sopla los dedos.)
Eduard.– (Dentro.) ¡Viens ici! ¡C’est par lá que tu dois passer! ¡Anda, Dionisia! No seas pelma! (Nótese cómo los personajes, que son todos suizos, hablan en francés para que nadie tenga duda de su nacionalidad, y nótese también cómo, de vez en cuando, hablan en castellano para que el espectador les entienda fácilmente.)
Denise.– (Dentro.) Oui, oui. (Por la derecha entran Eduard y Denise. Ella se llama Dionisia, pero pongo el nombre en francés para que haga más bonito.)
(Eduard es un joven de unos treinta años, representante de una casa de estufas inglesa, que ha venido a Suiza para convencerse de que la nieve es más fría que el carbón de cok encendido. Denise es una muchacha de unos veinte años, que le acompaña en la excursión. Visten trajes de alpinistas.)
Eduard.– (Entrando con Denise por la derecha.) ¡Caramba! Este monte es bastante más alto que una escalera de mano, Llevamos seis horas trepando y aún no hemos llegado a la mitad.
Denise.– Oui, oui.
René.– ¿Le gusta el panorama que se ve desde aquí?
Eduard.– Es precioso. ¡Lástima que el «Kodak» se me haya caído por un precipicio! ¿Verdad, Denise?
Denise.– Oui, oui.
René.– Vea usted, allá abajo, la aldea de donde hemos salido para hacer la ascensión.
Eduard.– Efectivamente. Allá se ve la aldea. ¡Qué pena que los gemelos se me hayan caído a un barranco! ¿No es cierto?
Denise.– Oui, oui.
René.– Podemos seguir subiendo, pero ahora necesitaremos las cuerdas que le entregué.
Eduard.– ¡Claro! Necesitaríamos las cuerdas. Es una contrariedad que se me hayan caído a un abismo hace rato.
René.– En ese caso nos quedaremos aquí. Podemos tomar un bocadillo.
Eduard.– Sin duda que podríamos. Lo peor es que el paquete de la merienda se me ha caído a una sima al comenzar la ascensión.
René.– Dígame francamente si le queda algo de lo que llevaba al salir de la aldea.
Eduard.– Sí. Me queda un espejo.
René.– Pues que lo utilice su señora para retocarse los ojos y la boca.
Eduard.– Es una idea. ¿Quieres retocarte la cara, Denise?
Denise.– Oui. (Denise, a la derecha de la escena, se dispone a retocarse el rostro ante el espejito que le ha dado Eduard. Esto es muy propio de las mujeres suizas.)
Eduard.– (Aparte a Denise.) Oye, Denise, ¿por qué demonios en toda la excursión no has hablado más que para decir «Oui»?
Denise.– ¡Es horroroso lo que me pasa, amor mío! ¿Ves ese guía?
Eduard.– Lo veo, realmente.
Denise.– Pues bien; fue mi primer novio.
Eduard.– ¿Aquel que quiso matarte?
Denise.– El mismo. Creo que no me ha reconocido y sólo pronuncio monosílabos para que el timbre de mi voz, que a él le chocaba mucho, no me traicione. ¡Si me reconociese! ¡Oh, qué espanto, si me reconociese! ¡Qué espanto!
Eduard.– Qué espanto.
Denise.– ¡Pero asústate! Dices «¡Qué espanto!» como podrías decir «Hoy es lunes».
Eduard.– (Con acento terrible.) ¡¡Qué espanto!!
Denise.– ¿No te asustas más que eso? Piensa que podría matarme. ¡Asústate más!
Eduard.– (Como si llamase al sereno.) ¡¡¡Qué espanto!!!
René.– (Acercándose.) ¿Le ocurre a usted algo, señor?
Eduard.– No; decía «¡Qué espanto!» para que lo repitiese el eco. ¿Verdad, Denise?
Denise.– Oui, oui.
René.– Efectivamente, el eco suena mucho. Voy a gritar yo también una frase cualquiera para que la repita el eco. (Gritando como un condenado.) «¡Vas a morir! ¡Al fin te reconocí!»
El eco.– ¡...iiiiii!
Denise.– (Apretándose contra Eduard.) ¡Dios mío! ¿Lo dirá por mi?
Eduard.– (Que es tonto. A René.) Oiga... ¿lo dice usted por ella?
René.– (Como una fiera.) ¡Sí! ¡¡Por ella!! ¡Por la infame que va a morir! ¡¡Miserable mujer!!
Denise.– (Horrorizada.) ¡Oh!
Eduard.– (Aparte.) ¡Ya se ha armado!
René.– ¡Me engañó! ¡Huyó con otro cuando yo la adoraba! ¡Y ahora, al cabo de los años, cuando yo me he hecho guía, porque tengo el corazón helado, la encuentro con un idiota!
Eduard.– Caballero, ¿el idiota soy yo?
René.– ¡Usted! ¡Usted mismo! (Avanza hacia él.)
Eduard.– (Disimulando.) ¡Qué bonito panorama se ve desde aquí! (Se vuelve de espaldas a René.)
René.– (A Eduard.) Pero, ¿usted quién es?
Eduard.– Yo soy un turista y no me meto en nada. (Sigue mirando el panorama.)
René.– (Furioso, a Denise.) ¡Morirás, mala mujer!
Denise.– ¡Eduard! (No puede decir más. René la coge en sus brazos y la arroja al abismo.)
René.– ¡La he matado! ¡La he matado! (A Eduard.) ¿Sabe usted que, por fin, la he matado?
Eduard.– Sí, señor. Muchas gracias. (Le abraza.)
René.– Pero...
Eduard.– Y ahora descendamos. ¡Es curioso! Además de perder el «Kodak», los gemelos, las cuerdas y la merienda, he perdido a mi novia. Y es que traía demasiado equipaje. (Se coge al brazo de René y, ambos, hacen mutis.)

TELÓN























La abnegación de Domingo

Tremebundo drama tropical, cuya acción se desarrolla en plena selva, entre mosquitos y palmeras.

PERSONAJES.– Allá veremos los que necesitamos.
DECORACIÓN.– Plazoleta en la selva (vulgo claro del bosque), donde se alza un bohío (vulgo casa de cañas). Esta casa está habitada por el ciudadano (vulgo individuo) Angelo Angeloni, italiano emigrado que, además de aventurero (vulgo errante), es bastante bestia (vulgo tonto).
Angelo Angeloni está casado con Guadalupe, joven española tan bondadosa como delgada. De semejante ayuntamiento o conglomerado nupcial ha nacido un hijo llamado Ambrosio, que, en la actualidad, tiene un año escaso cual panecillo. Los tres personajes presentados habitan en el bohío, cercano a las plantaciones de café que explota Angeloni. Nos hallamos en los lejanos días de la esclavitud y al mando del italiano trabajan trescientos esclavos negros, entre los cuales hay uno llamado Domingo, que es criado particular del matrimonio.
Al levantarse el telón, en escena Angeloni, que se dispone a marcharse a trabajar, y Guadalupe, que ha salido a despedirle, llevando en brazos a Ambrosio, el hijo.
Empieza la acción.

Guadalupe.– (A su hijo.) Da un beso a papá, nene,
Ambrosio.– (Que es un niño precoz.) Que se afeite primero, que ahora pincha.
Angeloni.– (Riendo lúgubremente.) ¡Ah, bambino, bambino! ¡Qué salidas tienes! ¡Tienes más salidas que un cine! ¡Cuerpo de Baco! (Todos los italianos emigrados dicen «Cuerpo de Baco» para demostrar asombro.)
Guadalupe.– ¡Gracias a Dios que te veo reír, Angeloni! Sólo nuestro hijo consigue hacer ese milagro.
Angeloni.– (Poniéndose serio.) Tengo pocos motivos para reír, ¡mil legiones de diablos! El trabajo es duro y esos sinvergüenzas de esclavos nunca tienen ganas de trabajar...¡Aah! (Ruge como una galerna y agita por encima de su cabeza de veneciano violento el látigo con que acostumbra a azotar a los esclavos.) (Dos o tres momentos de emoción.)
Guadalupe.– ¡Cálmate, Angelo! Yo te suplico con lágrimas en el pañuelo. (Se limpia las lágrimas.)
Angeloni.– ¡Hum! (Gruñe.) En fin... ¡Me voy! Hasta la noche.
Guadalupe.– ¡Adiós, Angeloni! Bésame en la frente.
Angeloni.– Toma,.. (Le da un beso, pero, como es un hombre tan brusco, le produce una erosión en el arco superciliar derecho.) ¡Adiós! ¡¡Ah!! (Se vuelve.)
Guadalupe.– ¿Qué?
Angeloni.– Mucho cuidado con el niño... Procura que no llore, y si llora, que esté alguien con él en ese instante, pues ya sabes que hay por los alrededores muchas serpientes boas y las serpientes boas acuden siempre al oír el llanto de los niños. ¡¡No quiero pensar si a Ambrosio le ocurriera una desgracia!!
Guadalupe.– Vete tranquilo. No me separaré de él.
Angeloni.– Eso no basta. Ordeno que Domingo no se separe en todo el día del niño... (A voz en grito.) ¡Domingo! ¡Domingo!
Domingo.– (Que es más negro que una sentencia de muerte, apareciendo por la derecha con aire tímido.) ¡Señol! ¿Qué quiele el señol? (Ya se sabe que los negros no pueden pronunciar las erres, y si pueden, no deben hacerlo, porque para algo son negros y no es cosa de que hagan las mismas cosas que los blancos.)
Angeloni.– ¿Qué hacías por ahí, caldera del infierno? (Insulto muy usado entre los dueños de plantaciones de café. También usan otros que ahora verá el lector.)
Domingo.– Señol, yo...
Angeloni.– ¡Cuñado de Satanás! ¡Cesto de mimbre! ¡Saco de carburo! ¡Tonelada de azufre! (Angeloni levanta el látigo y golpea rudamente a Domingo, que cae de rodillas. Repugnante escena de esclavitud tropical que presento al lector para darle idea de los horrores de aquel tiempo, y que produce siempre muy mala impresión.)
Domingo.– ¡Señol! ¡No me golpee más!
Guadalupe.– Déjale, Angeloni, que ya está hecho tapioca.
Angeloni.– (A Domingo.) ¡Mucho ojo con separarte del niño en todo el día!, ¡eh! ¡Mucho ojo! Que las serpientes acuden siempre al oír el llanto de los niños...
Domingo.– Sí, señol.
Angeloni.– Pues hasta luego. (Le arrea otro latigazo a Domingo.)
Guadalupe.– No le pegues más.
Angeloni.– Era la propina. Adiós. (Desaparece por la izquierda entonando una canción del trópico.)
«Estaba la niña Pancha
haciendo marrón glacés
y entonces llegó un negrito
y se comió dos o tres.
Jamalunga tinunga, tolé,
¡pinunga!
¡sotunga!»
(Canción que estaba muy de moda en la época de la esclavitud.)
Guadalupe.– Ya se ha ido... ¡Dios mío, qué desgracia tan deprimente! Tener que vivir siempre con esa fiera que reparte latigazos como quien reparte papeletas de rifa. Ahora me obliga a levantarme al salir el sol y me paso el día durmiéndome por todas partes... ¡Infame! Pero no, ¡no será! Voy a acostarme y me desquitaré hoy de todo el sueño atrasado... ¡Domingo!
Domingo.– Señola.
Guadalupe.– Toma el niño y ten cuidado de él, que yo tengo que hacer ahí dentro... (Le da el niño y hace mutis por el bohío.)
Domingo.– Sí, señola. ¡Poble señola! ¡Tenel que vivil con ese cafle! ¡Polque es un cafle! ¡A mí me tlata a tlastazos! Me tlata como a un pelo y ayel estuvo en otlo pelo que no me matala... ¡Y uno siemple tlabajando, ale que ale, como un bulo! (Se tumba en el suelo, según costumbre, y se queda dormido.).
(Una pausa.) (Los árboles de la selva se mueven con un suave susurro de hojas y, a pesar de que se mueven, todos quedan en sus sitios. De vez en cuando se oyen las voces de las fieras: el rugido del león, el aullido del chacal y el zumbido del mosquito. Un arroyo próximo murmura, no se sabe de quién, pero murmura. Y el sol, asomando su ancha faz por entre las copas de los árboles, da en la escena pinceladas de un rojo bostezo.)
(De pronto, Ambrosio, el niño, que había quedado sentado en el suelo, rompe a llorar con uno de esos llantos infantiles que no se acaban nunca.)
Domingo.– (Despertando aterrado.) ¡Dios mío! ¡El niño llola! ¡Ahola vendlá la selpiente boa y lo matalá! ¡Y al poble Domingo le molelán a palos! ¡Ah! ¡Qué idea! (Coge al niño y lo mete en el bohío. En seguida se pone a imitar el llanto del nene. Por la derecha entra una serpiente boa.)
La serpiente boa.– Por aquí llora un niño... ¡Me voy a hinchar!
Domingo.– (Llorando de un modo infantil.) ¡Eeeee! ¡Eeeee!... (Véase la abnegación de Domingo, que se presta a ser muerto, por salvar al hijo de su tirano.)
La serpiente.– (Mirando a todas partes.) Pero ¿dónde estará ese niño? (Viendo a Domingo.) ¡Anda! ¡Si es este idiota el que está llorando! ¿Cómo podré haberme equivocado así? ¡Qué tonta soy! Me han tomado el pelo. (Se va por la izquierda bastante avergonzada.)

TELÓN

























La defunción del profesor Lerchundi

Horrendo drama de medicina moderna.


PERSONAJES.– Los justos.
DECORACIÓN.– Despacho del sabio médico, profesor Lerchundi. Varios esqueletos provistos de los huesos suficientes, carteles representando diferentes partes del cuerpo humano, multitud de aparatos cuyo uso y utilidad son desconocidos hasta del profesor, vitrinas con objetos de cirugía, etc., etc.
Algunas puertas y varias ventanas para que la habitación no haga tan desairada.
Al foro, la mesa del profesor con sus correspondientes patas. Distribuidos para no tropezar con ellos, diversos sillones.
Al levantarse el telón, en escena el profesor Lerchundi, hombre anciano, aunque aragonés; le acompañan Machó, Rigó, Moltó, Blerió y Cussó, eminencias médicas, amigos de Lerchundi y eminentemente catalanes. No hablan con acento catalán, porque viven en Madrid desde el año de la coronación de Amadeo I de Saboya, y se les ha olvidado por completo.
Empieza la acción.

Lerchundi.– Os he reunido, mis idolatrados compañeros, para descubrir ante vosotros las primicias de un secreto médico que va a revolucionar la Medicina y el mundo entero de un modo brutal. (Sensación.)
Machó, Rigó, Moltó, Blerió y Cussó.– ¿Es posible? (Se advierte que los cinco profesores médicos amigos de Lerchundi hablan siempre a un tiempo. Esto acaece por dos causas: primera, porque piensan todos lo mismo, y segunda, porque conviene ahorrar papel. Cuando sus frases sean un poco largas pueden pronunciarlas cantando, y de esta manera, además de darle novedad al drama, acabarán todos de hablar al mismo tiempo, lo que siempre es una ventaja.)
Lerchundi.– ¡Sí, señores! He hablado de un secreto médico, y he hablado bien.
Los médicos.– ¡Muy bien!
Lerchundi.– Gracias. Amigos míos, amigos de la infancia: he inventado un aparato.
Los médicos.– ¡Hola!
Lerchundi.– Un aparato que yo llamo el «cardiómetro vital».
Los médicos.– ¿El qué?
Lerchundi.– El «cardiómetro vital».
Los médicos.– ¡Ah!
Lerchundi.– ¿Para qué sirve el «cardiómetro vital»? ¡Oh! ¡Ése es el secreto revolucionario que reservo al universo!
Los médicos.– (Con música de «Don Quintín»):
«Hable ya;
explíquenos, doctor.
Hable ya,
simpático inventor».
Lerchundi.– Mi aparato, señores, es éste. (Muestra un aparato muy raro, que consiste en una caja de la que salen dos brazaletes y provista de una aguja indicadora. Debajo, hay una abertura que arroja tickets.)
Los médicos.– (Después de examinar el aparato; con música del pasodoble de «La Calesera»):
«Yo no he visto ningún aparato
como el que estoy viendo en la actualidad.
Yo no he visto ningún aparato
que esté tan bien hecho como éste lo está».
Lerchundi.– Este aparato, señores míos, sirve para averiguar la fecha en que uno va a morirse.
Los médicos.– (Con extrañeza.) ¡Mi abuela!
Lerchundi.– La vida de un hombre depende del estado de su corazón. Esto lo saben hasta los médicos de fama. Pues bien: el paciente, o, mejor dicho, el impaciente, el que ansía saber el día de su muerte, se sienta ante el aparato, ciñe a sus muñecas los brazaletes, y el aparato, midiendo exactamente el pulso del experimentador, funciona y arroja un «ticket» en el que aparece la fecha, con el mes y el año, de la muerte del caballero.
Los médicos.– (Con música de «La verbena de la Paloma»):
«¡Qué prodigio tan grande, Dios mío!
¡Qué prodigio, querido doctor!
La noticia me deja más frío
que el volteo de un ventilador... »
Lerchundi.– Para probar lo que digo sólo falta una cosa: que uno de ustedes se siente ante el aparato, y una vez que lo haya hecho, sabrá el día que va a morir. (Un silencio. Los cinco médicos se miran de hito en hito y deciden no hacen ninguno el experimento.)
Los médicos.– (Con música del pasodoble de «El Amigo Melquiades»):
«Yo no me siento ni a tres tirones;
les cedo el sitio; ¡ya lo cedí!
Porque la fecha de mi sepelio
no me interesa ni tanto así. »
Lerchundi.– Está bien, caballeros. Pues me sentaré yo. (Emoción general.) (Lerchundi se sienta, se pone los brazaletes, funciona el aparato y cae un ticket.) Vean ustedes, amigos míos; aquí está escrita la fecha de mi muerte: 12 de enero de 1949. ¡Dentro de once años!
Los médicos.– (Con música de «La montería»):
«¡Hay que ver, hay que ver!
Ya ha salido la fecha en que ha de fallecer... »
Lerchundi.– Y ahora haré la experiencia con mi esposa. ¡Celedonia! (Entra la esposa del doctor, que tiene cincuenta años y una cara de tigre que da horror. La sienta, el aparato funciona y cae un ticket.) Vean la fecha en que ha de morir mi esposa: 6 de julio de 1958.
Los médicos.– ¡Vivirá nueve años más que usted, profesor Lerchundi!
Lerchundi.– ¡Vivirá nueve años más que yo! (Con espanto) ¡¡Oh!! (Cae al suelo y muere once años antes de lo que tenía que morir.)

TELÓN



















El vals

Comedia madrileña de fin del siglo XIX.

INTRODUCCIÓN MUSICAL:
¡Chun, ta, ta, ta, chún, tatatá tatatá, tatachún, chún, tatata chún, tatata ta tachún!
¡Chun, ta, ta, chún, tatachún, tatachún tatachún!
¡Ta, tatachún!
¡Ta ta, ta, tatá, tatá!
¡Chunchunchún!
(Música del célebre vals, modelo de valses, titulado «El vals de las olas», interpretada, como podrá observarse, por una orquesta de ciegos murcianos.)

NOTAS DE SOCIEDAD

«Mañana lunes, a las once de la noche, los señores de Rodríguez Mencheneta abrirán las puertas de sus salones a la buena sociedad de Madrid, para celebrar uno de los saraos que tan concurridos se ven siempre y en los que casi nunca desaparecen más de tres prendas de vestir de todas las depositadas en el perchero.
El sarao promete ser un éxito de los de aúpa.»
(De «La Correspondencia de España», del 7 de marzo de 1898.)


DECORACIÓN.– Salón en casa de los señores de Rodríguez Mencheneta, decorado con papel rameado, baquetillas doradas y retratos de familia. Cornucopias. Grabados con marcos de terciopelo rojo. Algún dibujo de Ortega y de Cilla padre. Sillería con sofá, de tela color de rosa y borlitas azules. Vitrinas, consolas; en el centro, un «vis-à-vis». Vis al «vis-à-vis» (y perdón por el bis del «vis-à-vis») un piano vertical.
Al fondo del salón, vidrieras qué dan a una terraza. Arañas en el techo.
Los personajes visten trajes de la época. Las damas, cintura de avispa, mangas de jamón, polisón ya decadente y moño doblado sobre el cráneo. Faldas larguísimas. Los caballeros llevan barba, capas, pantalones sin raya, en forma de tubo, cayendo sobre las botas de cordones. Americanas con cuatro filas de botones cerradísimas. Hongos de color café. Entre los asistentes, se ve algún militar.
Al levantarse el telón, la reunión está en un apogeo verdaderamente astronómico.

Señora de Rodríguez.– Va a empezar un vals... Elenita Pisuerga se sienta ante el piano.
Señora de López.– ¡Qué tiempos, doña Juana! Los jóvenes han perdido el pudor y el recato. ¿Se ha fijado usted cómo se agarran de la cintura para bailar el vals?
Sra. de Rodríguez.– Es un asco, doña Emilia; un asco. En nuestra época no se bailaba más que lanceros, panaderos, cotillones, rigodones..., y los hombres y las mujeres apenas nos tocábamos las puntas de los dedos.
Sra. de López.– Por eso había más matrimonios. Ahora la gente ya no se casa casi.
Sra. de Rodríguez.– Es verdad; casi no se casa. ¡Qué cosa!
Sra. de López.– Vivimos en una edad de relajación de costumbres. Los jóvenes son livianos, y las muchachas, descocadas.
Sra. de Rodríguez.– ¡Y luego, qué modas tan escandalosas! Mire usted a Elenita Pisuerga. Lleva el vestido tan corto que se le ve el tacón.
Sra. de López.– (Mirando con impertinentes.) ¡Qué vergüenza! ¡¡Es verdad!!
Señor de Rodríguez.– (En un grupo de caballeros.) ¡Aquí lo que hace falta es una buena revolución! Vivimos oprimidos. ¿Dónde está la libertad? ¿Dónde?
Varios caballeros.– (Mirando a su alrededor como si buscasen la libertad.) ¡Eso, eso! ¿Dónde está la libertad?
Señor de Pérez.– A propósito de libertad... ¿Saben ustedes cuál es la nueva moda de las mujeres?
Todos.– ¿Cuál? ¿Cuál?
Señor de Pérez.– ¡¡Atarse las ligas por encima de las rodillas!!
Señor de Rodríguez.– ¡Atiza!
Señor de López.– ¡Las mujeres son el demonio!
Señor de Pérez.– Es una moda francesa...
Señor de Rodríguez.– Todas las cosas escandalosas vienen de Francia.
Señor de López.– Pero oigan ustedes, en secreto...
Todos.– ¿Qué? ¿Qué?
Señor de López.– Que así, con las ligas encima de las rodillas..., deben estar riquísimas...
todos.– ¡Riquísimas! ¡Maravillosas! ¡Suculentas! (Tres cuartos de hora de adjetivos encomiásticos.)
Lisardo.– (En un grupo de «pollos» de la época.) Os digo que vale la pena de ir. La entrada de luneta no vale más que siete reales.
Rodolfo.– ¿Y es verdad que a las partiquinas se les ven los tobillos?
Lisardo.– Si; cantan una canción que se llama «El ratoncito»; se suben las faldas para huir de un ratón imaginario.., y... claro... ¡pues que a todas se les ven los tobillos!
Rodolfo.– ¡Yo voy mañana! (Estremecimientos voluptuosos en todos.)
Varios pollos.– ¡Y yo!... ¡Y yo!... ¡Y yo!... ¡Y yo!...
Elenita Pisuerga.– (Es una linda muchacha de unos veinte años. Y es linda a pesar de las mangas de jamón y del talle de avispa y del moño doblado sobre el cráneo. Se halla sentada ante el piano y se dispone a tocar un vals.) (Suspirando.) ¡Si él se acercara!
Manuel del Monte.– (Es un muchacho de veinticinco años, poeta y escritor en cierne. Viste tan fachoso como los demás caballeros.) (Acercándose al piano donde está Elenita.) Si yo me atreviera...
Elenita.– Hola, Manuel. Creí que no vendría usted.
Manuel.– Viniendo usted , yo vengo siempre.
Elenita.– (Haciendo escala en el piano.) ¿Sí?
Manuel.– Sí. ¿No ha leído usted los versos que le he dedicado en «La Ilustración Española y Americana»?
Elenita.– Me los sé de memoria. Vea usted... (Mirando al techo y con semblante arrobado.)
«A la bella señorita Elenita Pisuerga».

«Las perlas de tus dientes,
tus labios carmesí,
tus ojos esplendentes
me enloquecen a mí.
La risa que desgrana
tu boca de coral
es como una campana
de límpido cristal.
Elenita Pisuerga: estoy enamorado,
porque el libre albedrío de mí alma te has llevado».

Elenita.– ¡Son preciosos! ¡Son preciosos!
Manuel.– ¿Le gustan?
Elenita.– No los olvidaré nunca.
Manuel.– Bailemos entonces.
Elenita.– Sí. Bailemos... (Una muchacha ocupa el lugar de Elenita en el piano y suenan los acordes de un vals.)
Manuel.– (Mientras baila con Elenita.) ¿Me amas, di? ¿Me amas? (La oprime dulcemente.)
Elenita.– (Desfallecida.) Manuel...
Manuel.– ¿Me amas, rubia mía?
Elenita.– (Imperceptiblemente.) Sí...
Manuel.– ¡Oh! (Una pausa. Ambos están sofocados por la emoción.) ¿Cómo se llama este divino vals?
Elenita.– «El perfume de las rosas de pitiminí».
Manuel.– ¡Bello nombre! ¡Ah! Qué feliz soy...
Elenita.– ¡Que me pisas la cola, Manuel! (Ruborizada.) ¡Ay! Le he tuteado a usted.
Manuel.– Sí. Y yo bendigo esos labios de diosa.., que han exhalado un tuteo tan agradable.
Elenita.– Manuel, Manuel... No puedo más.
Manuel.– Ven. Vamos a la terraza. (Dejan de bailar y desaparecen por la puerta que da a la terraza.)

EN LA TERRAZA

Manuel.– Mira. Contempla el espectáculo de Madrid de noche. Las luces de los faroles de petróleo parecen vivas luciérnagas... ¡Qué gran ciudad!
Elenita.– Muy grande... Más grande que Vicálvaro.
Manuel.– Oye, Elenita idolatrada, ¿sabes la letra del vals?
Elenita.– Sí.
Manuel.– ¿Por qué no la tarareas en mi oído, en voz baja?
Elenita.– ¡Por Dios, Manuel!
Manuel.– ¡¡Anda!!
Elenita.– ¿Qué no haré yo por darte gusto? Dice así: «El perfume de las rosas de pitiminí, vals para piano». (Cantando con voz de falsete y haciendo bastantes gallos.)

«Rosa... Rosita de pitiminí
la que brotó, ¡ay de mí!,
un mes de abril
en mi florido y alegre pensil.
Tu perfume seductor
me ha hecho desmayar de amor,
de amor, hacia ti,
rosa, rosita de pitiminí.
Y la rosa
tan hermosa
el final del elogio oyó
porque, tan mísera era,
que al acabar la primavera
murió, murió, murió...
¿Qué ha sido de ti,
pobre rosita de pitiminí?»

Manuel.– La letra del vals es tan hermosa como tú. ¡Escucha! ¡Otra vez lo tocan! ¿Quieres que lo bailemos de nuevo para que esta noche no se borre nunca de nuestra memoria?
Elenita.– Sí, amado Manuel...
Manuel.– Y, ¿quién sabe?... Acaso, al acabar de bailarlo, te pida.., te pida un beso.
Elenita.– ¡Manuel!
Manuel.– ¿Qué? (Anhelante.) ¿Qué?
Elenita.– Anda, vamos a bailar otra vez el vals... (Entran en el salón y se pierden en el torbellino de los invitados, que ya están girando el vals, pero no giran la letra, sino la música.)

TELÓN
























La caída del Conde-Duque de Olivares

Comedia histórica que se desarrolla en el Palacio Real del Buen Retiro, de Madrid, en el año 1643.

PERSONAJES.– Pocos, pero muy importantes.
DECORACIÓN.– Salón en el Palacio del Buen Retiro. Muebles tallados, lámparas magníficas.
El rumor de las frondas del Retiro, al través de los ventanales, penetra en la estancia, junto con los rayos tibios de un sol indeciso de enero.
En un rincón platican a media voz una dama y dos caballeros. La dama es la Reina Doña Isabel de Borbón y los caballeros, el Conde de Castrillo y el Marqués de Grana Carreto. El primero, Presidente del Consejo de Hacienda, es un anciano manilargo, ojinegro, narigudo, cejijunto, cariestrecho y zanquilargo. El segundo es gordito y tiene cara de sofá.

La Reina Isabel.– (Asombrada.) ¿Qué me contáis?
El Conde de Castrillo.– Lo que escucháis.
El Marqués de Grana Carreto.– ¡Para que veáis!
La Reina Isabel.– Pero me asombráis...
El Conde de Castrillo.– Es preciso que lo sepáis.
El Marqués de Grana Carreto.– Para ver si lo evitáis.
La Reina Isabel.– ¡Atónita me dejáis!
El Conde de Castrillo.– Veráis, digo veréis, Majestad, cómo ese hombre nefasto nos lleva a la ruina.
El Marqués de Grana Carreto.– Vuestro augusto esposo, Majestad, no se da cuenta de lo que ocurre y así está la Nación...
El Conde de Castrillo.– ¡El valido tiene la culpa de todo!
El Marqués de Grana Carreto.– ¡De todo! El miserable, que para su gasto particular consume anualmente 442.000 ducados, va deglutiéndose poco a poco el caudal nacional.
El Conde de Castrillo.– El Conde-Duque entretiene a vuestro esposo con saraos, toros, comedias y otras idioteces..., y, mientras tanto perdemos los antiguos dominios, el pueblo no come, y los robos, los crímenes y otros excesos se suceden en las calles.
La Reina Isabel.– Aunque no lo decía, hace tiempo que todo eso lo vislumbraba yo. Felipe está alucinado; pero yo le sacudiré el letargo y el privado caerá, ¡os lo juro! ¿Eh?...Alguien viene...
(En efecto: óyense pasos en una cámara contigua, y al poco penetra un hombre que cubre sus ojos con unas gafas.) (Movimiento de asombro en los circunstantes.)
El Conde de Castrillo.– ¡Quevedo!
La Reina Isabel.– ¿Tú aquí, Quevedo?... (Saludos y otras manifestaciones.) ¿Pero no te tenía preso el Conde-Duque en San Marcos de León?
Don Francisco de Quevedo.– (Sonriendo.)
Ha cuatro años que en San Marcos fui encerrado
y a la postre el escaparme he conseguido,
de un privado que de todos se ha valido
y un valido que de nada se ha privado.
El Marqués de Grana Carreto.– ¡Qué grande!
La Reina Isabel.– Eres inmenso hasta en el infortunio, Paco.
Don Francisco de Quevedo.– ¡Bah! Soy sólo un pobre coplero...
El Conde de Castrillo.– No digáis tal cosa... ¿Y quién os ayudó a fugaros?...
Don Francisco de Quevedo.– Adivinad...
No es político, soldado,
poeta, fraile, ni histrión,
ni bachiller, ni criado,
ni golilla, ni letrado,
ni Rey, ni noble, ni hampón;
mas la gente malhablada,
y aun los que odien su vivir,
no han de poder de él decir
jamás que no pinta nada...
El Conde de Castrillo.– Pues no acierto...
Don Francisco de Quevedo.– Éste es el hombre que me ayudo a huir: don Diego de Velázquez. (Y entra el gran pintor sevillano por la puerta por la que lo hizo Quevedo.)
Don Diego de Velázquez.– A la pá de Dió, señore... Majestá.. (Se inclina.)
La Reina Isabel.– Dios te guarde, Diego. ¿Por lo visto también tu tienes enemistad con el Conde-Duque?
Don Diego de Velázquez.– ¿Yo?... ¡Mardita sea!... Pero sí ese tío malage me está escatimando lo ducado que er Rey nuestro señó ordena que me den por mi cuadro.. Yo me tengo que liá a da pinselá por cuatro indesente maravedise, y ahí está Surbarán, que pinta menos que un gargo cojo, cobrando en grande, porque le da la coba ar Conde-Duque.
La Reina Isabel.– Pues si tanto le odias, ahora tienes ocasión de vengarte. Nos hemos propuesto derribar al valido.
Don Diego de Velázquez.– ¡Ole!... ¡Ésa es la fija! ¿Tú que dise a esto, Paquiyo? Contesta en romanse, que me parto de risa, hijo...
Don Francisco de Quevedo.–
Pues digo que lo que haré
para acabar la privanza
a cualquiera se le alcanza:
al Conde le pondré el pie,
y el Duque caerá de panza...
Don Diego de Velázquez.– ¡Pero qué sarsa tiene! (Abraza a Quevedo.)
El Marqués de Grana Carreto.– Muy ingenioso.
Don Francisco de Quevedo.– Cuatro años ha que señalé a Su Majestad los males que afligían a la nación en aquella epístola al privado, que empezaba diciendo:
«No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca, o ya la frente...»
Aquello me trajo el odio del valido y me valió el gemir en la cárcel. Hoy haré todo lo posible para...
Don Diego de Velázquez.– Señore, er Rey se acerca...
La Reina Isabel.– Voyme a preparar la celada al privado. (Y hace mutis en cuarta velocidad por una de las puertas. Asoma entonces Su Majestad el Rey Felipe IV de las Españas. Es rubio, lleva bigote peinado a la borgoñona y la melena flotante. Al ver a Quevedo, que, como los demás, se inclina ante él, frunce el entrecejo.)
El Rey Felipe IV.– Si no me equivoco, Quevedo, tú estabas preso por cierta letrilla...
Don Francisco de Quevedo.–
Epístola, y no letrilla,
fue lo que me encarcelara,
por olvidar que en Castilla
medra todo el que se humilla
y se hunde quien da la cara.
El Rey Felipe IV.– ¿Qué quieres decir con eso?
Don Diego de Velázquez.– ¡Casi na!... Que Vuestra Majestá está segato, y que ese Conde-Duque, que é un lipendi, va a dar ar traste con la Monarquía...
El Rey Felipe IV.– ¡Eh!... ¿Quién se atreve a hablar así?
Don Diego de Velázquez.– Vuestro pintó de cámara, Señó, que cobra en maravedise lo ducao que vos le asignáis.
El Rey Felipe IV.– ¿Es cierto?
Don Diego de Velázquez.– Er Conde-Duque sostiene piculina der Teatro der Príncipe con er dinero que tenía quedarme a mí...
El Rey Felipe IV.– ¿Y por qué hace eso el valido?
Don Diego de Velázquez.– Me tiene ojerisa, Señó, desde que hise su retrato, porque le pinté la narise tal como la tiene, en lugar de achicársela.
El Rey Felipe IV.– ¡Ese Conde es un pollino!
Don Francisco de Quevedo.–
Un pollino irracional
como jamás otro vi,
pues no lleva sobre sí
ni la albarda ni el ronzal.
Don Diego de Velázquez.– (¡Arrea!)
El Conde de Castrillo.– (¡Azúcar!)
El Marqués de Grana Carreto.– (¡Atiza!) (En ese instante entra la Reina Isabel con el Príncipe Don Baltasar en los brazos.)
La Reina Isabel.– (Acercándose al Rey.) Aquí tenéis a vuestro hijo: si la Monarquía ha de seguir gobernada por el Ministro que la está perdiendo, pronto le veréis reducido a la condición más miserable...
El Marqués de Grana Carreto.– Nuestra Augusta Señora dice lo cierto.
El Rey Felipe IV.– ¿Entonces?
Don Francisco de Quevedo.–
Puesto que ese desdichado
lleva a España a la estacada,
aconsejad al privado
que haga una vida privada...
El Rey Felipe IV.– Pues ¡presto!... Que venga el Conde-Duque. (Vase Velázquez a buscar al privado, mientras el Rey escribe rápidamente una esquela. Una pausa, y entra Don Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares. Es más feo que comer con gorra.)
Don Diego de Velázquez.– Aquí está er prójimo.
El Rey Felipe IV.– Leed, don Gaspar.
El Conde-Duque.– (Leyendo.) «Conde, os doy licencia para retiraros a descansar a vuestra finca de Loeches, y os mando que os vayáis luego, y desembaracéis a Palacio». ¡Mi madre!... Pero..., ¿esto qué es?
Don Francisco de Quevedo.– Eso, querido Conde-Duque, es la patada de «Charlot».
El Rey Felipe IV.– (Volviéndole la espalda.) Hasta más ver, don Gaspar.
El Conde-Duque.– (Alelado.) Y ahora, ¿qué hago yo?
Don Diego de Velázquez.– Pues eso: marchaos a Loeches, y podéis tomá la agua de allí que son riquísima...

TELÓN


El Lector.– Pero, oiga usted, ¿todos esos versos son de Quevedo?
Yo.– No, señor. Son míos; parece mentira que no lo haya comprendido usted al ver lo malos que eran.






REGLAS Y FÓRMULAS PARA HACER TEATRO


Esta pieza apareció en el semanario Buen humor en 1926 y es indiscutiblemente original. En esta parodia de un tremebundo drama medieval el autor juega con el verso y construye sus octosílabos incluyendo en ellos el nombre de los personajes. Es decir, hay que leer en voz alta el nombre del que habla para que resulte verso y así lo indica en una nota al pie. Es el único ejemplo conocido de este juego lingüístico y, aunque dificulta en extremo la representación de la pieza, el recurso humorístico resulta de una frescura inigualable, así como el ya empleado por él en otras ocasiones de poner en verso también las acotaciones y las descripciones de escena, un ejemplo de la artificialidad y la deshumanización del arte de la época.
















El pecado de doña Clara

La manera de hacer un drama en el que muere la dama.

(Léanse siempre los nombres de los personajes al tiempo que el diálogo para que resulte verso.)

Hacer un drama es sencillo. Estén un segundo atentos. La acción es en un castillo y hacia el año mil doscientos. Los protagonistas son don Íñigo de Antequera y su esposa. la hechicera Doña Clara del Rincón. Se alza el telón y al instante penetran Íñigo y Clara. Íñigo viene delante, y el que le mire, repara que el pobre tiene una cara de lo más despachurrante. Hay una pausa profunda, muy propia de la Edad Media. Grazna una corneja inmunda. Se mastica la tragedia. (El autor que sea ducho usará las pausas mucho.)

Íñigo.– ¡A comenzar voy!
Doña Clara.– Me asustáis...
Íñigo.– ¿Tan feo soy?
Doña Clara.– Ya tomáis lo dicho en otro sentido. ¡Sabéis cuánto os he querido, a pesar de vuestra faz, que asusta al más atrevido!
Íñigo.– ¡Sois tan falaz como siempre he suponido! (Comprenderá el lector al leer esto que es una licencia en poesía, porque poniendo «supuesto» la palabra en cuestión no rimaría.)
Doña Clara.– Y bien, señor; ¿para qué en vuestros coloquios usáis esos circunloquios que me llenan de temor?
Íñigo.– ¡Pues, voto al Cielo que desde lo alto nos mira! Para contener la ira, que en esto nací a mi abuelo y cuando me suelto el pelo, hasta el más bruto me admira...
Doña Clara.– Por favor.
Íñigo.– Mas, desde ahora, haré espina de la flor, dejaré escapar la ira... Porque he sabido, señora, que me habéis sido traidora...
Doña Clara.– ¡Eso es mentira! ¡Una infamia! ¡Una impostura!
Íñigo.– ¡Cómo me admira tan insólita frescura! (Íñigo se muestra altivo y el diálogo ha de ser vivo.)
Doña Clara.– ¿Qué decís?
Íñigo.– Ya supondréis...
Doña Clara.– ¡Es que mentís con eso que sostenéis!
Íñigo.– ¡No lo neguéis, porque ya estoy en un tris de daros las veintiséis bofetadas que sabéis que os di, hace un año, en Asís! (Cuando acaba él de expresarse, debe la dama extrañarse; lo que hará que su marido se muestre aún más ofendido.) ¡Sois una dama y no habrá quién me convenza, que ignora lo que es vergüenza!
Doña Clara.– Esto me escama... (Esta frase es un aparte. Hay que decirla con arte y así el público repara que es culpable Doña Clara. Íñigo se pondrá serio para decir a su esposa cómo averiguó la cosa concerniente al adulterio.)
(Y aquí viene el truco mágico: lanzar una parrafada que debe ser declamada en un diapasón muy trágico, y en la cual, a ser posible, se debe hablar del Destino, del mundo suprasensible, de lo Fatal y del Sino, porque el público es terrible y le gusta lo indecible oír quejarse al vecino.)
Íñigo.– ¡Ay, mi sino desdichado! ¡Ay, mi destino implacable! Desde que nací he rodado, miles de tumbos he dado y al puesto más miserable por mis puños he llegado. En edad temprana y moza me casé con Clara Orduna y con Clara de Mendoza y, después, en Zaragoza, me casé con Clara Luna. ¡Pero jamás la fortuna me acompañó con ninguna y esto mi pecho destroza! Aún al pensarlo, me irrito de un modo fenomenal: las tres jugaron a chito con mi fe matrimonial. Mas de ningún acto suyo se afanaron las cuitadas, porque yo abatí su orgullo de otras tantas cuchilladas. Y el que a tres damas preclaras abatió, no queda atrás... ¡Quien ha abatido a tres Claras podrá abatir una más! (Ahora conviene una réplica entrecortada y colérica.)
Doña Clara.– Pero si... ¡Oh, qué odioso proceder!
Íñigo.– Vais a saber lo que guarda mi tahalí... (Íñigo saca un mandoble y ya ha llegado la ocasión de que lance hacia la innoble una franca acusación.) ¡Ayer noche alguien me dijo, dándome las señas fijas, que vuestro novio es el hijo de Fernández de Clavijo, ese que vende torrijas...!
Doña Clara.– ¡Recinema!
Íñigo.– En vuestra cara acabo de advertir, Clara, que he dado en la misma yema. ¡Y en prueba de mi razón, os pincho en el corazón! (Íñigo, brutal, la hiere y Doña Clara se muere. Pero no baja el telón, porque en la literatura esto es siempre coyuntura de una larga relación. Y ante un bello cuerpo inerte, todo autor que sea pillo escribe un canto a la muerte, a modo de latiguillo.) Muerte, ¡terrible misión que hay que cumplir con tesón como toda obligación, sin que importe situación ni clima ni población ni buena alimentación! ¡Ya rompiste el eslabón que enlazaba un corazón con el otro corazón de la misma dimensión! ¡Ven a mí sin dilación y cumple tu obligación! (Le da una atroz convulsión y muere de inflamación súbita del epiplón. Así desciende el

TELÓN

(La fórmula acaba aquí, con el último plumazo. Escriban el drama así, y a ver si gracias a mí consiguen un exitazo.)






APUNTES PARA UN MANUAL DE PSICOLOGÍA


El monólogo El adulterio –inserto en Lecturas para analfabetos– es un ejemplo típico de la sátira jardielesca de la alta comedia. El teatro del tiempo abusaba de los triángulos amorosos y de las situaciones maritales equívocas y Jardiel emplea la psicología y las descripciones realistas como pretexto para mostrar lo ridículo de unas situaciones teatrales glandilocuentes.
La pieza Las fases del amor sólo tiene de teatral su estructura dialogada y su mérito estriba en su profundidad psicológica sobre la evolución de una historia de amor. Sin embargo, es perfectamente susceptible de representarse.


















El adulterio

LUGAR DE LA ACCIÓN.– Un despacho decorado con gusto y con cretonas.
PERSONAJE QUE HABLA POR LOS CODOS.– Hilario Pozoblanco, caballero de unos treinta y seis años, culto, agradable, incapaz de encolerizarse más de dos veces al mes, fino de espíritu y tierno de corazón. Uno de esos hombres en los que las mujeres no suelen encontrar grandes atractivos.
PERSONAJE QUE CASI NO HABLA.– Soledad Suárez, conocida por «Solita» y también por «la de Pozoblanco», mujer de treinta años pasados sin dejar señal. Estatura regular, cuerpo regular, nariz regular, boca regular, ojos regulares, inteligencia regular, bondad regular.
ANTECEDENTES Y SITUACIÓN DE LOS PERSONAJES.– Hilario Pozoblanco, casado con Soledad Suárez, acaba de descubrir ese detalle universalmente conocido: su mujer le engaña con otro. Hilario iba en un tranvía; le habían dado un capicúa de cinco nueves y en aquel momento estaba persuadido de ser un hombre de suerte. Siete minutos después, cuando el tranvía pasaba a toda marcha por la Castellana, ha visto a su mujer cogida por el brazo de un individuo perfectamente desconocido y en esa actitud de contemplación embelesada, exclusiva de los amantes recientes y de los coleccionistas de sellos. Hilario ha tenido tiempo de arrojarse en marcha del tranvía, de lanzarse sobre la adúltera y sobre su acompañante y de representar una de esas escenas sangrientas que suelen motivar la actividad de los fotógrafos de los periódicos ilustrados. Sin embargo, Hilario no se ha movido de su asiento, porque, al ver el grupo, ha caído en un estado de inconsciencia tan grande que, al final del trayecto, el cobrador ha tenido que acercársele y decirle: «Caballero puede usted largarse, que ya hemos llegado.» Luego ha andado por no recuerda qué calles, y por fin ha detenido un taxi y se ha trasladado a su casa. Ahora está en su despacho. Soledad no ha llegado e Hilario, ya repuesto de la sorpresa, se dedica a esa peligrosa ocupación que se llama razonar. Son las siete de la tarde, según declara el Longines de Hilario.

Hilario.– (Sentado, encendiendo un cigarro.) Bueno...¡ Bueno! Para que uno se fíe. Pues nada, está visto. Me engaña. ¡Qué...! Bueno. ¡Está bien! (Una pausa. Las pausas significan que Hilario no piensa nada.) ¡Está muy bien! Me engaña... Soledad me engaña... (Tatareando, siempre mentalmente.) «La Voz, caballero, / La Voz, ande, cómpreme, / que trae todos los detalles / del crimen que ocurrió ayer...» Claro que cuando venga, la estrangulo. La muy... Por supuesto, si lo que le ocurre es que es tonta. Porque sólo una mujer que es tonta se lanza a pasearse con su amante por la Castellana, a las cinco de la tarde y sabiendo que yo salgo todos los días. Y a lo mejor la ha visto cualquier conocido. (Levantándose de pronto, excitadísimo.) ¡Si no me valiera más cogerla y...! (Le da un puntapié a una silla y la rompe.) Vaya... Ya la he roto. Claro, y romperé todo lo que se me ponga por delante. (Va a la librería maquinalmente, coge un libro de «Pensamientos celebres» y lo abre. Lee al azar:) «La mujer comienza donde acaba el cielo.» Víctor Hugo. (Tirando el libro.) ¡Este tío era idiota! Los hombres célebres... Si no hubiera habido hombres célebres, el mundo tal vez tendría sentido común. ¿Y quién será ese tipejo? («Ese tipejo» es el acompañante de Soledad.) Vamos, a mí que no me digan: ¿qué motivos tenía ella para engatusarme? Porque, ¡caramba!, yo no me porto mal... Que me enfado a veces... Y ella, ¿no se enfada? El lunes me echó una chillería porque puse los pies encima de una butaca. ¡Y a ella no le importa poner los pies sobre mi honor! Esto que he dicho es una imbecilidad. ¿Cómo se me puede haber ocurrido esa majadería? (Bajo los balcones pasa un vendedor ambulante pregonando no se sabe qué.) ¿Qué pregona ese tipo? (Se asoma a los cristales del balcón.) ¡Ah! Perchas para la ropa... Pues no creo que haga falta gritar tanto para eso. Perchas para la ropa... Perchas para la ropa... ¿Y ese hombre vivirá exclusivamente de vender perchas para la ropa? Se ve cada cosa rara. (Mirando su reloj.) Las siete y diez. Pensar que a estas horas estará todavía con el otro... (Una pausa mental. Hilario se sienta en una butaca y de pronto se echa a llorar con grandes hipos.) ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Mamaíta mía! (Su vista se fija en el mosaico del suelo y sigue el dibujo de los baldosines.) Debe ser difícil inventar un dibujo de esos. Y tiene gracia cómo se unen las baldosas para formar las flores de los lados... ¡Ah! Cuando ella venga... ¡Cuando ella venga! Vendrá tarde. Y me dirá esa idiotez que dicen las mujeres en estos casos: que ha ido de compras. ¿Qué se puede esperar de unos seres que gozan comprando cosas? De pronto, ¡pum!, ven una tela y se entusiasman. Una tela. ¡Hay que ver la trascendencia que le dan a una tela! Le diré cuando venga: «Te he visto; márchate de esta casa y no vuelvas a acordarte de mí...» Y ella se echará a llorar y a decir: «¡Dios mío! ¡Dios mío!» ¡No! Si llora, ¡la mato! ¡¡La mato!! Lo que voy a hacer es disimular y, cuando estemos comiendo y me vaya a pedir el salero, le diré: «Pídeselo a ese señor con el que ibas esta tarde por la Castellana...» (Levantándose airado.) ¡Soy un imbécil! ¿Cómo le voy a decir esa sandez? Me duele la cabeza. Si me suicidase... (Coge su pistola y la monta.) A ver si es verdad que el cañón está frío... (Se lo apoya en la sien.) ¡Huy, sí! ¡Qué frío está! Pero, bueno, me mato y ¿qué? Un jaleo en la casa. Entrarán los vecinos, la portera... El juzgado... Y, además, todos supondrían que ella me engañaba. Sí, después de todo, es verdad. Cuando venga, la insultare, le llamaré todo lo que se me ocurra. ¡No! Llegaría un momento en que ella creería que incluso había hecho bien engañándome... Aunque... Pero... Sin embargo... Pues, señor,¡ bueno! Le expondré todas las bondades que he tenido para con ella, todos mis sacrificios, todas las cosas agradables que le he podido lograr, y luego le diré: «En premio tú has hecho esto; ahí te quedas; ya encontraré otra mujer que sepa apreciar...» ¡Que sepa apreciar! ¡Ruin! Bueno... (Apoyándose en la pared, como un niño castigado.) ¡Dios, Dios! Y con lo que yo la he querido... Con lo que yo la quiero... A lo mejor se casó conmigo para lucir el traje blanco el día de la boda. (Suena un timbre dentro.) ¡Ella! (Hilario se estremece; tiemblan sus manos, sus labios y sus rodillas. Siente que no puede tragar bien la saliva.) (Larga pausa. Dentro se oye la voz de Soledad, que pregunta a la doncella: «¿Subió usted mis zapatos?» Luego un silencio, luego la voz de Soledad otra vez: «Pues baje usted antes de que cierren.») (Entra en el despacho Soledad. Hilario la mira y en un segundo piensa todo esto):
Hilario.– (Aparte.) ¿Y esta mujer tiene atractivos bastantes para que nadie se enamore de ella? ¡Qué rica! Ahora me parece un gato, un gato que pide de comer y luego da un arañazo. ¿Vale la pena de preocuparse porque le arañe a uno un gato? No vale la pena de preocuparse...
Soledad.– Hola. ¿Qué hay?
Hilario. (Perfectamente tranquilo.) Ya ves. Lo que tú digas.

TELÓN

















Las fases del amor

11 de septiembre de 1927.

Él.– (Que está concluyendo un largo párrafo.) ...y no veo más resplandor que el sol de sus ojos, ni oigo otra música que la de su voz, ni concibo un perfume que no sea el de sus cabellos...
Ella.– (Abriendo los ojos burlonamente.) Pero, amigo mío, eso es una declaración en toda regla.
Él.– (Confuso.) Llámelo usted como quiera.
Ella.– Hasta ahora, esas cosas sólo me las habían dicho por carta.
Él.– Sí. Es la costumbre. Los Servicios Postales viven gracias a las cartas de amor que escriben los hombres a las mujeres y a las peticiones de dinero que dirigen los hijos a los padres. En fin... (Golpeándose un zapato con el bastón.) Ya comprendo que hago mal exigiéndole una respuesta inmediata, pero no sabría esperar... (Con una mirada profunda.) ¿Es que no querría usted ser nada mío?
Ella.– (Con la soberbia del vencedor que siempre dicta frases humillantes.) ¿Por qué no? Sí querría ser algo suyo. Querría ser su viuda.

* * *

23 de septiembre de 1927.

Él.– No. Ya no aspiro a nada, porque no creo que usted pertenezca a ese grupo de mujeres que se niegan por la vanidad de negarse.
Ella.– Ciertamente que no pertenezco a ese grupo. (Suspirando.) Sin embargo... Como probar el amor de un hombre no es fácil...
Él.– (Avanzando un paso.) ¿Decía usted?
Ella.– (Sonriendo.) Es usted un niño... Es usted incapaz de ocultar un pensamiento... ¿Por qué no me dice de una vez que me quiere?
Él.– Se lo he dicho a usted sesenta y tres veces.
Ella.– ¿Es posible?
Él.– ¡Chas! (Esto quiere decir que la ha abrazado de pronto y que le ha colocado un beso. Después de hacerlo, retrocede confuso.) Ha sido una locura, un...
Ella.– Ha sido un beso. Pero, ¿por qué los hombres nos dan ustedes siempre el primer beso en la comisura izquierda?

* * *

15 de octubre de 1927.

Él.– ¡Oh! Pensé que no venías. Me has hecho sufrir mucho...
Ella.– ¿Sí?
Él.– Traes un sombrero precioso. Estás encantadora.
Ella.– Pues a mí me parece que no está bien.
Él.– ¡Qué tontería! Ninguno te hace tanta gracia como ése. Yo mismo te lo quitaré... (Se lo quita y lo deja con suavidad, como si dejara un merengue, sobre un mueble cualquiera.) ¡Y el vestido es magnífico!
Ella.– (Pavoneándose.) ¿Tú crees?
Él.– ¡Maravilloso!
Ella.– ¿Me trajiste cigarrillos?
Él.– ¡Qué pregunta! Ahí los tienes.
Ella.– ¡Oh! «Abdullas del 28»... ¡Te has acordado hasta de «mi» marca. ¿Los zapatos, te gustan?
Él.– Me enloquecen.
Ella.– ¿Y el bolso?
Él.– Es lo más genial que se ha lanzado al mercado. Parece mentira que se construyan cosas tan estupendas! (Etc., etc.)

* * *

26 de diciembre de 1927.

Él.– Pero, hija, ¿por qué has de hacerme esperar siempre? Me he leído una serie de «Dick Turpin». Haz el favor de pensar en lo aburrido que es estar solo esperando, mujer...
Ella.– Perdona; es que tomé un taxi que era una chocolatera. ¿Qué tal? ¿Me sienta bien este sombrero?
Él.– Sí. Te sienta bien. (Ella se quita el sombrero.)
Ella.– Pero, ¿bien por cumplir o bien de veras?
Él.– Bien, mujer, bien; no voy a andar ahora con cumplimientos.
Ella.– No me dices nada del vestido.
Él.– Es bonito.
Ella.– Me ha costado cuatro veces más que los zapatos. ¿Adivinas?
Él.– Criatura, yo no soy tasador...
Ella.– Pero los zapatos ¿te gustan?
Él.– (Distraídamente.) Sí. ¿A cuántos estamos hoy, oye?
Ella.– A veintiséis.
Él.– ¡Qué largo se me hace este mes! (Hojea el calendario.)
Ella.– ¡Anda! ¿No me has traído cigarrillos?
Él.– Se me ha olvidado. Pero los míos no son malos.
Ella.– ¡Quita, por Dios! ¡Son fortísimos!
Él.– ¡Tienes unas manías! ¿Qué más dará unos que otros?

* * *

4 de febrero de 1928.

Ella.– ¡Te estoy esperando desde las cinco!
Él.– Sí. Me he retrasado.
Ella.– ¿Dónde estuviste?
Él.– (Desdoblando un periódico y repasándolo.) Por ahí... (Una pausa.)
Ella.– ¿Qué leías?
Él.– Nada determinado... (Deja el periódico, se pasea silbando y, por fin, se sienta en una butaca.)
Ella.– ¡¡Ay!! Levántate...
Él.– ¿Qué pasa? ¿A qué vienen esos gritos?
Ella.– ¡Te habías sentado encima de mi sombrero y es nuevo, hombre!
Él.– ¡Ah! No me había fijado.
Ella.– ¿Te gusta? ¿Y el vestido? ¿Y los zapatos?
Él.– Hija mía, no piensas más que en los zapatos. Antes no eras así.
Ella.– Pues tú serás el que me has cambiado, porque...
Él.– ¡Bueno! No quiero discutir... (Con un gesto de contrariedad.) ¡Vaya por Dios!
Ella.– ¿Qué te ocurre?
Él.– Se me han acabado los cigarrillos y no me he acordado de comprar.
Ella.– Toma. Yo tengo aquí.
Él.– Me fastidia este tabaco turco; pero, en fin (Enciende un cigarrillo.)

* * *

18 de abril de 1928.

«Sr. D. Él: ¡Esto es intolerable! Hace quince días que no consigo echarte la vista encima. Es preciso que nos veamos para poner fin a esta situación irresistible. Te espero el sábado. Tu Ella.»

* * *

20 de abril de 1928.

Ella.– Ya era hora, hijo mío... Dichosos los ojos...
Él.– Te advierto que si pretendes hacerme una escena, me voy.
Ella.– Tú te has cansado de mí...
Él.– ¿Ya estamos con la canción de siempre?
Ella.– ¿Es que ya no quieres ser nada mío?
Él.– ¿Por qué no? Querría ser tu viudo.
Ella.– ¡Dios mío! ¡Dios mío! (Una hora de llanto torrencial.)
Él.– (Logrando por fin consolarla.) Ea, no hay que ponerse así... Si yo te quiero todavía, mujer... (La besa rápidamente, ligeramente.)
Ella.– (Pensativa.) ¿Por qué los hombres nos darán siempre el último beso en la comisura derecha?

TELÓN








EL TEATRO Y LA REALIDAD


Las obras que se ofrecen bajo este encabezado se publicaron en Buen humor en 1927. En ellas se muestra una situación teatralizada y, a continuación, cómo hubiera sucedido en la realidad a decir del autor. Jardiel emplea estas dos obras para ridiculizar dos formas de teatro que el no consideraba de excesiva calidad: la alta comedia y el sainete típico, que eran dos de las formas teatrales más manidas del momento y contra las que él se rebeló en su renovación del teatro español



















El teatro y la realidad A TRAVÉS DE LA ALTA COMEDIA

Cuando les digan a ustedes que el Teatro es el fiel reflejo de la vida real, siéntense en un sillón, colóquense en una postura cómoda y ríanse hasta la congestión pulmonar. Entre todos los géneros literarios, el Teatro es el más falso, el más fatídico y el más alejado de la realidad. Voy a intentar demostrar mi aserto.
Supongamos una misma escena de la vida real, trasplantada, por ejemplo, a la Alta Comedia y al Sainete, comparémosla después con la misma escena, y tal como se desarrollaría en la realidad sensible. La escena es ésta: una esposa, obligada por las circunstancias, entera a su marido de que... ha hollado el tálamo con una «ligereza». Acaba la escena con el perdón del esposo, que, en el fondo, es una malva.

La acción en un salón de casa rica.

ESCENA ÚNICA

Félix-Lucila

(Félix, que tiene treinta años, se pasea nerviosamente por la escena. Un reloj marca las diez menos cuarto. De noche. En seguida vibra un timbre y, tras una pausa, entra Lucila por el primero izquierda. Lucila representa unos veinticinco años.)

Lucila.– ¡Hola! ¿He tardado, verdad? Esa dichosa modista tiene tanta clientela que no acaba nunca de probarme. ¿Y tú, qué has hecho? ¡Ah! Te has pasado la tarde trabajando... Muy bien. Pero ¿qué te ocurre? Parece que estás triste, preocupado... ¿Algún disgustillo estúpido? Créeme: no vale la pena de darse un mal rato por una insignificancia. (Quitándose el sombrero.) ¡Uf!
Félix.– (Encendiendo un cigarrillo; esto de encender un cigarrillo en la escena cumbre, sucede en todas las altas comedias que se precien de serlo.) Basta, Lucila. Lo sé todo. (Frases imprescindibles y que se han repetido en el teatro mundial dieciséis millones ochocientas treinta y dos mil cincuenta y nueve veces.)
Lucila.– (Haciéndose la demente.) ¿Que lo sabes todo?
Félix.– ¡Todo! (Una pausa. Las pausas son muy interesantes en las altas comedias. Sirven para que los cómicos oigan bien al apuntador, para que los espectadores acatarrados se desahoguen tosiendo y para que otra parte del público haga «¡Chist, chist!», con lo cual crece el interés escénico.)
Lucila.– ¿Dices que lo sabes todo?
Félix.– ¡Todo! (Repetición muy del gusto de todos los comediógrafos y que al oyente le hace siempre muy buen efecto.)
Lucila.– (Sonriendo forzadamente. Estas sonrisas forzadas de la protagonista son las que crean en una actriz la fama de insigne. Tampoco deben faltar en una buena comedia.) No te comprendo, Félix.
Félix.– ¿Que no me comprendes?
Lucila.– No.
Félix.– Y, sin embargo...
Lucila.– ¿Qué?
Félix.– Debías comprenderme.
Lucila.– Pero...
Félix.– No finjas.
Lucila.– Todo esto es muy extraño...
Félix.– ¿Lo crees así?
Lucila.– Naturalmente. (Frases cortas, llamadas «bocadillos», que nunca expresan nada, pero que motivan el que se diga de un autor: «Maneja el diálogo divinamente».)
Félix.– Lucila... Creo que siempre fui bueno contigo. He procurado darte satisfacciones y evitarte toda suerte de disgustos... (Ojeada retrospectiva que también se estila mucho y que inclina al público a la melancolía.)
Lucila.– Es cierto, Félix. Yo creo que he sabido pagarte en la misma moneda de lealtad.
Félix.– ¿Lealtad? ¡No blasones de lo que te es desconocido! (Desde este momento empiezan ya las frases de efecto. El comediógrafo se «vuelca» en las «réplicas» sucesivas.)
Lucila.– ¡Me ofendes, Félix!
Félix.– Fuiste tú la primera que me ofendiste con una conducta que no califico.
Lucila.– ¿Te he hecho algún daño por ventura?
Félix.– El mayor daño que se les hace a los demás se basa siempre en un gusto propio. (Aquí suelen empezar los rumores aprobatorios del público «sano», que es el que no entiende una palabra de lo que están diciendo los cómicos.)
Lucila.– He procurado siempre hacerte feliz.
Félix.– La felicidad sólo reside en la ignorancia. Mas llega fatalmente un día en que se sabe lo que no se supo, y entonces...
Lucila.– Entonces, ¿qué?
Félix.– (Con voz oscura.) Entonces se quisiera no saber lo que se sabe, y lo que se supo pasa a no saberse, y lo que aún no se sabe se agranda ante la magnitud de lo sabido. (Ovación segura. Estos líos de palabras arrancan al espectador del asiento y le llenan de entusiasmo. Bravos, vivas; y a cada frase es una tormenta de admiración.)
Lucila.– ¿Acaso?
Félix. (Rudamente.) ¡Sí, Lucila! ¡He averiguado!
Lucila.– (Apoyándose en un mueble.) ¡Dios mío! ¡Ha averiguado!
Félix.– (Mirando al techo y con la mano sobre el corazón.) He averiguado y algo se ha abierto bajo mis pies. ¡Divina ignorancia de los que no analizan! ¡Punzante latigazo de la verdad! Verdad... ¿por qué no me cubriste con tu manto de negra noche? Ignorancia..., ¿por qué no me tapaste con tu venda sutil las abiertas pupilas del alma?... (Media hora de apóstrofes en este sentido, al acabar la cual el autor sale dos veces a escena, reclamado por el delirio de la muchedumbre.)
Lucila.– (Aterrada.) ¡Félix, por Dios!
Félix.– (En el mismo plan de latiguillo.) ¡No! ¡No me abochorna tu conducta? ¡Me abochorna y me escuece el error supremo en que siempre viví! ¡Te ensalcé, y me humillaste! ¡Te sacrifiqué mi vida, y tú hiciste holocausto de mi propia entraña! (Ovación ensordecedora.)
Lucila.– (Llorando.) ¡Félix! ¡Félix! (Llanto colaborador de todas las espectadoras.) ¡Félix! (Arrastrándose por el suelo.) ¡Félix! (La repetición del nombre en distintos tonos de voz aumenta el entusiasmo.) Te herí con recia espada, pero aún guardo para ti bálsamos de arrepentimiento... (Lloran también algunos caballeros.) ¿No habrá en ti algo de este perdón que te suplico? (Llorantina general.) ¿No sabrás perdonarme? (Lloran los bomberos.) ¿Devolverás lanzada por lanzada? (Lloran los acomodadores.)
Félix.– (Tras una pausa estupenda.) Sí... Perdonaré. ¡Es ley de la vida! (Un silencio. Llega hasta la escena el ruido de un violín, que toca el vecino del piso de arriba y así lentamente, cae el telón. Verdadera orgía de entusiasmo; el sonido del violín obliga a los espectadores a llevar al autor en hombros a su casa.)
A TRAVÉS DE LA REALIDAD

Pero observemos ahora la realidad, y he aquí lo que en la realidad se dirían mutuamente los mismos personajes puestos en idéntica situación:

Lucila-Félix

Lucila.– (Entrando con traje de calle.) ¡Hola!
Félix.– Hola, sinvergüenza.
Lucila.– ¿Tienes ganas de armar jaleo?
Félix.– ¡Qué cinismo! De manera que vienes de ponerme en ridículo con Fernández y aún protestas...
Lucila.– ¿Te importa mucho de dónde vengo?
Félix.– Lo que voy a hacer es mandarte a casa de tu madre.
Lucila.– ¿Tienes ganas de armar jaleo?
Félix.– Te advierto que...
Lucila.– Bueno. ¡Déjame en paz! (Llaman a un timbre y aparece una doncella.) Que sirvan la comida, Juanita. (Y nada más. Félix y Lucila, puestos en esta situación, no dirán ni una palabra más, aunque protesten los comediógrafos.)











El teatro y la realidad a través del sainete

Veamos, como segunda parte, cómo se desarrollaría el mismo «argumento» en forma asainetada. La acción en un comedor de casa pobre.

ESCENA ÚNICA

Lino-Evarista

Lino.– (Entrando por el segundo derecha, con las manos en los bolsillos de la zamarra, la vista clavada en el suelo y los bigotes encrespados.) ¡Esto se ha acabado! (Tirando la gorra en un rincón.) ¡Maldita sea una moto! Lo que a mí me ocurre, le sucede a don Wifredo el Velloso, y se afeita. (Dejándose caer en una silla.) ¡Pensar que, después de doce años de habitar el tálamo en compañía de Evarista, me encuentro con la honra averiá! Porque la cosa está más clara que una sopa de fonda. Yo ya tenía la mosca detrás de la oreja, y la declaración que me ha hecho Domingo, el tapicero, ha acabado de hundirme en el consabido piélago. Evarista me engaña, y yo no puedo consentir que una mujer me toree por medias verónicas. La llamaré, y como resulte verdad la paella, armo una como pa no desarmarla en la vida. (Levantándose.) ¡Evarista! ¡Evarista!
Evarista.– (Por el primero izquierda, y secándose las manos con el delantal.) ¿Pero qué pasa, hombre? ¿Qué te ocurre?
Lino.– Me ocurre una cosa que es la verdadera Iberia.
Evarista.– Bueno, si estás de broma... (Inicia el mutis.)
Lino.– (Deteniéndola.) ¡Alto ahí! No te me desvanezcas, que tengo que echar contigo una parrafá.
Evarista.– ¿Vas a contarme «El Vizconde de Bragelone»?
Lino.– Voy a contarte los días que te quedan de vida.
Evarista.– Me estás metiendo el corazón en un puño de piqué...
Lino.– ¡Chufleo no, Evarista, porque estoy que masco!
Evarista.– Pero ¿quieres decirme de una vez lo que te pasa, hidrófobo? Y abrevia el léxico, que estoy lavando y me van a cortar el agua.
Lino.– Si es verdad lo que sospecho, yo también te voy a cortar algo.
Evarista.– Siempre he asegurado que eras un «hacha».
Lino.– ¡Evarista!... ¿Recuerdas un día abrileño y soleao, doce anualidades pa atrás, en que dos seres treintañeros y algo dementes se encaminaron a unirse a la iglesia de la Paloma?
Evarista.– ¿Pero es que ahora te vas a poner retrospectivo?
Lino.– ¡Contesta! ¿Te acuerdas?
Evarista.– ¡A ver si es que esa clase de burradas se olvidan alguna vez!
Lino.– ¿Te acuerdas de que ambos a dos firmamos, y muy mal por cierto, un papel, en el que afirmaba que estaban casaos por la vía legal Evarista. Luganilla y Cretona y Lino Romerales y Machuca?
Evarista.– ¡No me he de acordar! ¡Si a ti, de azarao que estabas, te se enredó la pluma en el papel y echaste un borrón en el Romerales!
Lino.– Pues andando el tiempo, la que ha echado el borrón en mi apellido has sido tú.
Evarista.– ¿Qué quieres decir?
Lino.– Ya acabo. Aquel día nos juramos fidelidad delante de San Bruno pa mientras nos funcionasen los pulmones.
Evarista.– Sí.
Lino.– Y hoy, a pesar de que los pulmones nos funcionan mejor que el motor de un «Hispano», la fidelidad mutua se ha alejado con rumbo a las Antillas.
Evarista.– ¿Eh?
Lino.– No te hagas de nuevas, Evarista, porque me pierdo.
Evarista.– Pero...
Lino.– ¡Me he enterao de que me la estás dando con queso de la Tierruca!
Evarista.– ¡Lino!
Lino.– Y de que todas las tardes, días lluviosos inclusive, te ves en el bar «Niza» con Melanio, el churrero. Y de que me estás tomando por el pito del sereno, y de que yo causo más risas que un drama social. ¿Te has enterado? ¿Es verdad lo que digo? ¿Eh? ¿Es verdad?
Evarista.– (Llorando.) ¡Ay, madre mía, qué desgracia!
Lino.– ¡Ya veo que es verdad! ¡Lo presumía más que un traje nuevo!... Pues ha llegao la hora de hacer una venganza que la del «Juan José» va a ser Nesfarina.
Evarista.– ¡Lino!
Lino.– Porque yo, a buenas, soy una edición del «Corazón» en cartoné; pero, a malas, a malas, te mato a ti y mato al churrero, y le incendio el establecimiento y le estropeo la máquina fabricadora.
Evarista.– ¡Pero, Lino!
Lino.– Voy a buscar la piedra de apisonar los filetes, y vuelvo pa darte con ella en eso que tienes encima de los hombros. (Inicia el mutis.)
Evarista.– ¡No! ¡Eso, no! ¡Ah! ¡Sí! ¡Ya! (Se desmaya.)
Lino.– ¡Mi circunspezto padre! ¡Se ha desmayado! La verdad es que soy más bruto que un percherón. ¡Menudo disgusto la he dao! (Acercándose a ella, lloroso.) Evarista. ¡Amos, mujer, resucita, que no lo volveré a hacer! Vuelve, Evarista, que te van a cortar el agua. Ná. No vuelve ni en broma. ¡Evarista, que to lo he olvidao ya! ¡Vuelve!
Evarista.– (Aparte, abriendo un ojo.) Ya me parecía a mí que eso de matarme era una copla. (Cae el telón.)

* * *

A TRAVÉS DE LA REALIDAD

Pero observemos ahora la realidad y he aquí lo que en realidad se dirían mutuamente los mismos personajes, puestos en idéntica situación.

Lino-Evarista

Lino.– (Entrando.) Oye, tú, so arrastrá, ¿es verdá eso que me han dicho?
Evarista.– ¿Qué te han dicho?
Lino.– Que estás liá con el churrero.
Evarista.– ¡A ver si te vas a hacer de nuevas, atontao!
Lino.– ¡Si no me valiera más que darte una bofetá, que...! (Lo que sigue no lo pueden oír las personas decentes.)
Evarista.– ¡Tú qué vas a dar, boceras!
Lino.– Amos que si yo... (Se va por la derecha hablando solo.)

El lector comprenderá que era imprescindible sentar alguna vez el incuestionable hecho de que la realidad no tiene nada que ver con el Teatro; mejor dicho: que el Teatro no tiene nada que ver con la realidad.












DOS MONÓLOGOS REPRESENTABLES


La Presentación del Fakir Rodríguez apareció en Buen humor en 1927 y fue empleada en 1938 por su autor para elaborar un Celuloide cómico, una pequeña película de una serie que rodó en San Sebastián con un equipo CEA.
El segundo monólogo –Cómo contesta el eco (1927)– es muy original, pues basa su humor en la habilidad lingüística de emplear las terminaciones de las palabras para contestar a unas preguntas, en la mejor tradición de Rubén Darío pero extrayendo las posibilidades humorísticas de los vocablos en vez de las poéticas. Este recurso es antiguo y ya lo empleó Juan del Encina, pero Jardiel le da una nueva orientación humorística.

















Presentación del «fakir» Rodríguez

(A telón corrido, unos tramoyistas sacan una caja de 1,80 metros de alta por 40 centímetros de ancha, decorada con vistosos colores, y la dejan en el centro del escenario.)
(Por la derecha sale entonces un Conserje.)

El conserje.– Respetable y apiñado público: voy a tener el gusto de presentar a ustedes al «fakir» Rodríguez, que va a ejecutar varios dificilísimos trabajos de magia. El «fakir» es indio: vio las primeras luces en Bengala, y es capaz de pasar por encima de un brasero encendido sin quemarse, de tragarse una espada después de masticarla, de resistir (sin herirse) hasta doce golpes de sable, de adivinar el porvenir a cualquiera y de hacer otras cosas igualmente extraordinarias e inexplicables para la ciencia. Atención. El «fakir», que se pasa la vida metido en esta caja, se halla ahora en estado cataléptico. Comenzaré por despertarle. (Abre la caja, y en ella, de pie, vestido a la oriental y con los ojos cerrados, aparece el «Fakir» Rodríguez.) Vean: está dormido. Le despertaré por medio de una maniobra especial. (Saca un duro del bolsillo y lo tira al suelo.)
El fakir.– (Abriendo los ojos.) ¡Ese duro es bueno!
El conserje.– ¿Puede decirme de qué acuñación?
El fakir.– Amadeo, 1871.
El conserje.– Perfectamente. Me guardaré el duro, porque el «fakir», cuando se duerme, no sabe lo que hace. (Se lo guarda.) Ahora, «fakir», delante de estos señores, daremos principio a algunas experiencias.
El fakir.– Como usted quiera.
El conserje.– El «fakir» Rodríguez, previamente descalzo, va a pasar sobre un brasero encendido sin quemarse los pies. (Da una palmada; entra un tramoyista con un brasero encendido, lo deja en el suelo y se va.) ¡Mucho silencio! El público no debe olvidar que el ruido más insignificante, un simple cañonazo, excita los nervios del «fakir» y le impide trabajar. (El «Fakir» se quita las babuchas, se recoge en si mismo y hace unos gestos muy raros.)
El fakir.– Sumatra rendigot sacarina Bombay.
El conserje.– Ésas son palabras de embrujamiento...
El fakir.– ¡Rampoy! (Lentamente, echa a andar hacia el brasero, y cuando llega a él pasa los pies por encima, como quien pasa un charco, y sigue andando.)
El conserje.– «Voilá!» (Ovación.) Ahora, el «fakir» va a proceder a adivinar el día en que nació un señor cualquiera.
Uno del público.– ¡A ver! Yo...
El conserje.– Muy bien. ¿Qué día cumple usted los años?
Uno del público.– El 10 de abril.
El conserje.– ¿Cuántos años tiene?
Uno del público.– Veintisiete.
El conserje.– ¡«Fakir»! ¿Qué día nació este señor?
El fakir.– El 10 de abril de 1911.
El conserje.– ¿Ven ustedes? (Ovación.) En vista del éxito, el «fakir» va a tragarse una espada después de masticarla. Atención. (Saca del bolsillo un as de espadas, lo enseña al público y se lo da al «Fakir».)
El fakir.– ¡¡Ramploy!! (Se come la carta.)
El conserje.– Salud para digerirlo. (Ovación.) Ahora, el «fakir» va a adivinar el futuro de otra persona.
Una señora del público.– Yo...
El conserje.– Veamos. ¿Tiene usted novio, señorita?
Una señora.– Sí.
El conserje.– ¿Se van ustedes a casar pronto?
Una señora.– El año que viene.
El conserje.– ¿Cómo se llama su novio?
Una señora.– Ricardo Álvarez.
El conserje.– ¡Responde, «fakir»! Di el futuro de esta señorita.
El fakir.– El futuro de esta señorita es Ricardo Álvarez.
El conserje.– ¡Ya está! (Ovación delirante.) Y ahora, para concluir, procederemos a hacer la experiencia más sorprendente. En estado de sugestión, el «fakir» Rodríguez va a resistir cinco o seis golpes de sable sin padecer ningún dolor. ¡Sugestiónate, «fakir»! (El «Fakir» se autosugestiona.)
El fakir.– Sumatra sacadura sacarina Ceylán...
El conserje.– ¿Regú?
El fakir.– Regó sogú ectoplasma.
El conserje.– ¿Ya?
El fakir.– Sí.
El conserje.– Dame cinco duros.
El fakir.– (Dándoselos.) Toma.
El conserje.– ¡Dame dos pesetas! (El «Fakir» se las da.) ¡Dame diez reales! (El «Fakir» obedece.) ¡Dame un duro! (Se lo da.) ¡Dame seis pesetas! (Se las da.) (Al público, inclinándose.) El «fakir» acaba de resistir cinco sablazos sin sufrir el menor rasguño. He aquí nuestro trabajo. (El «Fakir» y el Conserje se van para evitarse un disgusto serio.)

TELÓN








Como contesta el eco

Monólogo de dos personajes.

(A telón corrido sale El hombre que habla con el eco, se inclina finísimo y dice, a ser posible sin equivocarse):

El hombre que habla con el eco.– Señores: un servidor de ustedes es el hombre que habla con el eco.
Seguramente esta confesión les dejará a ustedes sumidos en el ya sabido mar de las confusiones. Pero todo tiene su explicación y vamos por partes, como los telegrafistas.
El eco, ese fenómeno acústico, en virtud del cual el éter repite los últimos sonidos brotados de la garganta humana al pronunciar una frase, no ha sido bien estudiado todavía. Sólo yo, que en punto a la cultura conozco el cuarto apellido de Lindbergh, he llegado a la conclusión de que el eco es la voz de la experiencia, la cual responde siempre con su sabiduría a las cosas que nosotros, los pobres humanos, ignoramos o conocemos mal.
Hasta ahora, cuantas preguntas he dirigido al eco me han sido contestadas por él y quiero que ustedes asistan al espectáculo, que escalofría como una ducha. Atención.
Preguntare al eco algunas cosas relativas a las mujeres. Pido perdón anticipadamente, porque el eco tiene unas teorías un poco molestas. Si algunas señoras quieren retirarse, están a tiempo. ¿No se retira ninguna? Entonces nadie tiene derecho a quejarse.
Se ha hablado mucho de que las mujeres son más constantes que los hombres en materia de amor. Escuchemos lo que dice el eco. (Se coloca a un extremo del escenario y pregunta en voz muy alta.)
¿Cuánto dura el amor de las señoras?
El eco.– ...oras.
El hombre.– Horas nada más, señores. El eco lo ha dicho. Con muy mala ortografía, pero lo ha dicho. Sigamos con las mujeres. ¿Qué es su gracia, su belleza, su elegancia y su donaire?
El eco.– ¡...aire!
El hombre.– Aire; que es lo mismo que decir nada. Un obispo dijo que debe huirse de la pasión desordenada. ¿Qué obispo dijo hace muchos años que se debe huir de la pasión?
El eco.– ...sión.
El hombre.– Continuemos nuestra labor indagadora. ¿Cuándo llegan las mujeres a las citas de por la tarde?
El eco.– ...tarde.
El hombre. ¿Cuánto tarda en dejar de amarnos la mujer que nos juró amor al medio día?
El eco.– ...medio día.
El hombre.– ¿Qué acaba por producirnos la mujer que más nos entusiasma?
El eco.– ...asma.
El hombre.– ¿Cuáles son las únicas preocupaciones de las bellas?
El eco.– ...ellas.
El hombre.– Ellas mismas. El eco tiene razón. Pero sigamos... ¿Qué es lo primero que le piden la mayor parte de las mujeres al hombre incauto?
El eco.– ...auto.
El hombre.– ¿De qué marca se lo piden, si el hombre es un naviero rico de El Ferrol?
El eco.– ...rol.
El hombre.– El eco afirma también que es una tontería matarse por una mujer. ¿Qué es el hombre que dice «si no me quiere Fulana me suprimo»?
El eco.– ...primo.
El hombre.– ¿Qué otras cosas hay tan peligrosas como las mujeres y que también cuestan pesetas?
El eco.– ...setas.
El hombre.– Porque ya saben ustedes que las setas son muy peligrosas. ¿Y qué otra cosa de la familia de las setas, que yo jamás me he puesto ni me pongo?
El eco.– ...ongo.
El hombre.– Hongo, sí, señores; ahora que el eco lo escribe sin hache. ¿Y ahora qué tendré que decir al marcharme a estas personas que me han escuchado atentamente, porque son muy buenas?
El eco.– ...muy buenas!
El hombre.– ¿Y qué van a decir de mí cuando me vaya?
El eco.– ¡Idiota!
El hombre.– Ustedes perdonen, señores, pero después de esa inesperada declaración del eco, no tengo más remedio que retirarme.
(El hombre que habla con el eco se va avergonzadísimo.)

TELÓN











TEATRO IRREPRESENTABLE


A estas seis pequeñas piezas teatrales –insertas en el libro de recopilaciones titulado Exceso de equipaje– las denomina Jardiel «Sainetes deportivos» y aparecieron publicados en el semanario de deportes Aire Libre, en el año 1925.
Es curiosa ver la extraña amalgama que hacen estas piezas, de un tipismo casi exagerado, con los nuevos deportes que se iban introduciendo en la sociedad, que tenían todavía una terminología extranjera y cuyas reglas y modalidades no eran aún plenamente conocidas por todos. Los personajes y los diálogos no tienen nada que envidiar a las creaciones más extremas de Arniches, aunque el estilo madrileño y castizo es algo que Jardiel no volvió a emplear, en su afán de distanciarse de un género al que consideraba menor. De hecho, los personajes madrileños y barriobajeros de otras obras suyas posteriores no tienen el casticismo que presenta en estas piezas.
Se ha designado a estas comedietas de «irrepresentables», lo que no es exacto, pues su estructura permite perfectamente el que sean llevadas a la escena, pero sí notamos el que fueron escritas para ser leídas en algunas bromas que el autor se permite con las siglas y la ortografía, un recurso humorístico que, evidentemente, se hubiera perdido en la representación.








La olimpiada de Bellas Vistas

El jardín de un merendero. En el centro, un cajón de juego de la rana; en la derecha e izquierda varias mesas de despintado pino y algunas sillas que sufren la ciática.
Se hallan reunidos Lucinio, Pepe el Melancólico, Estéban y Orestes el Siete Picos; los cuatro son «de oficio», jóvenes y más flamencos que Rembrandt. Las cinco de la tarde. Verano.
Están jugando a la rana, y Orestes, al tirar uno de los tejos, le ha dado en un ojo a Pepe el Melancólico, por lo cual en la reunión se ha armado bastante revuelo.

Lucinio.– ¡Bueno, no sus acalorís, que sus enchufo el sifón!
Pepe.– Pero, ¿cómo no voy a acalorar, si a poco no me desliza un tejo en la esclerótica?
Lucinio.– Este Orestes es de una burricie que se toma las suelas Philips empanás.
Estéban.– (Mirando el ojo lesionado.) ¡Qué barbaridá! Les han dejao la niña que parece que ha regañao con el novio.
Orestes.– ¡No exagerís, hombre! (A Pepe, solícito.) ¿Es que no ves na, Pepe?
Pepe.– No veo más que sombras en relieve.
Orestes.– Bueno; lo que pasa es que eres más flojo que un refresco de zarza, ¡porque no es pa tanto, chico!
Pepe.– ¡Está bien! ¿Conque no es pa tanto? Pues si llega ser, a estas horas ando por las esquinas cantando guajiras con acompañamiento de flauta.
Lucinio.– ¡Vaya! Queda terminao el incidente.
Pepe.– Pero si es que me pongo furioso...
Lucinio.– No te pongas furioso, Pepe.
Pepe.– ¿Pues qué quieres que me ponga?
Lucinio.– Ponte sublimao y una gasa fenicá, que es lo mejor.
Pepe.– ¡Sí que estoy pa chuflas! (Se separa del grupo y se sienta en una silla tapándose el ojo lesionado con un pañuelo.)
Estéban.– Bueno, ¿seguimos, sí u sí?
Orestes.– Venga. ¿Qué tantos llevas tú?
Estéban.– Dos mil trescientos.
Orestes.– ¡Sí! ¡Y una americana de alpaca!
Estéban.– Pero, ¿es que no lo crees?
Orestes.– ¡Claro que no!
Estéban.– Oye, Lucinio: ¿no llevo yo dos mil trescientos tantos?
Lucinio.– Sí, los llevas.
Orestes.– ¡Maldita sea! ¡Pues te van a nombrar capitán de la selección! (Entra el señor Víctor, que tiene unos cincuenta alias y es plomero, con Joaquina y Ernestina, dos muchachas más feas que un puntapié en el peroné.)
Víctor.– ¡Se saluda a la juventuz triunfante!
Lucinio.– ¡Anda, el señor Víztor y la progenie!... ¿Cómo va?
Víctor.– ¡Subsistiendo! Na más que subsistiendo...
Joaquina.– ¿Qué le pasa a Pepe, que está tan apenao?
Lucinio.– Que le han colocao un tejazo en el ojo.
Víctor.– Pero ¿la cosa es grave?
Lucinio.– To lo más circunspezta.
Víctor.– Pues entonces anímate, Pepe. ¡Vaya un desconsuelo! ¡Ni que tuvieras que ir al estreno de una zarzuela andaluza!
Ernestina.– Ya le animaremos nosotras.
Joaquina.– ¡Pues no faltaba más! (Se sientan junto a Pepe.)
Orestes.– (A Estéban.) ¡Arrea! Se las ha buscao, por agredido...
Estéban.– Lo peor es que se las ha buscao... y se las ha encontrao feísimas.
Víctor.– Bueno; ¿y qué clase de jolgorio es el que hemos venido a chafar, pollos?
Lucinio.– Ningún jolgorio, señor Víztor. Que nos estamos entrenando pa la Olimpiá.
Víctor.– ¡Mi piadosa madre! Pero ¿es que vais a ir a Colombes?
Orestes.– (Acercándose al grupo.) A Colombes, no, pero ya se habrá usté enterao que el jueves empieza la Olimpiá de Bellas Vistas.
Víctor.– No estaba al tanto.
Orestes.– Porque no lee usté más que Prensa atrasá.
Estéban.– Pues sí, señor, señor Víztor; el jueves empieza la Olimpiá y tos dicen que va a ser un ésito que el de Amberes va a resultar un arroz sin pimientos.
Víctor.– ¿Y esto a qué se debe?
Lucinio.– A que nos hemos convencido que hay que cultivar los deportes.
Orestes.– Pero que los cultivamos mejor que la caña de azúcar.
Víctor.– Pues me dejáis más parao que un agente de Seguros. ¿Y qué deportes figuran en la Olimpiá, vamos a ver?
Estéban.– Muchos y variadísimos.
Orestes.– Los juegos olímpicos principales son: el de la rana, el boseo con mitones de cuatro onzas, el del chito, el del cané, las carreras pedestres, el del «paso y la uva»... Muchísimos.
Lucinio.– ¡Y que van a concurrir federaciones de tos laos!
Orestes.– En el chito se lleva el campeonato la F. D. H. I. Z. D. A.
Víctor.– Y eso ¿qué es?
Orestes.– La Federación de Hultramarinos y Zimilares de Amaniel.
Estéban.– ¡Toma! Y en las carreras pedestres se lleva la palma la F. D. C. D. A. D. T. D. L. B.
Víctor.– ¡No me abreviéis más, que no doy una!
Estéban.– Claro, como usté no es téznico! Eso quiere decir la Federación De Corredores De Alhajas De Tetuán De Las Biztorias.
Víctor.– ¡Ah, vamos!
Estéban.– Es que no ha habido una vez que no hayan ganao las carreras los corredores.
Orestes.– Y son numerosísimos. En Tetuán, rara es la casa que no tiene un corredor.
Lucinio.– ¡Menudos tíos! ¡Corren con una velocidad que pasma!
Estéban.– Corren con velocidad y corren con tos los gastos, que es lo grande.
Víctor.– ¿Y vosotros?
Lucinio.– Nosotros vamos a formar la selección pa disputar el campeonato de juego de la rana.
Víctor.– ¿Y jugáis bien?
Orestes.– Como que cuando tenemos un espeztador se queda con la boca abierta.
Víctor.– ¿Quién se queda con la boca abierta, el espeztador u la rana?
Orestes.– ¡Vamos, ande usté allá! ¡El espeztador!
Víctor.– ¡Cualquiera sus hace caso! Ponderáis más que un vendedor de mecheros.
Orestes.– ¿Es que lo quiere usté ver?
Víctor.– Hombre, siempre es un goce.
Orestes.– Pues vamos a dejarlo pa este instante. ¡Los tejos, Lucinio! (Lucinio le da los tejos y Orestes se coloca enfrente del cajón de la rana.)
Lucinio.– A ver cómo te luces.
Orestes.– Voy a dejar al señor Víztor bizco del izquierdo.
Víctor.– Me alegraré que sea verdá lo del estrabismo.
Orestes.– ¡A la una! ¡A dos!... Usté atienda al golpe... ¡a tres! (Lanza el tejo y le da en e1 ojo izquierdo al señor Víctor.)
Víctor.– ¡¡Ay!!
Joaquina.– ¡Por Dios!
Orestes.– Pero ¿qué ha pasao?
Víctor.– ¡Ay! ¡Que lo del izquierdo no era hipótesis! ¡Que me lo acaba de dejar bizco de veras!
Lucinio.– ¡Aguanta!
Orestes.– Pero, ¿qué ha sido?
Estéban.– ¡La panocha!
Pepe.– ¡Le has escalfao también el ojo al señor Víztor!
Orestes.– ¡Anda la osa polar!
Lucinio.– ¡Ésta sí que es buena! (Todos rodean a Víctor.)
Víctor.– Pues, hijos, como el día de La Olimpiá hagáis esto con tos los espeztadores, olerlo puede, pero lo que es ver el ésito, eso lo vais a ver vosotros solos... (Todos le miran consternados.)

TELÓN













Tadeo, el grecorromano

El comedor de una casa pobre. En el centro hay una mesa que cuando se apoyan en ella los dueños baila la Java; en el lateral derecha, una alacena con platos y cubiertos; sillas; una máquina de coser, de esas que funcionan como los motores de los autos: con explosiones. En las paredes, muchas fotografías, que representan a un mismo individuo desvestido de luchador de grecorromana; programas de luchas, anuncios, etc.
Nos encontramos en casa del luchador profesional «Remy de Largnac», que en realidad se llama Tadeo Fernández.
Se hallan en escena Dolores Robledo, una mujer de unos cuarenta años bastante lucidos, esposa del luchador citado, y Ponciano Menéndez, amigo del matrimonio.
Las dos de la madrugada.

Ponciano.– ¿Cómo no habrá venido ya el Tadeo?
Dolores.– No lo sé. Y me extraña más que un concierto de timbales, porque él, en punto a la puntualidad, es una fiebre palúdica. En cuanto que se acabe el espectáculo regresa al domicilio como si viniera en un taxi.
Ponciano.– A ver si le han arreao un zamarrazo y le han privao.
Dolores.– ¡Es no conocerle! A ése no le privan de na. Bueno; es que hoy se disputaban «el Cinturón de Madrid», porque mi Tadeo y otro luchador yugoeslovio, que se llama Etrakindavo, se han quedao de finalistas y...
Ponciano.– ¡Ah, vamos! Entonces, a estas horas aún están revolcándose por la colchoneta. Oiga usté, Dolores: ¿y cómo fue eso de dedicarse su marido a las luchas grecorromanas?
Dolores.– Porque el pobre pesa ciento treinta y seis kilogramos y setecientos.
Ponciano.– Entonces diga usté que pesa ochocientos treinta y seis kilos.
Dolores.– ¡Pero si los setecientos son gramos!
Ponciano.– ¡Ah, ya! Haber avisao.
Dolores.– Usted comprenderá que un hombre de ese volumen no puede más que luchar en el tapiz o alquilarse para cerrar baúles rebosantes.
Ponciano.– ¡Ciento treinta y seis kilos! ¡Sí que es un peso!
Dolores.– ¿Un peso? Diga usté que es una báscula.
Ponciano.– ¡Usté siempre chirigotera! Oiga usté... señá Dolores... ¿Y cómo acierta a vivir con un hombre tan pesao?
Dolores.– Porque se acostumbra una a to. Además, él ha engordao con disimulo. Cuando nos casamos estaba tan delgao, que si salía a la calle en días de viento tenía que echarse al bolsillo dos tomos del «Rocambole» . Un día que no lo hizo se le llevó el aire, y tuvimos que recogerle del reló de Gobernación, donde a poco la diña abrazao a la bola.
Ponciano.– ¡Qué barbaridá!
Dolores.– Fue una aventura de las que dan la hora. ¿Eh? (Escuchando.) Ya está aquí.
Ponciano.– ¿Le conoce usté en las pisás?
Dolores.– ¿Cómo no voy a conocerle, si cada vez que sube hunde seis peldaños?
Ponciano.– Pues el día que le dé una bofetá a un amigo lo traslada a la isla de Madera a aserrar tablones.
Dolores.– No me hable usté de tablones, señor Ponciano, que los sábados coge algunos de cazalla que le tengo que llevar al tálamo con una grúa ad hoque.
Tadeo.– (Apareciendo.) ¡Hola! (En efecto, Tadeo es un hombre gordísimo. Viste un traje que le hace pliegues por todos lados y se toca con una boina. Es rubio y tiene cara de diván.)
Dolores.– ¡Hola, hijo!
Tadeo.– ¿Qué tal, Ponciano?
Ponciano.– Pues ya lo ves, arrastrando el volquete de la vida.
Tadeo.– ¡Bueno, hombre! Me alegra que sigas tirando con salú.
Ponciano.– ¿Y esas luchas?
Tadeo.– No me hables, que vengo más quemao que un kilo de herraj.
Dolores.– Pero ¿es que no te han dado el «Cinturón»?
Tadeo.– No me han dado el «Cinturón», porque las cosas se han puesto muy tirantes.
Dolores.– ¿Será posible que te haya zurrao el yugoeslovio?
Tadeo.– Como lo estás oyendo.
Dolores.– ¡Ay, qué tío asesino!
Ponciano.– Bueno, narra el caso, que me tienes con una impaciencia de pescador de caña.
Tadeo.– Ha sido una cosa que le ocurre a don Ramiro el Monje y abandona el claustro. Figuraos que salimos: nos presenta mesie Leonard así como él acostumbra, sin que se le entienda lo que dice, y por fin nos ponemos frente a frente el Strakindavo ese y un servidor. Nos palpa el árbitro, da un pitido y comienza el combate. El circo, así de gente. Y el publico, siguiendo la lucha con un interés casi usurario.
Dolores.– Sí, sí...
Ponciano.– Nos imaginamos el hecho.
Tadeo.– Yo me echo a la cara de mi contrincante y empiezo a estudiarle de una manera que ni que aspirase a la matrícula de honor, y de pronto, ¡zás!, me tiro a él y le cojo una corbata.
Ponciano.– ¿Y él?
Tadeo.– Él agacha el cuello, se quita la corbata y sale corriendo.
Ponciano.– Pero ¿cuántas corbatas llevaba el punto?
Tadeo.– Ninguna.
Dolores.– Es que Ponciano no entiende una palabra de eso. Coger una corbata es agarrarse al cuello del contrincante, como en un transporte de cariño, pa tumbarle en la alfombra.
Ponciano.– ¡Ah, vamos!
Tadeo.– El tío se enrabisca y se viene pa mí con las del beri. Se me lanza con una rapidez de juicio de faltas y va y me da un brazo rodao.
Dolores.– ¿Pero muy rodao?
Tadeo.– Más rodao que un autobús viejo. Yo doy la vuelta haciéndole flexión sobre los riñones, que se los he dejao pa servirlos con champiñón, y en seguida me levanto y le cojo una presa de cintura.
Dolores.– ¿Y qué, y qué?
Tadeo.– Na, que se me escapó la presa.
Ponciano.– Lo natural, no habiéndola esposao.
Tadeo.– ¡Maldita sea! En cuanto que vi aquello, me dije: «El «Cinturón» no es pa mí». Me se acabó la correa que ya sabes que tengo muy poca y me tiré al suelo furioso. Estaba a cuatro pies, que no me movía ni «el rayo diabólico», y el yugoeslovio me engancha pa darme el golpe de arpén; pero yo le deshago la llave y él tiene que hacer un puente pa librarse de la derrota, que era inminente...
Dolores.– ¿Y lo hizo bien?
Tadeo.– Tan bien como los luchadores franceses, que en eso son los amos.
Ponciano.– ¡Pues ahora me explico yo por qué se ha hecho tan célebre el puente de los franceses!
Tadeo.– (Muy serio.) Oye, tú... Te podías ir a chuflarte de un accionista del Metro... Que estas cosas no son pa tomarías en vodevil...
Ponciano.– Disimula, hombre...
Tadeo.– (Incomodado.) ¡Disimulo más que una esposa adúltera; pero no te consiento una befa ni una mofa!
Dolores.– Vamos, Tadeo...
Tadeo.– ¡Que se guarde las bromas pa el próximo Carnaval, y tendrá un ésito; pero a mí no me toma el pelo ni pa darme una loción!
Ponciano.– Pero, hombre, cálmate...
Tadeo.– ¡Yo no me calmo ni con un bidón de agua de azahar! ¡Ya lo oyes! ¡A ver si la profesión de uno va a servir de chungueo y aquí se va a jugar al chito con las personas serias! ¡¡Pues sí que estoy yo pa entonar una romanza!!
Dolores.– ¡No te pierdas, Tadeo!
Tadeo.– ¡No tengas cuidado: llevo el zaragozano en el bolsillo!... ¡Ahora, que a éste le enseño yo el chotis a izquierdas!
Ponciano.– ¡Pero, Tadeo!
Tadeo.– ¡Esto está acabao! ¡A la calle! (Coge a Ponciano por el cuello de la americana y le arrastra hacia la puerta.)
Ponciano.– ¡Tadeo, hombre! Pero, Tadeo...
Tadeo.– Decirme a mí... ¡Maldita sea! ¡Hala, fuera!
(Abre la puerta de la escalera y tira a Ponciano por encima del barandado como si se tratase de un minino.)
Dolores.– ¡Tadeo, que lo matas! (Se oye el ruido que produce Ponciano al rodar por las escaleras y algún que otro grito.)
Tadeo.– ¡Qué lástima! Si llego a hacer esto en el circo, a estas horas me estoy ciñendo el «Cinturón»...


TELÓN









El novio de la Benigna

Cocina en casa del señor Melanio. Esta cocina, que hasta tiene fogón y todo, sirve de comedor, de salón, de hall, de despacho, de cuarto de baño y de gabinete. Hay pocos muebles; pero, en cambio, están sumamente rotos. Al foro, una ventana que cae sobre el patio; a la derecha, la puerta de la escalera, y a la izquierda, otra puertecita que comunica con la única habitación restante. Las ocho de la noche. El señor Melanio, que acaba de llegar del trabajo, se asoma a la ventana llamando a Benigna.

Melanio.– ¡Benizna!
Benigna.– (Desde el patio.) ¿Qué hay?
Melanio.– ¡Sube ya! ¿Has oído? ¡Que subas! ¡Pues vaya una manera de coayuvar al conforte de la casa! Esta chica se pasa la esistencia fuera del domicilio, y así no hay manera de aspirar a tener un hogar apetitoso, que es el ideal de todo ser cosciente.
Benigna.– (Entrando por la derecha. Es la única hija del señor Melanio, y no puede decirse que la vista un modisto parisién. Tiene quince años, poco más o menos.) Ya estoy aquí.
Melanio.– ¿Qué hacías ahí abajo?
Benigna.– Había ido a pedirle perejil a la señá Engracia.
Melanio.– Te pasas la vida pidiendo perejil a la vecindá... ¡Ni que te hubieran mandado limpiar de loros la Península!
Benigna.– Vaya, no me regañe usté, padre, que se le pone cara de catedrático...
Melanio.– ¿Ties prepará la ensalá de pepinos que te dije antes?
Benigna.– Sí, señor. Y que es una ensalá como para presentarla a un concurso del Tiro Nacional...
Melanio.– ¿Por qué?
Benigna.– Porque tira de espaldas.
Melanio.– Bueno; menos chirigoteo y trae la cazuela.
Benigna.– Al galope. (Al volverse se le cae un papelito doblado que guardaba en un bolsillo del delantal.) ¡Ay!
Melanio.– Oye, chica, ¿qué papel es ése?
Benigna.– (Cogiéndolo.) No, una receta para hacer sopa de sémola.
Melanio.– A ver... Trae el papelito.
Benigna.– (Queriendo ocultarlo.) Pero si...
Melanio.– Trae ese papelito... ¡Benizna, trae el papel, o de un tortazo te vuelvo la cabeza giratoria! (Le quita el papel y se pone a leerlo.) «So chata.» Pero ¿qué es esto?
Benigna.– ¡No la lea usted, vaya!
Melanio.– ¿Una carta?
Benigna.– ¡Ay, mi madre!
Melanio.– ¡Quita de ahí, que yo me empape; que aquí va a haber un Dos de Mayo! (Leyendo.) «So chata: no deges de vajar al patio a las siete, que es la megor ora pa que no nos moleste el vestia de tu padre. Dime si se pone pelmazo pa arrearle un direzto y dejarle nocau, porque llo lla soy campeón de pesos pluma, y no consentiré que nos corte el ilo de nuestras rrelaciones. Tengo que contarte muchas cosas. No faltes. Te quiere tu boseador Paco, que lo es, Francisco.» (Dejando de leer.) Bueno; y todas estas incongruencias, ¿quién las ha redatao?
Benigna.– Mi novio.
Melanio.– Mujer, ya supongo que no ha sido ningún tío mío. Lo que te pregunto es que cómo se llama ese chacal implacable que me quiere desmenuzar la nuez.
Benigna.– (Con un hilito de voz.) Troncoso. Se llama Francisco Troncoso.
Melanio.– Pues, por lo que se ve, hubiera hecho un gran papel en la defensa de Verdún.
Benigna.– ¡Padre! (Muy compungida.)
Melanio.– ¡Qué barbaridad! Me ha producido un terror que me se ha ladeao la gorra.
Benigna.– Padre, ¡no se incomode usté!
Melanio.– No, hija; eso son rabotás juveniles. Estoy al tanto. Bueno; ¿y esa fiera de la manigua te quiere?
Benigna.– Parece que sí.
Melanio.– ¿Y en qué trabaja el apreciable felino?
Benigna.– Es boseador.
Melanio.– Ya lo he leído; pero, vamos, no me percato de la profesión.
Benigna.– ¿De modo que no sabe usté lo que son los boseadores?
Melanio.– En esa cuestión navego en un piélago de iznorancia.
Benigna.– ¿Me deja usté que se lo explique?
Melanio.– Estoy aguardando con una impaciencia de convaleciente.
Benigna.– Pues el boseo es un deporte que sirve pa arrearse bofetás delante del público.
Melanio.– ¿Cómo, cómo?
Benigna.– Eso. Que la gente va a ver pegarse a dos boseadores como quien va a los toros.
Melanio.– Ya.
Benigna.– En lugar de plaza, pues el público se reúne en un local, alrededor de una plataforma que le dicen el rin.
Melanio.– ¡Atiza! ¡El rin!
Benigna.– Y a escape, pa empezar el espectáculo, suena el gon.
Melanio.– ¿Cómo el gon? ¡Niña, habla claro!
Benigna.– Pues eso; el gon es una campana que se llama así. Suena el gon, y los boseadores, que estaban sentados en unas sillas, acompañaos de unos gachós que son los manageres, se levantan y se dan la mano.
Melanio.– ¿Que se dan la mano?
Benigna.– Sí.
Melanio.– ¿Pero los que se van a propinar boleas?
Benigna.– ¡Sí, sí!
Melanio.– ¡Caray, es que no me lo explico!
Benigna.– Después principian a zurrarse sujetos a ciertas reglas.
Melanio.– ¿Y quién da primero?
Benigna.– ¡Toma, pues el que madruga!
Melanio.– ¡Pues vaya unas reglas! Eso pasa siempre que un ciudadano tiene un broncazo con otro.
Benigna.– Se están atizando hasta que pasan dos o tres minutos, y entonces vuelve a sonar el gon, se separan los boseadores, aparecen los manageres, les sientan en las sillas, y les arriman una ducha de agua en las narices, y les escurren un limón en la cara mientras les airean con unos trapos.
Melanio.– ¡Chavó!
Benigna.– Descansan un minuto, se oye el gon y, ¡hala!, a suministrarse guantás otra vez.
Melanio.– Pero, rediez, ¿y eso cuándo acaba?
Benigna.– Acaba de dos maneras: o aguantando los dos los tortazos, o quedando uno de ellos nocau.
Melanio.– ¡Maldita sea! Pero ¿qué es eso de quedar nocau, que no entiendo un lápice?
Benigna.– Pues quedar nocau es quedar sin conocimiento, quedar privao, ¡vamos!
Melanio.– ¡Ah, ya! Quedar nocau es que le dejen a uno listo de un pujo en el hígado.
Benigna.– Eso.
Melanio.– Pues, hija, es un oficio pa quemar la grasa. Oye: ¿y cuando los dos aguantan las manguzás?
Benigna.– Pues entonces dan la viztoria por puntos.
Melanio.– ¿Por el número de puntos de sutura que les tienen que coger en la policlínica prósima?
Benigna.– ¡No, no! Por puntos quiere decir por puñetazos. El que más ha sacudido, aquel resulta vencedor.
Melanio.– Pero bueno, ¿y los boseadores no se matan u, simplemente, se lisian?
Benigna.– ¡Anda! Con la mar de frecuencia.
Melanio.– ¿Y, entonces, dónde está el beneficio de ese deporte? Porque con tener el organismo hercúleo no se come.
Benigna.– ¿Dónde va a estar el beneficio, padre? ¡En lo que les pagan!
Melanio.– ¿Pero es que les pagan?
Benigna.– ¡Pues claro!
Melanio.– No me cabe en el tormo eso de pagar a dos hombres pa que se monden.
Benigna.– Pues les pagan bastante. Y en el estranjero les dan un disparate de miles. Ésa es la ilusión de Paco: llegar a ser campeón del mundo, porque cada vez que los campeones grandes celebran un encuentro, se compran un rascacielos y trescientos gramos de jamón en dulce, que ya sabe usté lo carísimo que es.
Melanio.– Escucha, que esto es muy serio, Benizna... ¿Tú crees que el Paco puede llegar a eso de comprarse un rascacielos?
Benigna.– Pues es claro! Usté no tié idea de cómo arrea en el rin...
Melanio.– ¿Y tú crees que eso de ganar miles a fuerza de bofetás no es una pesadilla, produzto de alguna mala digestión?
Benigna.– ¡Claro que no! ¡Eso es la fetén, padre! Cuando yo se lo digo...
Melanio.– Bueno, pues vete enterando: desde mañana, el Paco sube aquí a verte, y tú le tendrás prepará pa cuando venga una cosa de lo que pida, sea oloroso, o dulce, o escarchao, u triple, u mono. Y él aquí manda y dispone, y le haces saber que en esta casa le limpiamos tos las botas a placer, por turno y con una meticulosidad de enfermera.
Benigna.– ¡Pero, padre!
Melanio.– ¡Lo dicho! Y que nadie más que yo le paga el cine, el bar, el Metro, el tranvía de la Dehesa de la Villa y, en general, tos los arrebatos de su vida disipá...
Benigna.– Pero, padre, ¿a qué viene eso? ¿Es que se ha vuelto usté loco?
Melanio.– ¿Qué me voy a volver loco? ¡Lo que ocurre es que desde mañana tu novio me impone a mí en eso del boseo, y ya no vuelvo a coger la paleta ni la plomá en toda mi vida! ¡¡Por estas!! (Lo jura solemnemente y ataca con gran fe la ensalada de pepino. Benigna se queda con la boca abierta.)

TELÓN


















El «once» del Amaniel, f. c.

Una habitación de la casa-comité donde acostumbran a unirse los socios del «Amaniel Fútbol Club», sociedad formada para la mayor gloria y el mayor brillo de tan emocionante deporte.
Varios bancos adosados a las paredes y una mesa, ante la cual acostumbran a sentarse los individuos de la Junta directiva de la sociedad cuando hay que esclarecer quién se ha llevado las veintiocho pesetas que existían en caja.
En los muros, varias fotografías del «once» del «Amaniel». Lino, el capitán del equipo, se halla sentado ante la mesa ejerciendo de presidente de la sesión. Tiene a su diestra la campanilla, que como el capital social no admite excesos, está constituida por un bote de melocotón al natural, con dos o tres piedrecitas dentro.
En los bancos se encuentran los equipiers del «once» en cuestión: Marcelino, Severino, Silvano, Antonino, Regino, Florentino, Avelino, Saturnino, Sabino y Ceferino. Ninguno de ellos es pariente de los Vanderbilt.

Lino.– ¡¡A ver!! Que haya silencio u agito el bote... (Los equipiers siguen discutiendo acaloradamente entre sí.) ¿Habéis escuchado la disertación? ¡Silencio! Se abre la sesión de par en par. (Poco a poco van callando los del «once».)
Silvino.– ¡Chist! Anda, dirígete a la asamblea, porque no lo repito ni comiendo rábanos.
Marcelino.– Te se escucha.
Lino.– Nos hemos reunido el capitán y los equipiers pa lucidar algunas cuestiones que nos llenarían de congoja si nosotros no fuéramos unos tíos con toda la barba afeitá.
Florentino.– Azvirtiendo que yo llevo el bigote a la gran Dumont.
Lino.– Se ruega al medio centro que no haga acotaciones en los márgenes, si no quiere que se le precipite en la ensaladera craneana la campanilla de la presidencia.
Severino.– Naturalmente, hombre.
Saturnino.– Es que este Florentino es de caballería de Marina.
Regino.– Sigue, Lino.
Lino.– To el mundo sabe, y el que lo iznore es que es de pueblo, que el «once» del «Amaniel» es más invencible que un filete a real. A nosotros nos echan un «once», y le hacemos un siete, y en un dos por tres nos tomamos un quince, porque somos más chulos que un ocho.
Todos.– ¡Bravo! ¡Eso! ¡Ahí le ha dao!
Lino.– Celebro que la explicación numérica sus haya llegao a lo profundo del alma bohemia.
Todos.– ¡Sí, sí! ¡Nos ha llegao!
Lino.– Pues entonces me alegraré de que haya llegao con felicidad y Joaquina.
Sabino.– Sigue, Lino.
Lino.– Prosigo. Nuestro historial está más limpio que un rompeolas. Hemos jugao siempre con una decencia casi inverosímil, y en nuestra vida hemos cometido una falta.
Ceferino.– ¡Bien hablao!
Lino.– Pero si, por casualidad y al desgaire, hemos cometido una falta, la hemos purgao con Laxen Busto.
Avelino.– ¡Muy verdá!
Lino.– Pa nosotros, el campo del deporte es un campo de gules, que creo que es una verdura de aristócratas. Nuestra honradez está acrisolá, que se dice, y podíamos jugar al balón con el señor marqués de Cabriñana, sin que nadie echase de ver una diferencia.
Regino.– ¡Ahí le duele!
Lino.– A ver si nos dejamos de dolencias...
Severino.– Nos dejamos de dolencias; pero gritamos entusiasmados: ¡Viva el «once»!
Todos.– ¡Viva!
Lino.– Pues bueno. Una vez que el orgullo profesional y el entusiasmo se ha manifestado en forma otolaringóloga, pasemos en fila india a tratar la cuestión batallona que aquí nos reúne, con el especial permiso de las autoridades.
Marcelino.– Pasemos, aunque sea de cuatro en fondo.
Lino.– Todos estamos percataos de que somos más grandes que el Chimborazo u el Himalaya u el cerro de Garabitas, pongamos por altura hispánica, y todos estamos convencidos de que el que dude esta verdá es idiota de nacimiento u es que nos odia con un odio congolés.
Sabino.– Nadie pué dudar lo grandes que somos.
Lino.– Por esta vez, el apreciable extremo derecha se ha colao como un cuarto kilo de torrefacto. Porque, sabezlo de un golpe, compañeros de patás: ¡hay quien lo duda! (Confusión inenarrable, voces, gritos, aullidos de chacal. Los equipiers parecen enloquecer de ira. Pasa media hora antes de que Lino vuelva a restablecer el orden.)
Antonino.– ¿Y quién es el dromedario huérfano que lo duda?
Avelino.– Hay que saber su nombre.
Los demás.– Eso, eso... ¡Que se sepa! ¡Que lo diga!
Lino.– Voy a decirlo pa que se calme la indiznación monstruo que sus devora. El que dice que nosotros pegamos menos que un anémico, es Paco el «Niágara».
Saturnino.– ¿Paco el «Niágara»? Yo no conozco a ese canguro.
Ceferino.– Ni yo.
Lino.– Sí, hombre. No habéis de conocerle... Ese que tiene un puesto de pan duro cerca de Bellas Vistas. Uno que se le murió un tío el día que se casó el Rey, que tenía una prima sirviendo en Villanueva del Arzobispo.
Regino.– ¡Ah! Sí, hombre. Ya sé quién dices. Uno que está mal de la vista y que le dicen el «Niágara» porque tiene unas cataratas grandísimas.
Lino.– Ese es; ese mismo... Me aseguraba el lunes pasao que nosotros jugábamos al fútbol con la misma agilidad que un rinoceronte pesimista. Ya me conocís: pa mí la honra de la asociación es el leite motives de la esistencia, y ante una afirmación de esa naturaleza pierdo la cabeza y el encendedor automático. Me puse fuera de mí y le dije al «Niágara» que era una majuela incandescente, y que cuando las afirmaciones eran gratuitas había que abonarías u se quedaba muy mal. El me contestó que abonaba la afirmación, aunque fuese con nitrato de Chile, y que pa demostrar lo que valíamos, lo mejor era que sostuviésemos un partido con el «once» del «Policlínica de Cuatro Caminos, F. C.». Y ahora una pregunta: ¿acetáis el reto, compañeros?
Voces iracundas.– ¡¡Sí, sí, sí!!
Lino.– Pues ya estáis azvertidos. El domingo que viene nos encontraremos con el «once» susodicho. No quiero deciros cómo tendremos que sacudirnos la polaina pa quedar a nuestra aterradora altura; pero sí convenía dejar sentaos con toda comodidá algunos extremos. ¡Escuchando! Aquí, pa entre nosotros, sus hago saber que en ese partido está permitido to y que se deben utilizar con preferencia las patás en las espinillas del adversario.
Sabino.– Muy bien.
Lino.– Tú, Sabino, que tiés habilidá pa arrear balonazos en las fosas nasales, te dedicas a eso no más durante el partido. Y tú, Marcelino, que eres el amo en lo de cargar de un modo que requiere la asistencia facultativa, vas a poner en juego tu adorable aztituz. Regino, que tiene unos codos tan puntiagudos que cuando se apoya en una mesa la agujerea, que se dedique a apoyarlos en los estómagos de los enemigos lo más violentamente que se lo permita el régimen alimenticio a que está sujeto, y Antonino, que acostumbra a apisonar las calles con los brodequines, que procure pisar al contrincante en un tobillo, que es lo ideal.
Todos.– ¡Bravo! ¡Muy bien!
Marcelino.– Así se hará.
Lino.– Si seguís los consejos que me dizta la experiencia, le vamos a dejar al «Niágara» con menos agua que un columpio. ¿Tiene alguien algo que decir? Al que sea se le escucha.
Ceferino.– Yo.
Lino.– ¿Qué dices tú?
Ceferino.– Que son las doce y media, y yo, si no me tomo un vermú, no puedo digerir los macarrones.
Lino.– Pues, en vista de esta observación alimenticia de Ceferino, se levanta la sesión. (Lino agita el bote de melocotón al natural y los del «once» van haciendo mutis, pegando puntapiés a las sillas para entrenarse, camino del bar de la esquina.)

TELÓN














La natación de Anastasio

Rellano de la escalera de una casa de vecindad frente al cuarto que ocupa Anastasio Rebolledo, en compañía de Adelcisa Pumariño, su «conglomerado gaseoso» desde hace veinte años. A la derecha, la puerta de la habitación de Anastasio; en la izquierda, la escalera, que se pierde en el lateral; el foro, limitado por el pasamanos de hierro. En la pared, un cartelito, que dice textualmente: PAZO HA LA UARDIYA.
Al levantarse el telón, Anastasio, vestido con un traje de baño que se cae de viejo, se halla sumergido en una grantina llena de agua, y se dedica a nadar con estilo libre. Adelcisa sale en seguida por la derecha, de muy mal humor, por cierto.

Adelcisa.– (Muy rabiosa.) ¡Maldita sea mi suerte! ¡Malhaya mi sino! Pero, ¿te parece medio decente que yo me haya genuflexionado delante del altar y le haya dao al cura tres sís de pecho, que fueron otras tantas ovaciones de los asistentes al azto, para que tú te pases la vida nadando en una tina?
Anastasio.– ¿Es que crees, ser inconsciente, que esto no tié importancia?
Adelcisa.– Iznoro la importancia que pue tener el pasarse cinco horas diarias haciendo el paquebote. ¡Mira, que si no me valiera más que darte un guantazo! ¡Vamos, sal de ahí, so visión!
Anastasio.– Adelcisa, no me provoques, que empiezo a atufarme, y de un deportista atufao se pué esperar cualquier demencia...
Adelcisa.– ¡Deportista! Lo que eres tú es un vago, que se difumina en el horizonte, Anastasio.
Anastasio.– Adelcisa, no zahieras...
Adelcisa.– Bueno, ¿sales o no?
Anastasio.– Estoy haciendo la plancha, y no puedo abandonarla así como así.
Adelcisa.– ¿Que no puedes abandonarla?
Anastasio.– No.
Adelcisa.– ¡¡Sal ahora mismo, asesino de mi sosiego!!
Anastasio.– He dicho que no.
Adelcisa.– (Desesperada.) ¡Ay, Virgen de las Angustias; pero qué te habré hecho yo pa que me condenes a vivir con este Barbarroja! ¡Así me hubiera pillao un autobús con el completo echao el día que fuimos a la Vicaría! ¡¡Así me...!! (Por la izquierda aparece el señor Cosme. Es un individuo más feo que un simoun.)
Cosme.– Pero, ¿qué sucede en esta santa mansión, que se oyen las voces respeztivas desde los pintorescos alrededores de Arganda?
Adelcisa.– Pase usté, señor Cosme, y asistirá usté a la tercera escena de La muerte civil.
Cosme.– ¡Caray! Me deja usted de mosaico. ¿Qué es lo que ocurre?
Adelcisa.– (Señalando a Anastasio.) Mire usté a esa momia faraónica, y a ver si no tengo razón pa pedir al Altísimo que me lo arrebate.
Cosme.– (Viendo a Anastasio metido en la tina.) ¡Mi abuela!
Anastasio.– ¡Hola, Cosmecillo!
Cosme.– ¡Pero, muchacho! ¿Qué haces ahí, disfrazado de arenque?
Anastasio.– Pues ya lo ves. Que me he dedicado al deporte.
Cosme.– ¿A qué deporte?
Anastasio.– Al natatorio.
Cosme.– ¿Y con eso qué ganas?
Anastasio.– Agilidad en los miembros.
Cosme.– Pues te vas a hacer de oro.
Adelcisa.– Ya lo oye usté. Ahora dígame si no hay razón pa que me se alborote el hilo de antena que tengo ya por nervios.
Cosme.– Lo hay, señora. Este pobre hombre está de una conformidad que Doña Juana la Loca a su lao era un «Longines».
Anastasio.– Lo que sus ocurre a vosotros es que no tenéis idea de lo que es el desarrollo corporal y que desconocís por completo aquella mársima latina que decía: «Mengana incorpore al sano».
Adelcisa.– ¿El qué?
Cosme.– ¡Aguanta! ¿Qué ha dicho?
Anastasio.– He dicho «Mengana incorpore al sano», que es tanto como decir, además de nutrir al intelecto pensante, hay que nutrir al organismo vital pa conseguir ciudadanos capacitados y lograr el desenvolvimiento consecutivo de las naciones duchas en civilización.
Cosme.– ¿Y pa eso de las naciones duchas es pa lo que te das tú los baños?
Anastasio.– Naturalmente.
Cosme.– ¡Cuando yo digo que estás pa que te amarren!
Adelcisa.– Pa que lo amarren y le lleven a la obra, porque ha de saber usté que ya no va al trabajo ni sonámbulo.
Cosme.– ¿Es que el deportismo le ha dao crónico?
Adelcisa.– Lo que le ha dao es una vagancia de las dimensiones de San Francisco el Grande.
Cosme.– Estoy ya empezando a sospecharlo.
Anastasio.– (Nadando con furia.) ¡Bueno!... ¡Bueno! ¡Que no sus azmito los concetos ofensivos! Que sus estáis aprovechando de que estoy sumergido y no me puedo defender...
Adelcisa.– ¡¡¡Cállate, so Landrú!!!
Cosme.– Oiga usté, señá Adelcisa, ¿y desde cuándo data ese fervor acuático del pollo?
Adelcisa.– Ya va pa tres meses que tos los días al levantarse agarra la tina y prencipia a hacer planchas, según él dice.
Cosme.– ¿Y está mucho tiempo en el elemento líquido?
Adelcisa.– De seis a ocho horas, señor Cosme.
Cosme.– Pues la verdá, no me explico esta aztituz. Como no sea que haya tomao la determinación de estudiar pa bacalao.
Adelcisa.– Y ahora usté me dirá qué hago yo con semejante anfibio.
Cosme.– Pero, ¿de qué le ha brotao la mochalez?
Adelcisa.– Está así desde que presenció un concurso de natación en el estanque del Retiro. Allí encontró a un amigo, que por cierto le ha salido fuzbolista a la mujer, y ese amigo fue el que le metió en el almendruco algunas ideas deportistas. De todos los aspeztos del deporte, el que más le suzyugó a esta perla Kepta fue el aspezto natatorio, y desde entonces ha tomao la cosa con un calor casi tropical. Y ahí se pasa la esistencia emulsionándose los músculos.
Cosme.– ¡Qué barbaridaz! ¿Y no hay quien le saque de la tina?
Adelcisa.– No se le saca de ahí ni con un mandamiento judicial.
Cosme.– Pero, ¿qué es lo que se propone? Porque desde el punto de vista económico, esta conduzta hidrópica debe de ser un desastre como pa entonarlo en un hizno patriótico.
Adelcisa.– Talmente.
Cosme.– ¿Entonces?
Adelcisa.– Es que el distinguido nadador abriga la ilusión de ganar dinero a fuerza de remojarse.
Cosme.– ¿Que abriga esa ilusión?
Adelcisa.– El verano pasao sí que la abrigaba, pero en el invierno eso no es posible.
Cosme.– Pues hombre, lo natural era que lo abrigase en el invierno.
Adelcisa.– Dice que se está entrenando para llegar a conseguir atravesar el Azlántico, y que ese océano le daría la mar de pesetas.
Cosme.– ¿Atravesar el Azlántico?
Adelcisa.– Ni más ni menos.
Cosme.– ¿Y piensa conseguir eso entrenándose en una tina de lavar la ropa?
Adelcisa.– Ya lo está usté viendo...
Cosme.– (Iniciando el mutis.) Bueno, no quiero escuchar más cosas, porque me pongo muy triste. Ya me escribirá usté dos letras comunicándomelo el día que ese alienao ingrese en la sala del hotel de Ciempozuelos. (Hace mutis por la escalera. Adelcisa le ve marchar con la boca abierta y Anastasio sigue haciendo que nada a más y mejor.)

TELÓN





















El «Gran Premio» de la Arganzuela

Un espacioso solar rodeado de viviendas humildísimas y en el centro del cual se ha construido una pista de hipódromo. Una valla hecha con madera de cajones viejos limita la pista y forma la pelouse, por la que discurren (es un decir) todos los vecinos del solar: hasta trescientas personas, entre mujeres, hombres y chiquillos.
A la derecha, una romana para pesar a los jockeys y a las cabalgaduras; junto a ella, el cuadro de inscripciones; en la izquierda, la caseta de las apuestas.
Al levantarse el telón, el stand está animadísimo. Los habitantes del solar se disponen a asistir al «Gran Premio» de la Arganzuela, que se va a correr bajo la dirección del notable aficionado al hipismo Jerónimo el de la Gota, bellísimo apodo que ostenta desde que fue repartidor a domicilio de la benéfica y nutritiva Sociedad «La Gota de Leche».
Cerca de la romana se alza el corredor de una de las viviendas, en el que se encuentran Jerónimo, Ceferino, Gorgonio, Salustio, Lorenzo y otros vecinos menos trascendentes.
En otoño; las seis de la tarde. Empieza a acción.

Ceferino.– Vamos, señor Jerónimo, que es usté el diablo con tridente y to.
Salustio.– ¡Hombre! Es un hacha que corta un ciprés.
Gorgonio.– ¡Mira tú que organizar un concurso de hipismo, talmente que en los Parises, en los Londres y en los San Sebastianes!
Jerónimo.– ¡Bah! Que discierno en cuestiones deportivas y que aspiro al regocijo y al solaz de mis conciudadanos y eso es to.
Salustio.– ¡Que vive usté más adelantao que un niño prodigio!
Gorgonio.– Y que es más progresivo que una parálisis general.
Ceferino.– Y que está al tanto de la moda.
Jerónimo.– Bueno, no me cobeéis más, que vais a conseguir que me aceruele.
Lorenzo.– Tie razón el hombre. Además, si seguís por ese sendero nefasto, no va a dar principio el festejo que aquí nos congrega.
Jerónimo.– ¡Naturalmente! Porque yo llevo la batuta directiva y si no batuteo no hay festival.
Gorgonio.– Usté ha sido jockeye, ¿verdad, señor Jerónimo?
Jerónimo.– Unas miajas. Hasta que me enzarcé en amores con la Eufrasia, y su hermano, que era mozo de cuadra, y natural de Vigo, y más bruto que un pura sangre, se enteró de lo del contubernio amoroso...
Gorgonio.– ...y corrió usté más que nunca.
Jerónimo.– Corrí de un modo que no paré hasta Calatayuz.
Ceferino.– ¿No sería que iba usté a llevar una copa pa el concurso?
Jerónimo.– ¡Sí! ¡Pa copas estaba yo entonces! Y basta de pur parleres, muchachos. Con el natural permiso de los circustantes, voy a dar la señal verbal pa empezar el espeztáculo. (A grito pelado.) ¡¡¡Cipriano!!! ¡A la pesá!
Cipriano.– (Que está en la pista.) ¡Voy planeando! (Entran en la pista hasta ocho burros montados por otros tantos vecinos del solar, que van vestidos de jockeys. Cipriano se dedica a pesar a los burros y a los jinetes en la romana que ya se ha citado, y para conseguirlo suspende de una cuerda a cada uno; después anota los nombres, pesos y demás circunstancias en el cuadro de indicaciones.)
Jerónimo.– Ya están ahí los animales corredores...
Salvador.– (Contemplándolos.) ¡Mi madre, qué bandurrias!
Jerónimo.– Los mejores que hemos encontrao en toa la Arganzuela, y ya sabís que nosotros somos la fama en burros. Aquel de las orejas partidas es Garibaldi, de la burrada de Atilio el broncista. El que está a su derecha le llaman Papús, porque hace quince días que no come, y ahí lo tenéis, que aún no se ha muerto. Es de la burrada del Churris, ese gitano de la Alhóndiga, que lo emplea pa tocar el arpa en la Sinfónica. El de más allá atiende por Que te crees tú eso y cuando quiere desarrolla una velocidad de velocípedo alocao. ¡Pa mí que ese gana el premio!
Lorenzo.– ¿Y en qué consiste el «Gran Premio», señor Jerónimo?
Jerónimo.– Pero, ¿es que no lo sabes? ¡Si es el clu de la fiesta. De «Gran Premio» se va dar un panecillo con el peso esazto.
Ceferino.– ¡Cuidado que es usté mentiroso!
Gorgonio.– ¡Se le ocurren a usté unas bromas!
Jerónimo.– Pero ¡si es verdá!
Salvador.– ¿Qué es verdá?
Jerónimo.– ¡La chipén de la fetén de la chipendi!
Ceferino.– ¿Y de dónde ha sacao usté esa alhaja?
Jerónimo.– Lo ha traído Paco, el tahonero, fabricao por él.
Ceferino.– ¿Y él sabe fabricar esas maravillas?
Jerónimo.– Su trabajo le ha costao. Porque como había ya perdido la costumbre de hacerlos, se ha tenido que pasar tres noches laborando a brazo pa conseguir el peso justo.
Ceferino.– ¡Hay que ver!
Salvador.– Y hablando de burros, usté que es el más grande... en esta cuestión: ¿cómo se llaman los demás?
Jerónimo.– ¿No lo ves en el cuadro? Mataduras, montao por «el Tirillas». Cascorro, montao por «el Gurris». Me acuesto a las siete, montao por Luis, el de Ocaña. Pa haberse ahogao, montao por Joaquín el lencero, y Zendejas, montao por el señor Pepe, el de Sigüenza.
Lorenzo.– (Aparte.) Y aquí, en confianza, ¿quién cree usté que ganará, señor Jerónimo?
Jerónimo.– (Aparte también.) Mira, Lorenzo: a ti te voy a decir la verdá porque te tengo ley y porque se me ha metío debajo de la gorra que te ganes una porción de pesetas a escape.
Lorenzo.– Señor Jerónimo, me fascina usté... Ya sabe que estoy en peor situación que un viajero de autobús; que hace tres meses que no reúno dos reales ni citándolos a tomar café, y que la vida para mí es un drama de Rambal.
Jerónimo.– Lo sé to, Lorenzo.
Lorenzo.– Y que no como caliente desde que falleció don Francisco Silvela, que ya hace días.
Jerónimo.– Pues por eso te voy a revelar la verdá pa que veas de nuevo un amadeo de los auténticos.
Lorenzo.– Pero ¿se acuñan?
Jerónimo.– No se acuñan, pero aún quedan algunos.
Lorenzo.– Me se va a ir la vista contemplándolo.
Jerónimo.– Aquí del negocio. Escucha.
Lorenzo.– Soy un espectador de Rubinstein.
Jerónimo.– Tú sabes que se hacen apuestas sobre los burros que van a correr y que si gana alguno de los que el público cree que son una birria la ganancia es de las aúpa.
Lorenzo.– Si, señor.
Jerónimo.– ¡Bueno! Pues el Papús es el animalito que más galopa de tos los que se presentan, y yo he hecho creer que se lleva sin comer sesenta días. De manera que ya no apuesta por él ni el general Concha, cuya alma descanse en el Señor.
Lorenzo.– Vislumbro el golpe.
Jerónimo.– Tú y yo apostamos por el Papús, y, como es seguro que gana, pues mañana estamos ambos a dos en casa de Camorra tomándonos dos pares de chicos con un par de chicas.
Lorenzo.– ¿Con un par de chicas?
Jerónimo.– Sí, hombre. Con un par de chicas irreflexivas de esas que se perdieron en su juventud para que luego nos las encontremos todo el mundo.
Lorenzo.– ¡Ya! ¡Chavó! ¡Qué maquiavelismo!
Jerónimo.– De modo que toma el dinero que tengo ahora para el caso e inviértelo en papuses. (Le da un billete.)
Lorenzo.– ¡Ya regreso! (Coge el billete, echa a correr y se va a la caseta de las apuestas, de donde vuelve más tarde. La carrera comienza. Salen disparados los ocho burros ante las exclamaciones de la muchedumbre, que sigue con interés la prueba. El señor Ceferino, Salustio y Gorgonio, que han apostado por Me acuesto a las siete, siguiendo el consejo de Jerónimo, prorrumpen en gritos de entusiasmo.)
Ceferino.– ¡Bien por nuestro burro!
Salustio.– ¡Rediez, qué marcha lleva!
Gorgonio.– ¡Ya se ha colocado a la cabezota! (Pero el entusiasmo se torna en desilusión cuando ven que Papús se adelanta a todos.) ¿Eh?
Ceferino.– ¡Si es el Papús!
Salvador.– ¡El burro del «Churris»!
Lorenzo.– (Aparte.) ¿Ha apreciao usté el caso, señor Jerónimo?
Jerónimo.– (Aparte también.) ¿No te lo decía yo? Ya les lleva de ventaja medio cuerpo de burro. (Una gritería general acoge el impensado cambio. El público en masa insulta al jockey del Papús.)
Salvador.– ¡Mala sombra!
Ceferino.– ¡Así tropieces con las patas de delante!
Gorgonio.– ¡¡Ladrón de uvas!!
Lorenzo.– Señor Jerónimo; nos embolsamos los amadeos.
Jerónimo.– ¡Pero qué duda coge! Pupila que se tiene. Lorenzo... Mira, ya llegan a la meta.
Gorgonio.– (Entusiasmado.) ¡Bravo! ¡Bien! (En medio de sus vítores, se alza la voz de Salvador.)
Salvador.– (Muy contento.) ¡¡Mi tía la de la calle de Hilarión Eslava!!
Lorenzo.– Pero, ¿qué ocurre pa originar este júbilo tan desbordao?
Jerónimo.– ¿Qué va a ocurrir? ¡Maldita sea un escalafón! ¿No lo ves? Que cuando ya llegaba a la meta el Papús se ha parao a comer hierba y se ha quedao más atrasao que un niño con meningitis... (El señor Jerónimo se echa a llorar y el público invade la pista y rodea al Garibaldi, que ha resultado vencedor.)

TELÓN























MONÓLOGOS


El vestido largo es un monólogo dedicado a Amparo, fechado el 26 de marzo de 1920, que no aparece en las Obras completas, pues el autor debió de autocensurarse y no considerarlo como de suficiente calidad. Se publicó finalmente en 1984, por iniciativa de Luis Alberto de Cuenca, que recuperó las seis cuartillas del manuscrito. Es una obra curiosa, en perfectas quintillas y que refleja la espontaneidad versificadora de Jardiel. La Amparo a quien Jardiel se refiere no contaba entonces veinte años siquiera, pero parece que fue importante en la vida del autor. La ocasión del texto es su puesta de largo.
Intimidades de Hollywood data de 1933. A su regreso de los EE.UU., donde ambos habían trabajado para la Fox en películas en castellano, Jardiel escribió esta pieza para la actriz y amiga Catalina Bárcena. El texto retrata de una manera muy divertida y precisa a la vez la vida de una estrella de cine y los absurdos de la cotidianeidad del cine por dentro. Este monólogo se estrenó al mismo tiempo que aparecían otros escritos en prosa del autor sobre su viaje a América y sobre el agudo contraste de la mentalidad hispana con la estadounidense, infantil y materialista. La actriz lo representó durante la temporada teatral 1933-34 y las siguientes, con repetido éxito.
Cuentos y chismes del oficio es una lograda descripción de las interioridades del mundo del teatro, ambiente del que tanto disfrutaba Jardiel. En él se describen todos los sufrimientos por los que pasa una compañía antes del estreno de una nueva obra y se hace hincapié en toda una serie de pequeños detalles que el público suele ignorar y que, sin embargo, son de importancia capital entre bastidores. Aunque el monólogo parece ser una crítica del teatro, su inesperado final nos muestra que la profesión de actor tiene muchas compensaciones y que todos los actores aman en verdad su trabajo.
Jardiel escribió este monólogo para la actriz Isabel Garcés, en 1939.
El vestido largo

Rosario es una muchachita de unos dieciséis años a quien, algo prematuramente, han puesto de largo sus padres. Está desesperada, con una rabia sorda y muda que la hace pegar en el suelo con el tacón de su zapatito; a pesar de eso, Rosario está sencillamente riquísima con su moño alto y su aspecto delicado de ingenua.
Sale por el foro, por la derecha o por la izquierda: la actriz elegirá la puerta más de su agrado, y con el entrecejo ligeramente fruncido le dirige al público esto que sigue y algunas cosas mas.

Rosario.– (Muy compungida.)

El día, día fatal
en que la edad natural
me privó de ser lo que era
y pasé de tobillera
a ser persona formal
quedó grabado en mi mente
de un modo tan fehaciente
que aún recuerdo con horror
la llantina que el dolor
me hizo verter inclemente.
Pues como yo suponía,
esta estúpida manía
que tienen nuestros papás
nos daña bastante más
que daña una pulmonía.

(Dirigiéndose a las damos del público.)

Y, por si entre estas señoras
existen espectadoras
con posible descendencia,
les dicto con complacencia
las causas comprobadoras.
Yo de mí les sé decir
que en el modo de vestir
que adopta toda mujer
está, como van a ver,
la alegría del vivir,
pues yo, siendo tobillera,
tan alegre y feliz era
como ahora soy desgraciada
con esta moda endiablada
de muchacha casadera.
Llevando corto el vestido,
(Se sube un poquito la falda.)
suelto el pelo, y recogido
con bucles a los dos lados,
pecho y brazos descotados
con artístico descuido;
mostrando las pantorrillas
de los pies a las rodillas
calzadas en negras medias
(medias que enseñan a medias
las sonrosadas canillas)
y llevando con constancia
un aire de ingenuidad
y de supina ignorancia,
como acostumbra la infancia
a llevar en esa edad,
con un poco de fortuna
los hombres se van tras una
víctimas de un amor ciego,
sin perjuicio de que, luego,
como premio a su querencia
les dejemos a la luna,
a la luna de Valencia.

(Pausa.)

Y, pues queda demostrado
que la mujer ha soñado
siempre con verse asediada
por toda una carretada
de siervos que haya flechado
con la luz de su mirada,
nada mejor que esta edad
todo candor y bondad,
libre de toda inquietud
y llena de juventud,
de gracia y de libertad.
Porque, ¿qué mujer podría
cuando se sube al tranvía
(Con aire muy respetable.)
enseñar la pierna entera
con gentil coquetería
«si no fuese tobillera»?
¿Qué mujer habrá llegado,
viendo a un hombre de su agrado,
a sonreírle hechicera
con infantil desenfado,
«si no fuese tobillera»?
¿Qué mujer habrá podido
besar a algún conocido
en la calle, en plena acera,
libre de escándalo y ruido,
«si no fuese tobillera»?
¿Qué mujer, por fin, podrá
estar libre de mamá
para hacer lo que ella quiera
sin tacharla de ligera
ni aconsejarla papá
«si no fuese tobillera»?

Y la muchacha formal
tiene un aire señorial,
no ríe, no se divierte,
y, cuando en la casa advierte
algo que ella encuentra mal,
adopta un gesto estatuano,
riñe a los niños y a Blasa
–que es la criada– y se pasa
el mes junto al calendario
contando el gasto diario
y haciendo de ama de casa.

(Muy enfadada.)

Y yo por eso no paso,
prefiero mi libertad
a esa tonta seriedad
de la que nadie hace caso,
y como abjuro ese cargo
me declaro en rebeldía,
destrozo el vestido largo
y persisto en mi manía
de seguir mi vida entera
siendo –siempre– tobillera;
y en cuanto yo tenga hijas
les forzaré las clavijas
y... las vestiré de encargo,
que, aunque el trance sea amargo,
conseguiré lo que quiera
yendo yo de tobillera
y vistiendo ellas de largo.

(Hace un mohín de rabia y se va por donde entró; si el público la aplaude debe salir a saludar, si no se irá a su cuarto a vestirse de calle y yo la acompañaré en el sentimiento.)


TELÓN

Intimidades de Hollywood

Proyección de un letrero que dice: «PRESENTACIÓN DE CATALINA BÁRCENA».
Proyección de Catalina, en panorámica, avanzando hacia la cámara. En un momento dado, cuando la figura proyectada ha adquirido tamaño natural, se borra la proyección, se encienden los focos y continúa avanzando hacia la batería Catalina en persona. Luz a todo el escenario. Como es natural, el público, al verla, rompe a aplaudir. Ella se inclina.

Catalina.– Gracias, muchas gracias; son ustedes muy amables... (Lanzando una ojeada a su alrededor). Y el teatro es precioso... Y las butacas, muy cómodas. Y los acomodadores, muy bien educados. (Suspirando dramáticamente.) ¡Ay! Todo lo encuentra una mejor que nunca cuando vuelve, de tal manera, que para conseguir que las cosas sean perfectas no hay mejor sistema que abandonarlas; por eso la historia casi siempre es gloriosa, y por eso hablan tan bien de sus maridos las viudas. Súbitamente alarmada. Pero, ¡por Dios!,
no vayan a figurarse ustedes que yo aconsejo la viudez... ¡De ninguna manera! Separarse de ellos a temporadas, para que comprueben por sí mismos la tragedia que es un armario revuelto, eso sí. Pero la viudez, no; lo negro mancha muchísimo.
Y los viajes sin vuelta, tampoco. Volver es la gran delicia de los viajes: ese momento en que se decide «salimos el lunes», y se empieza a dar vueltas, y a disparar órdenes, y a arrastrar baúles, y llena una de ropas todas las sillas, y se anda de cabeza, se pierde la cabeza, no se sabe dónde se tiene la cabeza, y acaba una con dolor de cabeza. Prisas. Prisas. «Ya sabemos que salimos el lunes.» Un baúl completo; dos baúles; ocho baúles. Entonces se ve que todavía queda ropa para seis baúles más. Y una pide: «¡Baúles, baúles!» Y vienen amigas. «Perdona que no te atienda, hija; pero como salimos el lunes...» Y telefonazos preguntando. «Sí, sí; salimos el lunes.» Y el sábado y el domingo, sin dormir. Y por fin, el lunes queda todo listo. Y entonces se entera una de que no se sale hasta el viernes.
Después, el tren; esos inmensos trenes de Estados Unidos, llenos de americanas viajeras y de viajeros sin americana. Durante los cuatro días de tren, se cruza todo el país, y se pasa por encima del río Mississipí y del Missouri. Yo
siempre pido que me avisen, pero todavía no he conseguido verlos. Deben de ser ríos de esos que se acuestan temprano.
Luego, Nueva York, con sus calles enormes, su tráfago y sus rascacielos.
Y por fin, el barco: un barco, como todos los barcos, con señoras que se cambian ocho veces al día de vestido y caballeros que se aprietan el nudo de la corbata al mirarlas.
Cinco días más, y tierra en el horizonte. La ve una acercarse desde la cubierta, azotada por el viento. El corazón quiere salirse del pecho; el viento intenta arrebatarnos el sombrero; hay que sujetarse el sombrero o el corazón.
Y se sujeta una el sombrero, claro.
Desembarco; gente que habla a gritos; grupos que toman el sol en las esquinas; mal humor; piropos. Es España, con sus defectos y virtudes. La emoción, una emoción casi angustiosa, llena el pecho y se sube a la garganta, y se sigue subiendo hasta los ojos; y se nos sube, al fin, a la cabeza. Entramos en España por Andalucía, y hay que tomarse un gazpacho, que sabe a gloria, y sorberse una caña de manzanilla, que se nos sube también a la cabeza, a hacerle compañía a la emoción.
Y aquí estoy en carne y hueso: un poco menos de carne que de hueso, porque los cinematografistas las prefieren delgadas. Es uno de los dramas de Hollywood. Una española en Hollywood está siempre very flash: demasiado gruesa. Antes de ir, en España, como ya lo sabe una, ha procurado adelgazar todo lo posible. Las amistades se han alarmada: «¿Está usted enferma, Catalina?» «Catalina, qué desmejorada la encuentro...» «¿Sí? Estoy adelgazando; como me
tengo que ir a América en julio...» «¿Es que el pasaje lo cobran por kilos?» «No. Es que hay que adelgazar para el cine.» «¡Ah, sí, sí! No; si está usted mucho mejor... Una chiquilla.» Y luego, en la calle, entre ellas: «¿La has visto?...» «No me hables; parece una boquilla Dunhill». ¡Pues todavía se adelgaza más! Y en el viaje de ida se procura seguir adelgazando. La familia empieza ya a tomar precauciones, y no la deja a una salir a cubierta más que llevando un tomo del «Enciclopédico» debajo del brazo. Si el barco se cruza con otro, todos se agolpan en el comedor para verlo, y cuando una le dice a un viajero: «Perdone usted, que le estoy tapando la puerta», el viajero contesta: «Es igual, señora; veía al trasluz.» Bueno, pues en estas condiciones de «peso miraguano» se llega a Hollywood, se
entra en los studios, y todavía se tropieza una con la frase terrible: «¡Oh, miss Bárcena: tiene que adelgazar!» Y media hora después el plan de adelgazar empieza con una; es decir, acaba con una.
Primero, el régimen de comidas: suprimidas las féculas, suprimidas las grasas, suprimidos los azúcares. La carne es tabú. El café, un veneno; eso casi siempre es verdad, porque casi nunca es café. El pan, ni tocarlo; el vino, ni olerlo.
La cerveza es la muerte. De los huevos, si acaso, la cáscara. Los bombones, un chupetoncito y dejarlos; pero siempre sin desliarlos del papel.
Una, por fin, se acuerda de Madrid y se pone en jarras. «Bueno, ¿qué es lo que puedo comer?» Y entonces viene el marcar el plan y el seguirlo inexorablemente. Sopa de avena quemada, muy clarita. Una corteza de pan tostado para todo el día. Toronjas. Uva seca. Apios a discreción. Jugo
de tomate. De jamón, lo que se saque apoyando el cuchillo en el mismo bordecito del pernil, y retirando el pernil y cortando después. Agua, la que llueva. Y el postre, absolutamente prohibido. Yo cumplo siempre todo el plan menos lo relativo al postre. Suprimir el postre es superior a mis fuerzas. Así es que, después de cada comida, no hay quien me quite mi pastilla de goma de mascar.
Pero esto no es más que la primera parte, que podríamos llamar teórica porque cumpliéndola los alimentos nunca sobrepasan la categoría de substancias teóricamente destinadas a alimentar. Y mientras se practica esa parte «teórica» se miran los alimentos como se miran los cocodrilos y los eclipses: de lejos y para tener algo de que hablar en la mesa... mientras comen los otros.
El régimen de adelgazar consta de una segunda parte práctica; pero muy práctica, practiquísima: el masaje.
El masaje tiene que ser diario, y lo da una mujer acostumbrada a luchar con la vida y a defenderse de ella a golpes. Esa mujer la trata a una como si una fuera la vida.
Las primeras veces toma precauciones esenciales: cierra la puerta con llave y se guarda la llave en el bolsillo, quita de los muebles todos los objetos defensivos, como jarrones, figuras, lámparas, etc.; siempre que habla sonríe, dando confianza, y todavía hace otra cosa esencial en las primeras sesiones: pillarle a una desprevenida, que si no...
Empieza por pegar en las piernas, para que no se pueda correr; por fortuna, se puede dar voces, que siempre es un consuelo.
Luego le pone a una los brazos así, y la cabeza así. En seguida nos tiende sobre una mesa, y agarrándonos de la nuca nos dobla y desdobla rápidamente varias veces, como si abriese y cerrase un libro. Después le coge a una un pie y se lo lleva. Y cuando suelta el pie se pone a aporrearnos de esta forma las caderas y la espalda, sin olvidar de vez en cuando un buen rodillazo, a tiempo, en la cintura.
Una pone el grito en el cielo.
En la habitación de al lado, la familia llora.
Pero, andando el tiempo, la familia se acostumbra. La que no se acostumbra es una misma.
Sin embargo, acaba por hacerse amistad con la masajista, y llega un momento en que, al encontrarla en la calle, se la saluda y todo. Y hasta se interesa una por su salud, preguntándola: «¿Cómo anda usted de fuerzas?» Claro que durante la conversación con ella no se puede evitar el levantar el brazo así de vez en cuando. (Hace el gesto de alzar el codo que hacen los chicos cuando sienten la inminencia de un cachete.) Pero la masajista suele ser una buena persona, capaz hasta de tomarle a una simpatía. Cuando eso ocurre, no es raro oírla decir: «Me interesa mucho, miss Bárcena, dejarla a usted contenta, y para ello en la semana próxima prometo pegarla a usted mucho más fuerte.» «¡Oh, no sabe usted cómo se lo agradezco!», contesto yo sonriendo así. (Sonríe con cara de mártir.) Y lo del agradecimiento, al cabo del tiempo, es verdad. El día que el espejo le dice a una: «Ya no tienes grasas», ese día dan ganas de echar a correr
a abrazar a la masajista. Y si no se hace, es porque no se tienen ánimos para correr.
Pero adelgazar es imprescindible; la cámara cinematográfica lo aumenta todo, y el cuerpo de la actriz no es una excepción. Sin la ensalada de apios a todo pasto no existiría Greta Garbo. En el cine, la gloria puede depender de un beefsteak o de una ración de croquetas.
Eso sin contar el mal papel que hace una gorda por las calles de Hollywood, en donde el público muestra el mismo interés y la misma curiosidad por el cine que aquí, en París, o en Londres, o en Alcázar de San Juan.
Una actriz, o un actor, andando a pie, produce una congestión en el tráfico. Tres mil señoritas aparecen con tres mil álbums de autógrafos, en los que hay que poner un pensamiento. Dios sabe a qué grado de locura no llegarían los artistas, si en Hollywood no se vendieran libros titulados así, poco más o menos: «Mil pensamientos para ser escritos en álbums de autógrafos.»
Ese es el mayor encanto de Hollywood: el estar todo previsto.
Y para una mujer que goce yendo de tiendas, Hollywood es el paraíso. En aparatos de cocinas se encuentran colecciones maravillosas. Para sacar huesos; para hacer rellenos; para cortar las patatas de 56 maneras diferentes; para que
las naranjas parezcan nueces; para que las nueces parezcan naranjas; para quitarles la cáscara a los huevos; para cortar la carne en forma de pescado; para pintar de azul los limones. Lo que se dice una delicia.
Y todo eso sin contar los «grandes almacenes», donde puede una pasarse todo el día enterito, porque tienen restaurante, peluquería, gimnasio y biblioteca,
¿El inglés? ¿La diferencia de idioma? Eso no es un obstáculo. Para mí, al menos, no ha sido nunca. Con saber decir «thank you», que como ustedes saben, es «gracias»; «how much?», que es: «¿cuánto cuesta?», y «cheap», que es «barato», basta y sobra.
Se acerca una a la señorita, pues en América es muy raro que despachen hombres, y se señala con el dedo el objeto buscado, exclamando: «How much?» La señorita dice una cifra que una no entiende, pero eso no importa. Sin saber el precio, se abren los ojos así, se retrocede un paso, y se protesta: «Oh! Is not cheap.» (¡Oh! No es barato.) La señorita sonríe, y dice otra cifra. Es que ha rebajado. Pero una vuelve a abrir los ojos y a retroceder y a protestar «Is not cheap! Is not cheap!» En España, el regateo produce efectos, pero no siempre. En América no falla, y os rebajan hasta lo inverosímil el objeto pedido, u os ofrecen otra cosa de precio mucho más bajo. Claro que casi siempre ocurre que vais a comprar un sombrero, que os hacía mucha falta, y acabáis llevándoos un molinillo de café, que no os hacía falta ninguna, pero ¿y la alegría de que os rebajasen nueve dólares de diferencia del molinillo al sombrero? ¿Y la satisfacción de poder llegar a casa diciendo: «Con éste son catorce los molinillos de café que tenemos; pero, hijos, ha sido una verdadera ganga.»
Se suele guisar en casa hasta cuando hay convidados, y uno de los «números» de la fiesta en estos casos es, precisamente, hacer la comida, en los que interviene todo el mundo, incluidos los caballeros, ¡no faltaba más!; se les
pone un delantalillo a rayas encima del smoking y están tan monos.
Las cocinas se hallan suficientemente provistas de cacharros, hornos eléctricos, parrillas, frigidaires, guantes de goma, lavaplatos y secaplatos. También hay rompeplatos: los caballeros que ayudan. Y éste es el momento en que se les quita el delantalillo y se les echa de allí diciéndoles que son unos inútiles.
Pero no son unos inútiles los pobrecillos. Es que «actuar» en una cocina americana es tan difícil como actuar en un studio cinematográfico.
La primera sensación al entrar en una de esas verdaderas ciudades con restaurantes, talleres de todas clases, guardias para ordenar la circulación y hasta fábricas de luz propias que es un studio de cine, es la de que todos los demás se han vuelto locos.
Luego, cuando se habitúa uno, se convence de que se ha vuelto una loca también, pues sólo estando un poco loca se puede aceptar aquella vida como lógica y normal.
Comer en el restaurante entre Napoleón Bonaparte y Cleopatra, eso no ocurre más que en un studio de cine.
Navegar en un barco de las dimensiones de un barco de verdad, pero que se halla construido en seco, eso no ocurre más que en un studio de cine.
Perderse en un bosque con árboles y lagos inmensos y descubrir luego que los árboles los llevan hasta el bosque en una camioneta y que los lagos se llenan con manga de riego, eso sólo sucede en un studio de cine.
Coger una grippe por culpa de una tormenta y que esta tormenta está producida con una hélice de aeroplano, tampoco suele ocurrir en el mundo más que en un studio de cine, pero lo triste es que hay que curarse la grippe con el
mismo salicilato con que la curaría uno si la tormenta fuera de verdad.
Por la mañana le presentan a una un alto jefe. «How are you miss Bárcena?», pregunta él muy amable. «Fine», contesta una. Y se va contenta, diciéndose: «Le he sido muy simpática». Pero al mediodía aquel jefe ya no es jefe; y le presentan a una al sustituto. Cuando se ha conseguido «caerle» bien al sustituto ya está, a su vez, sustituido. A veces, en el transcurso de una comida, le presentan a una a tres señores que han ocupado y dimitido en aquel tiempo el mismo cargo. Al salir hay otra presentación todavía. «Pero ¿quién es este señor?» «El jefe. Le han nombrado durante el helado.»
Por espacio de dos meses se discute el argumento de una película. Cuando al cabo de dos meses queda aprobado ya, se da orden de trabajo para el día siguiente, y se empieza otra.
A un actor se le hace venir desde Chicago expresamente para un papel, y cuando llega, cobrando por adelantado, se ha suprimido de raíz su papel en el reparto.
De lejos, el cine parece una cosa lógica y fácil. De cerca, es un lío absurdo, de unas dificultades insospechadas.
Las escenas se toman todas cuatro veces, desde cuatro distancias distintas y las cuatro veces hay que encontrar en una misma el gesto igual e idéntica entonación. Un ayudante, siguiendo las órdenes del director y del cameraman,
pega unas cintitas en el suelo: una para cada pie de los actores; eso quiere decir que hay que poner la punta del pie en la cintita y no moverse de allí en toda la escena. Y en el instante en que es preciso echar el alma por la boca y por los ojos para decir: «¡No, Federico! ¡Yo no soy la mujer indigna que tú supones!», una está pensando: «¡Dios mío! Me parece que se me ha salida de la cinta el pie
derecho».
La cámara tiene exigencias imprevistas. Se prepara un momento de amor en el que sólo se van a ver las caras. Una clava sus miradas en el galán, dispuesta a expresar la ternura. Pero entonces interviene el director y suelta un discurso en inglés. Viene a decir, poco más o menos, que, por la colocación de la cámara, si se mira a los ojos, no da la sensación de estar mirando a los ojos. «¡Mire más hacia la derecha, miss Bárcena!» Y una tiene que expresar la ternura mirándole a una oreja al actor.
Durante todo un día se prepara, se ensaya y se resuelve una escena difícil. A media tarde ya está todo listo. Se empieza a rodar. Un grito. ¿Qué ocurre? Es el ingeniero del sonido, que exclama desesperado una serie de cosas que traducidas al castellano quieren decir: «Una mosca. ¡Imposible seguir trabajando!» ¿Una mosca? Sí. Ha entrado una mosca en el estudio y su zumbido, aumentado en los micrófonos, hace inútil todo esfuerzo. Una mosca puede ser
la ruina en un estudio. Cien personas se dedican a buscar la mosca gateando por los decorados y en plena desesperación. Se telefonea. Vienen obreros especializados en la caza de moscas y que cobran carísimo. Pero la mosca se oculta Dios sabe dónde. Más telefonazos. La noticia ha corrido como un reguero de pólvora. Los altos jefes braman: «¡Pronto! ¡Que se capture esa mosca! ¡Si esto se sabe en Nueva York pueden bajar las acciones!» Llegan tanques con «Flit». Al anochecer la mosca se rinde. Ha costado siete mil dólares, y se la llevan codo con codo.
Esa mosca ha entorpecido considerablemente la buena marcha de la película. Y como yo no quiero ser una mosca más e impedirles a ustedes ver la función que sigue, me voy antes de que lleguen los tanques de «Flit».
Buenas noches. (Saluda y se va.)

TELÓN


TRAGEDIAS HISTÓRICAS


Jardiel denomina a estas obras Tragedias históricas con sus ripios correspondientes. Todas ellas satirizan un momento histórico famoso, y se caracterizan por su frescura e ingenuidad. Los protagonistas quedan desmitificados y cercanos al espectador. Son personajes simpáticos, totalmente desligados de todo tipo de pathos. Su lengua es cotidiana y moderna y ayudan a presentar una visión simplista pero muy divertida de la historia.
Entre todo tipo de boutades y de anacronismos, Jardiel inserta una gran cantidad de elementos culturalistas que da nivel y calidad a estas piezas y demuestra su sólida formación humanística.
Se publicaron en diversas revistas de humor –Buen humor, Gutiérrez– a partir de 1926.















El último idilio entre Marco Antonio y Cleopatra

DECORACIÓN. – Un rincón del jardín que rodea al palacio de Cleopatra en Alejandría, Egipto. Rosas, surtidores, estanques, pájaros, etc., etc., se acumulan para deleitar los sentidos. Al levantarse el telón, Marco Antonio y Cleopatra, tumbados en un triclinio, se prodigan ternezas. Marco Antonio, el triunviro, es un hombre joven, lleno de arrogancia y de deudas. Cleopatra, ¡ay!, es una dama egipcia que ha sido reina y que goza de una hermosura que tira de espaldas y desnuca. ¡Tontería de mujer!... ¡Lástima que haya fallecido! Empieza la acción.

Cleopatra.– (Abrazando a Marco.)
¿Es cierto que me adoras?
M. Antonio.– (Acariciando los hombros desnudos de Cleopatra.)
Si que es cierto.
La pasión hacia ti mi pecho exhala;
quiero mirarte igual que en el desierto
se miran el chacal y la chacala.
(Mareado por la proximidad de la bella.)
En tus pupilas brilla
un deseo de goces celestiales.
¡No me mires así, Cleopatrilla,
que me vuelves mochales!
(Piropeándola elegantemente.)
¡Espejo biselado!
Cleopatra.– ¡Oh! Dueño de la Galia...
M. Antonio.– ¡Perfume delicado!
Cleopatra.– ¡Esencia de Floralia!
M. Antonio.– (Abrazándola fuertemente.)
De nuestro amor, el broche
mi brazo hercúleo sea...
Cleopatra.– ¡Lucero de la noche!
M. Antonio.– ¡Estrella... de Romea!
Cleopatra.– (Cogiendo un ánfora de vino.)
¡Bebamos!
M. Antonio.– (Oliendo el ánfora y poniendo los ojos en blanco.)
¡Qué fragancia
tiene este vino libio!
Cleopatra.– ¿Te escancio?
M. Antonio.– Escancia, escancia!
¡Voy a ponerme tibio! (Después de beber.)
Los dos curdas primeros del mundo fueron sabios.
Ese vinillo libio es ambrosía.
¿Tú no libas del libio, amada mía?
Cleopatra.– ¡Yo libo de ese libio y de tus labios! (Le besa.)
Dame otro beso.., y otro..., esto es la gloria!
Quiero que de mi amor guarden memoria
eterna los anales del deseo.
M. Antonio.– Yo me apuesto una oreja, cara Cleo,
a que hacemos el ridi ante la Historia.
Cleopatra.– Y cuando al fin un día la diñemos,
liados los dos cuerpos con tu clámide,
ambos, precioso Marco, yaceremos
en el negro interior de una pirámide (1).
M. Antonio.– ¿Por qué bulle en tu mente
la idea pavorosa de diñarla?
Llena el ánfora.
Cleopatra.– Acabo de llenarla.
M. Antonio.– Pues a empinar el codo nuevamente.
Mas, ¿qué rumor es ése?
Cleopatra.– No lo sé.
(Se oye un rumor de voces fuera del jardín.)
M. Antonio.– Hijita, Cleopatra, entérate...
Perdona la molestia...
Cleopatra.– No hay de qué.
(Se acerca a todo correr un soldado llamado Quinto Sexto.)
Quinto Sexto.– ¡Las legiones de Octavio! ¡Maldición!
M. Antonio.– ¿Qué dice ese soldado? O está loco,
o ha cogido un tablón
de cien metros de largo como poco...
Quinto Sexto.– General...
M. Antonio.– ¿Qué sucede?
Quinto Sexto.– Un cataclismo
que es para todos humillante agravio!
Cleopatra.– Cuéntanos...
M. Antonio.– ¡Desembucha! ¡Di!
Quinto Sexto.– Lo mismo
que cae la catarata en el abismo,
cae sobre la ciudad el gran Octavio.
M. Antonio.– ¡Mi abuela!
Cleopatra.– ¡Repirámide!
M. Antonio.– ¿Es posible?
Quinto Sexto.– Sálvate, Marco. Octavio es invencible.
M. Antonio.– ¡Por Diana, qué miedo!
Cleopatra.– Disimula.
M. Antonio.– Es que Octavio es más bruto que una mula...
Quinto Sexto.– Ya se acercan, señor.
M. Antonio.– Pues acabemos
esta escena, que empieza a ser pesada.
Cleopatra.– Marco Antonio, amor mío, di, qué hacemos...
M. Antonio.– Yo voy a hacerme cisco con la espada.
Antes, oye, Cleopatra, y toma nota:
no caigas viva en brazos de ese idiota.
(Por Octavio. Saca su espada, la apoya en el suelo y, dejándose caer sobre ella, se atraviesa. Retorciéndose en la agonía.)
Decid a la familia que disfruto
que se encarguen las túnicas de luto... (Muere.)
Cleopatra.– ¡Infeliz compañero,
hasta en la muerte horrenda eres magnifico!
Yo he de morir también, y hacerlo quiero
al lado de tu cuerpo frigorífico.
(Se acerca al brazo un áspid y aguanta el mordisco.)
¡Oh, reptil miserable!
Tu terrible ponzoña necesito.
Muerde en mi brazo blanco y codiciable...
Voy a morir... La vida es un asquito...
(Cayendo al suelo.)
Isis..., ¡acógeme!... (Moribunda.) Siento calambres... (Muere.)
Quinto Sexto.– ¿Y qué hago yo con estos dos fiambres?
(Se queda contemplando ambos cadáveres, y cae el

TELÓN
(1) Se regala una mesa de comedor al que encuentre un consonante en «ámide» que no sea ninguno de los expuestos.
La catástrofe de Sagunto

DECORACIÓN.– La tienda de campaña de Aníbal, situada en el centro del campamento cartaginés que sitia a Sagunto; 219 antes de Jesucristo.
Al levantarse el telón, en escena Aníbal, Leuko y un pelotón de soldados que guarda la puerta. Aníbal, el gran general, tiene treinta años y ostenta un aspecto fiero; se halla sentado sobre una piel de leopardo, y está nervioso como un filete de a real. Leuko es un guerrero algo sentimentalillo, que con tristes ojos mira el aspecto de la batalla. Anochece. Se oye el rumor de las máquinas bélicas que baten los muros de Sagunto, los gritos de los heridos y las voces de los atacantes y defensores. Empieza la acción.

Leuko.– (Dirigiéndose a Sagunto.)
¡Mísero pueblo sitiado,
cómo defiendes tu fuero,
y en tus muros encerrado
resistes al extranjero!
Aníbal.– (Levantándose fumoso.)
¡Voy estando más quemado
que el cinturón de un bombero!
(Una larga pausa.)
Leuko.– (Volviéndose hacia Aníbal.)
¿Sufres penas o reveses?
(Una larga pausa.)
Di, Aníbal, ¿qué te pasaba?
Aníbal.– ¡Que a cien mil cartagineses
nos traen en jaque ocho meses,
y esto Leuko, es la caraba!
Leuko.– Perecen... Ya lo ves. ¿No te consuelas?
Aníbal.– ¡Estoy que echo las muelas!
Leuko.– El cerco de Sagunto verás roto.
Ten paciencia y escucha mis razones.
Aníbal.– ¡Se acabó mi paciencia! ¡Estoy que boto!
Leuko.– Aníbal, que no es tiempo de elecciones...
Aníbal.– (Hecho una verdadera fiera.)
¡Hasta mañana solamente espera
mi gana de vencer en esta lucha!
¿No me crees?
Leuko.– ¡Te creo! ¡Eres un trucha!
Aníbal.– ¡He de hacer de Sagunto una alta hoguera.
Leuko.– ¿Y tal como lo dices lo harás luego?
Aníbal.– ¡Verás si cual lo digo no lo hago!
¿Es que piensas que el amo de Cartago
es una especie de Milán de Priego?
Leuko.– Deja en paz a los muertos, general.
Aníbal.– A mí un vivo o un muerto me da igual.
Leuko.– Eres un tío de lo más cabal.
Aníbal.– Somos tal para cual.
Leuko.– No está mal.
Aníbal.– Natural.
Leuko.– (Aparte.) ¡Qué animal!
Abrinco.– (Es un capitán cartaginés; deteniéndose en la puerta.)
Aníbal, ¿das tu venia?
Aníbal.– Pasa, Abrinco.
¿Qué tal te encuentras? Chócate esos cinco.
(Le alarga la mano, que Abrinco estrecha.)
¿Cómo te va en el puesto de tu mando?
Abrinco.– Ni muy bien ni muy mal. Vamos tirando.
Aníbal.– Me alegro. Y, ¿qué querías?
Abrinco.– Anunciarte
que Alcón y Alorco quieren saludarte.
Leuko.– ¡Dos saguntinos!
Abrinco.– Sipi.
Aníbal.– ¡Qué porfía!
¿Y es cierto que no sabes el objeto
de su visita?
Abrinco.– Guardan el secreto
y no murmuran esta boca es mía.
Sólo Alcón, a quien trato tú a tú,
me ha dicho que te pida un interviú.
Aníbal.– Diles que pasen. Tomarán vermú;
verás cómo se van haciendo fu.
(Una pausa larga; entran Alcón y Alorco, que son dos ancianos saguntinos.)
Alorco.– Muy buenas.
Aníbal.– Hola.
Alcón.– Hola.
Leuko.– Se saluda.
Alorco.– Se corresponde sin ninguna duda.
Aníbal.– Sentarse ya.
Alcón.– No, no...
Aníbal.– Pero ¡qué afán!...
Ensilla a estos amigos, capitán.
(Abrinco ofrece sillas a los ancianos y todos se sientan.)
Bueno, pues os escucho.
Alcón.– Se agradece.
Aníbal.– ¿Qué os ocurre? O mejor: ¿qué os acaece?
Alorco.– (Tras un silencio.)
Pues venimos aquí y a este punto
a decirte con máxima energía
que lo que estás haciendo con Sagunto
es una verdadera porquería.
Aníbal.– ¡Hombre, no exageréis! Eso es la guerra...
Alorco.– Pero una guerra demasiado perra.
Alcón.– Tus máquinas guerreras nos atizan
de una forma, que estamos intranquilos.
Alorco.– Y en la plaza aterrizan
unos cascotes de doscientos kilos
que al que pescan lo dejan contrahecho..
y, vamos, ¡no hay derecho!
Alcón.– No te creas que somos unos trastos,
que sabemos vencer en una liza;
pero de eso a hacer dramas de Alcoriza
hay una diferencia, ¡qué canastos!
Aníbal.– Si no queréis que os zurre la badana,
rendid Sagunto.
Alorco.– (Furiosísimo.) ¡No nos da la gana!
Alcón.– De rendir a Sagunto no nos hables...
Aníbal.– ¿No veis cómo os ponéis intransitables?
Alcón.– ¡Eres un cabezota!
Alorco.– ¡Eres un terco!
¡Aníbal, por tu Dios, levanta el cerco!
Aníbal.– ¡Ni por Moloch haré tal desatino!
¡No volváis a insistir, que hacéis el chino!
Alcón.– ¿Es tu última palabra?
Aníbal.– ¡La postrera!
Mañana iré a Sagunto hecho una fiera.
Alorco.– ¿Piensas entrar cual vendaval que arrasa?
Aníbal.– Yo entro allí como Pedro por su casa.
Hoy reúno a mis jefes en congreso
y lo decido.
Alcón.– ¡Que te crees tú eso!
Cuando entres en Sagunto, general,
no encontrarás ni un traje de percal.
Aníbal.– ¡Ya lo veremos, pollos!
Alorco.– ¡Lo veremos!
Alcón.– (Aparte a Alorco, señalando a Aníbal.)
Este hombre es el más memo de los memos.
(Alorco y Alcón se inclinan y hacen mutis.)

* * *
(Efectivamente, a la siguiente mañana, Aníbal entra en Sagunto y encuentra la ciudad hecha una hoguera de virutas; ni un saguntino ni medio ha quedado con vida: todos se han matado arrojándose a la llamas.)

Aníbal.– (Contemplando el siniestro.)
Para esta barbaridad
ocho meses de estipendios...
¡Y tal vez a la ciudad
la aseguraron de incendios!
(Queda pensativo succionándose el dedo meñique de la mano derecha, y entonces cae el

TELÓN

La defensa de las Termópilas

DECORACIÓN.– El desfiladero de las Termópilas o «Puertas Calientes», situado entre la Tesalia y el Ática, visto desde la parte Sur.
Ocultos entre las rocas hay trescientos soldados espartanos, los cuales, a las órdenes de su general Leónidas, hace cuarenta y ocho horas que impiden el paso del desfiladero al colosal ejército del persa Jerjes.
Son las doce del día 2 de bohedromión (3 de septiembre) de 480 antes de Jesucristo.
Miles de lanzas, de flechas y de jabalinas cruzan el aire en todas direcciones.
Empieza la acción.

Leónidas.– (Es un hombre joven y decidido; asomando la cabeza por encima de una masa rocosa.)
¡Caramba, qué burrada! ¡Vaya un modo
de echar sobre este campo armas diversas!
El que asome la gaita paga todo
lo que antes les hicimos a los persas...
Un soldado.– (Que se ha puesto al descubierto, y por ello ha recibido un flechazo mortal.)
¡Mi madre, qué flechazo!
(Muere sin hacer testamento.)
Leónidas.– ¡Pobre chico!
¡De qué mala manera ha hincado el pico!
Esto ya no es posible, ¡remilciades!,
que me quedo sin pizca de unidades...
Trataré de arengar a mis soldados
para que luchen siempre agazapados
(Y haciendo bocina de sus manos, el gran general lanza al aire la siguiente arenga, que Herodoto ha sublimado en sus libros.)
«¡Soldados de Esparta! Tened precaución.
Los persas disparan, haciendo un derroche,
flechazos de día, pedradas de noche
y jabalinadas en toda ocasión,
No hagáis movimientos, que son peligrosos;
aquel que se mueve, su existencia inmola.
¡Soldados de Esparta! Si no sois juiciosos,
os harán los persas pedazos la chola.
¿Qué quieren los persas? Pues quieren pasar
el desfiladero, que es hondo y estrecho.
¡Ese plan diabólico les ha de fallar!
¡¡Antes de que pasen se parte uno el pecho!!»
(Rumores de aprobación entre los invisibles soldados que defienden el desfiladero.)
Un soldado.– ¡Cómo habla!
Otro soldado.– ¡Es una fiera!
Otro soldado.– ¡Vaya un tío!
Otro soldado.– Nunca una musa se le muestra esquiva.
Otro soldado.– ¡Eso es hablar, y lo demás... té frío!
Otro soldado.– ¡¡Viva Leónidas!!
Todos.– ¡Viva.., donde viva!
Leónidas.– (Asomando la cabeza muy conmovido, pero con la mar de precauciones.)
Ansío el estrecharos con mis brazos...
Pero dad menos coba y más flechazos.
(Los soldados espartanos estimulados así, se dan prisa en disparar sus arcos.)
Esto del combatir se pone duro...
Voy a largarme a un sitio más seguro.
(Abandona el peñasco a gatas y se mete en una cueva natural que le sirve de tienda de campaña, y adonde no llegan las
flechas ni con recomendación.)
Sano llegué, por fin... Tengo una estrella
que siempre me ayudó en lo que intenté.
(Una pausa. Sentándose en el suelo muy pensativo.)
Bueno; la verdad es que yo no sé
cómo va a terminar esta paella.
Porque Jerjes al mando de sus tropas,
ha puesto su sandalia en la Tesalia,
y un hombre que allí pone su sandalia,
o soy yo imbécil, o nos va a dar pocas.
(Pausa leve.)
Si Jerjes nos invade, qué desdicha...
¡Qué horror, qué mala pata, qué sonrojo!
Algún infame me nombró la bicha,
o una gitana me lanzó mal de ojo...
En cambio, si yo venzo, si no muero,
entro en Persia y de Jerjes me apodero.
De esa entrada triunfal siento las ganas,
y en las ansias de hacerlo ya me abraso...
¡Ver los persas rendidos a mi paso
y los balcones llenos de persianas!
Alcibes.– (Es un pobre soldado; entra en la gruta arrastrándose, porque sufre quince saetazos que le desinflan el organismo rápidamente.)
General..., general... La estoy hincando.
Leónidas.– ¡Por el Apolo délfico! ¡Nefando
destino que así mi alma bambolea!
Alcibes, ¿por qué estás hecho una oblea?
Alcibes.– General... Esto ya se está acabando...
Leónidas.– ¡Pero habla, explícate!
Alcibes.– (Sonriendo tristemente.)
¡El lance es chusco!
Leónidas.– Dime, que de impaciencia me chamusco.
Alcibes.– ¿Recuerdas tú que a Esfialtes, el ilota,
le dábamos por muerto antes de ayer?
Leónidas.– Sí...
Alcibes.– Pues está más vivo el gran idiota
que un cangrejo acabado de coger.
Leónidas.– ¿Qué me dices?
Alcibes.– Lo que oyes.
Leónidas.– ¿Dónde está?
Alcibes.– Está en el campo que se ve hacia allá.
Leónidas.– (Rugiendo.)
¡Con Jerjes! ¿Se ha pasado al enemigo?
Alcibes.– Leónidas, el persa lo ha comprado...
Leónidas.– ¡Infame, vil! ¿Y sabes qué le han dado?
Alcibes.– Un saco de altramuces y de trigo.
Leónidas.– ¡Ah, si él aquí estuviera, yo instantáneo,
le haría Somatose todo el cráneo!
Alcibes.– General, y no es eso lo peor...
Leónidas.– Pero, ¿es que hay algo más?
Alcibes: Sí; que el traidor
ha enseñado a los persas un camino
para llegar a Atenas...
Leónidas.– ¡¡Qué cochino!!
Alcibes.– Y gracias a la odiosa estratagema,
estamos rodeados y perdidos...
Leónidas.– Pues, entonces, Alcibes, no hay problema:
hay que morir matando a esos bandidos.
Alcibes.– ¡Pues a morir!
Leónidas.– ¡Espera!
Alcibes.– ¿Qué?
Leónidas.– Que aguardes;
voy a escribir dos líneas...
Alcibes.– Pues no tardes.
(Leónidas saca un estilete y escribe en la pared de la gruta estas dos líneas, que la Historia ha repetido por los siglos de
los siglos con acento entusiasta:)
«Di a Esparta que por ella, ¡oh extranjero!,
perdemos la existencia y el dinero...»
¿No firmas?
Leónidas.– No hace falta, pues yo y tú
hemos de ser citados por Cantú.
Alcibes.– Entonces, ¿qué hago yo?
Leónidas.– Quédate aquí,
y muere, mientras yo me muero allí...
(Señala al paso de las Termópilas, por donde se precipita ya el ejército de Jerjes. Alcibes abraza al general.)
Alcibes.– Leónidas... Adiós...
Leónidas.– Adiós, hermano.
(Hace mutis muy jacarandoso.)
Alcibes.– (Viéndole marchar.)
¡Qué chulo va a la muerte el muy gitano!
(Se limpia una lágrima con la punta de su espada, y se tumba, para morir cómodo.)

TELÓN





















La hazaña de Guzmán el bueno

Una amplia, torre almenada – cubierta de una alcatifa – que jamás se viera hollada – por planta que no esté honrada – en la ciudad de Tarifa. En la izquierda tiene asiento – la ciudad, bella de traza, – y en la diestra, el campamento – del sarraceno violento – que pone sitio a la plaza.
Tal es, lector, el teatro – en que esta hazaña gentil – aconteció el año mil – doscientos noventa y cuatro.
En la amplia torre sentados – se hallan dieciocho soldados – más pesados que un responso – rodeando a Don Alfonso – Pérez de Guzmán. Los hados – quisieron que este guerrero – que como fiero es más fiero – que los más fieros chacales, – fuera de los más cabales – que pueblan el mundo entero. A Héctor en valor recuerda; – tiene la opinión muy cuerda, – tiene el genio de querube – y tiene el pobre una nube – en la esclerótica izquierda. Al lado de él hay tres nobles: – Don Fadrique, Don Hernán – y Pero Núñez, que están – provistos de unos mandobles, – con los cuales parten pan.

Don Alfonso.– (Que empieza a molestarse – al verlos comer pan sin fatigarse.)
¡O dejáis de comer trozos de hogaza,
u os pegaré un zurrido con la maza!
Don Fadrique.– Fuerza es obedecer
y obedecer, señor, en línea recta...
Don Hernán.– En lo que a mí respecta
ya dejo de comer.
Pero Núñez.– Pues yo igual he de hacer,
porque sé comprender una indirecta.
(Los tres dejan el pan – y contemplan la porra de Guzmán.)
Don Alfonso.– (Que adopta un grave gesto – va a decir algo, y lo que dice e es esto:)
Henos ya de Tarifa en el torreón
al servicio del rey Don Sancho cuarto,
y del cual, la verdad, voy estando harto,
porque eso más que rey es un peón;
y el hermano de Sancho, que es un vaina,
sitio ha puesto a la plaza, y la morisma
que le sigue nos va a romper la crisma
si no les sacudimos la polaina.
Pero Núñez.– ¡Por sabido se calla tal desmán!
Don Fadrique.– Si el infante don Juan
puso el sitio tomándonos por memos
nosotros lucharemos con afán
y dejarle en el sitio lograremos.
Don Hernán.– ¡Bien hablado!
Pero Núñez.– ¡La fija!
Don Alfonso.– Ese es el truco,
mas don Juan es un cuco...
Don Fadrique.– ¡Poco a poco!
Conformes en que el socio sea un cuco,
pero para él, Guzmán, vos sois el coco.
Don Alfonso.– Yo de mí sé deciros que no dudo
y si se pone tonto, le sacudo.
Porque en Toro he luchado contra el moro
bajo el mando del rey
y el que ha luchado en Toro
cuando le da la gana lucha en buey.
Don Fadrique.– ¡La espada, don Alfonso, es vuestra ley!
Pero Núñez.– ¡Y ya que hemos hablado con decoro,
os invito a un partido de giley.
(De la acerada faja, – se saca Pero Núñez la baraja – y todos sin tardar bajan las testas – y se cruzan apuestas.)
Don Fadrique.– ¡Cartas!
Don Alfonso.– Malas son... Cambiaré alguna.
Pero Núñez.– ¡Descarte!
Don Alfonso.– Vengan cartas... Treinta y una.
Don Hernán.– Veintiocho tengo.
Pero Núñez.– ¡Por la luz del sol!
Os gano...
Don Alfonso.– ¡Diez tenéis! ¡¡Vaya un farol!!
Mas, ¿qué rumor es ése?
Don Hernán.– No lo sé.
Pero Núñez.– De que entre el enemigo
ocurre algo anormal, de eso doy fe.
Don Alfonso.– Para saberlo bien, venid conmigo
de la muralla al pie.
(Se acercan a la muralla – y en el campo musulmán – una gritería estalla – como estalla el huracán. – Se ve en el centro a Don Juan, – el infante mamarracho, – que tiene al lado a un muchacho – hijo de Alfonso Guzmán.)
Don Fadrique.– ¡Ha robado a vuestro hijo! ¡Oh, infelice!
Don Alfonso.– ¡Dejad ya de graznar! A ver qué dice.
El Inf. D. Juan.– ¡Alfonso, aquí está su hijo!
Don Alfonso.– Infante: ya lo veo.
El Inf. D. Juan.– Se cría muy canijo.
y el pobre es algo feo,
mas no me importa mucho
el que parezca un chucho,
porque tú, según creo,
le amas con igual gozo
que si fuera un real mozo
digno de ir a un museo.
Es tu hijo y eso basta,
pero te he de observar
que para conservar
en este hijo tu casta
me tienes que entregar
Tarifa.
Don Alfonso.– ¡Antofagasta!
El Inf. D. Juan.– Estás de mal talante:
no hago caso de insultos.
Y te afirmo delante
de estos moros adultos
que, o me rindes Tarifa
con sin igual presteza,
o corto la cabeza
y la adjudico en rifa
a este cara de primo.
Don Alfonso.– ¡Don Juan! ¡¡Eso es un timo!!
El Inf. D. Juan.– Espero la respuesta.
Don Alfonso.– Pues mi respuesta es ésta:
yo no me desanimo;
¡sacúdele en la cresta!
(Adopta un aire fatal – y con un gesto elegante – arroja un largo puñal – a las plantas del Infante.)
Don Fadrique.– ¡Qué hombre!
Don Hernán.– ¡Que valor!
Pero Núñez.– Al hijo entrega
por no entregar la plaza de su mando.
Don Fadrique.– Vuestro heroísmo bélico nos ciega.
Don Hernán.– ¡Don Juan está al pequeño asesinando!
¿No lloráis, don Alfonso?
Don Alfonso.– ¿Quién lo dijo?
Que soy un bravo pensaréis agora...
¡Señores, ese nene no es mi hijo
porque es hijo del conde de Clavijo
que tuvo un resbalón con mi señora!

TELÓN
















PIEZAS OLVIDADAS


Bajo este título hemos incluido toda una serie de obras cortas aparecidas en diversas revistas humorísticas a fines de los años 20. Por su estructura y estilo se asemejan a las que hemos incluido más arriba como «Tragedias históricas». Aunque Jardiel las desechó en la selección que hizo para sus Obras completas creemos interesante darlas a conocer aquí, pues son una buena muestra de la evolución estilística del autor y contienen además referencias temporales de gran valor para analizar a aquella generación de humoristas.



















Emplazamiento de Fernando IV

Vista parcial de la sierra – que rodea a la ciudad – de Martos, y que la encierra – con su pétrea majestad.
El lugar determinado – para la acción de este drama – es aquel denominado – «Peña de Martos». Se llama – de esta forma singular, – porque en el dicho lugar, – del que aún se conserva indicio, – existía un precipicio – profundo como la mar, – terrible como un suplicio, – tan negro como una star, – más horrendo que un cilicio, – algo más feo que Picio y más dañino que un bar, – donde ocurrió el estropicio – que aquí se va a relatar.
Por si el lector no conoce – la fecha del hecho aquel, – la diré con sumo goce: – fue el siete de agosto del – año mil trescientos doce; – año en el que yo he sabido – que, pese a su gran prosapia, – no había aún, lector, nacido – el muy rejuvenecido – e ingenioso Luis de Tapia.
Rápida como un alud – entra en escena en seguida – una enorme multitud, – que es la gente distinguida –que bulle y que habla en la corte – (la antigua corte española), – y que es, no hay quien la soporte, – más cursi que una pianola. – Fernando IV, el llamado – en la Historia el Emplazado, – llega el primero, y tras él – avanza don Juan Manuel, – el infante literato; – vestido con macferlán – le sigue su primo Juan, – que como feo es un rato. – Más atrás, varios soldados – llegan serios y marciales, – y entre ellos, presos y atados, – los hermanos Carvajales. – Uno es joven y otro es viejo. – Entra el resto del cortejo – al sonar de los timbales.

Fernando IV.– (Con gesto grave y expresión altiva – detiene a la lucida comitiva.)
¡Alto! Ya hemos llegado
al sitio designado...
Que callen los timbales un momento,
o que se vayan a tomar el viento.
(Se callan los timbales al instante, – y hay una breve pausa impresionante.)
Tocáis con gran torpeza,
y el instrumento gruñe y desafina.
D. Juan Manuel.– (Con cara avinagrada, – y lanzando en redor una mirada.)
De oír esa endiablada sonatina
a mí me está doliendo la cabeza...
Un Soldado.– Y lo peor de todo es, ¡oh alteza!,
que en el pueblo no venden aspirina.
(Don Juan Manuel, que oye esto, – levanta la cerviz y tuerce el gesto.)
D. Juan Manuel.– ¡Caray! Pues vete a ver
si encuentras, por lo pronto, un sello Yer.
Toma un real de vellón
y ejecuta veloz la comisión.
Un soldado.– Con prisa sin igual
traeré el sello de a real.
D. Juan Manuel.– ¡Pues anda, so animal,
que ya estoy más rabioso que un chacal!
(El soldado abandona su peñasco, – echa a correr a escape y pierde el casco.)
Fernando IV.– ¿Falta alguien?
D. Juan Manuel.– Nadie.
Fernando IV.– Empecemos, pues,
cuidando de no dar ningún traspiés.
(Se vuelve a los hermanos Carvajales – para decirles estos madrigales:)
Hermanos Carvajales: Yo os acuso
de haber asesinado
a don Juan Benavides, gran soldado,
que, aunque era un poco iluso,
era también vasallo muy amado...
¡Y a mí no se me mata
ni una mísera rata
que en mis mesnadas bélicas milite,
sin que yo esté, capote al brazo, al quite!
De modo que, sin gritos,
sin que se oiga una mínima protesta,
vamos, señores, a romper la testa
a estos dos hermanitos.
(Vuelve hacia atrás Fernando su semblante – y da esta orden con su voz tonante:)
¡A ver! ¡Que se aproxime ese verdugo
que ha venido ex profeso desde Lugo!
El Verdugo.– (Avanzando dos pasos al oírle.)
¡Aquí me tiene el rey para servirle!
Fernando IV.– ¿Qué dices? ¿Eres memo? ¡Vive Dios!
¿Para servirme? ¡Un cuerno!
¡Vete al diablo, verdugo del infierno!...
El verdugo.– Perdonad, majestad, que también vos,
que me tratáis de memo,
habéis metido el remo:
a Lugo hacéis mi población natal,
y yo nací en Peralta de la Sal.
Fernando IV.– ¡Que calles ahora mismo!
¡Cumple con tus oficios infernales
y lanza a los hermanos Carvajales
al fondo de ese abismo!
(El verdugo, tras una reverencia, – se dispone a cumplir la cruel sentencia.)
Pedro Carvajal.– ¡Soy inocente!
Juan Carvajal.– ¡Y yo!
Fernando IV.– ¡Callad, cobardes!
¡Tíralos ya, verdugo; no te tardes!
Pedro Carvajal.– Condenados por ti, rey igorrote,
morimos inocentes; mas no importa:
a la larga o la corta
la muerte te ha de herir en el cogote.
Fernando IV.– ¿De qué habláis, sinvergüenzas?
Juan Carvajal.– Pues hablamos
de que pronto no harás más tonterías.
Perico y yo, Fernando, te emplazamos
a morir cuando pasen treinta días...
Fernando IV.– (Furioso.)
¿Al rey Fernando le ponéis cara hosca?
¡¡Arrójalos, verdugo!!
El verdugo.– ¡Ahí va esa mosca!
(Un empujón les da a los condenados, – que caen por el abismo despeñados.)
D. Juan Manuel.– ¡La justicia del rey Fernando es ésta!
Fernando IV.– ¡Que suenen nuevamente los timbales!
Un soldado.– Pues, señor, a esos pobres Carvajales
los tendrán que enterrar en una cesta.
(Vuelven los timbaleros a tocar – los dulces sones que se lleva el viento, – y comienza el cortejo a desfilar – comentando el terrible emplazamiento, – que ha extrañado la mar. – El rey Fernando está algo nerviosillo – ante la inesperada acusación, – y, a fin de ocultar algo su emoción, – se dispone a fumar un cigarrillo.)

Treinta días después de lo narrado, – sin que se puedan explicar el hecho, – amanece el monarca sobre el lecho – más muerto que un conejo disecado.

TELÓN


NOTA.– A ver si me dice ahora – la simpática lectora, si en toda la haz
de la tierra – ha ocurrido un estropicio – mayor que el del precipicio – que
hay de Martos en la Sierra.














El embrujamiento de Carlos II

Madrid, a 15 de mayo de 1699. Cierta cámara, escondida y deshabitada, en el palado del Buen Retiro. El tiempo ha pasado por la estancia, dejando en ella huellas inconfundibles de sus pasos.
Sentados en sendas sillas, hablan con misterio tres hombres. Uno de ellos, alto, huesudo y con cara de calamar anémico, es el inquisidor general Rocaberti; otro, que en un concurso de idiotas se llevaría todos los premios y algún accésit, es fray Froilán Díaz, confesor de Su Majestad, y el tercero, fray Antonio Álvarez de Argüelles, parece un murciélago huérfano. Los tres tienen muy malos hábitos. No quiero decir con esto que observen mala conducta, sino que llevan las respectivas sotanas harto estropeadillas.

El inquisidor Rocaberti.– (Dando un suspiro como para elevar un aeróstato.) ¡Muy cierto todo eso, fray Antonio!
Fray Froilán.– (Que está con la boca abierta.) Os juro que me dejáis de estuco con esas noticias.
Fray Antonio.– Pues son de una veracidad que troncha.
Fray Froilán.– ¡Cristo nos valga!
Fray Antonio.– Si Él no nos vale, la diñaremos unánimes.
El inquisidor Rocaberti.– Y el Rey, el primero.
Fray Antonio.– ¡El Rey!... Cualquier día se irá al otro mundo.
Fray Froilán.– (Que, según se ha dicho, es tonto.) ¿A las Indias?
Fray Antonio.– ¡Al infierno, fray Froilán!
Fray Froilán.–¡Oh! No musitéis tal cosa, que se me eriza el vello.
El inquisidor Rocaberti.– Don Carlos tiene los demonios en el cuerpo.
Fray Froilán.– ¡Desdichado!...
El inquisidor Rocaberti.– ¡Está hecho un sarmiento con filoxera!
Fray Froilán.– Su mirada es vaga e imprecisa.
Fray Antonio.– ¡Qué dolor de mirada!
Fray Froilán.– Y su cabeza no rige.
Fray Antonio.– ¡Qué dolor de cabeza
Fray Froilán.– Tomad aspirina, fray Antonio.
Fray Antonio.– ¡Sois más simple que el azufre! No me duele nada; me refería a la cabeza del Rey.
Fray Froilán.– Perdonad...
El inquisidor Rocaberti.– Fray Froilán, tenéis menos alcance que un sello de ídem. El Sumo Hacedor escatimó la sustancia con que rellenó vuestro cráneo (Esta es, indudablemente, la forma más bella en que se le ha llamado imbécil a un hombre.)
Fray Froilán.– (Desentendiéndose.) Decíais, fray Antonio...
Fray Antonio.– Decía que los demonios hanse aposentado en el cuerpo del Rey. Afortunadamente, yo he venido de Cangas de Tineo, de cuyo convento de Recoletas soy vicario, para curar a nuestro endiablado Monarca.
Fray Froilán.– ¿Lo vais a hacer hoy?
Fray Antonio.– Ahora mismo, en cuanto traigan al Rey. Vos, que sois su confesor, me podréis dar datos...
Fray Froilán.– Es cuanto puedo daros: datos. Efectivamente, don Carlos está muy pocho. Balbuce al hablar, apenas lee, tiene menos pensamientos que un tiesto de a real... Mas yo pensé que todas esas cosas obedecían a cierta idiotez nativa y hereditaria...
Fray Antonio.– (Fuera de sí.) ¡Loco! ¡Ofendéis a Su Majestad! Todo eso es obra de los diablos...
Fray Froilán.– Pues fuerza es declarar que esos diablos no saben ortografía: el Rey escribe anteayer con dos haches.
Fray Antonio.– ¡Pródigo que es!
El inquisidor Rocaberti.– Cuando él así lo escribe, es porque así debe escribirse...
Fray Antonio.– En este asunto, lo mejor es que nos achantemos y nos hagamos los alienados. Tampoco estamos muy seguros de cómo deben propinarse las haches. (Hay una pausilla.)
Fray Froilán.– ¿De qué forma se le habrán introducido al Rey esos demonios maléficos?
Fray Antonio.– Es cosa antigua. Yo lo sé, porque en Cangas de Tineo platiqué con el Diablo.
Fray Froilán.– (Dando un bote.) ¡Retridente! (Se santigua.)
El inquisidor Rocaberti.– ¿No huyó ante vuestros hábitos?
Fray Antonio.– Al contrario; me regaló un frasco de bencina extirpamanchas.
El inquisidor Rocaberti.– ¡Qué cinismo!
Fray Antonio.– En el convento había tres religiosas poseídas de diabolismo convulsivo, y una mañana en que yo las hisopaba consecuentemente, se me apareció Lucifer.
Fray Froilán.– (Temblando.) Y ¿qué manifestó?
Fray Antonio.– Me aseguró que el Rey estaba endiablado desde 1675 por unos hechizos que le había atizado la Reina doña Mariana de Austria, valiéndose de una mujer llamada Casilda Pérez, en un pocillo de chocolate.
El inquisidor Rocaberti.– ¡Qué oprobio! ¡Soconuscar al Rey!... (Se supone que todo el que tiene el buen gusto de leer los palimpsestos conoce la exactitud histórica de esto del chocolate; pero si algún ser acéfalo lo duda, puede hojear en cualquier historia el reinado de aquella birria coronada que se llamó Carlos II, y se convencerá de nuestra decencia narrativa.)
Fray Froilán.– ¡Quién creyera que en una pastilla de chocolate puede albergarse Satán...
Fray Antonio.– Pues se alberga. Se calcula que en una libra de Suchard hay unos tres mil diablos.
Fray Froilán.– ¡Demonio! ¡Ave María Purísima!
Fray Antonio.– Y el chocolate de Matías López es el peor. A cada libra corresponden quince mil Luciferes.
El inquisidor Rocaberti.– Siempre dije que sabía a demonios.
Fray Froilán.– ¡Callad, por favor! Que tengo el cuerpo más temblequeante que una gelatina... (Hay un silencio que dura hasta que se acaba.)
Fray Antonio.– ¿No oís los golpes de las alabardas? El Rey se acerca. (Los tres reverendos se ponen en pie, y aguardan; no tarda en aparecer el Rey en el marco de la puerta. Viene acompañado de fray Mauro Tenda y fray Antonio Folch; los dos son más feos que una pareja de estafilococos. Sígueles un cortejo formado por otros frailes anodinos e ignotos, que traen cruz alzada, hisopo, recipientes con agua bendita, un reclinatorio, varias velas y diferentes enseres religiosos más. Su Majestad el Rey don Carlos II tiene en la actualidad treinta y ocho años, pero más que un rey parece un churro mal construido; está casi calvo, más delgado que el esqueleto de un galgo inglés; anda encogido, como si le hubieran pillado el cuerpo con una puerta, y es algo patizambuelo; su cabeza parece una calabaza gigante; tiene los ojos saltones, la nariz se le derrumba sobre la boca, y el labio y la mandíbula inferiores avanzan, indicando que aquel hombre es la orgía de la estupidez. Tiene voz de niña cursi y cuando habla parece que lo hace Alvarito Retana.)
El Rey Carlos II.– ¡Dejadme en paz, ea!... ¡Que me dejéis en paz, ea! (Va a un rincón y se deja caer en una silla.) ¡Estoy harto de vosotros, sí, sí, sí! ¡Fastidiosos! ¡Fastidiosotes!...
Fray Mauro.– (Avanzando hacia él.) Señor, permitidme que coloque en vuestro real pecho esta enseña de la Santísima Virgen, que os hará mucho bien...
El Rey Carlos II.– ¡No, no, no!
Fray Antonio.– Dejad que os la pongan, Majestad.
El Rey Carlos II.– Que me la pongan; pero Mauro, no; ¡Mauro, no!
Fray Froilán.– (Aparte y muy triste.) Un Monarca tan liberal...
El inquisidor Rocaberti.– (A Fray Mauro.) Traed. (Poniendo la enseña al Rey.) Os la ponemos, Señor, para libraros de los demonios que os poseen...
El Rey Carlos II.– (Levantándose con las piernas temblonas y los ojos desorbitados.) ¿Demonios? ¿Me poseen los demonios? (Echándose a llorar.) ¡Que venga mi madreee!...
Fray Froilán.– (Aparte.) ¡Pobre Rey!
Fray Mauro.– (Aparte, a Froilán.) ¿Esto decís que es un rey? ¡Todo lo más es una sota!...
Fray Froilán.– Dicen que si está embrujado...
Fray Mauro.– En secreto, amigo: eso del embrujamiento, ¡marramiau! Aprended esta sentencia de Platón, y aplicádsela al Rey:
«Es un mal incurable la tontería,
porque el que nace tonto, tonto se cría.»
Fray Froilán.– ¡Qué culto sois! No olvidaré las palabras de Platón. (Entretanto, los frailes que formaban el cortejo real han avanzado, y colocando convenientemente los objetos que traían, han hecho arrodillar al Rey en el reclinatorio. Fray Antonio Álvarez de Argüelles, con el hisopo en la mano, se dispone a alejar a los demonios con rapidez vertiginosa.)
Fray Antonio.– ¡Satán, emperador de las tinieblas, flor del mal, conjunto de maldades, recaudador de contribuciones, huye! (Hisopazo.) ¡Tú, que inventaste el pecado, que sembraste la discordia y que imaginaste el viajar en autobús, huye! (Hisopazo.) ¡Tú, que imbuiste a Julio César la idea del poder, que animaste el cerebro de Lutero y dictaste a Ramos Martín el libro de La Montería, huye! (Otro hisopazo.)
El Rey Carlos II.– ¡Que se calle ese hombre!... ¡Que tengo anemia cerebral de oírle!
Fray Antonio.– (Sin hacer caso.) ¡En el nombre de Dios, huye, Satán! ¡Abandona el cuerpo de nuestro muy amado señor el Rey don Carlos! ¡Vuelve a tu antro infernal! ¡Ponte al frente de tus legiones, y márchate! ¡Satán! (Hisopazo.) ¡Satán! (Hisopazo.) ¡Satán!...
Satán.– (Apareciendo en la puerta.) ¿Se puede? (La batalla del Marne fue una partida de mus comparada con la que se arma en el aposento al aparecer el Diablo. Varios frailes escapan a todo motor, y uno se arroja por la ventana de cabeza. El Rey empieza a dar unos gritos como si le arrancasen la muela del juicio con una podadera; fray Froilán se mete debajo de una mesa y el inquisidor Rocaberti se tira al suelo y se hace el difunto. Sólo Fray Antonio Álvarez se queda en pie con el hisopo en alto, murmurando: «¡Caray, pues ahora se presenta de verdad!» El Diablo, que lleva un rabo más largo que el directo de Madrid a Valencia, se dirige a fray Antonio.) Estimado fraile...
Fray Antonio.– ¡Detente! (Le hisopea con furia varias veces.) ¡Atrás! ¡Vete, en el nombre de Dios!
Satán.– (Molesto.) Hombre, no me digas cosas desagradables, que vengo en son de paz...
Fray Antonio.– ¡Huye!
Satán.– Yo no soy Satán, ¿sabes? Soy Satanelo, su hijo. Y venía a decirte...
Fray Antonio.– ¡¡En el nombre de Dios, huye!!
Satán.– (Algo aburrido.) ¡Qué pelmazo! Venía a decirte que no armases ese estruendo llamando a Satán, porque mi pobre padre, que está en cama con la gripe, necesita descanso.
Fray Antonio.– ¡Oh! (No puede resistir el diálogo y se desmaya.)
Satán.– ¡Caramba! Esta gente no sabe recibir visitas. Yo me quedaría a darles satisfacciones por el susto; pero si no llevo pronto el salicilato, a mi padre no se le va a quitar la gripe en un mes... (Y Satanelo hace mutis por el foro.)

TELÓN

El amor de Martín Gómez
o
¡Ven, que te doy un mate, pendejo!

Espantoso drama de la pampa con incrustaciones de pericón argentino

ADVERTENCIA.– Todas las frases argentinas que se pronuncian en el drama son rigurosamente auténticas y las aprendió el autor durante su estancia de quince años, dos meses y un día en un hotel de Antofagasta.

DECORACIÓN.– – Especie de corral, situado en plena pampa y donde se supone que se halla el rancho de Martín Gómez, colono famosísimo en toda la comarca y conocido por el apodo de «El niño de la pianola». Al foro, gran perspectiva de campo: en la derecha, un grupo de árboles con sus cortezas correspondientes; en la izquierda, un caldero colgado de una estaca. Junto al caldero, se supone que está el rancho. Es de día. Mucha luz en la escena. Al levantarse el telón, en escena Martín Gómez. Tiene unos cuarenta años y se halla avizorando el horizonte como el que espera algo con gran impaciencia.
Martín.– ¡Ni vuelta que darle! No vienen. Y aquí me tenés con la sangre rehogadita. no más... (Da unos paseos impacientes.) ¡Mi tía, la de Tucumán! ¿Pero qué harán esas atorrantas que no regresan? (Dirigiéndose hacia la izquierda.) ¡Indalesio! ¡Indalesio! ¡Vení p’acá! ¡Vení p’acá corriendito u os corto lindamente la cabesa, mi viejo!
Indalecio.– (Por la izquierda.) (Es un peón joven y con cara de idiota.) Aquí me tenés jadiante. Decime qué deseás...
Martín.– Subite vos a ese arbolito que tiene diesinueve metros de altura y mirá pa el horisonte a ver si vienen los otros piones.
Indalecio.– Lo hago con plaser. (Se sube al árbol para olear el paisaje, y cuando llega a la copa, se cae y queda muerto en el suelo.) ¡Ay! (Muere.)
Martín.– (Apartando el cadáver con el pie.) Siempre dije que este atorrante se habla caído de un nido. (Dentro, se oye un gran galopar de caballos y voces angustiadas de mujer joven.)
Peón 1º.– (Dentro.) ¡Amo Martín!
Peón 2º.– (Dentro.) ¡Ya está aquí!
Peón 3º.– (Dentro.) ¡Ya la traemos!
Martín.– (Muy contento.) ¡El idiota de mi abuelo! ¡Ya la traen!... ¡Estoy contento como el conde de Vallellano! (Por la derecha, y en medio de un tumulto al lado del cual el motín de Esquilache fue un recital de Berta Singerman, entran cinco o seis peones al servicio de Martín. que traen maniatada a la china Esperanza, una mujer guapísima y eminentemente argentina.)
Peón 1º.– Aquí la tenés.
Peón 2º.– Aquí está...
Esperanza.– (Dando un grito de horror al ver a Martín.) ¡Oh! (Procúrese que este grito exprese sorpresa, odio, rencor miedo, rabia, ansias de fuga, desesperación, impulsos homicidas, asco y dolor. También con este grito debe hacerse ver al espectador que Esperanza ha nacido en Palermo, que es esposa del colono italiano Joaco Foscarelli, que la acaban de raptar de su casa los peones de Martín, que sabe bailar muy bien el pericón y que está suscrita a La Nación, de Buenos Aires, por un semestre.)
Martín.– (Avanzando hacia Esperanza con los ojos brillantes.) Ya vos tengo en mi poder, Esperansa...Y ahora vos podré amar libremente...
Esperanza.– ¡Canalla!
Martín.– ¿Me insultás?
Esperanza.– ¡Bandido! ¡Harapiento! ¡Conductor de autobús!
Martín.– (Volviéndose hacia los peones.) Pero, ¿vos oís cómo me insulta?
Peón 1º.– Pues esto son confites no más, comparao con las cosas que desía de vos cuando veníamos...
Martín.– ¿Qué dijo de mí?
Peón 2º.– Vos llamó humorista.
Martín.– ¡Repenco! (Súbitamente furioso.) ¡Pronto! ¡Déjame sólo con ella! ¡Marcháse ya, gringos! (Los peones hacen mutis por la izquierda contándose entre sí cuentos baturros.)
Esperanza.– (A Martín, fieramente.) ¡Vos odio! ¡Vos aborresco! ¡Permita el sielo que fallescais del beri-beri! ¡Permita el sielo que vos pasés toda la vida oyendo la música de La Calesera!
Martín.– ¡Cállate, maldita! (Súbitamente dulce.) Pero, ¿por qué vos mostrás tan brava? ¿Por qué me deseás males tan grandes, Esperansa? ¿Vos no sabés que estoy enamorao hasta el rebenque? ¿Vos no sabés que estoy por vos que escribo desimales por las paredes?
Esperanza.– ¡Granuja! ¡Saltiador de caminos!
Martín.– Ven p’acá, china. Pensá vos que toas las mujeres se me han rendido siempre y que ésta es la primera vez que tengo un tropesón con una china... (La abraza y pretende besarla.) Vos adoro, Esperansa, ¡que esperansa!
Esperanza.– Escuchá mi respuesta... ¡¡Pum!! (Le da una bofetada que le desplancha el traje.)
Martín.– ¿Me habés pegao? (Esperanza le atiza otro trastazo para que no quepa duda.) ¿Me habés pegao? (Nuevo morrón convincente.) ¡Ah! (Súbitamente alegre.) ¡Entonses es que me amás! ¡Qué dicha! ¡Qué felisidad, ché! (Dirigiéndose hacia la izquierda a grandes voces.) ¡A mí! ¡Mi gente! ¡Venga todo el mundo! ¡Tráiganse las vihuelas, no más! ¡Se va a armar la gran farra, ni vuelta que darle!
(Por le izquierda entran diez o doce peones seguidos de otras tantas «chinas», todas preciosas. Ellos y ellas visten trajes del país y los primeros traen sendas guitarras.) (Voces, aplausos; entusiasmo cromatístico y pandemónico.)
Peón 1º.– ¡Viva Martín!
Todos.– ¡Vivaa!
Peón 1º.– ¡Viva la furra!
Todos.– ¡Vivaaa! (Se sientan formando un bonito grupo.)
Peón 2º.– (A Martín.) Decíme, mi amo. ¿Vos parese bien que me arranque con un tango argentino?
Martín.– ¡Echáte p’allá, pendejo! ¡¡Los tangos argentinos no se cantan más que en España!! Aquí, en la Argentina se cantan vidalitas. ¡Superio!
Superio.– (Que es un peón, aunque parezca un matasuegras.) Decíme no más.
Martín.– Entónate una vidalita, mi viejo.
Superio.– Galopandito, mi amo. (Superio canta una vidalita que es escuchada religiosamente.)

«Yo tenía un potro lindo,
un buen ruano corridor.
¡vidalitá!
pero los días pasaron,
¡vidalitá!
aquel potro me robaron
y unos gringos de Canillas
¡vidalitá!
lo empeñaron en Veguillas.
¡vidalitá, vidalitá!»

(Cuando las lágrimas van a aparecer en los ojos de los circunstantes por la honda emoción de la «vidalita», entra por la derecha hecho una fiera Joaco Foscarelli, marido de Esperanza, que viene a rescatar a su mujer y a cargarse a Martín.)
Foscarelli.– ¿Dónde está ese tuberculoso, que lo mecho? (Confusión, susto general de división. Una pausa impresionante. Martín mide con la vista a Foscarelli y avanza hacia él lentamente con una calabacita de mate en la mano.)
Martín.– ¡Ven, que te doy un mate, pendejo! (Otra pausa emocionantísima.)
Foscarelli.– Me habéis robao mi china y vengo a haseros pasar el Japón.
Martín.– ¡Orientalista! ¿Sos amigo de García Sanchiz?
Foscarelli.– Soy amigo de merendarme vuestros hígados, no más.
Martín.– Ansioso.
Foscarelli.– Dame mi china, Martín.
Martín.– ¿Querés jugar al marro? China tengo, pero no vos la doy.
Foscarelli.– Pues yo vos la arrancaré.
Martín.– ¡Inténtalo, dentista!
Foscarelli.– ¡A mí! (Le tira un viaje a Martín con el cuchillo, pero Martín –que no tiene ganas de moverse de la Argentina– esquiva el viaje. Varios segundos de horrenda lucha al cuchillo. Martín aprovecha una descubierta de Foscarelli y le sacude una puñalada mayor de edad.)
Esperanza.– ¡Ay! (Se desmaya.)
Foscarelli.– ¡Repadua! (Cae muerto.)
Martín.– ¡Este es Martín Gómez! ¡Este es el «Niño de la pianola»! (Rumores de espanto, de temor y de admiración.) ¿Y ahora! ¡Venga música, no más! ¡No ha pasao ná, hijitos! ¡Venga! ¡Música! ¡Venga el pericón nasional! (Los peones y las chinas cantan y bailan el pericón nacional.)

«¡Ta, ta, chun
tachím, tachún,
ta, ta, chun
tachím, tachún!
¡Tará, tará tachunda!... (Etc.)»


TELÓN LENTO























El suicidio de Petronio

DECORACIÓN.– El triclinio, «salle a menger», comedor o como ustedes quieran denominarlo, que tenia en su palacio de Cumas (Campania, Italia) el gran poeta Cayo Petronio, árbitro de la elegancia, satírico, millonario y juerguista.
La escena, puesta con un lujo trepidante, pues es sabido que Petronio vivía con un fausto que el de Goethe era un cuplé.
Nos encontramos en las postrimerías del Imperio de aquel apopléjico idiota que se llamó Claudio Nerón.
Al comenzar la acción, se hallan comiendo los cónsules Licinio, Vatinio, Pisón, Senección, Sexto Africano, Epcio Marcelo y Aquilio Régulo. Preside la mesa Petronio, que tiene a su lado a Eunice, una esclava que le amaba hasta la epilepsia y que además tenía una belleza de las de «¡Vaya usted con Dios, Niceforo!». Varias damas exentas de vergüenza, animan el banquete con sus provocativas y sedosas semidesnudeces. Esclavos, citaristas, etc.
Empieza la acción. Petronio se muestra obsequiosísimo con sus invitados.

Petronio.– ¿Una pata de pollo?... ¿Una aceituna?...
Pisón.– Dámela a mí, que no tengo ninguna.
Petronio.– ¿La quieres deshuesada, o bien con hueso?
Pisón.– Tú dámela y no te ocupes de eso.
Licinio.– (A voces.) ¡Más vino!
Vatinio.– (Molesto.) ¡Este Licinio cuánto chilla!
Un esclavo.– ¿Manzanilla u Oporto?
Licinio.– ¡Oporto, memo!
¿Qué quieres? ¿Que te pida manzanilla
para que me la des «Rómulo y Remo»?
¡Anda a tomarle el pelo a Pancho Villa!
¡Y vete de delante!
¡Nos ha sintonizao el escanciante!...
(Rumores de desagrado entre los invitados por la actitud chulesca de Licinio.)
Petronio.– ¿Qué harán los Dioses lares
que no cortan la vida de ese bruto
y en las tierras polares
dejan morir las gentes a millares,
víctimas del mortífero escorbuto?
Pisón.– ¡Qué justa observación!
Petronio.– Tantas gracias, Pisón.
Senección.– Ya los Dioses, sean lares o penales,
nos van abandonando, caro Cayo.
y ha de matarnos de Nerón el rayo...
Petronio.– Bueno, pues liaremos los petates
y con gesto risueño y placentero,
nos iremos a ver al can Cerbero...
Senección.– (Ansioso.) ¿No te importa morir? ¡Eres brutal!
Petronio.– (Alzándose de hombros.) Hasta el postrer momento
usaré el jabón Gal
y, estando perfumado, me da igual
diñarla aquí, en Villalba o en Sorrento...
Eunice.– (Entusiasmada.) ¡Qué fino! ¡Qué elegante!
Petronio.– Sólo existe una cosa que me espante
y es dejar este mundo desdichado
en un día que esté mal afeitado...
Pisón.– ¿No temes a Nerón?
Petronio.– No. Por mi abuelo.
Si hay que morir por fuerza en corto plazo,
¿qué más me da morir de un estacazo
que de una inflamación del cerebelo?
(Rumores admirativos y exclamaciones de «¡Vaya un tío!, ¡Eso es hablar!, ¡Para que os vayáis dando cuenta!» etc., etc.) (Un centurión con cara de aparato de galena entra súbitamente, produciendo la natural alarma.)
Un centurión.– ¿Cayo Petronio?
Petronio.– Menda soy.
Un centurión.– ¿Es guasa?
Petronio.– Lo de menda es latín.
Un centurión.– ¡Ah, ya!
Petronio.– ¿Qué pasa?
Un centurión.– Una orden de Nerón. Empápate. (Le da la orden.)
Petronio.– Apropíncuamela. ¿Qué esperas?
Un centurión.– Nada.
Petronio.– Pues aquella es la puerta. Lárgate,
y a ver si rompes algo con la espada...
(El Centurión hace un mutis precioso.)
Pisón.– ¿Qué será?
Marcelo.– ¿Qué será?
Petronio.– (Después de leer.) Quiere la suerte
que el César me haya condenado a muerte.
Sexto.– ¡Retermas!
Eunice.– ¡¡Cayo!!
Vatinio.– ¡La caraba!
Petronio.– ¡Basta!
Todos sabéis muy bien cómo las gasto
y en lo que a mí respecta
me perece este fin de perlas Kepta.
La cosa me cautiva
y tenía del hecho tal certeza
que le he escrito a Nerón una misiva
que le va a hacer puré. Ved cómo empieza...
(Leyendo en voz alta y con un acento ligeramente circunflejo.)
«Mi querido Nerón: Eres más tonto
que bailar la furlana con patines.
Porque saber que moriré muy pronto
me sienta, ¡oh, cantor del Helesponto!,
mejor que unos botines.
¿Te figuras, bolonio,
que le importa morir al gran Petronio?
¡Pues no le importa! ¡Moriré tranquilo,
tranquilo cual la fronda,
cual las aguas del Nilo,
cual radioescucha que encontró la onda
porque no perdió el hilo!
Y te juro por Ceres
que no me has producido una rabieta,
porque me marcho, ¡oh, César!, del planeta
harto de vino, versos y mujeres...
¡Y sin tener que oír cantar a Fleta
que es el colmo de todos los placeres!
Me muero muy a gusto,
así es, divino,
que si has querido darme un gran disgusto
has hecho el peregrino...
Y ahora permítele a este amigo viejo
que te de un prudentísimo consejo:
conserva la salud, mata, asesina,
cual hiciste a Lucano y a Agripina;
roba envenena, incendia, haz mil burradas
como las que ya llevas realizadas,
pero no vuelvas en futuros días
a escribir poesías,
porque como poeta,
eres peor que el Chato de Cuqueta!
Sean estos renglones testimonio
del afecto sincero de Petronio».
(Barullo extraordinario. Los asistentes, aterrados, hablan todos a un tiempo y nadie se entiende. Unos huyen, otros gritan, otros se esconden. Cisco de orujo.)
Aquilio.– ¿Qué has hecho, desdichado?
Lucinio.– ¡Tu situación, Petronio, has agravado!
Petronio.– Agravado... ¿por qué?
Ven aquí, Agamenón, acércate. (Se acerca Agamenón, que es un médico griego que parece el esqueleto de un autobús.)
Pínchame en una vena
y así que hayas pinchado, sal de escena.
(El médico le pincha como si fuera un neumático. Petronio se tumba a la larga y todos le rodean.)
Eunice.– (Abrazándole.) ¡Cayo, siempre te he amado!
Petronio.– Yo nunca lo he dudado.
Eunice.– (Al médico.) ¡Pínchame a mí también!
Petronio.– Dime qué intentas.
Eunice.– ¡Quiero morir contigo, oh, alma mía!
Petronio.– Yo me voy más deprisa que un tranvía
de la línea de Ventas...
¡Adiós, amigos! ¡Viva la elegancia!
(La muerte se acerca rápidamente.)
Ya siento de la muerte la fragancia...
Eunice.– (Moribunda también.) Déjame que te bese.
Petronio.– Bueno, besa.
Eunice.– ¡Adiós, Petronio, adiós!
Petronio.– ¡Adiós, Eunice!
Licinio.– (Aparte, contemplando el cuadro.)
Si en ver de hacerlo aquí, lo hacen en Price,
¡vaya negocio que es para la Empresa!

TELÓN















Los microbios del tifus

Drama en verso hecho a la manera de los superrealistas

La acción en los labios de una linda boca de mujer.
La mujer en cuestión se llama Amanda Rochetti y es italiana y un poco frívola. Viste con una elegancia bastante Lanvín, pero esto no nos interesa. Anda con una emocionante laxitud, pero eso tampoco nos interesa. Su acento es dulcemente toscano, pero eso no nos interesa tampoco. Está casada (Esto empieza a interesarnos.) Ama a otro individuo que no es su marido. (Esto ocurre con mucha frecuencia en Milán.) Se perfuma con J’ai la coeur remplí d’allègrese, cosa que nos interesa menos todavía, y su adorado se llama Eleuterio. ¡Para que se compenetre el lector del mal gusto de las mujeres elegantes!
Aparece en grande el rostro de Amanda Richetti. Se ven sus ojos y sus labios. La dama se halla ante el tocador y se dedica a pintarse los labios. Seis microbios del tifus que estaban en mus labios sentados, jugando a las cartas, al sentirse inundados de «jugo de rosas» se levantan indignados. Los microbios se llaman... ¿Cómo se llaman? ¡Ah, sí! Se llaman a voces.
Empieza la acción.

Microbio 1º.– ¡Vive Dios! ¡Es indignante!
Microbio 2º– ¡Se está pintando otra vez!
Microbio 1º.– ¡No hay un microbio que aguante
semejante estupidez!
Microbio 4º.– ¡Esta situación me hastía!
Microbio 5º.– ¡Nos embadurna de rojo
y así nos tiene en remojo
a todas horas del día!
Microbio 2º.– ¡Estas maldecidas modas
que ahora siguen las mujeres! (Muerde el aire.)
Microbio 3º.– ¡Es igual que desesperes
porque ya las siguen todas!
Microbio 5º.– ¿Y no podréis poner fin
vosotros que sois tan sabios,
a esto de untarse los labios
las señoras con carmín?
Microbio 3º.– Creo la cosa imposible.
Aquí no hay más que emigrar
en globo o en dirigible
a las costas de Dakar,
que es un sitio apetecible
para ir a veranear.
Microbio 6º.– Cultivas el humorismo,
pero no das soluciones.
Microbio 3º.– Yo no sé hacerme ilusiones
porque odio el ilusionismo.
Microbio 2º.– La indiferencia que finges
es vagancia disfrazada.
¡Pensemos, si no os enfada!
(Piensan todos rudamente durante una hora.)
Microbio 1º.– Yo me exprimo las meninges
y no se me ocurre nada...
Microbio 2º.– Meditemos...
Microbio 5º.– Meditemos...
Microbio 1º.– Meditemos sin cesar.
Microbio 3º.– (Pues yo, mientras estos memos
se mondan a meditar,
sin llegar a esos extremos,
me voy a desayunar.)
(Se sienta en lo comisura del labio superior de Amanda y se dispone a comerse un bocadillo de jamón.) (Una pausa.)
(Amanda se humedece los labios con la lengua. Los microbios abren sus paraguas y resisten la lluvia de diastasa salivar. Cuando Amanda cesa en su operación y cesa, por tanto, la lluvia, vuelven a cerrar los paraguas.)
Microbio 5º.– (Dándose un golpe en la frente con un zapato.)
¡Ya está! ¡La idea es fastuosa!
Microbio 6º.– ¿Se te ocurrió solución?
Microbio 5º.– ¡Abajo el «jugo de rosa»!
¡Cantemos una canción
para celebrar la cosa!
Todos.– ¡Larán! ¡Larán! ¡Laranlarán! (Bailan contentísimos mientras el Microbio 3º come jamón.)
Microbio 4º.– Habla, microbio tercero.
Expónnos pronto tu idea.
Microbio 5º.– ¿No tenemos compañero
a la fiebre tifoidea?
¿Y no sabemos que Amanda
Rochetti tiene un amante?
Pues formemos una banda
con el tifus por delante
y cuando se besen los dos, ¡paf!, nosotros armamos un cisco pasando de labios a labios y a los cuatro días Amanda y Eleuterio la han diñado.
Microbio 2º.– ¿Y por qué no hablas ahora en verso?
Microbio 5º.– Porque no encontraba consonante para contar todo eso.
Microbio 1º.– Jurémonos lealtad.
Microbio 4º.– Nunca nos separaremos.
¡Y viva la mortandad!
Todos.– (A coro.) ¡ Los mataremos! ¡Los mataremos! ¡Los mataremos! (Lo repiten trece veces.)
(Amanda y Eleuterio, con los ojos en blanco, se miran a lo profundo de las pupilas. Sus rostros se acercan poco a poco hasta que los enamorados se besan.)
Microbio 1º.– (Enarbolando un sable en paso de ataque al frente de sus compañeros.)
¡Adelante, compañeros!
¡Avancemos sin dudar
para terribles y fieros
el tifus inocular!
(Avanzan los microbios del tifus y pretenden trasladarse de los labios de Amanda a los labios de Eleuterio. Pero en aquel momento el Microbio 1º se detiene con el sable en alto.)
Microbio 1º.– ¡Alto! ¡Alto, no avancéis!
Microbio 2º.– ¿Qué es? ¿Qué sucede?
Microbio 4º.– ¿Qué pasa?
Microbio 1º.– Volvámonos pronto a casa
o moriremos los seis.
Microbio 5º.– ¿Pero, qué ocurre, tú?
Microbio 4º.– Hablaré en prosa, porque es una cosa seria y los versos deben dejarse para los dramas románticos y para otras cosas igual de frívolas. Lo que ocurre es que en los labios de Eleuterio, hay, según acabo de ver, ¡doce microbios de peste bubónica!
Todos.– ¡Mi madre! (Los microbios echan a correr como locomotoras enloquecidas y desaparecen.)
(En vista de eso se acaba el drama.)
(A la semana siguiente, Amanda y Eleuterio fallecen, pero los médicos no se ponen de acuerdo acerca de si se han muerto del tifus o de la peste bubónica.)
Reflexión del autor.– ¡Oh, el amor!

TELÓN






















Muerte de Vornowieski

Drama que no tiene más remedio que ser ruso y que tiene su acción en la lejana y refrigerada Moscovia

PERSONAJES.– Varios; no sé cuantos, pero desde luego, más de uno.
DECORACIÓN.– – Una casa perdida, como un transeúnte extranjero, en la gran llanura nevada. Muebles y decorado apropiados al frío que hace. Bien visibles una retrato del ex Zar, una oleografía de Santa Sofía y una vista de Lugo, visto desde la carretera.
Al levantarse el telón, en escena Vornowieski y Katia. Vornowieski es un hombre de unos cuarenta años, eminentemente reumático. Katia, una mujer de treinta que posee una de esas bellezas delicadas, que tanto se ven en los Sanatorios y en las Casas de Préstamos de nueve a once de la mañana.
Empieza la acción.

Katia.– Vete, Vora. ¡Vete! Pueden venir y sorprenderte. (Vora es el diminutivo ruso de Vornowieski.)
Vora.– Sé que pueden venir de un momento a otro y aunque viniesen y me sorprendieran, no me sorprenderían.
Katia.– ¡Vete, por Santa Olga de Pravia! ¡Vete!
Vora.– No me iré sin abrazarte de un modo hercúleo y sin tomarme una taza de samovar.
Katia.– Precisamente está ahí hirviendo. (Va hacia una cafetera rusa y se toma una taza de su contenido.)
Vora.– ¡Cruel destino el mío!
Katia.– ¿Te quejas de tu suerte?
Vora.– Me quejo de mi destino, porque estoy empleado, como sabes, en las oficinas de Trostky y tenemos mucho trabajo.
Katia.– ¡Tú, un zarista, empleado en las oficinas del hombre que le hundió en la nada! ¡Oh, qué repugnancia!
Vora.– Sabes que estoy allí para espiar, para hacer lo que hacen todos los hombres píos y buenos que quedan en Rusia.
Katia.– ¿Y Natacha Ruvalev, para qué está allí'?
Vora.– Natacha también es buena y también es pía.
Katia.– ¿Y ha descubierto algo?
Vora.– Ha descubierto que tiene dos canas más que el año pasado.
Katia.– ¡Ay! Todos envejecemos rápidamente bajo este régimen bolchevique.
Vora.– Para que luego digan los médicos que el régimen es excelente para criarse sano. (Confidencial.) ¿Sabes lo que le ha ocurrido a Iván Petroff?
Katia.– ¿Qué?
Vora.– Le han deportado a Siberia.
Katia.– ¡Dios mío! ¿Y por qué causa?
Vora.– Por nada. Han buscado un pretexto ridículo para conseguirlo. Le acusan de haberse dedicado únicamente a los deportes, sin apoyar con su intervención la causa del bolcheviquismo.
Katia.– ¡Qué vileza! ¡Deportarle por deportista!
Vora.– ¡Calla! No hables alto. La paredes oyen, oyen muchas tonterías, pero oyen... y si alguien se enterase de que aquí aún reverenciamos la memoria del Padrecito... («Padrecito» es el nombre dado en al Zar en Rusia, Véase la «Historia de la incongruencia rusa», de Peterew.)
Katia.– No me recuerdes lo de la memoria. Tómate el samovar y vete, Vora... ¿Has traído el trineo?
Vora.– Está afuera.
Katia.– ¿Traes muchos perros?
Vora.– Traigo catorce atados al trineo.
Katia.– Has debido traer algunos perros sueltos por si tenías que cambiar el tiro.
Vora.– Yo no cambio nunca y por lo tanto no necesito llevar perros sueltos.
Katia.– ¡Silencio! (Hace como que escucha un ruido que viene del exterior.)
Vora.– ¿Qué pasa?
Katia.– ¿No oyes ruido?
Vora.– Serán mis perros, que cuando tienen hambre, se comen unos a otros las orejas.
Katia.– Es que creí haber oído pisadas. ¡¡Oh!! (Da un grito horrendo, porque la puerta acaba de abrirse y en el umbral se ha dibujado la figura del comisario rojo Pucherín, seguido de catorce guardias.)
Pucherín.– ¿No me esperabais?
Vora.– ¡Pucherín!
Pucherín.– ¿El ciudadano Alejo Vornowieski?
Vora.– Yo soy.
Pucherín.– Traigo orden de fusilaros.
Vora.– Pues a la orden.
Pucherín.– ¿Qué?
Vora.– Que estoy dispuesto.
Katia.– ¡Vora! ¡Vora!
Vora.– Achántate y calla, Katia. Quiero que vean estos renos del Volga cómo fallece un antiguo zarista. ¡Viva Gogol!
Pucherín.– ¡Prevenidos! (Los soldados apuntan con sus fusiles a Vornowieski.)
Katia.– ¡Vora! ¡Huye!
Vora.– Nunca. Huir es de gacelas. Yo debo morir, porque es lo único que me falta por deber.
Pucherín.– ¡Fuego! (Suena una descarga herméticamente cerrada.)
Vora.– (Cayendo.) ¡Muero! (Se retuerce y expira.)
Pucherín.– (Volviéndose a los soldados.) ¿Veis si es idiota? Se ha creído de veras que traíamos orden de matarle y no ha sospechado que lo que queríamos era apoderarnos de su trineo. ¡Pronto! ¡Al trineo! Tocamos a dos perros por cabeza. (Hacen mutis mientras Katia llora, abrazada al cadáver de Vornowieski.)

TELÓN

El lector.– ¿Dice usted que eso es un drama ruso?
Yo.– Sí, señor. ¿Verdad que estremece?
El lector.– ¡Es espantoso!
Yo.– Pues ya ve usted, luego aún habrá quien diga que yo no he estado en Rusia... ¡Estoy más harto de injusticias!
El lector.– ¡Qué le vamos a hacer! En fin, le convido a usted a un vermouth.
Yo.– Bueno, pero que sea con anchoas.











La venganza de Beppo

Comedia rudamente italiana, cuya acción se desliza en una posada situada cerca de Nápoles

PERSONAJES.– Al final de la comedia verán cuántos son.
DECORACIÓN.– – Habitación de una posada italiana. Muebles adecuados y comprados a plazos. Al foro, puerta para entrar y salir. En la izquierda, ventana para mirar al campo. En la derecha, lavabo para hacerse la toilette. Ambiente muy poético y dramático.
(Al levantarse el telón, en escena Beppo y Franchetta. Beppo es un hombre que me juego la cabeza a que ya ha cumplido los cuarenta años. Es un tipo groserote y algo repugnante. Franchetta es una joven de unos veinte años, dos de los cuales fueron bisiestos. Franchetta es hermosa cual la torre de Pisa y en unión de Beppo ocupa la habitación donde se hallan ustedes; es decir, donde se hallan ellos. Es de noche.)

Franchetta.– ¿Partes, Beppo?
Beppo.– Sí, parto. La noche ha cerrado como un comerciante en domingo, y ya es hora de hacer el alijo. (Beppo es contrabandista.)
Franchetta.– ¿Quiénes te acompañan hoy?
Beppo.– Martuchio y su hijo. Son gentes de fiar. En caso de inutilizarme yo, no tendría inconveniente en entregarle el alijo al padre y en confiarle el dinero al hijo.
Franchetta.– ¿Y piensas sacarle al alijo dinero?
Beppo.– Ya me conoces. Yo le saco dinero al alijo, al hijo, al padre y al tío del padre y del hijo.
Franchetta.– ¡Eres terrible!
Beppo.– ¡Bah! Contrabandeo; eso es todo.
Franchetta.– Te amo por una cosa: ¡por valiente!
Beppo.– ¡Valiente cosa! ¡Pero, por la Madonna! Ya es tarde. Me voy aceleratto. Adío, Franchetta. ¡Deja que te arree un beso antes de partire!
(Beppo coge a Franchetta brutalmente por un brazo y le da tres mordiscos seguidos, los cuales dejan señal. Es bochornoso, pero todos los contrabandistas italianos besan de esa manera. Yo he viajado mucho y por eso puedo decirlo.)
Franchetta.– ¡Arrivedere, amore! (Devuelve los besos a Beppo porque pertenece a esa clase de mujeres que no acostumbran a quedarse con lo que les dan.)
Beppo.– ¡Las armas!
Franchetta.– ¡E vero! (Hace mutis y vuelve con doce pistolas y veinte puñales que Beppo se ciña alrededor de su cinturón.)
Beppo.– ¡¡Adío, carina!!
Franchetta.– Que la Madonna de Portinari te saque con bien. (Beppo, tras un último beso feroz, hace mutis por el foro Al abrir la puerta, un turbión de agua invade la estancia. Dentro se oye relampaguear de un modo que eriza el vello y el feo. En seguida suena alejándose la voz de Beppo que se marcha cantando.)
Beppo.– (Dentro.)
«¡La vita é facile
la vita é bella!
¡Golfo di Napoli!
¡Civitta Vecchia!»
(La voz se va apagando como las bombillas Osram.)
Franchetta.– ¡Ya se va! Canta para que los carabinieri no sospechen que es un contrabandista. ¡Madonna, cuánto sufro! Si Beppo sospechase que le engaño con Fescciullo, el carabinieri del próximo cuartelillo... (Por la ventana suenan unos golpecillos.) ¡Oh, Fescciullo! (Va a la puerta, la abre y entra Fescciullo, que es un carabinero con bigotes «a la alpinista», es decir, con guías.)
Fescciullo.– ¡Amata mía!
Franchetta.– ¡Rudolfo! (Se abrazan con ansias napolitanas.)
Fescciullo.– He visto salir a tu maritto...
Franchetta.– Iba de contrabando.
Fescciullo.– Dejémosle que alije el tabaco y las sedas que quiera; mientras tanto tú y yo podemos cantar la tonada del amor eterno.
Franchetta.– ¡Por Edmundo de Amiers, cuánto te amo!
Fescciullo.– ¿Es de veras? También mi corazón choca y late por ti?
Franchetta.– ¿Choca y late? ¡Riquísimo! (Se besan de un modo que es una vergüenza. Yo no diría nunca esto, pero es que los italianos son tan apasionados... En fin, viajen ustedes por Italia y se convencerán.)

DOS HORAS DESPUÉS

Beppo.– (Abriendo bruscamente la puerta del foro, entra y la vuelve a cerrar a escape. En su rostro se pinta la tragedia más horrorosa.) ¡Por San Franchesco de Asís, qué espanto! ¡Yo que creía que Martucchio y su hijo eran unos buenos compañeros! Resulta que nada más hacer el contrabando han dicho que si yo moría tocarían ellos a más, y se han liado a tiros conmigo de un modo que, si no corro, me hacen la autopsia. Ahora están apostados ahí fuera y en cuanto salga me sacuden cien balazos... (Suenan dentro dos tiros.) ¿No lo dije? ¡Qué bestias de los Apeninos!
Franchetta.– (Saliendo por la derecha con Fescciullo, al oír los tiros.) ¿Qué tiros son ésos? (Con terror.) ¡Oh! ¡¡Beppo!!
Fescciullo.– ¡El marido! ¡Me la he buscatto!
Beppo.– (Comprendiendo «lo que ocurre» de una ojeda y formando su plan instantáneamente.) Salud, Fescciullo. Ya comprendo. Amas a mi mujer. ¿Qué va a hacerse? Todos hemos tenido estas aventuras a los veinticinco años. Vete, te perdono.
Fescciullo.– Eso se llama ser un buen hombre. ¡Adiós, Beppo! ¡Adiós Franchetta. (Besándola.) Volveré mañana a la misma hora.
Beppo.– (Aparte.) ¡Miserable!
Fescciullo.– ¡Adío! (Se va por el foro y nada más salir Martucchio y su hijo, que están apostados, lo fajan a tiros.)
Franchetta.– ¡Dios mío! Han matado a Rudolfo.
Beppo.– Sí. Es mi vendetta, vulgo venganza.

TELÓN

El lector.– ¡Vaya una venganza italiana, eh!
Yo.– ¡Ah! Pues eso en Italia ocurre todos los días.
El lector.– Usted debe conocer muy bien todo lo italiano, ¿no?
Yo.– Sí. Ya hace dos meses que voy a la escuela Berlitz.
El lector.– ¡Ah!












El descubrimiento de América

DECORACIÓN.– Una playa tropical, que dan ganas de ponerla en cura porque pertenece al trópico de Cáncer. Fastuosa vegetación. El Océano se supone que está a la derecha, oculto por las primeras cajas.
Al fondo, selva impenetrable. Otra salida de bosque en la izquierda.
Al levantarse el telón se despereza un poco; luego se oye ruido de remos, de chalupas que se acercan y algunas voces francamente europeas. Por la izquierda, medio desnudo y con unas plumas en la cabezota, surge un natural de la isla que al oír las voces se detiene, como es natural. Y como es natural, natural de la isla, se asusta y se larga a todo correr.
Hay una pausa, no se sabe dónde; pero la hay. Las voces se distinguen más claras y, por fin, por la derecha asoma la proa de la chalupa. «La chalupa», que pertenece a la dotación de la carabela «La Niña».
Vestido con elegantísimos arreos, un pendón en la diestra y una espada en la siniestra, que aun siendo siniestra resultaba diestra, porque Colón era zurdo, entra en escena el gran navegante. Tras él salen los hermanos ALONSO y Francisco Pinzón, Juan de la Cosa, Rodrigo de Triana, Eleuterio Salcedo, dos frailes, marineros, guerreros, timoneles, grumetes, etc. Toda gente de mar; pero la mar de gente.

Cristóbal Colón.– (Alzando la mano derecha.) ¡Señores, hagan el favor de no empujar! (Primeras palabras que, contra la opinión de algunos historiadores, pronunció, al desembarcar, Colón.)
Voces de marineros.– ¡Viva el almirante!
Otras voces más roncas.– ¡Vivaaa!
F. pinzón.– ¡Viva el mayestático, energético y geográfico navegante!
Voces de marineros.– ¡Vivaaa!
Juan de la Cosa.– ¡Qué pico tiene este Pinzón!
A. Pinzón.– ¡Y que viva con holgura!
Voces.– ¡Vivaaa!
Colón.– ¡Silencio, silencio! Voy a dar gracias al cielo, izando la enseña de Castilla y de Aragón.
Salcedo.– ¡Muy bien! (Colón iza la enseña y la enseña a todos.)
Una voz aguardentosa.– ¡Viva el Colón izador! (Origen de la palabra «colonizador» en la lengua castellana.)
Todas las voces juntas.– ¡Vivaaa!

MÚSICA

(Colón y los hermanos Pinzón se adelantan a la batería y, a pesar de que se adelantan a la batería, se quedan más atrás que ella.)
Colón.– ¡Yo soy Cristóbal Colón!
A. Pinzón.– Y yo, Alonso.
F. Pinzón.– Y yo soy Paco.
Los dos Pinzón.– Y los dos somos Pinzón.
Los tres.– Somos tres marinos
pero que hasta allí,
y ahora descubrimos
la isla Guahananí.
A España mandamos
fiel salutación,
¡y también mandamos
la tripulación!
Coro.– Tri, tri, tri, tri, tri, tri, tri, tripulación.
Los tres.– Al venir acá
la tripulación
ha querido armar
una insurrección
y del mar que ves,
bajo el cielo gris
ha estado en un tris
no morir los tres.
Coro.– ¡Los tres, los tres, los tres,
los dos Pinzones y el genovés!
Colón.– A golpes de mar,
del mar que la baña,
a golpes de mar
salimos de España,
sin necesitar
de nadie remolques...
A golpes de mar.
¡Salimos a golpes!
Los tres.– Y tras de pasar
tres meses muy malos,
no habrá que extrañar
que volvamos a Palos
Coro.– A Palos de Moguer,
a Palos de Moguer,
a Palos de Moguer,
a Palos de Moguer...
¡que salgáis de una vez
de Palos de Moguer!
Los Pinzón.– ¡Y a ver si va a poder ser!
Colón.– Llegué a esta tierra selvática,
cubierto con mi dalmática,
en la expedición acuática
que se tachó de lunática.
Coro.– ¡Pues, Señor, vaya una plática
tan cursi y antipática!
Los tres.– De nuestra gloria gigante
todos sienten el respeto;
y es que somos un terceto
digno de firmarlo el Dante.
¡Qué grandes somos los tres!
Coro.– ¡Los tres, los tres, los tres,
los dos Pinzones y el genovés!
Los Pinzón.– Tripula marinero,
tripula un año entero
Tripula marinero,
que así ganarás dinero.
Todos.– ¡Tripula, tripula,
tripula con ilusioooón!
¡Tripula, tripula,
tripula tripulacioooón!
(Termina el número en medio de una alegría y de un regocijo que, como algunos campeones del Tiro de Pichón, tiran de espaldas.)

HABLADO

Colón.– Buenos, pollos, a ver si hay un poco de seriedad y de circunspección, porque esto de descubrir las Indias occidentales no es ninguna kermesse benéfica.
A. Pinzón.– ¡Bien dicho!
Colón.– Durante el viaje no me han mareado las olas, me habéis mareado vosotros, asegurando que yo estaba más loco que un rebaño de cabras, y que no encontraríamos tierra ni para llenar un cubo. Todo os lo perdono con tal de que no os dediquéis al dulce gualicheo, ahora que hemos tocado tierra de verdad.
Juan de la Cosa.– ¡Ele!...
Colón.– No admito el que me jaleen, Juan.
Juan de la Cosa.– ¡Si no era jaleo! Si es que llamaba a Eleuterio Salcedo.
Colón.– ¡Ah bueno! Pero que no se os olvide que tocar tierra no es tocar el «Mariposa».
F. Pinzón.– ¡Eso es hablar!
Triana.– (Aparte a Francisco Pinzón.) Observaréis don Francisco, que el jefe está duro en sus reproches.
F. Pinzón.– Está hablando...
Triana.– ¡Está duro!
E. Pinzón.– Está duro, pero está hablando. Está hablando muy bien.
Triana.– ¡Ah, vamos! Perdonad el lío.
F. Pinzón.– A un viajero se le perdonan todos los líos, Triana.
Triana.– (Que está observando a Colón.) ¿Y qué va a hacer ahora el italiano?
E. Pinzón.– ¿No lo advertís? Se dispone a entonar un «Te Deum».
Colón.– Que doble la rodilla todo el mundo. Entonemos un «Te Deum» en acción de gracias. (Se arrodillan todos los del séquito menos uno, que no se da cuenta, porque aún está atontado del descubrimiento.) ¿Quién es ese que permanece de pie?
A. Pinzón.– Ese es un camarero de mi escolta.
Colón.– Pues que doble la rodilla el camarero.
A. Pinzón.– ¡De rodillas, Venancio! (El camarero vuelve en sí y se arrodilla.)
Colón.– ¡Así! Empecemos. ¡A la una! ¡A las dos! ¡A las tres! «Te Deum, laudamus...» (Cantan todos a coro. Durante la oración se duermen algunos asistentes. También se duerme un soldado.)
Juan de la Cosa.– (A Salcedo.) ¿No creéis que Cristóbal entona mucho?
Salcedo.– Entona más que un caldo con yemas. ¡Pero nos está dando el «Te Deum»! Esto es demasiado largo.
Juan de la Cosa.– Ahora acaba...
Salcedo.– ¿Cómo? ¿El «Te Deum» termina ya?
Juan de la Cosa.– Digo que ahora acaba de dormirse Francisco Pinzón.
Salcedo.– Y eso que padecía insomnios...
Juan de la Cosa.– (Muy asombrado.) ¡Repenco!
Salcedo.– ¿Qué os ocurre?
Juan de la Cosa.– Mirad hacia este claro del bosque de la izquierda.
Salcedo.– ¿Hacia este claro más claro que los otros claros?
Juan de la Cosa.– ¡Sí, claro!
Salcedo.– (Mirando hacia el lugar indicado, en el cual se ve una india apenas tapada por un cinturón de hojas.) ¡Mi tía, la priora de las Recoletas! ¡Una india!
Juan de la Cosa.– ¡Es más rica que el marqués de Fontalba!
Salcedo.– ¡Y que enseña más que la experiencia!
Juan de la Cosa.– ¿La habéis examinado?
Salcedo.– Sí.
Juan de la Cosa.– ¿Y qué?
Salcedo.– Sobresaliente. Estoy deseando hacer el indio. ¡Robémosla!
Juan de la Cosa.– ¡Eso es un rapto!
Salcedo.– Un rapto de entusiasmo. Venid. Pasado el momento desagradable del rapto nos sonreirá.
Juan de la Cosa.– Tenéis razón, Vamos. La cuestión es pasar el rapto. (Ambos desaparecen por la izquierda.)
Colón.– Concluyó el «Te Deum». De pie todos. (Todos se levantan, y los que estaban dormidos se despiertan.) ¿Dormíais, Pinzón?
F. Pinzón.– No; es que meditaba con los ojos cerrados.
Colón.– Me pareció que roncabais...
E. Pinzón.– Sería el ruido que hacen las ideas al brotar en mi mente.
Colón.– ¡Ya! Señores...
Voces de timoneles.– ¡Chits, chits, que va a hablar! (Todos callan.)
Colón.– Señores.., después de meter el remo una infinidad de veces, hemos llegado aquí... (Rumores de «ya lo sabíamos», «noticia fresca», «nos ha sacado de una duda», etc.) ¿Quién rumorea?
A. Pinzón.– Los marineros, que se hallan entregados a la función de amainar la vela latina de la «Santa María», capitán.
Colón.– ¿Pero aún hay gente en la latina?
A. Pinzón.– ¡Claro! Hasta que acaben la función.
Colón.– Bueno. Decía que hemos llegado a esta tierra salvaje, indudablemente habitada, y que os recomiendo una absoluta moralidad con sus habitantes, porque la moralidad... (Voces confusas.) ¿Qué ocurre?
Triana.– Mirad, Cristóbal. Mirad lo que traen Salcedo y La Cosa.
Colón.– ¡Regóndola, qué mujer! (Todos rodean a Salcedo y a Juan de la Cosa, que entran con la india, desnuda. Descarga sobre ella una nube de piropos de todas clases. La turba marinera turba a la india con sus mal contenidos deseos.)
Un marinero.– ¡Miniatura!
Otro.– ¡Sal gema!
Otro.– ¡Manteca de Flandes!
Otro.– ¡Que me gustas más que Torquemada!
Colón.– ¡Basta! ¡Dejadla! ¡Moralidad, orden, decencia! Ven aquí, desdichada hereje. (Coge a la india de una mano y la lleva aparte.) Bueno, es una media libra de Suchard; pero está como para tomársela con picatostes. (Con el pretexto de ver si está formada igual que las mujeres europeas, la acaricia. Los demás forman grupo aparte, bastante ceñudos.) Lo dicho. Está mejor formada que el ejército de Gonzalo de Córdoba. ¿Te gusto, idólatra? (La india sonríe.)

MÚSICA

Colón.– (Muy entusiasmado, a la india.)
Ebúrnea jovencita,
si el clima no te daña,
verás mis carabelas
y te vendrás a España.
Vestida a nuestra usanza,
belleza ganarás;
sabrás cuál es «La Pinta»,
y así ganar podrás.
Coro.– Y así ganar podrá,
y así ganar podrá.
Nosotros, ¿qué ganamos?
Pues no ganamos nada.
Colón.– (A la India, que se tapa el semblante con las manos, descubriéndoselo a la fuerza.)
Tu cara no me ocultes
que quiero verla entera.
Coro.– ¡Colón la ve la cara;
Colón la cara vela!
Colón.– Que ya estoy que tropiezo
por lo que a ti respecta,
pues eres una alhaja;
casi una perla Kepta.
Eres una india
como pa volcar...
¡Al lado de esta india
yo me hago side-car!
Coro.– Él se hace side-car,
él se hace side-car,
y a nosotros nos hace
la pascua el capitán! (Acaba el número.)

HABLADO

Colón.– Compañeros... Moralidad y decencia. Esa es la base en que se apoya el programa de los navegantes geniales. Soy el capitán de la flotilla, y estoy en el deber de apartaros del mal camino. Por eso, para evitar que faltéis a la moralidad y a la decencia, yo me coadligo con esta india. (Gritos de protesta.)
Marinero.– ¡Qué guapo!
Otro.– ¡Goloso!
Otro.– ¡Colón, agáchate, que te hemos visto!
Otro.– ¿Te crees que somos de pueblo, Cristóbal?
Colón.– ¡Silencio! ¡Silencio! ¿De qué os quejáis? ¿Estáis fuertes y sanos, sois jóvenes, y para que vuestros nombres pasen a la posteridad, los reyes os han dado un Colón.
F. Pinzón.– El que quiere darnos un Colón sois vos mismo. ¡Y a eso no hay derecho!
A. Pinzón– ¡Naturalmente! Porque vos pretendéis barrer para adentro, y aquí en seguida se pilla al que barre.
Colón.– ¡Vive Dios! ¡Me ofendéis!
Salcedo.– ¡Menuda polvareda están armando entre los que se pillan y el que barre!
Colón.– Entonces, ¿quién es el dueño de la india?
F. Pinzón.– ¡Yo qué sé!
Juan de la Cosa.– Esa conducta, Cristóbal, me tiene muy quemado.
Salcedo.– La cosa está que arde.
A. Pinzón.– Y los marineros que se hallan junto a las velas empiezan a quemarse también.
Colón.– Acabemos. ¿Qué pretendéis?
Triana.– Que se sortee la india.
Voces.– ¡Sí, sí! ¡Eso!
Colón.– ¡Se la rifan, está visto! Bueno. Pues la india será de aquel que diga antes «¡Viva la reina Isabel!»
Voces Indistintas.– ¡Viva la reina Isabel! ¡Viva la reina Isabel!
Colón.– Habéis perdido. He ganado yo. Porque yo he sido el primero que ha dicho «¡Viva la reina Isabel!»
F. Pinzón.– ¡Pues es verdad!
Juan de la Cosa.– ¡Es verdad!
Salcedo.– Él ha ganado. Nos ha repetido el truco del huevo pasado por agua...
Colón.– Os convencéis de ello, ¿verdad? Pues mientras yo voy a aquellas malezas a enseñarle a la india el castellano, entonad vosotros un «Te Deum». (Hace mutis con la india.)
A. Pinzón.– ¿Otro «Te Deum»?
Triana.– ¡Ahora lo va a cantar el Cardenal Cisneros! (Cae el telón y le da a Triana en la nuca.) ¡Mi madre! (Entre todos se llevan a Triana accidentado, y baja del todo y sin más tropiezos el

TELÓN



El epilogo de Nerón


DECORACIÓN.– El cubículo de Nerón en el Palatino. Son las cuatro de la mañana. El César duerme en su lecho; se halla tumbado boca abajo, en una postura harto plebeya, y sus anchas narices, aplastadas contra las plumas de codorniz huérfana en que reposa, emiten un ronquido asaz tumultuoso e inarmónico.
Estamos en el año 68; hace catorce años que Nerón está haciendo el salvaje desde el solio imperial, y ya, merced a la insurrección de Galba, son contadas sus horas de poder.
Un rumor se oye en el Palatino; sólo desde la Suburra llega el canto de un gallo.
Empieza la acción.

Nerón.– (Soñando en voz alta.)
Tigelino... el amor me sobreexcita...
Que me den una esclava bien llenita...
¡Que viva el amor libre y viva yo!
¡Y que vivan Melquiades y Cambó!
(Una pausa; nada se escucha nuevamente.)
¡Que lancen a las fieras los cristianos
por decir que los hombres que vivimos
somos todos hermanos!
¡Eso es una mentira! ¿Los romanos
que se dejan matar por mí a racimos,
son hermanos?... ¡No, no! ¡Son unos primos!
(Otra pausa; al final de ella entra rápidamente en la estancia Publinio, un fornido centurión que trae el uniforme lleno de polvo y viene muy sudoroso y agitado. Pasea su mirada i nquisitiva por todos lados, yal descubrir a Nerón exclama.)
Publinio.– ¡Por fin a Marte plugo
que encontrase a este mísero besugo!
Duerme, duerme...; te traigo tal noticia
que puede que te cueste una ictericia.
(Zarandeando a Nerón por un brazo.)
¡Oye, Claudio! ¡Nerón! ¡Sacude el sueño!
Este hijo de Agripina está hecho un leño...
¡Nerón, despierta ya, o te doy un cate
que te va a dejar tonto de remate!
Nerón.– (Restregándose lentamente los párpados.)
¿Eh?... ¿Quién llama?... ¿Quién es?...
Publinio.– Un centurión.
Nerón.– (Volviéndose del otro lado.)
Que te den tres sextercios de vellón.
Publinio.– (Ladeándose el casco con elegancia.)
¡Mi madre!... Este jamelgo se ha creído
que es óbolo vil lo que le pido...
¡Abandona ese sueño peligroso
y escúchame, Nerón! ¡No hagas el oso!
Nerón.– (Muy malhumorado porque no puede seguir durmiendo.)
Déjame, centurión, que te sacudo
lo mismo que si fueras un felpudo...
Publinio.– Es que traigo una nueva, desdichado,
que es fatal para ti.
Nerón.– (Incorporándose con interés.)
Habla, soldado.
Publinio.– Si vengo a despertarte con el alba
es porque el pueblo está aclamando a Galba.
Nerón.– ¿Qué dices?
Publinio.– Que se escucha este clamor.
«¡Viva Galba, el reciente emperador!»
Nerón.– ¿Y ni un solo leal de mí se acuerda?
Publinio.– Tú eres en Roma ya un cero a la izquierda...
Nerón.– ¡Por Minerva!
Publinio.– Y tu guardia se subleva...
Nerón.– ¡Pues me dejas frappé con esa nueva!
Publinio.– Siento darte este trago tan amargo...
Nerón.– Ayúdame a escapar.
Publinio.– No. Yo me largo.
(Y se esfuma por donde entró.)
Nerón.– (Rabioso, casi hidrófobo.)
¡Rediana, y se marcha ese bribón
dejándome en tan triste situación!...
Llamaré... ¡Aquí!... ¡Los míos!... ¡Tigelino!...
¡Actea!... ¿Está desierto el Palatino?
(A las voces acude el liberto Epafrodito, el cual se dirige familiarmente a Nerón.)
Epafrodito.– ¡Apresúrate, ninchi, que peligras!
Nerón.– (Espantado.)
Epafrodito..., ¿tú también emigras?
Epafrodito.– ¿Ahora te desayunas, insensato?
¡Hoy emigra de aquí hasta el mismo gato!
Sígueme... Cúbrete antes con mi manto,
que si te ven te arrean...
Nerón.– ¡Oh, qué espanto!
(Se tapa con el manto del liberto y casi se desmaya.)
¡Ay, qué histérico tengo, qué desgana!...
Epafrodito.– (Cogiéndole por una oreja y haciendo mutis.)
¡Huyamos por la puerta Nomentana!

* * *

Un jardín en la quinta Faonte. Amanece. En escena están Nerón,
Epafrodito y Esporo, otro liberto. Se oyen vivas a Galba.

Epafrodito.– (A Nerón, que está hecho polvo de emoción.)
El pueblo aclama a Galba. Hay que morir.
Nerón.– ¿Yo, morir? ¡Qué dislate!
Epafrodito, yo quiero vivir...
Esporo.– (Tajante y seco.)
Pues como si quisieras chocolate.
Ya ves que el escapar es imposible,
de no tener un globo o dirigible.
Epafrodito.– (Sacando un puñal a la intemperie.)
Toma un puñal; sepúltalo en tu pecho.
Nerón.– Este puñal es demasiado estrecho...
Esporo.– Déjate ya de tontas dimensiones
y clávate el puñal sin dilaciones.
Nerón.– (Temblando.)
Ya voy yo, ya voy yo; no me empujéis...
(Apoyando la aguda hoja en su garganta.)
¡A la una, a las dos! Lo hinco a las seis...
Epafrodito.– Te lo hincas a las cinco, que es la hora
en la que, como ves, nace la aurora.
Esporo.– ¡Basta de hacer el bu, Nerón! ¡Acaba!
Epafrodito.– (Dando un fuerte golpe sobre el puñal que se hunde en el cuello de Nerón.)
¡Húndetelo, rediez!
Nerón.– (Gritando horrorizado.)
¡¡Que se me clava!!
(Cae al suelo con una hemorragia que se queda solo. Cirrón, un jinete, aparece a lo lejos, agitando en su mano el perdón de Nerón.)
Cirrón.– ¡Galba te da la vida en un alarde
de noble compasión y de hidalguía!...
Nerón.– (Lanzando sobre él una mirada asesina.)
Tanto correr y al cabo llegas tarde...
¿Por qué no has venido antes, so sandía?
Cirrón.– (Desmontándose y contemplando al moribundo César.)
Diñándola está... ¡y me pone verde!
Esporo.– Con su muerte se acaban los apuros.
Nerón.– (Haciendo un esfuerzo como si fuera a levantar a pulso un furgón de cola.)
¡Oh! Con mi muerte el Universo pierde
un gran artista...
Epafrodito.– (Volviéndole despreciativo la espalda.)
¡Que te den dos duros!

TELÓN





La conversión del Duque de Gandía

DECORACIÓN.– Bello lugar situado – a las puertas de Granada, – sitio donde fue entregado – en fecha mucha señalada – el cadáver de la hermosa – Isabel de Portugal, – dama noble y liberal, – simpática, aunque algo sosa, – mujer de Carlos Primero – (el que a Yuste marchó un día), – la cual fue el amor postrero – del gran Duque de Gandía.
Pero conviene explicar – que si Gandía la amó, – ella no correspondió – a pasión tan singular – y que al morir en Toledo – de una muerte muy corriente – se murió (y jurarlo puedo) – tras resistir con denuedo – el asedio impertinente – y sin otorgar ni un dedo – de su organismo esplendente – a aquel galán que, concedo – que era un partido excelente.
Muerta Isabel, su marido – mandó que fuese enterrada – en la ciudad de Granada – y, como aquel rey temido – ignoraba que Gandía – hacia la reina sentía – una pasión desatada, – al pasar el novenario –le ordenó tomar el mando – del cortejo funerario – y que lo dejase cuando – la Emperatriz malograda – reposase ya en Granada – cual reliquia en relicario. (¡Vaya párrafo!)
Al levantarse el telón, en escena, el obispo Don Gaspar de Avalos, Don Luis de Recasens, noble, clero, acompañamiento y coro general. Todos estos simpáticos pelmazos se hallan aguardando al marqués de Lombay y Duque de Gandía, Don Francisco de Borja, el cual está a punto de llegar al paraje en cuestión, al frente del cortejo fúnebre que trae los restos eminentemente mortales de la ex reina doña Isabel de Portugal. Empieza la acción.

Don Gaspar.– (Un poco fastidiado de la espera.)
¿No aparecen aún?
Don Luis.– No, Monseñor.
Don Gaspar.– Que aticen un redoble de tambor
a ver si por detrás de aquellos robles
suenan otros redobles
que sería señal de que el cortejo
está cercano. Y trae tu catalejo,
que voy a vislumbrar la lontananza
hasta aquel sitio en a donde el chisme alcanza.
(Don Gaspar otea la lejanía con un catalejo, que es una verdadera facha, mientras que los soldados redoblan en sus tambores cual fieras.)
Don Luis.– (Al obispo Don Gaspar.)
¿Veis algo, Monseñor?
Don Gaspar.– Mis ojos viejos
creen ver allá lejos, allá lejos,
do canta el Darro su canción sonora...
Don Luis.– ¿El qué veis, Monseñor?
Don Gaspar.– Nueve conejos
que se alejan corriendo a cien por hora.
Mas, ¿no oís un redoble? (Suena un redoble lejano.)
Don Luis.– Sí, a fe mía.
Don Gaspar.– ¡Es Gandía, que viene!
Otro noble.– ¡Si! Es Gandía.
Don Gaspar.– Compostura. ¡Silencio! A ver se acierta
el cortejo imponente y funerario.
¡Allí traen a la reina, pero muerta!
Os ruego que no hagáis el dromedario.
(Una pausa de hora y cuarto. Todos, descubiertos aguardan la llegada del cortejo. Entra en escena el Duque de Gandía, apuesto y guapo pollo que viene con una cara más triste que Diego San José. Le sigue Don Luis Quijada, varios pajes, m mucha soldadesca bastante mal caracterizada y cuatro nobles que traen a hombros el féretro que contiene los restos de la Reina Isabel. Como los nobles vienen cargados con el arcón desde que salieron de Toledo, hace un mes, están algo fatigadillos, y en cuanto pueden lo dejan en el suelo. No por nada, ¿eh?)
(Don Gaspar ser adelanta finísimo hacia el duque y sus acompañantes.)
Don Gaspar.– Impacientes os hemos esperado
desde que el sol lució el primer destello...
Gandía.– Cierto es lo que decís; me he retrasado,
pero es porque el reloj se me ha parado
y si tardé en llegar, culpa fue dello.
Don Gaspar.– (Siempre mundano.)
¿Que tal el viaje?
Gandía.– Bien.
Don Gaspar.– Y del paisaje
¿qué me contáis, Gandía?
Gandía.– Es un encaje
de belleza sin par.
Quijada.– Creo lo mismo.
Don Gaspar.– ¿Vale la pena o no hacer el viaje?
Gandía.– ¡Vale en verdad! Pero hay poco turismo.
Don Gaspar.– Hace cinco o seis meses
estuvieron aquí catorce ingleses.
Gandía.– ¿Y les causó entusiasmo la región?
Don Gaspar.– La encontraron más bella que Londón.
Quijada.– ¡Hay que ver!
Recasens.– ¡Hay que ver!
Gandía.– ¡Por vida mía!
¿Es que vais a cantar «La montería»?
Quijada.– Es que nos asombraba
lo que aquí, don Gaspar nos relataba.
Don Gaspar.– ¿Quedó muy triste el Rey?
Gandía.– Quedó hecho cisco.
Y es para él esta muerte tan dañina
que me dijo al marcharnos: «Don Francisco,
esto me hace crocletas de gallina.»
Recasens.– ¿Crocletas dijo?
Gandía.– Sí, yo soy sincero.
El Rey habla peor que un verdulero.
Es alemán y no es extraordinario
que no le entre en la testa el diccionario.
Don Gaspar.– Bueno, basta de charla, que urge ya
que entreguéis el cadáver.
Gandía.– Aquí está.
(Gandía señala el féretro; luego le da una llave al obispo.)
Y aquí tenéis del arcón
do la Reina está, la llave;
abrid, Monseñor, y acabe
de una vez esta cuestión.
(Don Gaspar hace esfuerzos por abrir el ataúd, pero suda en balde.)
Don Gaspar.– ¡En el nombre del padre! ¡No se puede!
¡La cerradura del arcón no cede!
Gandía.– ¡Por Cristo, que es extraño!
Don Gaspar.– No hay manera.
Gandía.– ¡Caray, me he confundido
y en lugar de esa llave os he ofrecido
la del cuarto de baño!
(Dándole otra llave.)
Tomad, que es ésta...
Don Gaspar.– ¡Ah. vamos!
Quijada.– (Aparte, a Gandía.) Sois un hueso.
(Don Gaspar abre el arcón y él y todos los demás se separan vivamente del féretro tapándose las narices con furia.)
Don Gaspar.– (Aparte.)
¡Mi abuela! ¡No hay quien pare al lado de eso!
Gandía.– (Acercándose al ataúd de la Reina.)
¿Qué es este mal olor? ¿Acaso...? ¡Cielos!
¿Es la Reina? ¿Es el Rey? ¿O es Venizelos?
(Gandía queda absorto contemplando el cadáver que está de lo más putrefacto y en el que el duque no puede descubrir por más que se esfuerza la delicada y anterior belleza de la Reina.)
¡No, no! ¡No es Isabel! ¡De ningún modo!
¿Es cierto lo que veo o estoy beodo?
A pensar que esto es cierto no me atrevo.
Luego estoy curda. ¡Mas, si yo no bebo!
¡Dilema horrorizante! ¡Misterio alucinante!
¡Enigma interrogante! ¡Problema escacharrante!
Lo que hay aquí delante,
¿que es, Júpiter tonante?
Mas...¡Ah!, ¡ya! ¡Sí! ¡¡Comprendo!!
Esto que mis pupilas están viendo
es lo que queda de aquel ser divino
de aquel semblante hermoso y peregrino
después de veintiún días de camino.
¡Y esto lo he amado yo!... ¡Soy un pollino!
(Gandía se retira de junto al féretro y va a sentarse en la izquierda, sobre unas piedras de granito con incrustaciones de cretona.)
Don Gaspar.– ¿Qué le ocurrirá a Gandía
para que ponga esa cara?
Recasens.– Yo no sé.
Quijada.– Cosa más rara.
Don Gaspar.– A ver si ése nos da el día...
Por que mí, vamos, me achara
verle con faz tan sombría.
(Gandía se levanta con rostro místico y avanza hacia el grupo comentarista.)
Gandía.– Señores. Lo confieso. ¡Yo la amé!
La amé con ansia, con locura...
Todos.– (Asombrados.) ¿Qué?
Gandía.– Amé a la Reina con amor mundano.
Recasens.– ¿Qué dice?
Quijada.– ¡Está chalao!
Don Gaspar.– ¡Dios soberano!
Gandía.– La amé y cuando en la Corte la veía
hacía de intestinos corazón
y ocultaba el amor que le tenía
para no promover una cuestión
que pudiera chafar la monarquía.
Don Gaspar.– ¡Taponadle la boca!
Recasens.– ¡Sí! ¡En seguida!
Don Gaspar.– ¡Que no hable mas, pues si su historia espeta
al conocerse esa pasión sentida
se va a jugar la vida a la ruleta...
Gandía.– ¡Alto! ¡Dejadme! ¡Ya todo acabó!
¡Acabo de ver yo
los putrefactos restos de la Reina!
Y os juro por mi nombre de Gandía
que un socio como yo ya no se peina
para un ser que diñarla pueda un día.
Don Gaspar.– ¿Qué decís?
Gandía.– Lo que oís. Que acabó el baile.
Que aquí finan mis necios devaneos,
y que os voy a dejar a todos feos,
¡porque desde mañana, me hago fraile!
(Estupefacción general y soldadesca. Gandía cae a los pies de Don Gaspar y le besa el anillo.)
Gandía.– Dejad que imprima un beso en vuestro anillo.
Don Gaspar.– (Sonriente y satisfecho.)
¡Qué demonio de Paco! ¡¡Es un chiquillo!!
(Forman un grupo precioso para un pisapapeles, y cae el

TELÓN








A LA LUZ DEL VENTANAL


Este monólogo tiene un argumento muy sencillo, pero es eminentemente jardielesco en su fondo y en él el autor experimenta con un recurso difícil de llevar a las tablas pero de innegable eficacia teatral: la destrucción en directo del mobiliario de la obra de teatro. No hay que olvidar la importancia de la escenografía en las obras de Jardiel y su intento por mostrar en el teatro todo aquello que quizá se consideraba que sólo el cine podía ofrecer.




















Acto único

PERSONAJES
Esther.
Un caballero.– (No habla, claro.)

DECORACIÓN.– Un saloncito, medio vestíbulo, medio «living room», puesto con una comodidad, una coquetería y un lujo tan refinados que, a la primera ojeada, ya lo dicen todo. Y lo que dicen es que se trata de la principal habitación de un piso pequeñísimo probablemente un «departamento» situado en el ático de un inmueble modernísimo, que se alza en una calle céntrica de la gran ciudad.
Puerta –o salida de pasillo– en uno de los laterales. Ventanal en el paño de enfrente con forillo de cielo.
Muebles dibujados a propósito y realizados con maderas nobles; telas costosas en las tapicerías; algún cuadro y alguna escultura de firmas contemporáneas; varios buenísimos grabados.
Los retratos de un mismo hombre y de una misma mujer, en tamaños diferentes y con ricos marcos de cristal y de plata colocados aquí y allá.
Cortinas espesas que amortiguan los rumores callejeros; gruesas alfombras, que amortiguan los ruidos interiores; lámparas con pantallas que amortiguan la luz.
Y no hay más que añadir, porque todo el mundo habrá comprendido en el acto que, cuando una habitación se halla provista de tantos amortiguadores, es porque está destinada a soportar presiones muy fuertes. Y así ha sido en este caso: la habitación y el resto del «departamento» nació con el destino exclusivo de soportar una presión muy fuerte, una presión fortísima; la más fuerte de las presiones: el amor.
Es de día. Por la tarde; en el atardecer; en el otoño.
Al levantarse el telón, la escena sola, medio en penumbra, pues las lámparas se hallan apagadas, pero de vez en cuando el destello, encarnado primero y verde después, de un anuncio luminoso, penetrando por el ventanal, convierte por instantes la habitación, ya en un antro infernal, ya en un jardín paradisíaco. Hay una pausa bastante larga, y así que la escena se ha iluminado tres o cuatro veces de encarnado y tres o cuatro veces de verde, surge Esther.

EMPIEZA LA ACCIÓN

(Esther es una dama muy linda, tan próxima a los cuarenta años, que no representa más allá de veintinueve. Depurada, quintaesenciada, típico ejemplar de selección, anda y se mueve con esa gracia y ese sentido del ritmo que sólo tienen las bailarinas clásicas y los tigres de Benarés. En dos cosas aún se parece Esther al tigre: en sus encantadoras manos, que no se sabe por qué, hacen pensaren unas pequeñas zarpas, y en sus magníficos ojos, que a ratos brillan con incandescencia felina; pero en comparación con la dama, el tigre queda muy por bajo en todo lo demás: desde las líneas del cuerpo, mucho más seductoras por parte de Esther que por parte del tigre, hasta la voz, mucho menos musical por parte del tigre que por parte de Esther: pasando por la piel, pues es infinitamente más cara la que Esther luce colgada de sus hombros que la que el tigre ostenta, cubriéndole de arriba abajo; sin contar con que la piel que lleva Esther, se la mire desde donde se la mire, es preciosa, mientras que la del tigre, de lejos, parece una falsilla.)
(El tigre, digo Esther Mendoza, porque la dama se llama Esther Mendoza entra por la puerta o salida de pasillo, avanza unos pasos lentamente y se detiene en medio de la habitación, con la diestra colocada sobre el pecho y la respiración anhelante.)

Esther.– ¡Dios mío! (Después de lanzar una ojeada lenta a su alrededor.) ¡Dios mío, casi no puedo respirar! ¿Es por la emoción de entrar otra vez aquí o es por haber subido las escaleras a pie? Quizá es por las dos cosas. Porque las escaleras me las he subido íntegras, ciento sesenta y ocho peldaños, con una sola parada, en el tercero: que gracias a ese descanso, frente a la puerta del dentista, se me ha quitado el dolor que traía en la muela empastada. Y en cuanto a la emoción de entrar otra vez aquí ¡al cabo de diez meses! es indudable. Se me doblan las piernas... Me tiemblan los dedos... (Tomándose el pulso.) Y me cuento ciento sesenta pulsaciones...: tantas como peldaños. (Al tiempo que se halla encendida la encarnada.) Y ahora noto un ramalazo de calor... Debo de tener la cara echando lumbre... (Abre el bolso, saca el espejito para mirarse y al hacerlo la luz encarnada se torna verde.) ¡Pues, no! ¡La tengo verde! ¿Y como es que tengo la cara verde, Virgen Santísima? (La luz verde se cambia en encarnada.) (En el colmo de la alarma.) ¡¡Y ahora encarnada!! (Cayendo en la cuenta del cambio de luces.) ¡Ah, es el luminoso...! (Acercándose al ventanal y mirando hacia fuera.) El luminoso de los almacenes de la esquina, que continúa funcionando lo mismo que antes. La luz encarnada y luz verde alternan desde el anochecer hasta las siete, y a partir de las siete, cada cuarto de hora luz amarilla permanente, y en todo momento las letras encendiéndose una a una, y apagándose luego, juntas, de un golpe. (Leyendo, silabeando.) «ALMACENES FERNÁNDEZ - ALMACENES FERNÁNDEZ - ALMACENES FERNÁNDEZ.» (Melancólicamente.) ¡Ay, almacenes Fernández! ¡Inolvidables almacenes Fernández... de los que ya no me acordaba en absoluto...! ¡Parece mentira! Con la de tardes que él y yo nos hemos sentado aquí, juntos, las caras unidas y las manos entrelazadas a ver cambiar la luz verde en luz encarnada y la luz encarnada en luz verde... Hasta que el luminoso mismo nos avisaba del paso del tiempo, tan puntual como un eclipse; a las siete ¡zás!, se encendía la luz amarilla. Y entonces él se ponía de pie y murmuraba sonriendo: «¡La hora dorada, mi reina!» Porque en la intimidad siempre me llamaba reina. Y yo replicaba con entusiasmo: «¡La hora dorada, sí! Porque ¡todo, todo!, es ya oro puro a nuestro alrededor; es oro el techo, el suelo, las paredes; es oro este sillón; es oro aquel cortinaje; es oro aquella mesita...»
Y él me interrumpía exclamando: «¡Sí, reina; pero también el tiempo es oro!» Y, estrechándome entre sus brazos... (Después de una pausa, pasándose una mano por los ojos.) ¡Diez meses! Y se diría que han pasado siglos... (Acariciando el silloncito de junto al ventanal.) Aquí...aquí mismo nos instalábamos, así que yo llegaba, para ver cambiar la luz verde en luz encarnada y la luz encarnada en luz verde... En este silloncito nos sentábamos los dos, porque el amor siempre tiende a ahorrar muebles... En cambio despilfarra besos. Y también nosotros los despilfarrábamos. Aunque él inventó el juego de considerar la luz encarnada como una señal de ¡alto! y la luz verde como una señal de ¡adelante!, y los besos que empezaban al encenderse la luz verde, había que interrumpirlos al encenderse la luz encarnada. (Transición.) Por cierto que... ¡Es curioso! Tenía yo la idea de que la luz encarnada duraba mucho más que la luz verde. Y ahora compruebo que las dos duran igual. ¡Sí, sí! Igual, igual. (Suspirando) ¡Ay! Bien dijo uno de esos filósofos a los que se les achaca todo lo que se ha dicho en el mundo, que los días tristes se viven muy despacio y que los días felices pasan velozmente...
¡Lo largos que a mí se me han hecho estos diez meses que hace que rompí con él! Y lo de prisa que pasaron los dos años que ambos, tarde tras tarde, acudimos aquí... (Reaccionando.) (Por el ventanal entra la luz amarilla fija.) ¡Pero, soy tonta de remate! Cualquiera que me oyese pensaría que desde entonces he vivido en plena tristeza y que mi alegría y mi felicidad dependían de él y de las horas pasadas juntos... (Vivamente.) Y no es que diga que junto a él no haya visto transcurrir buenos momentos... Momentos agradables. Pongamos que momentos alegres... Y, concedamos que, incluso, momentos felices... (Rápidamente.) ¡Pero eso ocurrió en la primera época! ¡Eso ocurrió a poco de conocerle, antes de cansarme de él!... Porque fui yo la que se cansó de él; y la que comenzó por retrasarse en llegar para acabar por darle plantones. Y la que una buena tarde se presentó aquí tempranísimo y utilizando como lápiz un diamante de la polvera, dejó escrito sobre el cristal de un espejo el mensaje de despedida: «¡Adiós! Ya no volveré nunca. Ha llegado lo que acaba siempre por llegar... El amor se agota como el carbón en la mina, y del mío no queda ni el más pequeño filón. Renuncia pues, en lo sucesivo a esperarme a la luz del ventanal. Me voy sin quererte pero sin odiarte. Procura tú no quererme ni odiarme tampoco; imaginemos que nuestro amor ha sido una partida de ajedrez, pero no la ganemos ninguno. Y que la partida acabe en tablas, aunque tú hayas perdido tu... «Reina». (Transición.) ¡Pobrecillo! ¡Qué cara debió de poner al leerlo! ¿Qué haría? ¡Quizá se echó a llorar, porque los hombres lloran por cualquier cosita...! Pero, no: él no lloraría; él se limitaría a bajar la cabeza, resignándose... ¡Con tantas cosas se había tenido que resignar, que ya se resignaba a estar resignado: y, puesto a necesitar resignación, se resignaría a resignarse! Y es que, desde el principio, en nuestro idilio, de los dos él fue el que quiso y yo la que se dejó querer; él quien se declaró, quien insistió, quien suplicó, y yo quien iba concediendo poco a poco, altivamente, como una reina... Por eso, sin duda, me lo llamaba. ¡Y qué devoción demostró en todo instante! De un rizo de mi pelo se hizo la sortija que siempre llevó puesta. Y en cuanto logró acariciar mis manos, a fin de conservar mejor su perfume, dejó de emplear jabón para lavarse las suyas. Y desde que yo le di el primer beso, por no perder su sabor, prescindió él de usar dentífricos. ¿Y de gastar?... ¿Qué no gastó en mí? ¿Qué joya le pareció cara para ofrecérmela, ni qué dispendio se le antojó excesivo, si era de mi gusto? Enterró una fortunita en hacer confortables estas paredes, y el día que yo invertí 80 pesetas en un marco para su retrato, exclamó: «¡Ahora es cuando aquí dentro hay algo de valor!» Quince mil duros le costó amueblar este departamento, y, cuando yo vine la primera vez y admirándolo todo, comenté: «¡Buen estuche!» , aún me contestó él avergonzado: «¡Para cualquier mujer de mérito sí sería un estuche, pero para lo que tú vales, esto es una funda!» ¡Una funda! Considerar esto como una funda... (Suspirando.) ¡Ay!, el caso es que yo he acabado por considerarlo igual, al cerrar trato de venta con el señor que va a llegar dentro de un momento a quedarse con todo. Porque dar por veinte mil pesetas lo que costó quince mil duros, es convertir el estuche en funda, ¡no hay duda! Pero... ¿para qué quiero yo todo esto, si cada mueble, cada cacharro, cada tela dejó de interesarme por completo, justo en el mismo instante en que dejó de interesarme él...? Si cuanto hay aquí dentro me es indiferente, ¿para qué quiero nada de esto ya? O, como hubiera dicho don Ramón de Campoamor o cualquier otro poeta impune del siglo pasado:

«¿Por qué guardar entero
el nido, en otro tiempo placentero,
que construyó el jilguero en el ramaje,
si hastiada de su canto y su plumaje,
tú te fuiste del lado del jilguero?»

(Con un grito.) ¡¡Oh!! ¡Pero ahora que me fijo, Dios mío! Está encendida ya la luz amarilla... ¡Son las siete! Es la hora dorada... La hora en que veía todo lo de alrededor convertirse en oro puro... La hora en que él me recordaba que también el tiempo era oro... en que se apresuraba a estrecharme entre sus brazos.., aquí, al lado de este silloncito... Al lado de este sillón tan mono... ¡¡Al lado de este asqueroso sillón que Dios confunda!! Y al que odio con toda mi alma, porque sentada en él yo no he oído más que mentiras. ¡¡Mentiras!! ¡¡Mentiras!! ¡¡Mentiras!! (Arrancando a pedazos la tapicería del sillón.) ¡Mentiras del que yo llamaba rey en la intimidad, porque en la intimidad yo soy una idiota! ¡Lo que no quiere decir que en público no lo sea también! Porque si yo no fuera una idiota en público y en la intimidad, y con luz y a oscuras, me habría dado cuenta a tiempo de que él empezaba ya a cansarse. ¡Qué bien lo demostraban patentemente sus retrasos en llegar primero, y sus plantones después! ¡Y no hubiera dado lugar a encontrarme una buena tarde su mensaje de despedida, escrito con un diamante de su pitillera en el espejo! ¡¡En este estúpido espejo!! (Lo rompe.) ¡Que al leerlo no me eché a llorar porque me limité a bajar la cabeza resignándome, pues con tantas cosas me había tenido que resignar, que ya me resignaba a estar resignada; y puesta a necesitar resignación me resigné a resignarme! ¡¡¡Pero ahora no me resigno y me cargo esta mesa!!! ¡Porque desde el principio estuvo clarísimo que en nuestro idilio, de los dos, él fue el que se dejó querer y yo fui la que quise! ¡¡Como ahora quiero hacer polvo esto!! ¡¡Y esto otro!! (Rompe cosas.) ¡Y que fui yo la que insistió y suplicó, mientras él iba concediendo poco a poco, altivamente, como un rey: y por eso, sin duda se lo llamaba! ¡¡Igual que a ese cuadro le llamo adefesio, y a esta lámpara la llamo cadáver luminoso!! (Rompe las dos cosas.) ¡Y si de un rizo de su pelo me hice una sortija, de este jarrón voy a hacer una alfombra! (Lo pisotea.) ¡¡Y de esta alfombra unos zorros!! (La raja con los restos del jarrón.) ¡Y de estos zorros un mitin callejero! (Tira los «renards» por el ventanal.) ¡Idiota, si! ¡Idiota y bien idiota es preciso ser para dejar de usar perfumes por recordar mejor el olor de las manos del hombre amado, y arrumbar los dentífricos desde el día en que este hombre nos da el primer beso. ¡¡Pero más idiotez se necesita todavía para gastar los 15.000 duros que yo he gastado en comprar todas estas majaderías!! (Reduce a la nada todo lo que hay en un rincón. Y de pronto se queda con un retrato con marco de cristal y abre los ojos diabólicamente.) ¡Ah, el marco! ¡El marco para mi retrato! ¡El famoso marco de las 80 pesetas, dispendio que debió de producirle la ruina, y que sin duda fue lo que le obligó a huir.., para dirigirse, quizá a América, a rehacer su fortuna! ¡El marco que me trajo el primer día cuando entró mirando a las paredes y diciendo: «¡Buen estuche!», y cuando yo le contesté que para un hombre de su valer esto no era un estuche, sino una funda! ¡¡Una funda!! ¡Y tanto que una funda...! ¿Pues él era algo más que un paraguas? (Transición; paseándose por escena.) Pero, es lo mismo... da igual... (En la puerta, con el sombrero y una cartera negra en la mano, ha aparecido un señor, que es un caballero de unos 50 años, el cual va a saludar, pero queda cortado, inmóvil, contemplando a Esther en silencio.) Todo acabó... Agua pasada... ¡Ahora tengo que emprender una nueva vida! Liquidar este departamento y cuanto encierra. Deshacerme de todo... Traspasarlo todo en las 20.000 pesetas fijadas, al caballero con quien he comprometido la venta, que va a venir de un momento a otro. Y coger las 20.000 pesetas y guardármelas, que del lobo un pelo.., que al fin y al cabo 20.000 pesetas son 20.000 pesetas; y bien vale lo que hay aquí esas 20.000 pesetas... (El caballero mira a Esther y a su alrededor estupefacto, asustado.) ¡Pero parece que ese señor tarda en llegar con el dinero! (El caballero aprieta la cartera de piel negra contra su corazón.) O es que estoy muy nerviosa... Sí, desde luego, estar, estoy muy nerviosa. Me sentaré a calmarme a la luz del ventanal... Me calmaré viendo una vez más cómo aparecen y desaparecen los letreros... (Se sienta y lee, silabeando como al principio.) AL MA CE NES FER NÁN DEZ - RO PA BLAN CA - RO PA BLAN CA - RO PA BLAN CA. ¿Por qué se llamará ropa blanca a una ropa que es siempre de color? (Aprovechando que no ha sido visto, el caballero se ha ido lentamente, pasito a pasito, por donde entró.)

TELÓN











EL AMOR DEL GATO Y EL PERRO


Esta obra se estrenó en 1945 con motivo de los cien representaciones de la obra de Jardiel El pañuelo de la dama errante.
Este diálogo es poco teatral en cuanto a lo que a ajetreo se refiere. Efectivamente: tiene poco movimiento escénico, pues se limita a mostrar a dos personajes, uno de los cuales entrevista al otro sobre el eterno tema del amor. Sin embargo el autor supera la prueba de una obra de media hora elaborada con dos personas sentadas en un sillón, gracias a lo interesante y profundo de su conversación. No necesita Jardiel de ningún otro recurso escénico que la palabra pura para mantener el interés en todo momento y para contar en con las mínimas sugerencias, una delicada historia romántica.
















Acto único

DECORACIÓN.– Un despacho, o un «estudio», o un gabinete, o una sala, o un saloncito, o un «living room» puesto con refinado buen gusto, es decir, con suma sencillez.
Es de día; por la tarde; es primavera.
Al levantarse el telón, en escena, sentada, Aurelia, y de pie, avanzando hacia ella, Ramiro.
Aurelia es una muchacha de edad imprecisa, de esa edad imprecisa que en las mujeres de hoy abarca sin dificultad el lapso de tiempo comprendido entre los veinte y los treinta y cinco años. Muy linda de cara. El cuerpo construido a base de la decisiva proporción de líneas rectas y de líneas curvas, que le es necesario a un cuerpo de mujer para que pueda entrar en la esfera de lo seductor. El pelo rubio y largo, caído en laxos rizos sobre los hombros y la espalda. Muy bien vestida. Dotada de ese misterioso indecible fluido que emana de los movimientos, de los gestos y de todo el ser, que se conoce con el nombre de distinción personal, y para remate de tan extraordinario edificio, provista de dos piececitos típicamente españoles y de dos piernas de línea francamente internacional.
Ramiro, por su parte, se halla en la cuarentena, año más o menos. No es guapo, pero de todo él se desprende un especial atractivo producido quizá por una o dos causas interior y exterior que son, a saber: un pelo brillante y ondulado, que hace de su cabeza lo que los pintores del siglo XIX llamaban «una cabeza de estudio» y una inteligencia, tan ondulada y brillante como el pelo, que asoma resplandeciente a sus ojos, ya un poco habituados a considerar la vida como un viejo y conocido espectáculo que se pusiera en escena, inexorablemente, todas las temporadas al llegar el día primero de enero.
Se comprende que Aurelia ha venido de visita a casa de Ramiro: que hace un rato que aguarda que Ramiro aparezca, y que Ramiro acaba de aparecer.

EMPIEZA LA ACCIÓN

Aurelia.– (Sorprendida, incorporándose en su sillón.) ¡Ah!
Ramiro.– ¡No se mueva! No se mueva, por Dios... Siga usted sentada...
Aurelia.– Gracias. (Sentándose nuevamente.) Muchas gracias... Me siento, pero a condición de que se siente usted también.
Ramiro.– ¡Oh! No se preocupe. Yo estoy bien así.
Aurelia.– (Con ansia.) ¡No, no! Siéntese usted... ¡Le ruego que se siente!
Ramiro.– (Extrañado.) ¿Eh?
Aurelia.– Le suplico encarecidamente que se siente. ¡Si usted supiera! No puedo soportar el estar yo sentada habiendo alguien de pie...
Ramiro.– (Más extrañado aún.) ¡Ah!
Aurelia.– Es un manía superior a mis fuerzas y que, en ocasiones, me hace padecer muchísimo. Cuando voy al teatro, por ejemplo, me pongo tan nerviosa de ver de pie a los actores mientras yo estoy cómodamente instalada en la butaca, que, hasta que los de escena no se sientan, no empiezo a enterarme de la obra.
Ramiro.– (Maravillado.) ¿Es posible?
Aurelia.– Ahí tiene usted el «Tenorio» sin ir más lejos: a pesar de que lo he visto una porción de veces, no he conseguido nunca saber lo que ocurre desde que el drama empieza hasta el momento en que Don Juan y Don Luis se sientan para la escena de «las conquistas»...
Ramiro.– Hasta ese momento no ocurre nada demasiado importante.
Aurelia.– Eso me dicen siempre en casa para que me tranquilice. Pero hay infinidad de comedias con las que no consiguen tranquilizarme en absoluto.
Ramiro.– Siendo así, en materia de espectáculos lo que a usted le conviene son los conciertos.
Aurelia.– (Dando un respingo.) ¿Los conciertos? ¡Qué horror!
Ramiro.– En los conciertos los músicos están siempre sentados.
Aurelia.– ¡Pero el director de la orquesta se pasa todo el rato de pie!
Ramiro.– ¡Es verdad!
Aurelia.– Precisamente por culpa del director de orquesta, los conciertos me los tengo especialmente prohibidos. (Sin poder contenerse más tiempo.) ¡Si usted fuera tan amable de no seguir haciendo ahora de director de orquesta!
Ramiro.– (Dándose cuenta de que está de pie todavía.) ¡Es cierto! Usted perdone. Discúlpeme... ¡No me daba cuenta! (Sentándose en un sillón y arrellanándose en él.) ¿Respira usted ya a gusto?
Aurelia.– (Respirando ampliamente.) ¡Ay, sí! ¡Qué descanso! Le aseguro que no podía mas...
Ramiro.– ¿Se encuentra ya completamente tranquila?
Aurelia.– Completamente
Ramiro.– Pues ahora que está usted ya completamente tranquila, me permito advertirle, señorita, que el especialista de enfermos nerviosos vive en el piso de al lado.
Aurelia.– Sí, ya lo sé. Ya sé que tabique por medio con usted vive el doctor Pallejá. Don Ataúlfo Pallejá. Y también sé que en el tercero vive otro especialista de los nervios. Don Óscar Mínguez. ¿Usted lo ignoraba? No me extraña, porque al doctor Mínguez no le conoce casi nadie. Y eso que es un médico extraordinario: el mejor especialista de los nervios de España, y uno de los mejores del mundo. Pero así son las cosas... Comparado con el doctor Mínguez, el doctor Pallejá es un principiante y, sin embargo, todas las personas que tienen los nervios a componer acuden a casa del doctor Pallejá y, en cambio, a la consulta del doctor Mínguez no va más que un solo enfermo de los nervios.
Ramiro.– Y, ¿quién es ese enfermo de los nervios que va a la consulta del doctor Mínguez?
Aurelia.– El doctor Pallejá. (Ríen.)
Ramiro.– He ahí una muestra de la sabiduría de la Naturaleza, porque si no existiera alguien capaz de curar al doctor Pallejá, el doctor Pallejá no podría curar a sus enfermos...
Aurelia.– ¿Y usted cree que los cura?
Ramiro.– Me inclino a pensar que le falla alguno, porque si curase a todos, usted conocería el «Tenorio» completo.
Aurelia.– ¿Cómo? ¿Es que supone que yo he venido a casa de Pallejá como paciente?
Ramiro.– Tal vez como impaciente...
Aurelia.– No hay nada de eso. Yo tengo los nervios perfectamente normales.
Ramiro.– ¡Ya!
Aurelia.– Pero de mi familia no puede decirse lo mismo. Y si he venido varias veces a casa del doctor Pallejá ha sido trayendo a mi padre, trayendo a mi tía Micaela y trayendo a Piluchi, que es mi hermana mayor.
Ramiro.– ¿Los tres tienen los nervios mal?
Aurelia.– Los tres tienen los nervios hechos polvo; por causas distintas, pero parecidas. Mi hermana, porque estuvo tres veces para casarse y no consiguió casarse ninguna de las tres veces. Mi tía Micaela, porque estuvo tres veces para casarse y las tres veces se casó. Y mi padre, porque desde hace diez años que se quedó viudo de segundas nupcias, anda dudando si se casa o no se casa por tercera vez.
Ramiro.– Por lo que veo, pertenece usted a una familia muy romántica.
Aurelia.– Atrozmente romántica. Y ya sabe usted lo juntos que están el romanticismo y el desequilibrio nervioso...
Ramiro.– Tabique por medio: como el doctor Pallejá.
Aurelia.– A causa de su desequilibrio nervioso, mi padre, mi tía y mi hermana viven llenos de manías absurdas que no le enumero, porque son las cuatro de la tarde y me supongo que usted cenará a las nueve.
Ramiro.– Sí. A las nueve en punto.
Aurelia.– Pero en lo que afecta a mí, que por desgracia, soy tan romántica como ellos, tengo, en cambio, la suerte de estar mucho más equilibrada; y realmente sólo padezco de manías: una, es la de no poder soportar que alguien permanezca de pie mientras estoy sentada yo...
Ramiro.– ¿Y la otra?
Aurelia.– La otra... El ansia de ser feliz.
Ramiro.– (Incorporándose bruscamente, asombrado.) ¿El ansia de ser feliz?
Aurelia.– Sí, el ansia de ser feliz. ¡Pero, por la Virgen, no se levante usted del sillón!
Ramiro.– (Confuso) No, no... No me levanto... Descuide usted. (Volviendo a su postura anterior.) Ha sido la sorpresa, la extrañeza, el... (Recobrándose y mirando fijamente a Aurelia.) ¿De manera que a usted el ansia de ser feliz le parece una manía?
Aurelia.– ¡Ya lo creo!
Ramiro.– (Sonriendo paternalmente y con cierta suficiencia.) Pero, señorita, si consideramos el ansia de ser feliz como una manía habría que declarar maniático a todo el mundo...
Aurelia.– (Firmemente.) ¡Ca!
Ramiro.– (Dejando de sonreír de un golpe.) ¿Qué?
Aurelia. Que no.
Ramiro.– ¿Cómo que no?
Aurelia.– Como que no. Ya se sabe que todo el mundo siente el ansia de ser feliz; pero tal como yo la siento no la siente nadie: por eso le llamo manía. Porque estoy harta de comprobar que a las gentes, en general, les preocupa el ansia de ser feliz..., pero poco.
Ramiro.– ¿Poco?
Aurelia.– Poco. Nada más que a ratos. Y fuera de esos ratos, el larguísimo resto del día, las gentes viven totalmente absorbidas por otras cosas que no se relacionan para nada con el ansia de ser feliz. Yo hago todo eso que hacen las demás gentes, sin que nada de ello me preocupe ni me absorba, sino por el contrario, estando preocupada y absorbida por el ansia de ser feliz todo el tiempo en que me dedico a hacer esas cosas.
Ramiro.– (Sorprendido) ¿Es posible?
Aurelia.– Y así, me visto, me desnudo, como, bebo, leo y escribo cartas sin dejar ni un instante de decirme por dentro: «¡No soy feliz! ¡No soy feliz! ¡¡No soy feliz!!»
Ramiro.– (Más alarmado aún.) ¿Qué?
Aurelia.– Y cuando regaño con la familia, que es a todas horas, regaño, al parecer, por causas distintas y exteriores, pero, en realidad, regaño siempre por la misma causa interior: ¡Porque estoy llena de rabia de no ser feliz! Y si por las noches descanso, es porque cuando duermo me paso todo el rato soñando que soy feliz... Y, en fin, al despertarme me siento desgraciadísima, porque entonces me doy cuenta que mi felicidad era sólo un sueño... ¡¡y de que la verdad es que no soy feliz!!
Ramiro.– (Ya muy alarmado; separándose del lado de Aurelia con sillón y todo.) ¡Caramba!
Aurelia.– ¿Qué es eso? ¿Va usted a levantarse?
Ramiro.– No. Esté tranquila. Es que retiraba el sillón.
Aurelia.– Le doy miedo, ¿verdad? (Suspirando.) ¡Ay! También yo a veces siento miedo de mí misma... y usted comprenderá, señor Mendibarri, que en esas condiciones mi vida empezaba a ser un suplicio, un tormento, una tortura: algo absolutamente irresistible...
Ramiro.– Claro, claro...
Aurelia.– Y hoy, ya incapaz de soportarlo más tiempo, me vine para aquí.
Ramiro.– ¿A ver al doctor Pallejá?
Aurelia.– No. A verle a usted.
Ramiro.– ¿A mí?
Aurelia.– ¡Naturalmente! Pallejá no es más que un médico, especializado en enfermedades nerviosas, y usted es un novelista psicológico, técnico en cuestiones del alma.
Ramiro.– ¡Ya! (Después de una brevísima pausa.) ¿Y usted piensa que yo puedo curarle de su manía?
Aurelia.– (Abriendo mucho los ojos.) ¿Curarme? ¡No, por Dios! Si yo no quiero curarme... ¡Curarme, de ninguna manera! ¿Pues no me ha oído usted ya que lo que quiero es ser feliz? ¡A lo que vengo es a que usted me oriente para lograr serlo!
Ramiro.– (Acercando su sillón a Aurelia, de nuevo súbitamente interesado.) ¿A que yo la oriente?
Aurelia.– Sí. Pero, ¡por favor! ¿No irá usted a levantarse?
Ramiro.– No, no; descuide. Es que acercaba el sillón.
Aurelia.– Yo he leído todos sus libros, señor Mendibarri: «La muchacha de los ojos color naranja», «Háblame sin palabras», «El dardo perfumado», «Viaje al centro de tu corazón»..., todos. He leído todos sus libros de cabo a rabo, incluidos pie de imprenta, índice y fe de erratas; y después de haberlos leído estoy segura, tan segura como de que me llamo Aurelia Morán, de que usted es la persona que más sabe en cuestiones del alma.
Ramiro.– (Solemnemente.) En cuestiones del alma no hay nadie que sepa una palabra, señorita Morán.
Aurelia.– Bueno. Igual se dice de la Medicina que nadie sabe nada; y, sin embargo, es evidente que si hay alguien que sepa algo de Medicina, ese alguien son los médicos. Los problemas psicológicos se hallan en el mismo caso quizá: pero si hay alguien que sepa algo del alma, ese alguien son los que se dedican a estudiarlo.
Ramiro.– ¿Usted cree? ¿Y no se le ocurre pensar que si los dos casos fueran iguales, a usted le habría bastado leer mis libros para saber acerca del alma todo lo que yo mismo pueda saber?
Aurelia.– No. Porque en sus libros, como en todos los libros escritos por hombres verdaderamente inteligentes y verdaderamente sensibles, sólo hay preguntas. Y yo busco las respuestas.
Ramiro.– ¿Respuestas?
Aurelia.– Sí, sí. Respuestas.
Ramiro.– Y esas respuestas ¿se las he de dar yo?
Aurelia.– Usted.
Ramiro.– ¿Y ni por un instante recela que en mí puede no haber respuesta ninguna?
Aurelia.– Ni por un instante lo recelo. Para mí usted tiene una respuesta para cada pregunta. Y me supongo que si no da respuestas en sus libros, que están destinados a miles de personas, es porque las respuestas las guarda usted para una persona sola. (Resumiendo.) ¡Y por eso he venido! (Después de una pausa.) ¿Qué contesta usted?
Ramiro.– Que es usted mucho más lista de lo que puede uno calcular al verle las piernas.
Aurelia.– (Esforzándose por no ruborizarse y tirando hacia abajo de su vestido.) ¿Cómo? ¿Tan bonitas son que hacen pensar en mi torpeza?
Ramiro.– Justamente. Pero como yo estoy convencido de que es usted listísima, en vez de seguir luchando... declaro que me rindo...
Aurelia.– (Alegrísima.) ¡Que se rinde! ¿Entonces está usted dispuesto a orientarme?
Ramiro.– Sí.
Aurelia.– ¿Y contestará usted a...?
Ramiro.– A todo lo que me pregunte.
Aurelia.– (Palmoteando.) ¡Espléndido! ¡Ah, qué éxito, señor Mendibarri! Nunca pensé tener tanto éxito en tan poco rato... ¡Dios mío! (Preocupada.) Y ahora que puedo preguntarle a usted lo que quiera, me doy cuenta de que no sé por dónde empezar... (Sonriendo.) Menos mal que antes de venir, en casa, ya me temí que esto iba a suceder y traigo las preguntas apuntadas en un cuadernito... (Ha abierto el bolso y ha sacado de él un cuadernito de apuntaciones.)
Ramiro.– ¡Qué previsión!
Aurelia.– Es el cuadernito que apunto todo. (Abriendo y pasando hojas, buscando mientras lee para sí.) «Letra de la canción “Amor, amor”. «Regalarle a papá unos tirantes», «Martes dentista a las cinco.» Por aquí debe de estar. (Leyendo de nuevo.) «Ir a buscar las medias que llevé a coger puntos»... «Preguntas a Ramiro Mendibarri.» (Triunfalmente.) ¡Aquí!
Ramiro.– Veamos...
Aurelia.– (Mirando en el cuadernito y chupándose una uña.) ¿Por dónde empezarías, Aurelia? ¿Por dónde empezarías? (Decidiéndose.) ¡Sí! ¡Eso es! Puesto que la cuestión principal es ser feliz, la primera pregunta debe ser la relativa a la felicidad... (Volviéndose a Ramiro.) Vamos a ver, señor Mendibarri: Ante todo... ¿qué es la felicidad?
Ramiro.– La felicidad es el estado de conciencia de que se es feliz.
Aurelia.– (Repitiendo lentamente.) El estado de conciencia de que es feliz... (Deduciendo.) Lo cual quiere decir, ¿que la felicidad no es ser feliz?
Ramiro.– Exacto. La felicidad no es, necesariamente, ser feliz. Pero sí es la felicidad el creer uno que es feliz.
Aurelia.– (Rápidamente.) ¿Y qué es creer uno que es feliz?
Ramiro.– Creer uno que es feliz es el alcaloide de la fatuidad: aquel alcaloide de la fatuidad en virtud del cual un ser humano, aunque no sea distinguido, ni hermoso, ni sano, ni afortunado, ni inteligente, ni amado por nadie, ni se halle en posesión de ningún éxito, se cree en su interior en posesión de todos los éxitos y se imagina ser amado por todo el mundo, y se tiene por una criatura inteligente, afortunada, sana, hermosa y distinguida.
Aurelia.– (Estupefacta.) ¡Oh!
Ramiro.– Todo ser humano, hombre o mujer, joven o viejo, pobre o rico, en cuyo organismo se elabora el alcaloide de la fatuidad, cree que es feliz; es decir, es feliz. O, lo que es lo mismo: tiene en su mano apresado el pájaro fugitivo de la felicidad.
Aurelia.– Luego la felicidad no es un hecho real.
Ramiro.– No. La felicidad es una postura del espíritu.
Aurelia.– (Asustada.) ¡Y para ser feliz hay que ser tonto!
Ramiro.– No es rigurosamente necesario, pero se lleva adelantado mucho.
Aurelia.– ¡Dios mío!
Ramiro.– Sin embargo, ser tonto no es una patente para ser feliz: hay que ser fatua, pues es la fatuidad y no la tontería la facultad que hace de la criatura humana una criatura feliz. Considere usted que si todos los fatuos son felices, no todos los tontos son fatuos.
Aurelia.– (Pensativa.) Sí, sí... Claro... claro. ¡Bueno! ¿Ve usted? Pues jamás se me habría ocurrido a mí todo eso... ¡¡Es admirable!! (Mirando fijamente a Ramiro.) ¡Es sencillamente admirable!
Ramiro.– Muchas gracias. (Después de una pausa.) Pero adelante... ¿No le parece?
Aurelia.– (Volviendo en sí de su éxtasis admirativo.) ¿Eh? ¡Ah, sí, sí! ¡Adelante! Pero... antes, será conveniente que usted sepa, señor Mendibarri, que al hablar yo de felicidad y de ansia de ser feliz, me refiero concreta y exclusivamente a la felicidad del amor, al ansia de ser feliz en amor...
Ramiro.– Sí; ya lo supongo. ¿A qué otra cosa podría usted referirse perteneciendo a una familia tan romántica?
Aurelia.– Y en tal caso... (Consultando de nuevo su cuadernito.) En tal caso la segunda pregunta tendrá que ser forzosamente... Forzosamente...
Ramiro.– ¿Qué es el amor?
Aurelia.– (Volviendo sus ojos a Ramiro.) ¡Eso es! ¿Qué es el amor? Conque ya está dicho... ¿Qué es el amor, señor Mendibarri?
Ramiro.– Pues el amor, señorita Morán, es, en sus cimientos, la atracción física de los seres; en su cúpula la unión armoniosa de las almas de esos seres, y en su masa, un edificio que se viene al suelo cuando fallan los cimientos y del cual lo primero que se hace añicos es la cúpula.
Aurelia.– (Abriendo desmesuradamente los ojos y dejando escapar un largo y agudo silbido de asombro y admiración. Reaccionando en seguida muy azorada.) ¡Ay, usted perdone! Perdone usted... se me ha escapado el silbido sin querer. Es que mi padre silba así siempre que oye algo extraordinario, como la definición es extraordinaria.., y tremenda... ¡Porque es tremenda, señor Mendibarri!
Ramiro.– ¿Usted cree?
Aurelia.– ¡Tremendísima! Porque si el amor es en sus cimientos atracción física, y en su cúpula unión de almas, y en su masa un edificio que se viene al suelo al fallar los cimientos y del cual lo primero que se hace añicos es la cúpula... Pues quiere decirse que la base del amor, ¿es la atracción física?; es decir: la belleza externa...
Ramiro.– Precisamente.
Aurelia.– ¡Qué horror!
Ramiro.– ¿Eh?
Aurelia.– ¿Y quiere decirse que sin atracción física, sin belleza externa, no hay amor posible?
Ramiro.– Tal creo.
Aurelia.– ¡Qué horror! ¡Qué horror!
Ramiro.– ¿Qué?
Aurelia.– ¿Y quiere decirse, en fin, que la unión de las almas se hace añicos en cuanto falla esa atracción física, esa belleza externa...?
Ramiro.– Me lo temo mucho.
Aurelia.– (Tapándose el rostro con las manos.) ¡Qué horror!, ¡¡qué horror, qué horror!!
Ramiro.– ¿Pero a qué viene ese horror? ¿Por qué se horroriza usted, si usted casualmente es bellísima?
Aurelia.– (Destapándose el rostro rápidamente.) ¿A usted le parece que lo soy?
Ramiro.– A mí y a todo el mundo. ¿No ha comprobado usted ya que se lo parece a todo el mundo?
Aurelia.– Sí. Verdaderamente tengo ya comprobado que se lo parezco a todo el mundo. Y a mí también me lo parece...
Ramiro.– (Sin poder reprimir una sonrisa.) ¿Entonces...?
Aurelia.– Pero... ¿y él?
Ramiro.– ¿Él?
Aurelia.– ¡Claro! ¡¡Él!! Si cuanto usted dice es cierto, para que el amor nazca y subsista no basta con que sea bonita ella, sino que también tiene que ser guapo él... ¿O es que usted opina que sólo tiene que ser guapa ella?
Ramiro.– ¿Cómo voy yo a opinar semejante cosa?
Aurelia.– (Interesadísima.) ¡Ah! ¿Usted cree que él también tiene que ser guapo?
Ramiro.– Sí.
Aurelia.– (Mas interesada aún.) ¿Y por qué lo cree usted?
Ramiro.– Porque para mis análisis me atengo estrictamente a la realidad, y la realidad pone de manifiesto a diario que lo mismo que al hombre le atrae ante todo la mujer linda, a la mujer le atrae ante todo el hombre guapo.
Aurelia.– (Insidiosamente.) Pues suele decirse y admitirse que «el hombre y el oso, cuanto más feo es más hermoso».
Ramiro.– Ya lo sé. Pero esa injuria a la unánime y majestuosa belleza de los osos, no es más que un falso aforismo consolador inventado por los hombres feos y su difusión se debe al número apabullante de feos que anda por el mundo.
Aurelia.– (Que le ha escuchado arrobada, con placer vivísimo, de pronto, llena de admirativo entusiasmo.) ¡Magnífico! ¡¡Estupendo!! ¡Estupendo, Mendibarri! ¡Así se habla, sí, señor! Ya sospechaba yo que era usted un ser excepcional! ¡Un ser único!
Ramiro.– ¿Cómo?
Aurelia.– ¡Es la primera vez que le oigo a un hombre feo afirmar y sostener que el principal mérito del hombre sea ser guapo!
Ramiro.– (Sonriendo de nuevo.) Quizás ello se deba únicamente a que no ha habido hombre guapo capaz de robarme el amor de ninguna mujer.
Aurelia.– (Vivamente.) ¡¡Claro!! ¡¡Y es natural que así haya sido!! Porque si a todas las mujeres les ha hablado como está usted hablándome a mí, a todas les habrá parecido usted guapo.
Ramiro.– ¿Eh? (Después de un silencio.) ¿Decía usted?
Aurelia.– (Rápidamente.) ¡Nada, nada! No decía nada, no he dicho nada... (Con una transición y recobrándose.) Bueno, claro: sí he dicho. Y lo que he dicho me hace pensar que un hombre puede no ser guapo y, sin embargo, parecérselo a una mujer.
Ramiro.– Sin duda alguna. Y con las mujeres sucede lo mismo, y así se aclara el misterio de que el amor existe abundantemente en un mundo en el que las feas y los feos son legión y que en su gran masa está formado de exterior físico mediocre.
Aurelia.– Mediocre. ¡Mediocre! ¡Ésa es la palabra, Mendibarri! Porque no hay duda de que la humanidad es mediocre.
Ramiro.– Sí. Eva fue blanca, y Adán fue negro, y la unión de ambos ha producido una Humanidad gris.
Aurelia.– ¡Maravilloso! (En un nuevo éxtasis admirativo.) ¡¡Formidable!! (Después de mirar largamente en silencio a Ramiro.) ¡Formidable, Mendibarri! Formidable, Ramiro...
Ramiro.– Muchas gracias, señorita Morán. Pero podríamos seguir, ¿no?
Aurelia.– (Reaccionando.) Sí, sí. Naturalmente... Vamos a seguir. (Consultando de nuevo su cuadernito.) ¿Cuál es la pregunta que debe ir a continuación...? Me parece que ésta... ¡Ésta, sí!
Ramiro.– Ya escucho.
Aurelia.– ¿El amor ha sido siempre tal como es hoy?
Ramiro.– Seguramente no. Yo, cerrando los ojos, veo al hombre de las cavernas acechar los movimientos de la mujer, saliéndole al paso de pronto, y llevándosela para devorarla en la espesura. ¿No ve usted lo mismo al cerrarlos ojos?
Aurelia.– No me atrevo a cerrar los ojos por si lo veo. Pero, dígame usted... ¿Y la mujer no se resistía?
Ramiro.– Indudablemente, llegó un día en que se resistió. Llegó un día en que la mujer se negó a ser capturada sin su voluntad y el hombre comenzó a idear halagos para convencerla: había nacido el amor...
Aurelia.– (Con un hilito de voz.) Precioso, Ramiro.
Ramiro.– Y en lo sucesivo y eternamente ya, el instinto iba a estar controlado por el sentimiento.
Aurelia.– (Mirando a Ramiro más fijamente que nunca.) ¡Admirable! (Volviendo bruscamente los ojos al cuadernito y en un tono falsamente ligero.) ¿Cuáles son los síntomas del amor?
Ramiro.– En el hombre, la timidez; en la mujer, la osadía.
Aurelia.– (Después de unos instantes de reflexión.) Paso por lo de la mujer, pues es cierto y yo he comprobado varias veces que una mujer enamorada se atreve a todo. Pero lo del hombre...
Ramiro.– ¿Qué?
Aurelia.– Que no lo veo claro. En amor los hombres son siempre audaces y cuando no son audaces nada consiguen, porque a la mujer no le gusta el hombre tímido.
Ramiro.– Usted confunde al seductor con el hombre enamorado.
Aurelia.– ¿Cómo, cómo?
Ramiro.– Que el seductor, el hombre que se propone enamorar a una mujer, es siempre audaz, señorita Morán; porque sabe, como lo sabe usted, que a la mujer no le gusta el tímido y que sin audacia no conseguirá nada. Pero es que el seductor no es nunca un hombre enamorado: por eso precisamente puede ser audaz, y por eso precisamente es seductor. Mientras que, por el contrario, el hombre enamorado es tímido porque está enamorado; y, como ama, no piensa en hacer el amor; y no pretende seducir, porque es él el seducido.
Aurelia.– (Alegrísima.) ¡Dios mío! Entonces a una mujer le es muy fácil saber si el hombre que se le acerca está enamorado o no...
Ramiro.– Facilísimo.
Aurelia.– Basta con observarle y ver si muestra timidez o audacia.
Ramiro.– Justamente. Exceptuando, como cae por su peso, los casos de hombres que son tímidos por propia naturaleza.
Aurelia.– ¡Ah, claro, claro!
Ramiro.– Resumiendo: que un hombre que al acercarse a usted se muestre tímido, es un enamorado seguro; y que un hombre que al acercarse a usted se muestre audaz, no es un enamorado, aunque se lo jure por las estrellas del firmamento, pero lo es, sin duda alguna, en cuanto pierda la audacia con usted.
Aurelia.– Como «Don Juan Tenorio» en el quinto acto. (Sonriendo.) Y ya ve usted que el final de «Don Juan Tenorio» sí lo conozco.
Ramiro.– Pues conociendo el final de «Don Juan Tenorio» conoce usted el final de todos los donjuanes, porque es una infalible ley del amor, que toda mujer aspira a un don Juan audaz. para convertirle en un enamorado tímido.
Aurelia.– ¡Qué gran verdad!
Ramiro.– Sí. ¡Y qué fuente de desdicha para la mujer y para los donjuanes! (Levantándose.) Pero con permiso de usted y perdóneme si me levanto: voy a encender las luces.
Aurelia.– ¡Virgen! Es cierto... que estamos casi a oscuras... (En efecto, ha anochecido casi del todo.) Tengo que irme.
Ramiro.– (Que ha hecho girar un interruptor, encendiendo las luces, volviendo junto a Aurelia.) ¿Es que ya no le quedan más preguntas que hacer?
Aurelia.– Preguntas aún me queda una, pero es muy tarde, y como he salido sola...
Ramiro.– (Sentándose de nuevo.) Pues venga esa pregunta y se va usted.
Aurelia.– Es que... es que es la pregunta más importante para mí...
Ramiro.– ¡Ah!
Aurelia.– ...y quizá sea la respuesta más difícil para usted. ¿Existe en el ser humano un detalle fácil de observar, una cualidad que salte a la vista, una piedra de toque, en fin, que pueda garantizarle a otro ser la seguridad de lograr con él el amor completo?
Ramiro.– Sí. Existe en el hombre y existe en la mujer.
Aurelia.– (Impresionadísima.) ¡Dios mío! (Con suprema ansia.) ¿Y qué detalle es ése? ¿Qué cualidad es ésa?
Ramiro.– Al parecer, todos los humanos sienten de igual modo el amor, señorita Morán, pero no hay nada menos cierto que esa apariencia. Por el contrario, la verdad real es que desde el punto de vista del amor, los seres humanos se dividen en dos grupos: los que necesitan amar y los que necesitan ser amados.
Aurelia.– ¿Entonces...?
Ramiro.– Entonces la reunión capaz de producir un amor con garantías de duración y solidez, es siempre la de dos seres que pertenezcan a grupos distintos.
Aurelia.– ¿Una mujer que necesite amar y un hombre que necesite ser amado?
Ramiro.– O una mujer que necesite ser amada y un hombre que necesite amar...
Aurelia.– ¡Pero amigo mío...! Pero... ¿y para saber a qué grupo pertenece cada cual?
Ramiro.– Para eso existe una piedra de toque definitiva: el amor del gato y del perro.
Aurelia.– ¿El amor del gato y del perro?
Ramiro.– Sí. Porque esos dos encantadores animales domésticos simbolizan los grupos en cuestión y hasta se diría que ambos están en el mundo para ser preferidos respectivamente por los seres que constituyen los dos grupos. El gato es todo egoísmo y frialdad, el perro es todo generosidad y efusión. Y así instintivamente les gustan los gatos a aquellos seres que necesitan amar y les gustan los perros a aquellos seres que necesitan ser amados: y el gato se deja amar de los que le aman y el perro ama a los que le piden amor.
Aurelia.– ¿Luego para saber si una persona necesita amar o ser amada basta con averiguar si le gustan los perros o prefiere los gatos?
Ramiro.– Cabalmente. ¿No es sencillo?
Aurelia.– Sencillísimo. Pero, ¿y los que no tienen predilección ni por los gatos ni por los perros?
Ramiro.– Esas gentes siniestras ni necesitan amar, ni ser amadas, ni tienen nada que hacer en el mundo de los afectos. Huya usted siempre de esas gentes: son las basuras de la humanidad.
Aurelia.– (Levantándose rápidamente.) Huiré de esas gentes, y de usted, amigo mío, aunque lo siento. Pero están dando las ocho. No puedo retrasarme más.
Ramiro.– (Levantándose rápidamente también.) ¿Seguro que ya no queda en su cuadernito ninguna otra pregunta?
Aurelia.– En el cuadernito, seguro que no. Pero en la punta de la lengua tengo una que... Me gustaría saber si usted prefiere los gatos o los perros.
Ramiro.– Yo, personalmente, prefiero los perros.
Aurelia.– Pues, eso es todo. ¡Adiós, amigo mío! (Le estrecha la mano con efusión.) Le quedo reconocida para siempre. He pasado la tarde más deliciosa de mi vida.
Ramiro.– Yo también, señorita Morán. Y considere usted que mi vida ha sido hasta hoy más larga que la suya...
Aurelia.– (Parándose en el toro y clavando de nuevo en Ramiro una de sus largas miradas.) Muchas gracias. Muchísimas gracias. Y, ¿me permite usted que le diga una cosa estrictamente confidencial?
Ramiro.– Le suplico que me la diga.
Aurelia.– Pues... (Dudando, confusa, un poco nerviosa.) Pues que yo, Mendibarri... Pues que, amigo mío...
Ramiro.– ¿Qué?
Aurelia.– Pues que yo, Ramiro... personalmente prefiero los gatos. (Hay un silencio durante el cual se miran fijamente. Al cabo, Ramiro va hacia Aurelia dando señales de gran agitación.)
Ramiro.– ¡Aurelia! (Se cogen las manos. Nos apostamos cualquier cosa a que van a besarse cuando cae el

TELÓN









DIEZ MINUTOS ANTES DE LA MEDIANOCHE


El autor llama a esta pieza «Novela para muchachas y para hombres tímidos», pero no es en absoluto una novela, sino una obra de teatro de gran efectividad, como lo demuestra el reiterado uso que hizo de ella.
La primera versión de esta pieza, titulada Una vida extraordinaria o el poder de la imaginación, apareció en 1928 en Blanco y negro. Después se reimprimió como Fanny, la educanda del internado de Birmingham, (Buen humor, 1930). Tomó forma de cuento en 1936 (Los encantos de la delincuencia) y en 1937 (El golpe de mano). Después de la versión definitiva como pieza suelta –la que ofrecemos a continuación– fue el germen y prólogo de la obra teatral de larga duración Los ladrones somos gente honrada (1941).
















Acto único

La acción, en un país en el que la gente es tan inteligente que nadie allí, a excepción de los gobernantes, se ocupa de la política.
Se trata, como el lector habrá comprendido al punto, de un país imaginario.
Este país limita al Norte con otro país; por el Este con otro país; por el Oeste, con otro país; y por el Sur, con el mar. Las tres primeras son las fronteras más sólidas y la del mar, la más húmeda. Finalmente, limita por abajo con el suelo su única frontera mineral y por arriba, con el firmamento; frontera absolutamente gaseosa.
No recuerdo cómo se llama el país en cuestión, porque tengo una memoria fatal. Pero sí recuerdo que su población es muy densa y abundante y que esta población, al no ocuparse para nada de política, se siente completamente dichosa: tan dichosa que, en realidad, no soporta otros sufrimientos que los que suelen desprenderse de la dicha.
He olvidado también la extensión superficial del país. Y aunque la recordase, no me ocuparía de ella, pues de sobra sé que los novelistas, si queremos sentar plaza de trascendentes, no debemos ocuparnos de cosas superficiales.
La capital –de millón y medio de habitantes, entre los que se encuentran bastantes personas– se halla situada en la frontera Sur; quiero decir, por tanto, que el mar la empapa por uno de sus barrios extremos.
Dentro de este barrio precisamente y cerca de la playa, se abre una calle a lo largo de la cual, por espacio de varios metros, corre un muro provisto de reja, que acaba haciendo esquina con otra calle transversal siempre solitaria.
En esa esquina, por las mañanas, pone su tenderete una churrera y vocea su mercancía; y por las noches, en el mismo sitio que la churrera, suelen colocarse dos individuos, con las gorras muy echadas sobre los ojos, que atracan a todos los transeúntes descuidados. Es, pues, un rinconcito muy propio a la emoción.
La verja y el muro rodean por sus cuatro costados a una casa construida en 1903 con arreglo al gusto de 1880 por un arquitecto nacido en 1866, y reformada en 1925 al gusto de 1920 por el hijo del arquitecto de 1866, que nació en 1894, y al que su padre, muerto en 1918, había cedido la clientela en 1915.
La casa es suntuosa. Una de esas casas que los folletinistas del siglo pasado describían vertiginosamente, diciendo «una mansión señorial». Y gracias a los cuales, los folletinistas actuales no tenemos ni que molestarnos en describir.
Entre la casa y la verja, sirviendo de perfumado mullido, existe un jardín enorme y compacto, que aísla el edificio resguardándolo, como las virutas de un embalaje aíslan el objeto embalado y como la cámara de un «thermos» protege el interior las dos o tres horas que el «thermos» dura sin romperse.
En uno de los extremos más olvidados del jardín ofrece su calor agobiante una estufa, donde sudan y se sofocan varias familias de plantas tropicales.
Y por entre las frondas, aquí y allá, blanquea el mármol de numerosas estatuas: desnudos mitológicos de ninfas, Venus, faunos, Apolos, Dianas, Hércules, Mercurios y Cupidos, que de día tiritan sobre sus pedestales, pero aguantan el tipo en nombre de la mitología, el arte y la belleza; y que de noche, así que nadie los ve, salen corriendo, se meten de cabeza en la estufa y se sientan a calentarse alrededor de una fogata de astillas de sicomoro.
En el centro del jardín brilla el cristal biselado de un gran estanque. Los cisnes lo cruzan a la vela, poetizando las aguas con sus evoluciones y buscando ranas que engullirse. Y cinco o seis garzas reales dejan caer sus plumas sobre el verde del líquido, contentas de que queden flotando y de que nadie las recoja para adornar sombreros de mujer.
Por oriente, el estanque va a languidecer contra una barandilla de basalto, en la que un artista con pocas obligaciones se ha entretenido en esculpir guirnaldas de rosas interminables. La barandilla corresponde a una terraza sobre la que abren sus puertas vidrieras los salones de la planta baja de la «mansión señorial».
Hemos llegado...
La terraza era nuestra meta.
Y hemos tardado tanto en llegar que hemos llegado de noche.
En la calle transversal los dos individuos de las gorras echadas sobre los ojos ya acechan al posible transeúnte.
El jardín se halla en sombras. Todas las estatuas han desaparecido hace rato, en tropel, por la puerta de la estufa.
Las garzas reales duermen, criando nuevas plumas, y los cisnes, abotargados, digieren su última rana.
En la «mansión señorial» hay luces resplandecientes; dentro se celebra una fiesta y gimen violines y estallan risas.
La terraza refleja en el suelo el resplandor de dentro, que vomitan las puertas vidrieras, abiertas de par en par. Pero unos metros más allá de las puertas, en la barandilla de basalto, no hay más resplandor que el de la luna, y las risas y los violines no son allí más que un susurro imperceptible, devorado por el fragor de la brisa en la arboleda.
Si a la fiesta asiste alguna persona de buen gusto, tiene que estar en este rincón de la balaustrada.
Pero no hay nadie.
Y unos minutos pasan sobre nuestro desengaño, mientras las risas y la fiesta continúan dentro y mientras los violines lloran su melancolía de ser de madera y de estar huecos.
Súbitamente, en el jardín se oye un silbido. Y luego, dos más.
Entonces, entre jirones de voces e hilachas de música, una de las puertas vidrieras arroja un hombre a la terraza. Va vestido de «frac». Tiene cara de llamarse Miguel. Y treinta y cinco o treinta y seis años. Es alto, guapo y fuerte, como todo protagonista de una novela, aunque es menos alto, menos guapo y menos fuerte que de costumbre; porque él sólo es protagonista de una novela corta. Se mueve y actúa, a pesar de todo, con un aire enérgico y resuelto. Cierra la puerta vidriera tras sí, después de haber lanzado al salón de donde procede una mirada aguda y rápida. Va sin nada en la cabeza; no lleva en ella fijador, pues no pertenece al grupo de los hombres que llevan la cabeza fija por fuera, sino al otro grupo de los que la llevan fija por dentro. Y cuando sale a la terraza, la brisa, que es mujer, se apresura a jugar con sus cabellos.
Miguel desparrama una segunda mirada por el panorama del jardín, de cuya negrura misteriosa, donde todo puede suceder, brota un nuevo silbido, y avanza hacia la balaustrada, en la que se apoya, al llegar, con una apariencia indiferente. Luego se endereza, saca una pitillera y de ella un cigarrillo. Extrae un encendedor; prende fuego al cigarro; mira nuevamente con precauciones a un lado y a otro, y, por fin, con el mechero encendido, mueve la mano de derecha a izquierda y de arriba abajo, trazando un zigzag en el aire con la llama. Por dos veces repite la maniobra, y, al acabar, apaga el mechero, se lo guarda y queda en actitud expectante, mirando hacia la noche.
De ella surge Rufino, un individuo de unos cuarenta años, vestido de criado, de aire abrutado y vulgar, el cual avanza también con precauciones, pisando el césped que bordea el estanque, hacia el rincón de la balaustrada donde se halla Miguel.

Miguel.– Rufino...
Rufino.– ¿Qué hay, «Melancólico»?
Miguel.– ¿Se ha cumplido todo lo que ordené?
Rufino.– Todo.
Miguel.– ¿Y no hay novedad?
Rufino.– No. Ninguna.
Miguel.– Por aquí dentro también va todo bien. (Rufino sonríe y enseña, al sonreír, tres muelas de oro con contraste de 18 quilates.)
Rufino.– Lo suponíamos, porque donde usté trabaja, jefe...
Miguel.– La invitación falsa que me procuraste a nombre del señor Togores, con la que logré entrar en la fiesta, ha pasado como buena.
Rufino.– ¡Olé!
Miguel.– Cada cual me ha supuesto conocido de los demás, y desde hace una hora soy amigo de la infancia de los dueños de la casa, tus amos, y de varios invitados importantes. De otros no he conseguido todavía hacerme amigo de la infancia, pero les he convencido ya de que fuimos juntos a la Universidad.
Rufino.– Pero, «Melancólico», ¿usté ha ido a la Universidad?
Miguel.– Yo, no. Pero tampoco han ido ellos...
Rufino.– ¡Ya! Bueno, es que realmente es usté el único...
(Y Rufino vuelve a sonreír. Miguel indaga interesado.)
Miguel.– ¿Y Ramón?
Rufino.– En su puesto.
Miguel.– ¿Dispuesto a actuar?
Rufino.– Sí. No olvida la consigna. A las doce en punto, en cuanto empiecen a sonar las campanadas del reloj del Asilo de la esquina, cortará la luz de toda la casa.
Miguel.– Eso es.
Rufino.– Los hombres que tenemos en las cocinas, que son de la pandilla de Isidro «el sordo», están ya advertidos para salir de allí en el momento oportuno, armando barullo; y, aprovechando la confusión, llegarán hasta el salón grande a ayudarle a usté y a los otros a desvalijar a la gente y a guardarlo todo para salir pitando.
Miguel.– Bueno; pero lo que principalmente tienen que hacer es armar barullo: porque para robar esos son demasiado brutos.
Rufino.– Sí, señor; muy brutos. (Rufino repasa mentalmente los demás detalles del asalto y echa en falta el hablar de uno de ellos.) ¡Ah! Las linternas también están listas. Las he metido yo mismo en los jarrones chinos que hay en el salón, a la derecha, a la puerta de comedor.
Miguel.– No harán falta, porque los hombres que he puesto aquí dentro conocen la casa palmo a palmo y son todo gente de Valladolid, que, como sabes, tienen los dedos más ágiles que nadie.
Rufino.– Ya, ya...
(Rufino hace un gesto de suficiencia: para honra y orgullo de los ladrones de Valladolid.)
Miguel.– Y por mi parte, la caja de caudales, que es un modelo viejísimo, la abro yo con los ojos cerrados.
Rufino.– Y sin necesidad de ser de Valladolid.
(Hay un silencio breve, lleno del rumor de los violines que, a fuerza de tocar, están ya en las cuerdas.)
Miguel.– ¿Y los coches?
Rufino.– Dispuestos para la fuga en la fachada de atrás. La verja está abierta y de los perros no tiene usté que preocuparse en absoluto.
(Miguel se alarma al oírle; primer indicio de que se trata de un hombre sentimental.)
Miguel.– ¿Habéis matado a los perros?
Rufino.– Mucho mejor que eso. Si los hubiéramos matado no habríamos hecho más que quitárnoslos de en medio...Y con lo que hemos hecho los hemos utilizado y además nos los hemos puesto de nuestra parte.
Miguel.– Pues, ¿qué es lo que habéis hecho?
Rufino.– Traerles una perra a cada uno. Están encantados.
(Ríen ambos, tan encantados como los perros.)
Miguel.– ¿Tú no olvidarás tu misión, Rufino?
(Rufino sonríe ladinamente y vuelve a lucir su oro.)
Rufino.– No pase cuidado... Como nadie sospecha de mí, ya sé que mientras dure la «cosa» yo, quieto! Y que en cuanto que se oiga el ruido de los coches huyendo de la fachada de atrás, un servidor, a entrar en la casa, disimulando y preguntando: «Pero, ¿qué ha pasado aquí?», «pero, ¿qué ha pasado aquí?», con la mayor cara de primo que me sea posible; que es mucha. Fíjese en la cara de primo que voy a poner.
(Rufino pone una cara de primo terrible.)
Miguel.– Puede que sea demasiado.
(Rufino se llena de orgullo y de agradecimiento.)
Rufino.– ¡Gracias, jefe!
Miguel.– Y no te olvides de lo principal: si ves que alguna de las víctimas conserva la serenidad después del robo y trata de perseguirnos, ¡tú, a impedirlo!
Rufino.– Por supuesto...
Miguel.– Tienes que cubrirnos la retirada, desorientarles... Y que en ningún momento comprendan que eres de los nuestros, Rufino.
Rufino.– Déjelo de mi cuenta, jefe. A los hombres ya sé lo que les voy a hacer: darles pistas falsas.
Miguel.– Bueno; muy bien.
Rufino.– Y a las mujeres... ¿Qué les haré a las mujeres?
Miguel.– Hazles tila.
Rufino.– ¡Olé, sí, señor! Que eso despista mucho...
Miguel.– Y si todo sale bien, como supongo, ya sabes: a primeros de mes te despides de los dueños de la casa, diciendo que dejas de servir por motivos de salud, y te reúnes con los compañeros, que te esperarán en la frontera, guardándote lo que te haya correspondido en el reparto.
(Rufino pone los ojos en blanco y se relame.)
Rufino.– ¡Se me hace la boca agua de pensarlo! Me parece que de esta hecha nos retiramos todos del negocio...
(Miguel queda pensativo unos instantes. Luego, responde con voz sorda.)
Miguel.– El que quiera, podrá retirarse. El que buscase dinero nada más, desde luego que podrá retirarse...
(Rufino mira a Miguel con cierta estupefacción.)
Rufino.– ¿Y usté no, jefe?
(Miguel hace un gesto desolado y se alza de hombros, indiferente.)
Miguel.– Yo ya he comprobado por mi mismo hace tiempo que el dinero no es suficiente para vivir a gusto...
(La estupefacción de Rufino crece ante estas palabras.)
Rufino.– ¿Y que es lo que busca usté entonces en el negocio?
(En la oscuridad, brillan los ojos de Miguel de un modo raro.)
Miguel.– La agitación, la actividad, el aturdimiento.
(Una nueva pausa. Miguel se expresa como si hablase consigo mismo con voz débil.)
Miguel.– Retirarme... no me retiraría más que una mujer. Tal vez si encontrase una mujer joven e inocente...
Rufino.– ¡Pues no pide usté nada! ¿Y para qué querría usté que fuese inocente?
Miguel.– Para que dejase de serlo a mi lado.
Rufino.– ¿Y joven?
Miguel.– Para que me durase más tiempo.
(Rufino abre la boca, maravillado del talento del jefe.)
Rufino.– ¡Ahí va! (A su vez, es ahora Rufino el que queda pensativo, cosa que le ocurre muy de tarde en tarde.) ¡Con razón se le llama a usté en la profesión el «Melancólico»!... Y por algo se dice que es usté un hombre raro...
Miguel.– (Interesado.) ¿Se dice eso de mí?
Rufino.– Si, señor. Se dice eso, aunque con todos los respetos: porque para la profesión, el «Melancólico» es el número uno y el espejo en que nos miramos. Y todos sabemos que cuando usté entra en un despacho la caja de caudales se abre sola; y que los edificios de los Bancos se echan pa atrás, cuando le ven, para ocultarse, y que usté pase de largo por la acera; y que ha viajado usté más que un baúl de chapa, y que ha robado en once idiomas diferentes. ¡Y que ninguno le llegamos a la suela de los zapatos! Sí, señor; con todos los respetos, pero se dice que es usté un hombre raro, jefe. Y yo, con todos los respetos, creo que es verdad, porque...
Miguel.– ¡Chist! ¡Calla, Rufino!
(Miguel le ha agarrado a Rufino, nerviosamente, por un brazo y ha vuelto rápidamente la cabeza hacia las puertas vidrieras de la terraza, en una de las cuales se dibuja una sombra humana.)
Rufino.– ¿Eh?
Miguel.– ¡Vete! ¡Vete, que alguien sale!
Rufino.– Son ya las doce menos diez... ¡El que sea va a meter la pata!
Miguel.– No hay cuidado. Si es mujer, me la llevaré a bailar. Y si es hombre, lo meteré para adentro, charlando, antes de cinco minutos...
(Siempre mirando hacia la puerta vidriera, Miguel da sus últimas instrucciones.)
Miguel.– El plan no debe alterarse por nada. ¡A tu puesto! ¡Y todo el mundo preparado!
Rufino.– Sí, señor.
Miguel.– Y al dar las doce en el reloj del Asilo, ¡a apagar las luces de la casa... y ya sabéis!
Rufino.– Sí, señor... Sí, señor...
(Rufino, agachándose, se escurre por el césped, a lo largo de la balaustrada, produciendo un momentáneo revuelo en el dormitorio de las garzas reales, hasta perderse en la negrura del jardín.)
Ya es tiempo, porque la puerta vidriera donde la sombra se dibujaba se ha abierto, a impulso de alguien que sale del salón en fiesta.
Miguel, disimulando, se, separa del extremo de la balaustrada, donde mantuvo todo su diálogo anterior, y queda apoyado en el pretil, con los ojos fijos en las caravanas de nubes que pasan y repasan ante la luna.
En el umbral de la puerta vidriera del salón ha aparecido Herminia.
Es una muchacha de indefinible edad. En lo físico, joven; por la firmeza y soltura de sus líneas puede tener perfectamente dieciocho o veinte años.
En cambio, en aquellas características morales que a simple vista descubren los seres, parece adivinársele un aplomo, una gallardía y una decisión que llevan a pensar si no tendrá bastantes más años de los que representa por su aspecto, puesto que tales cualidades sólo nacen de una amplia y larga experiencia de la vida.
Sus ojos, que miran siempre. de frente y con firmeza, tienen el fuego propio de los temperamentos extremados, y en la línea de su boca hay una extraña energía.
Todo ello contrasta vigorosamente con la delicadeza juvenil de su organismo, formando un conjunto de atractivo fascinador.
Herminia cierra, detrás de sus pasos, la puerta por donde salió, y, lentamente, como si no llevara objetivo fijo al venir a la terraza, avanza hacia el lugar de la balaustrada, donde Miguel se halla acodado, y apoya sus manos en ella, con los brazos abiertos en Y griega.
(Miguel la observa, pero por un segundo nada más.)
Miguel.– Buenas noches... (Herminia permanece inmóvil, sin hacer caso de Miguel, mirando a las copas de los arboles, que hacen encaje de bolillos en la altura. Miguel, resuelto a entablar conversación, sincroniza su mirada con la de ella.) Precioso cielo, ¿eh? (Silencio por parte de Herminia, que ni mira a Miguel siquiera. Pero Miguel insiste.) Yo me paso noches enteras contemplándolo, y siempre acabo prometiéndome a mí mismo no volver a hacerlo, porque pensar en las terribles dimensiones del espacio me aterra... (Nuevo silencio. Pero Miguel insiste, mirando ahora a la luna.) ¡Precioso cielo y preciosa luna! Es como un espejo de cuarto de baño. (Y otro silencio aún. Miguel mira, alternativamente, al cielo y al rostro de Herminia.) ¿Se ha dicho alguna vez que los ojos de las mujeres se parecen a los luceros en que tienen órbitas? Por si no se han dicho nunca, lo digo yo ahora. (Herminia vuelve, al fin, sus ojos hacia Miguel, pero sólo un momento y distraídamente. En seguida cambia de postura, volviéndose de espaldas al están que y apoyando la cintura en la balaustrada, y no contesta. Otro silencio todavía. Miguel ataca por un flanco.) Se habrá usted cansado de bailar, ¿verdad? También yo salí de allí porque estaba cansado, pero en un hombre es natural; los hombres resistimos menos el baile: tenemos los pies más flojos. A ustedes, en cambio, les sucede al revés; no sé dónde he leído que las mujeres y las mesas cuando se quedan cojas es cuando mejor bailan. Una tontería, claro; pero tiene cierta gracia, ¿no? (Silencio.) ¿No? (Nuevo silencio.) Por lo visto, no. (Pero vuelve a la carga, infatigable.) Indudablemente, la mujer es más fuerte que el hombre. Antiguamente se la llamaba «el sexo débil». Hoy el sexo débil ha hecho gimnasia. Y el hombre siempre ha tenido un punto débil: el talón; acuérdese de Aquiles... Las mujeres, para no tener débil ni ese punto, llevan los talones reforzados. (Herminia torna a mirar distraídamente a Miguel, y dando media vuelta, cambia otra vez de postura y queda cara a la balaustrada del estanque. Miguel, después de echar una ojeada de impaciencia a su reloj de pulsera, imita la postura de Herminia y a ratos contempla el estanque y a ratos, a ella. Y se lanza de nuevo al ataque, con bríos inéditos.) ¡Qué fuerza misteriosa la de la luz de la luna cuando se refleja en las aguas de un estanque! (Breve pausa. Miguel se acerca un poquito a Herminia. Insinuante.) La misma fuerza misteriosa que adquiere una mujer cuando, en lugar de hablar, lo mira todo melancólica, silenciosa... (Una pausa. Herminia sigue sin contestan Miguel, filosófico.) Y al fin y al cabo, ¿para qué hablar? Tiene usted razón... Hace usted bien... El silencio es lo más elocuente que existe. Sólo cuando callamos lo decimos todo.
Herminia.– Entonces, ¿por qué no se calla usted?
Miguel.– Porque yo no tengo nada que decir.
Herminia.– ¿Y si tuviera usted algo que decir, se callaría? (Miguel responde afirmativamente con la cabeza y guarda silencio.) ¿Por qué se calla usted ahora? ¿Es que se le ha ocurrido decirme algo de pronto? (Miguel vuelve a afirmar con la cabeza y queda mirando a Herminia fijamente.) ¿Sí? (Miguel, sin cesar de mirarla, no contesta.) ¿El qué? (Miguel, sin contestar, sigue mirándola fijamente. Herminia, irritada.) Le he preguntado a usted que qué es lo que tiene que decirme.
Miguel.– Y yo acabo de decírselo. ¿No me ha entendido?
Herminia.– (De mal humor.) ¡No! (Volviendo la cara hacia otro lado.) No le he entendido...
Miguel.– Le he dicho con mi silencio que, a pesar de que la he confesado estar cansado, mi alegría suprema sería que entrásemos de nuevo ahí, al salón, de donde me parece que los dos hemos salido impulsados por el aburrimiento, y bailáramos juntos un baile, dos bailes, diez bailes: todos los bailes de la noche... (Extremando su insinuación.) Le he dicho sin hablar que daría cuanto me pertenece por conseguir llevarla a usted en los brazos sintiéndola recostada contra el corazón, aspirándola, respirándola... (Con un soplo de voz.) ¿Sería usted capaz de negarme eso?
(Suavemente, pero con firmeza, Miguel intenta separar a Herminia de la balaustrada y llevársela hacia el interior de la casa. Pero Herminia se resiste.)
Herminia.– No; gracias. No quiero bailar. Aborrezco el baile.
Miguel.– (Soltándola.) Me extraña en una muchacha como usted...
Herminia.– (Burlona.) ¿Como yo? Pues, ¿qué edad cree usted que tengo yo?
Miguel.– Dieciocho, veinte...
(Herminia se endereza y deja escapar una carcajada aguda, compasiva, hiriente.)
Herminia.– Dieciocho... Veinte... ¡Cuánta ingenuidad!
(Miguel se maravilla.)
Miguel.– ¿Ingenuidad?
Herminia.– Ingenuidad, claro...
(Y vuelve a reír. Miguel, con cierta broma.)
Miguel.– ¿Le parezco a usted realmente un ingenuo?
Herminia.– Estoy segura de que lo es.
(Miguel, divertido ya, e interesado en la actitud y en las palabras de Herminia.)
Miguel.– ¡Ah!... Está usted segura de que soy un ingenuo...
(Miguel se apoya de codo en la balaustrada y contempla a Herminia como si fuera un ser extraordinario.)
Miguel.– ¡Mujer admirable!
(Herminia adopta un aire displicente.)
Herminia.– Por lo demás, todos los hombres son ustedes igualmente ingenuos...
Miguel.– (Siempre con aire de broma y con un tanto de burla.) ¿Ha tratado usted muchos?
Herminia.– Los suficientes para aprender esa verdad y para saber también que si todos los hombres son igualmente ingenuos, aquellos que la sociedad tiene por malos, como ladrones y delincuentes de diversas clases, esos son los más ingenuos de todos...
(Miguel se pone serio y no puede evitar un sobresalto.)
Miguel.– ¡Eh!
Herminia.– ¿Decía usted algo?
Miguel.– (Reponiéndose.) Decía «¡Eh!...»
Herminia.– «¿Eh?»
Miguel.– Sí.
Herminia.– ¡Ah! (Después de una ligerísima pausa.) Es que me pareció que decía «qué».
Miguel.– «¿Qué?»
Herminia.– Sí.
Miguel.– Pues, no.
Herminia.– ¡Ya!
(Vuelve el silencio reconcentrado con que comenzó la escena. De nuevo Herminia deja perder sus miradas por la superficie niquelada del estanque. Miguel, preocupadísimo, finge una indiferencia que está lejos de sentir.)
Miguel.– Y esa opinión de que los delincuentes son los hombres más ingenuos... ¿también la ha logrado usted tratando delincuentes?
(Herminia hace una pausa reflexiva. Suavemente.)
Herminia.– Sí. También.
(Miguel la observa atentamente, entre crédulo e incrédulo.)
Miguel.– ¿Y si le dijera que me cuesta trabajo creerlo?
Herminia.– Entonces yo le contestaría que toda cosa que es verdad es siempre increíble.
Miguel.– ¡Qué cosa tan increíble!
Herminia.– ¡Es verdad!
(Y ambos sonríen. Pero Herminia recobra pronto su gravedad anterior.)
Herminia.– Por otra parte, también es verdad y también le parecerá a usted increíble que he cumplido los treinta y cuatro años, que mi vida ha sido hasta ahora tan novelesca como pueda ser, por ejemplo, la vida de usted...
Miguel.– (Interrumpiéndola, nuevamente preocupado.) ¿Mi vida?
Herminia.– ...y que, en realidad, en el mundo ya no hay nada ni nadie capaz de asombrarme. (A un ademán de él.) Conozco algunos de los lugares de la tierra todavía habitados solamente por seres irracionales, y casi todos los habitados por seres provistos de razón: cito antes a los que carecen de razón, porque son gente mucho más razonable... Por lo tanto, amigo mío, hombres de muy opuestos caracteres y de condiciones y circunstancias variadísimas se han cruzado en mi camino.
Miguel.– Incluso delincuentes.
Herminia.– Incluso delincuentes, eso es. (Perdiendo sus miradas en la espesura densa del jardín.) Hace quince años abandoné la casa de mis padres por el amor de un hombre que no lo merecía, como tantas otras muchas. Tuve una hija que me fue arrebatada al nacer y de la que jamás he vuelto a saber nada... Y cuando salí de allá, huyendo de aquellos dolores, que sólo eran el prólogo de otros muchos futuros, mis primeras amistades fueron estafadores y ladrones, sí, señor. ¿Le asusta?
Miguel.– Tanto como asustarme...
Herminia.– Más vale así. Y si conociera a fondo ese mundo, tan temido y despreciado por las gentes de orden, es probable que hasta se le hiciera a usted simpático.
Miguel.– (Con una sonrisa imperceptible.) Estoy seguro de ello.
Herminia.– Porque hay entre esos seres que viven fuera de la ley, una ley particular, especial, que rige sus vidas, que establece jerarquías de mando...
Miguel.– (Acentuando, sin querer, su sonrisa.) ¿Es posible?
Herminia.– Y existe entre ellos una armonía que frecuentemente falta en la sociedad legal. Y como en su mayor parte son temerarios y fantásticos y mantienen una existencia de riesgo y de aventura, uno acaba sintiéndose atraído por ellos...
Miguel.– (Sonriendo ya francamente, a pesar suyo.) ¿De verdad?
Herminia.– (Leyendo en su propio interior.) Traté por primera vez delincuentes en el viaje a Buenos Aires, cuando salí de España huida y anhelando olvidar. Eran los más simpáticos de a bordo y los únicos que me ayudaron... a su modo: porque yo viajaba sin un céntimo. Pero al tocar en Río, ya había reunido seiscientos pesos nacionales. Los había «ganado» asociándome a uno de ellos, un tal Díaz, que «hacía» las líneas sudamericanas jugando al «póker» con ventaja. Yo le ayudé en aquella travesía, llevándole a la mesa todos los ricos de a bordo y distrayéndoles con conversaciones súbitas e inoportunas o con sonrisas incandescentes, cada vez que Díaz hacía «maravillas» con los naipes.
Miguel.– ¡Aaah!
Herminia.– No he visto nunca dedos más ágiles que los de aquel hombre; había nacido en Valladolid. Porque usted ignora seguramente que los ladrones de dedos más ágiles de España y del mundo son de Valladolid...
Miguel.– (Creyendo que sueña y estremeciéndose.) ¿Cómo?
Herminia.– Que los ladrones de dedos más ágiles son de Valladolid.
Miguel.– (Reponiéndose; en tono ligero.) No sabía... Verdaderamente empiezo a creer que hablando con usted acabare haciéndome una cultura...
(Ríen. Herminia continúa su relato.)
Herminia.– Díaz era muy hábil; pero, doblemente ingenuo por hombre y por delincuente, cometió una grave torpeza: enamorarse de mí. Y, desde que, frente a las costas del Brasil, le ocurrió aquello, se quedaba tan extasiado mirándome horas y horas que... en el resto del viaje ya no volvimos a «ganar» al «póker».
Miguel.– ¿Y... usted?
(Le mira a los ojos, queriendo escrutar un alma que empieza a inquietarle. Pero Herminia no tiene un alma fácil de escrutar, y le replica con voz fría, siguiendo la relación y el curso de su vida.)
Herminia.– Yo aunque muy joven, ya en aquella época lo que más me había jurado a mí misma, era no comprometerme por nada ni por nadie el porvenir...
Miguel.– ¡Ah!
Herminia.– Tardé pues, en huir del lado de Díaz todo lo que tardó el barco en atracar a las dársenas del Plata... (Y, sumergiendo sus miradas de nuevo en las frondas de tinta que rodean al estanque, en busca de más recuerdos, añade:) A la siguiente semana pasé a Chile con un tal Landau, que se dedicaba a la venta clandestina de cocaína: un negocio seguro y relativamente ilegal...
Miguel.– (Abriendo de par en par los ojos.) ¿Relativamente ilegal? ¿Era, quizá, que la cocaína que vendía Landau contenía un cincuenta por ciento de perborato de sosa?
Herminia.– (Muy seriamente.) No. Era que contenía un cincuenta por ciento de ácido bórico. (Vuelven a reír. Y cuando la risa se les ha agotado, Herminia continúa su relación como con pesadumbre.) Pero, por desgracia, la cocaína que Landau y yo nos acostumbramos a tomar algún tiempo después, ésa carecía de ácido bórico en absoluto...
Miguel.– (Agitando la cabeza.) ¡Hum!
Herminia.– (Suspirando.) Y al año, Landau moría intoxicado en una calle cualquiera de la ciudad de México, y yo ingresaba en un sanatorio para toxicómanos, de Veracruz. (Un suspiro más hondo infla el seno de Herminia.) Curé gracias a los esfuerzos desesperados de un médico del «middle west» norteamericano: Jack Stone, que no contento con haberme vuelto a la vida física, normalizó toda mi vida espiritual, casándose conmigo. (Herminia hace un silencio y Miguel nada dice. La brasa del cigarrillo, que ya arde en sus finales, ilumina su rostro, donde el interés y la atención han borrado todo otro sentimiento, y, lo que es peor para él, toda otra idea. Herminia ha vuelto su semblante hacia la luna, cuya luz pone en sus facciones no se sabe qué de fantasmal y de quimérico. Una especie de éxtasis la conmueve, y habla como alucinada.) Pasamos a Estados Unidos y nos establecimos en Lunesville, un pueblecito de Illinois, próximo a Chicago. (Volviendo la vista hacia Miguel.) ¿No conoce usted el Illinois? Es una de las comarcas más dulces de la Tierra: y lo era infinitamente entonces para mi. Jack me llenaba por completo el corazón... (Con voz oscura.) Pero mi destino no era la felicidad ni la vida tranquila... (Después de un silencio profundo, durante el cual parece jadear, mientras sus manecitas se crispan sobre las falsas flores de basalto de la balaustrada.) En aquellos últimos años se había entablado en Chicago la «guerra del alcohol» , y el Illinois entero perdió su dulzura característica para convertirse en el campo de batalla más feroz. (Sombríamente.) Cierta noche, varios hombres, que huían de la Policía Federal, llegaron a nuestro paraíso de Lunesville: traían dos heridos y obligaron a Jack a recogerlos en casa y a curarlos. Así lo hicimos. Y quince días más tarde, la «pandilla» enemiga de aquellos hombres tomaba sobre nosotros una represalia espantosa, ametrallando a Jack, a traición, cuando volvía en coche de un paseo...
Miguel.– (Alzando vivamente la cabeza y dejando caer el cigarrillo.) ¿Es posible?
Herminia.– Días enteros pasé yo preguntándome eso mismo. No podía ser... Pero había sido. Y mi vida acababa de desmoronarse para siempre. (Enderezándose; rígida y envarada como una esfinge.) Mí vida acababa de desmoronarse, pero no quedaba vacía: estaba repleta de odio, y por el momento, averigüé que el jefe de los asesinos de Jack se llamaba Jenins y que vivía en el Loop de Chicago. (Hablando precipitadamente, como deseando acabar.) Logre llegar hasta él, captarme su amistad... Y a los dos meses, en la primera ocasión propicia, lo vendí a la policía. ¡A mis propios pies cayó acribillado! (Larga y emocionada pausa. Miguel prende lentamente un nuevo cigarrillo. Herminia parece agotada como una flor sin agua. Los violines han callado dentro y la brisa, triunfante en el concierto, les arranca melodías inesperadas a los árboles. Suena como un susurro la voz de Herminia, que resume el resto de su existencia en un segundo.) Los ocho años transcurridos desde entonces los he vivido sin conciencia de vivirlos. Pasé fríamente de unos países a otros, y he hecho de todo sin que nada de lo que hacia me interesase lo más mínimo... Una temporada me dejé absorber por la música... Durante los dos años que siguieron practiqué el espionaje... He tenido ráfagas de misticismo... Épocas de vivir obsesionada por el juego...Y en todo momento he oído sin escucharlas palabras y palabras de amor... Algún hombre intentó esclavizarme, teniendo que zafarme de él violentamente... Algún otro, en cambio, se empeñó en ser esclavizado por mí y acabó suicidándose... Para unas personas he sido un demonio... Para otras, un ángel. (Suspirando con dejadez.) Y en realidad, sólo soy una mujer que se ha dejado en el camino el alma y los mejores resortes de la vida. (Confidencialmente.) ¿Comprende ahora por qué no me interesa la cachupinada que se celebra en esos salones de ahí dentro y por qué no he aceptado su invitación a bailar?
Miguel.– Lo comprendo... Suficientemente.
Herminia.– He caído hoy en esta casa, donde ni siquiera conozco a los dueños, por pura casualidad. Y si me he refugiado en este rincón ha sido para estar un rato a solas con mis recuerdos frente a la inmensidad de ese cielo, que a ratos también parece indiferente a todo y a todos...
(Miguel, reaccionando por completo al cabo, ha lanzado una nueva rápida ojeada a su reloj. La hora le impacienta y súbitamente vuelve a tomar a Herminia de una mano, con intención de llevarse a la dama hacia el salón.)
Miguel.– Pero ahora son ya las doce menos cinco...
(Herminia se pasa los dedos por la frente como rechazando su pasado y el diálogo que lo resucitó; y sonríe, haciendo un esfuerzo sobre sí.)
Herminia.– Justamente. Son ya las doce menos cinco, y a las doce en punto empieza a funcionar el bar. Ya comprendo... (Señalando gentilmente hacia el salón.) Vaya usted, amigo mío, vaya usted. Ahora iré yo también. Y para cuando yo vaya, ¿me tendrá usted preparado un whisky con hielo?
Miguel (Tras consultar otra vez, ahora abiertamente, su reloj.) Sí, si no tarda usted en venir más de cinco minutos.
Herminia.– (Frunciendo ligeramente las cejas, como si una sospecha la rondase.) Parece como si tuviera usted algo importante que hacer a las doce...
Miguel.– (Contemplándola unos instantes con fijeza y plegando los labios en una mueca alegre.) Quizá...
Herminia.– (Curiosa.) ¿Algo en lo que yo pueda intervenir?
Miguel.– (Acentuando la alegría de su mueca y dándole una larga chupada al cigarrillo.) Quizá también... (Acercándose a Herminia, paso a paso, sin desviar un punto de ella los ojos.) Desde que en aquella travesía conoció usted los primeros delincuentes, ha corrido usted de aventura en aventura... ¿Y quién le dice que no puede correr hoy su aventura final.., con gentes parecidas a las de entonces?
Herminia.– (Absorta.) ¿Qué quiere usted decir?
Miguel.– (Retrocediendo a su primitivo lugar.) Nada. (Miguel da la espalda a Herminia y se dirige terraza adelante hacia las puertas vidrieras del salón. A mitad de camino se detiene y se encara de nuevo con Herminia.) ¿Me promete no tardar en venir al bar más de cinco minutos?
Herminia.– Se lo prometo.
Miguel.– En ese caso, hasta ahora mismo... (Se vuelve para irse definitivamente, pero en ese instante, una de las puertas vidrieras se abre. Miguel, al verlo, deja escapar una interjección indefinible.) ¡Ah!
Herminia.– ¿Qué ocurre?
Miguel.– (Sin ocultar demasiado su contrariedad.) La dueña de la casa viene hacia aquí.
(Un máximo sobresalto se apodera de Herminia. Sus dedos crispados estrujan, clavándose en él, el bolso de «strass».)
Herminia.– ¿La dueña de la casa?
Miguel.– (Esforzándose por guardar una calma que empieza a faltarle.) Sí. No le preocupe no conocerla. Yo se la presentaré.
Herminia.– (Buscando sitio por donde huir.) ¡No! ¡No!
Miguel.– (Sorprendido.) ¿Eh?
(Pero no hay sitio por donde huir. Por un lado corta el paso la balaustrada del estánque. Por otro, la persona que avanza desde la puerta del salón.
Esta persona ha entrado ya en la terraza. Es Germana, una señora de cuarenta y tantos años, exuberante, amabilísima y atrozmente vulgar.
Germana se dirige rectamente a Miguel con una sonrisa que la cubre de arriba abajo, como un abrigo de pieles.)
Germana.– ¡Querido señor Togores!
Miguel.– (Con los nervios ya dominados; inclinándose.) Señora...
Germana.– ¡Muchas gracias, muchísimas gracias por la gentileza que representa de su parte el estarle dando conversación a Herminia!
Miguel.– (Asombrado.) ¿Eh?
Germana.– Justamente andaba buscándoles a ella y a usted para presentarles, porque como es el primer día que honra usted nuestra casa... Pero la juventud no necesita presentaciones, bien lo veo... Y luego, ¡estas muchachas de ahora son tan atrevidas, incluso las que acaban de abrir los ojos al mundo!
Miguel.– ¿Cómo?
Germana.– ¿Qué, le habrá mareado a usted bastante, verdad?
Miguel.– (Sin comprender nada.) ¿Quién?
Germana.– (Sorprendida y haciendo girar sus grandes pupilas redondas.) ¿Quién va a ser? ¡Herminia! ¡Ah! ¿De manera que estaban charla que te charla sin conocerse? ¿Cómo podía figurármelo? (Germana, sonriente y tendiendo una de sus manos hacia Herminia mientras sigue hablando a Miguel.) Herminia es mi hija, querido señor Togores. Por supuesto no debía de confesarlo, porque, después de todo, para una madre una hija de dieciocho años significa casi la vejez...
Miguel.– (Retrocediendo un paso de estupor.) ¿De dieciocho años?
(Miguel vuelve su mirada hacia Herminia, la cual, apoyada en la balaustrada, desfalleciente, tiene los ojos clavados en el suelo desde que apareció Germana. Esta última ríe con una risa que sólo para ella no suena a fúnebre.)
Germana.– ¡Dieciocho años! Ni uno menos, pero ni uno más: porque tampoco es cosa de echarse tierra a los ojos... (Confidencial, a Miguel.) Herminia ha salido del colegio el mes pasado. Estaba interna. Yo no soy partidaria de los internados, pero Felipe sí; y cuando Felipe lo dispone... Total: que el angelito, fuera de los veranos, que los pasaba con nosotros en la finca del campo, pues ¡encerradita con las monjas desde los ocho años! (Alegremente.) Ahora, que yo no he visto una cabeza más despabilada que la suya... Claro que en la inteligencia sale a Felipe, porque a mí, desgraciadamente, de lo de Salomón me tocó poco... (De nuevo confidencial.) Y créame usted, señor Togores, no es porque yo sea su madre, porque le aseguro que esta niña todo lo sabe, de todo se entera, todo lo lee... ¡Imposible que exista una niña que haya leído más que esta hija mía! Yo pienso que las mujeres no han nacido para leer, pero Felipe opina que sí... ¡y vaya usted a llevarle la contraria a Felipe! (Encarándose con Herminia.) ¡Bueno! Que ya va siendo hora de ir hacia dentro, hija mía... (Volviéndose nuevamente hacia Miguel; explicativa y siempre refiriéndose a Herminia.) Su padre quiere hacer esta noche la presentación oficial de ella en sociedad. Como es la primera noche que damos una fiesta en casa desde que Herminia salió del colegio... (Dirigiéndose otra vez a Herminia.) Conque ve preparándote, pitusa. (A Miguel, poniéndole los ojos en blanco.) ¡Qué momentos de emoción para ella! Debe de estar como loca, y me lo explico. En cuanto a mí, no es por nada, amigo Togores, pero cada vez que recuerdo la noche... ¡ay, hace ya mucho!... en que me pusieron de largo, me entra un... (De súbito, se interrumpe, porque Herminia, que durante toda la escena ha permanecido inmóvil, silenciosa, con los ojos clavados en el suelo, el rostro encendido y el pecho palpitante, rompe de pronto en sollozos.) ¡¿Eh?! Pero, ¿qué es eso? (Avanzando hacia Herminia.) ¿Qué es eso? ¿Lloras?
Miguel.– (Avanzando también hacia Herminia.) Herminia...
Germana.– (Acercándose a Herminia sin comprender nada, pero con el corazón encogido.) ¿Qué te ocurre? ¡Hija mía! ¡Herminia! ¡Nenita! ¡Pero, nenita!...
Herminia.– (Con voz ahogada.) ¡Déjame! (Rechazándola, queriendo ocultar las lágrimas y el rostro; queriendo ocultarse toda ella.) ¡Déjame! ¡Déjame!
(Herminia huye de su madre, de Miguel, de sí misma, y en fin: de su imaginación. Y como un pájaro fugitivo desaparece por una de las puertas vidrieras del salón en fiesta. Germana, volviéndose hacia Miguel con la ceguera que tienen siempre las personas maduras para los goces y los sufrimientos de la juventud.)
Germana.– ¿Qué es esto? ¿Qué le pasa? ¡Se va llorando! ¡En un día como el de hoy! ¡En un momento como éste! Se lo aseguro, amigo Togores: las muchachas de ahora son incomprensibles.
Miguel.– (Emocionado.) Quizá para comprenderlas hace falta tener, ante todo, fantasía...
Germana.– (Bajando la cabeza desolada.) Así será cuando usted lo dice... Yo, francamente, confieso que no las comprendo. ¡No las comprendo! (Haciendo una transición.) Pero discúlpeme usted, amigo Togores... Voy a ver. ¡Voy a ver!... Hasta ahora, amigo Togores. Adiós, amigo Togores...
(Nerviosa y preocupada, Germana se dirige a las puertas vidrieras. Miguel se inclina a su paso.)
Miguel.– Hasta luego, señora.
Germana.– ¡Válgame Dios! ¡Válgame Dios!
(Y se va, desapareciendo en el bullicio del salón. Miguel queda solo unos instantes: la cabeza baja, los brazos cruzados y la barbilla apoyada en una de las manos. Si hubiera luz bastante, se le vería sonreír arrobado. Instantes después, pisando el césped que rodea el estanque, como antes, vuelve a surgir brotando de la negrura del jardín, Rufino. Se comprende que todo lo ha espiado. Se endereza, trepa hasta la balaustrada y se encara con Miguel, esperando la orden definitiva.)
Rufino.– ¿Qué?
(La voz de Rufino saca a Miguel de su ensimismamiento. Fulgen de él palabras tajantes.)
Miguel.– ¡Rufino! ¡A escape! ¡Da contraorden!
Rufino.– (Sin comprender.) ¿Qué?
Miguel.– ¡Avisa a Ramón para que no apague las luces de la casa a las doce!
Rufino.– ¿Cómo? ¿Que no apague las luces de la casa a las doce?
Miguel.– (Febril.) ¡Contraorden a todos! ¡Que retiren los coches de la fachada de atrás! ¡Que se vayan los hombres que tiene Isidro en las cocinas! ¡Que nadie se mueva!
Rufino.– (Estupefacto.) Pero, «Melancólico»...
Miguel.– (Decisivo.) ¡Ya no se da el «golpe» esta noche!
Rufino.– (Con la boca abierta.) ¿Que no se da el «golpe» esta noche?
Miguel.– (Exasperado, sacudiéndole por un brazo.) ¿Es que no hablo claro? (Agresivamente.) ¡¡Que no!!! ¡¡Que no!! (Fríamente; de un modo que no admite réplica.) Anda, y no pierdas un segundo, Rufino.
Rufino.– (Acogotado.) Sí, señor... Sí, señor...
(Y desaparece de nuevo por encima de la balaustrada, pisando el césped sin ruido, como si llevase alas.
Miguel va hacia allí lentamente y se acoda de nuevo en la barandilla de basalto. Dentro, vuelven a tañir los violines. Tenuemente, como hablando para su interior.)
Miguel.– Madre de una hija desaparecida... cómplice de estafadores... Traficante en cocaína.. Vengadora de la muerte de un marido que no tuvo nunca... Espía... Jugadora... Aventurera internacional... Todo lo había conocido... Nada le interesaba ya... ¡Y llegó incluso a hacérmelo creer a mí! ¡A mí!... (Sonriendo admirado y embelesado.) ¡Poder de la imaginación! ¡Poder de la juventud y de la inocencia! (Melancólicamente, después de una pausa.) Inocencia y juventud: las dos cosas que yo he perdido para siempre... ¡Y que sólo ella podría darme! (Una nueva y profunda pausa.
Queda inmóvil, mirando hacia el están que, como su gestionado por las aguas, que, bajo la luz de la luna, parecen un charco de mercurio.
De pronto, un reloj de torre comienza a dar las campanadas de la medianoche.
A la tercera campanada, Miguel tira el cigarrillo al estanque y se cubre el rostro con las manos.)

TELÓN

Amigos y enemigos

JACINTO BENAVENTE (Amigo)
Jacinto Benavente fue otro de sus autores. Consideraba que la producción teatral de don Jacinto estaba a cien codos del resto de las obras que se estrenaban por aquel entonces. Llegó a tener con él una una excelente amistad y le dedicó una adivinanza rimada y descriptiva en el año 1929, con motivo de un festival celebrado en el Teatro de la Comedia. Benavente, por su parte, siempre defendió el teatro de Jardiel en sus artículos teatrales.

RAMÓN MARÍA DEL VALLE-INCLÁN (Enemigo)
Ramón María del Valle-Inclán hizo unas ofensivas declaraciones afirmando que no había oído hablar nunca de ningún hombre llamado Jardiel Poncela, ni sabía ni le importaba en absoluto quién pudiera ser tal señor.
Jardiel dio entonces el apelativo de «Valleinclán» a uno de los personajes de su novela ¡Espérame en Siberia, vida mía!
En ella, Celedonio Carrasca, alias el «Valleinclán», es un dronista, o sea: un ladrón que roba a sus víctimas en los descampados. Pertenece a la «Unión General de Asesinos sin Trabajo» y se dedica a perseguir al protagonista para matarle. No obstante no le saldrán bien las cosas y será él quien muera a manos de su perseguido de una manera bastante ridícula. El protagonista contrata a una prostituta y obliga al «Valleinclán» a punta de pistola a que desfogue con ella sus energías repetidas veces.
Al decimocuarto intento, el asesino sufre un colapso y muere. Cuando los periódicos dan la noticia, afirman que un novelista español le ha copiado el mote al asesino. Esta es la manera en que Jardiel responde al desprecio del que había sido objeto.

FEDERICO GARCÍA LORCA (Amigo)
Ambos coincidían mucho en los cafés y se profesaban un respeto mutuo. Solían bromear sobre muchos aspectos del arte de vanguardia y, refiriéndose a todo el cúmulo de autores de la generación a la que ambos pertenecían, es conocido el hecho de que Lorca, siempre que se encontraban, le decía a Jardiel:
–De todo esto, sólo quedaremos tú y yo.
La última conversación que mantuvieron ambos se desarrolló en el Teatro Cervantes. Y, como reafirmaría Jardiel muchas veces, Lorca no estaba metido en política y ni siquiera hablaba nunca de ella. Tampoco lo hizo en aquella ocasión, aunque el inminente enfrentamiento de las «dos Españas» machadianas estaba en el aire y ése era el principal y obsesivo tema de conversación de todos.
«Cuando me encontré con él, le encontré igual que siempre: afectuoso, cordial, alegre, anecdótico, brillantísimo en su conversación, rebosante de proyectos (sólo artísticos), de imaginación y de la más fina gracia y el más alto sentido del humor. [...] Lorca me estuvo contando un episodio saladísimo al que él le añadía su cernida sal propia. De las cartas que cruzaba con su novio una criada suya. En aquellos momentos cualquier fanático hubiera dicho que «no estaban las cosas» para hablar de criadas, por muy graciosas que fueran.»
Cuando supo la muerte de Federico, le pareció imposible, por absurda y Jardiel acusó después duramente al franquismo de haber silenciado entonces la muerte de Lorca y no haberla lamentado oficialmente, cometiendo, al par que un asesinato, una inmensa injusticia artística y literaria. Afirmó, además, que no había ideología que mereciera que se le sacrificaran tales víctimas.
«En el maremágnum granadino comprendido entre los días 19 al 23 de julio, se nos había hundido Federico a sus amigos y admiradores, a España y a la Poesía castellana. Quien no maldiga la política capaz de crear esos caos, es un mal nacido.»

MIGUEL MIHURA (Enemigo)
Otro caso digno de conocerse, es el hecho de que –según Jardiel afirmó en un «Prólogo» a una de sus novelas– su antiguo amigo Miguel Mihura –que entonces firmaba Miguel Santos– había logrado cosechar para sí bastantes elogios con páginas escritas por el propio Jardiel.
K-Hito, director de Gutiérrez, le instó en repetidas ocasiones a que suprimiera esa acusación de su «Prólogo». Pero Jardiel, que consideraba el plagio como un delito mayor, no quiso hacerlo:
«La contumacia con que Santos viene utilizando en sus cuentos aquellos resortes, sorpresas, trucos, giros, mecanismos, equivalencias y desplantes que yo ideé para mis propios cuentos, me obliga ya a decirlo en público, pues necesito tranquilizar mi espíritu, conturbado por la idea de que algún día surgiese un lector nuevo que, desconociendo mi labor antigua, llegare a suponer que era yo el influido por Santos, lo que me sería intolerable. [...] Ni llevo mala fe, ni he pensado nunca en hacer a Santos la trepanación: simplemente defiendo lo que es mío.»

PEDRO MUÑOZ SECA (Amigo)
Mostró siempre gran respeto por Pedro Muñoz Seca, quien para él había tenido aciertos definitivos y perdurables. Le defendió de los críticos que le atacaban y tuvo muchas conversaciones con él sobre técnica teatral en los saloncillos de los teatros.

«AZORÍN» (Enemigo)
Jardiel tuvo una opinión bastante mala de la capacidad crítica de «Azorín» y mucho peor de sus habilidades dramáticas en las obras experimentales que escribió. Jardiel afirmó que el famoso prosista carecía de toda cualidad e intuición teatral:
«Él mismo confiesa que en Teatro no se ha hecho nada en el mundo, fuera de Hedda Gabler, de Ibsen; por cuanto que para él Shakespeare es malo, y a Schiller no hay que tenerle en cuenta, y Lope y Calderón no existen.»
Recuerda, además, que «Azorín» no dudó en criticar a Muñoz Seca y luego colaborar con él, para obetener los seguros beneficios económicos que las comedias de Muñoz Seca producían.

JOSÉ ORTEGA Y GASSET (Amigo)
A José Ortega y Gasset le consideraba una mente madura de pensador, conocedor de muchas disciplinas, incitador y sugeridor de multitud de temas de interés sobre la estética de su tiempo.
De hecho la base de su nuevo humor la va a proporcionar Ortega y Gasset, «el pensador más intenso», en sus propias palabras. Las obras del filósofo eran los más manoseados de sus libros y sus márgenes se encontraban llenos de anotaciones. Cualquier análisis crítico de la obra jardielesca remite de inmediato al concepto de «deshumanización del arte» orteguiano y al sentido lúdico de la nueva literatura. Coincide asimismo con las otras definiciones de Ortega sobre la artificialidad del arte nuevo, la noción del arte por el arte, lo esencial de la ironía, su falta de trascendencia y, en general, los postulados que el pensador menciona en su ensayo La deshumanización del arte e ideas sobre la novela.

GREGORIO MARAÑÓN (Enemigo)
Ejemplo de sus fobias literarias es Gregorio Marañón, cuyas teorías psicológicas (como la famosa homosexualidad del personaje de Don Juan, que tanto revuelo armó en su momento) no comparte en absoluto. En un gracioso cuento relata cómo su novia, enloquecida por el afán de lujo y riqueza, justificaba su actitud diciendo que, según una teoría de Marañón, las mujeres buscan al hombre rico de manera inconsciente y pensando en los hijos futuros, en su bienestar y comodidad. Consecuentemente, ella decide abandonarle, para encontrar a un hombre con más riquezas que él:
«He protestado, he llorado, me he arrastrado a sus plantas desde entonces. Le he suplicado que vuelva a ser la muchacha sencilla de antes. Todo es inútil. Su réplica es siempre la misma:
–Pienso en mis hijos. Las mujeres siempre pensamos en los hijos, Federico. Lo dice Marañón.
Y yo voy hacia la ruina económica y sentimental, y Marañón sigue ganando honra y provecho. Es indignante.»
A Jardiel le parece que Marañón ha conseguido su fama de escritor con muy pocos méritos o entrando en el mundo por las letras por la puerta de atrás y, en varias ocasiones, le hace objeto de sus burlas. Dedica una de sus novelas «a mi admirado Gregorio, que tanto entiende de estas cosas», explicando a continuación :
«Al decir «a mi admirado Gregorio», me refiero al ilustre doctor D. Gregorio Marañón, a quien ni siquiera conozco, con el que no he cruzado en mi vida ni una carta. Pero como no hay un sólo español que presuma de intelectual que no hable de Marañón como de un compañero de juegos infantiles, yo me he creído también en el caso de demostrar mi confianza con el famoso médico para que nadie dude que pertenezco a la falange intelectual española. »

RAMÓN GÓMEZ DE LA SERNA (Amigo)
En cuanto a la relación de Ramón y Jardiel, la admiración fue mutua y estuvieron siempre en contacto directo o por carta. Ramón procuraba retenerle en su Cripta de Pombo y fue él quien recomendó su nombre a Ruiz-Castillo, de Biblioteca Nueva, donde se publicarían sus novelas. Jardiel, por su parte, en todas las ocasiones pregonó la maestría de Ramón. Años más tarde, en 1936, fue jurado del premio literario Mariano de Cavia. Cuando supo que Ramón se presentaba, emitió su voto de forma irrevocable, pues consideraba que ningún otro escritor español lo merecía más que él. Sin embargo, tras dar su opinión, hubo de marchar a París por un tiempo, para realizar algunos trabajos. A su regreso se encontró con que el premio se lo habían dado a José María Pemán (Pelmán, como le llamaba él). Nunca más participó, ni directa ni indirectamente, en un premio literario oficial.

SERAFÍN Y JOAQUÍN ÁLVAREZ QUINTERO (Enemigos)
De Serafín y Joaquín Álvarez Quintero dijo que eran como Dios: estaban en todas partes. Reconocía que habían creado un teatro propio, jugoso, ingenioso, brillante y personal, aunque en sus obras había siempre una niña andaluza que reía y cantaba en los primeros actos, que luego lloraba y que, al final, volvía a reír. O sea, que se dedicaba a satirizar el estilo de los dos hermanos, que representaban el tipo de teatro populista que Jardiel intentó arrinconar.

CARLOS ARNICHES (Amigo)
Carlos Arniches le merecía un gran respeto, por haber creado la «tragedia grotesca», género cómico-trágico «de calidad suprema», en el que se acumulan todas las perfecciones que en su creación puede acumular un creador. Ambos tuvieron una relación cordial y su amistad le permitió a Jardiel bromear con la expresión excesivamente severa del rostro del alicantino:
«¡Le ríe el alma a este hombre!» –he oído siempre yo
al ocupar mi sitio en las noches de estreno.
¡Le ríe el alma a este hombre! Le ríe el alma... Bueno.
Debe reírle el alma, porque la cara, no.

EDUARDO MARQUINA (Enemigo)
Eduardo Marquina, el poeta y dramaturgo modernista, tampoco parecía agradar mucho a nuestro autor. Le presenta en su novela La «tournée» de Dios intentando colocarle sus versos a todo el mundo en cualquier ocasión posible y empleando sus contactos en las altas esferas para conseguir aplauso y reconocimiento. Finalmente, sus esfuerzos producen resultados y consigue recitar sus versos ante el mismo Dios, que se encuentra de visita por España.
En la velada teatral donde leyó versos Marquina, cuando el poeta concluyó su recital, Dios se volvió hacia el Nuncio, que se hallaba detrás de él, de pie en el fondo del palco, para preguntarle: «–Y este Marquina, ¿a qué se dedica?»

GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA (Amigo)
Tuvo siempre muy buena opinión de Gregorio Martínez Sierra, cuyos juicios estéticos solicitó varias veces y con quien compartió aventuras en Hollywood.

MANUEL LINARES RIVAS (Enemigo)
Este señor era para Jardiel el prototipo del escritor segundón que imitando a otros de fama (Benavente en este caso) consigue ganar dinero sin preocuparse en absoluto de introducir ningún elemento nuevo en su producción.

ENRIQUE GARCÍA ÁLVAREZ (Amigo)
Jardiel paga una deuda de gratitud con una figura que, aunque famosa en un tiempo, empezaba ya a estar algo olvidada: el comediógrafo Enrique García Álvarez, el verdadero creador del «astracán», el único español de la época que, en su entender, había rozado en su género varias veces lo genial. Afirma que García Álvarez había creado un teatro cómico violento, grotesco, fantástico, maravillosamente disparatado, sin antecedentes dentro ni fuera de nuestro país.

ANTONIO MACHADO (Amigo)
El poeta fue su vecino en uno de sus domicilios, cuando Jardiel empezaba a escribir. Don Antonio animó a Jardiel en su carrera literaria y le dio sabios consejos.

WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ (Enemigo)
Refiere que en su juventud escuchó una opinión bastante estúpida de Wenceslao Fernández Flórez, quien afirmaba que para ser humorista en España había que ser gallego.
«En un principio, esto me aterró, pues ya he dicho que soy madrileño. «¡Dios mío! –gemía angustiado–, ¿por qué no me hiciste nacer en Galicia? ¿No comprendías con tu suprema sapiencia que haciéndome nacer en Castilla me chafabas para siempre el porvenir artístico?»
En general, creía que la obra de Flórez carecía de gracia y que el título de humorista no se le podía adjudicar con justicia.

Escritos sobre Jardiel

UNA VALORACIÓN IMPRESCINDIBLE

Enrique Gallud Jardiel

Muchos eminentes críticos se han mostrado unánimes en afirmar que Enrique Jardiel Poncela ha sido “el gran cómico de su generación”, pero no se han comprometido en absoluto especificando de qué generación estaban hablando. José López Rubio, en su discurso de ingreso en la Real Academia Española, cometió el bienintencionado aunque craso error de plantear la noción de lo que él denominó “la otra generación del 27”, refiriéndose a Jardiel y a los otros escritores españoles que vinieron al mundo coincidiendo con el comienzo del siglo y que se iniciaron en la literatura en la década de los 20, sin incluirse en la magnífica generación de poetas que todos conocemos. El error estribaba en que su definición afirma inequívocamente la existencia de dos o más generaciones coetáneas –lo cual ya es complicado de por sí– y también la supeditación que la palabra “otra” implica con respecto a la “una” y verdadera. Por otra parte, el intento era loable puesto que pretendía reivindicar nombres y eso siempre es sano en países de escasa memoria histórica como es el nuestro. Afortunadamente este escollo se ha salvado en la actualidad: a los poetas del 27 se les denomina cada vez más “grupo” y se ha acuñado para el resto de integrantes el interesante término de “la generación inverosímil”.


Estamos hablando de un grupo de humoristas con inquietud renovadora y con un enfoque literario basado en las vanguardias europeas. Fueron sus componentes Edgar Neville, Tono, Mihura, López Rubio, Ernesto Polo, Samuel Ros, Juan Pérez Zúñiga, Tomás Luceño, Manuel Abril, Antonio Robles, etc., y, claro está, Enrique Jardiel Poncela. Todos tuvieron características estéticas afines y se mantuvieron cohesionados desde 1920 a través de las tertulias de los cafés de Pombo, Jorge Juan, Europeo y La Granja del Henar. De mencionar fecha daríamos 1921, año de fundación del semanario Buen humor, que no era sino un “laboratorio de experimentos” para la aplicación de las teorías bergsonianas sobre la risa. Allí laboraba el padre: Ramón Gómez de la Serna, y sus variopintos hijos, todo un nuevo grupo de escritores para los que el humor era instrumento desmitificador de la norma social, arma de lucha contra los estereotipos y puente hacia la originalidad. Lo que sabemos de aquel consejo de redacción, consiguieran o no sus propósitos estéticos, es que se divirtieron de lo lindo y tendieron hacia un humor inteligente y cosmopolita. A Buen humor siguió Gutiérrez y la tradición continuó hasta llegar a La Codorniz y a sus imitadores. Esta relación con el humorismo periodístico, por así llamarlo, fue una de sus características. Otra lo fue su apolitismo, que les permitió crear bajo distintos regímenes. También coincidieron en su conexión con el nuevo arte cinematográfico, pues todos escribieron guiones o dirigieron películas. Y, por último, participaron como ya se ha dicho de las tendencias vanguardistas de entreguerras. Es en esta época y en este marco literario en el que Jardiel escribe y publica la mayor parte de sus piezas cortas.


Jardiel Poncela pule su estilo escribiendo secciones enteras de estas publicaciones y es proclive a influencias literarias de coetáneos, aunque no a las que comúnmente se mencionan. Una crítica no siempre bien informada, basándose meramente en similaridades estilísticas, relaciona a Jardiel con Pierre Camí, con Dino Segre y Pitigrilli, hecho lo cual, nada más fácil que suponer una influencia sobre el español. Estas relaciones son difíciles de establecer y un estudio riguroso muestra más bien ejemplos de los contrario, como sucede con supuestos nuevos recursos cómicos empleados por Pitigrilli en su obra El farmacéutico a caballo y que aparecen dieciséis años después de que Jardiel Poncela los emplease con éxito en La tournée de Dios. Las influencias literarias sobre Jardiel son españolas. En sus primeros escritos se hallan muchos elementos con recursos del astracán, tomados de Enrique García Álvarez o de Vital Aza, a los que Jardiel ensalza como creadores de una comicidad maravillosamente disparatada. Pero el mismo Jardiel se analiza y reconoce con afirmaciones y conceptos quiénes son sus dos padres teóricos: José Ortega y Gasset y Ramón Gómez de la Serna. Del primero, cuyas obras hasta la fecha maneja hasta el desencuadernamiento y cuyos márgenes satura de anotaciones, recoge el sentido lúdico del arte nuevo al decir:

«Al principio del universo sólo hubo lo dramático, el crimen, los sentimientos; no los razonamientos, el bienestar, la risa. Muchos siglos han sido necesarios para que del pantano tenebroso de lo sentimental brotase la flor esplendorosa de lo cómico. » («Lo sentimental y lo cómico», en Obras completas, AHR, Barcelona, 1974, vol. II, pág.752.)

Coincide también con las otras definiciones de Ortega sobre la artificialidad del arte nuevo, el que la obra de arte no sea sino obra de arte, lo esencial de la ironía, su falta de trascendencia y, en general, los postulados que el pensador menciona en La deshumanización del arte e ideas sobre la novela.

De Ramón adopta la contemplación de la realidad que conduce al humorismo y se reconoce divulgador suyo, afirmando que lo que el público no entiende de Ramón, lo acepta cuando él se lo da masticado y digerido. Y de la mezcla del influjo de ambos surgen en Jardiel actitudes de ludismo y deshumanización que son, a fin de cuentas, características típicas de la vanguardia.

Jardiel Poncela se sabía un renovador, pero nunca quiso pertenecer a la vanguardia oficial. Nunca se proclamó literariamente junto con nadie ni se adhirió a ningún manifiesto artístico colectivo, sino que mantuvo siempre un individualismo estético. Pero se definiese o no como tal, lo cierto es que perteneció de pleno a la vanguardia artística surgida tras la Primera Guerra Mundial y ese avance sobre su tiempo es seguramente la clave que explica el impacto que aún hoy sigue produciendo su obra. Concretando, veremos que en él se dan las características con las que se suele definir a aquel vanguardismo.

1) Ruptura con el pasado
Jardiel Poncela tendió hacia nuevas formas y abogó por un cambio de orientación literaria. Intentó –y en gran medida consiguió– lo que él hubiera llamado la des-sainetización del humor, entendiéndose por tal término el apartarse de la comicidad trasnochada basada en los eternos tipismos. Procuró hacer un humor intelectualista y ridiculizó los gastados moldes de sus predecesores.


2) Subversión expresiva
Con estas mismas palabras se ha definido reiteradamente su obra, llena de innovaciones en el campo de las formas de expresión, con las que experimentó audazmente.

3) Relación de las artes
Jardiel nace con los inicios del cine y no duda en servirse de todo tipo de elementos gráficos y visuales en sus textos. De hecho, aparte de sus innovaciones en el terreno dramático, cambia radicalmente el estilo novelesco, insertando en él formas expresivas de otros géneros: es el primero en mezclar la novela con el dialoguismo teatral y con los estilos visuales tomados directamente del comic y del cine.

4) Internacionalismo
En todas sus obras hace gala nuestro autor de un cosmopolitismo extremo, quizá en su intento de liberar a las letras españolas de su excesiva carga de regionalismo y costumbrismo. Aunque sus tramas tienen España como punto de partida, igual podrían desarrollarse en cualquier otro país occidental. Sus héroes conocen el mundo, han viajado mucho, hablan idiomas y conocen costumbres foráneas; sus novelas se encuentran repletas de referencias a ciudades de otros países, de los que se mencionan con conocimiento de causa calles, hoteles, cafeterías, tiendas, diarios y ambientes en general.

5) Surrealismo
La literatura jardielesca apela a los estratos más desinhibidos de la personalidad: a los niveles del subconsciente, de los sueños, de los anhelos inexpresables.


La enumeración sería larga. Jardiel participa de igual forma de otros postulados del vanguardismo. A nivel personal el suyo se centra en tres objetivos primordiales que a lo largo de su carrera literaria consiguió cumplir: la búsqueda de originalidad, la dignificación del humor y la real innovación de procedimientos literarios concretos.

Uno de los caminos por los que Jardiel Poncela pretende llegar a la deseada originalidad es el de la intelectualización de la lectura, alejando al género de burdas concesiones a un público acostumbrado a mediocridades realistas fáciles de entender y asimilar. Afirma que no ha escrito, ni escribe, ni escribirá jamás para los necios; y si algún necio le lee, peor para él. Acorde con esto, rehusa lo manido y evita la trampa del humor fácil; emplea el absurdo como elemento de ruptura y se asegura de que exista siempre un mensaje oculto en cada párrafo, una denuncia a la hipocresía reinante, una invitación continua a la reflexión sobre el mundo en el que nos ha tocado vivir, elaborado siempre desde la perspectiva crítica del escepticismo. Paradójicamente, su originalidad no le aleja del gran público ni mucho menos le convierte en autor minoritario. Los niveles de comprensión de sus obras son múltiples y éste es el secreto de lo inmediato de su aceptación.

Y otro camino que elige hacia la innovación es el del neobarroquismo expresivo, mediante los dos recursos supremos de la acumulación y la exageración, en situaciones, personajes, ambientación y elementos. En las obras de Jardiel quizá puedan sobrarnos mil cosas, pero nunca falta nada. Su estética es rica y no teme distorsionar la realidad y llevarla mucho más allá de lo convencionalmente establecido. Por ello encontramos distorsión grotesca de la trama hasta situaciones rayanas en lo absurdo y descoyuntación psicológica de los personajes. En definitiva, rechazo total al realismo, a lo cotidiano y a lo vulgar, pues el arte, como asimila de Ortega y de su obra El espectador, sólo es aceptable si envía hacia nosotros bocanadas de ensueño y vahos de leyenda y no se limita a repetir lo que en su cabeza lleva el lector. Y como defensa de esta postura escribe Jardiel en su artículo «Lo vulgar y lo inverosímil»:

«Desear lo vulgar es perderse en la masa maloliente del rebaño. Desear lo inverosímil es acercarse a la divinidad. Lo inverosímil es el sueño. Lo vulgar es el ronquido. La humanidad ronca, pero el artista está en la obligación de hacerla soñar.» (O.C., vol. III, pág. 856.)

Y para su propósito de reivindicar y dignificar el humor Jardiel emprende toda una elaborada campaña. Su premisa es que lo trágico y lo cómico son los dos grandes géneros primigenios y que lo dramático es un híbrido posterior e inferior a ambos. Trata de dignificar la intelectualidad del humor, tanto a través de sus búsquedas expresivas en sus obras como mediante sus especulaciones teóricas, en las que deja patente su lucidez al respecto. Ataca a aquellos sectores de la crítica que menosprecian la literatura humorística cuando no está al servicio de otros fines más trascendentes y especifica en diversos escritos los puntos fundamentales de su visión del tema:

1. El humor no es un aspecto de la literatura, no es un rasgo estilístico, sino un género literario de pleno derecho que podría definirse como la sublimación de lo cómico, como su superación histórica.
2. Como tal género, no constituye un medio, sino un fin en sí mismo.
3. La creación y apreciación del humor no son fáciles, exigen una privilegiada capacidad intelectual y una muy depurada sensibilidad.
4. En el fondo de toda creación humorística debe subyacer un fondo inalterable de poesía y ensueño, que permita distorsionar la lógica de lo cotidiano.

Aforismos



Cuando haya llegado el momento en que una mujer os coja el sombrero para acariciarlo mientras os habla, be­sadla sin miedo: os ama. Todo lo que a las mujeres les interesa de la cabeza de un hombre es el sombrero.

Si tenéis miedo de no poder vivir sin el amor de una persona y queréis evitar tal peligro, casaos con esa persona.

Los seres que no saben lo que es la vergüenza son los únicos que están en condiciones de llegar a tener vergüenza alguna vez.

El hombre que se ríe de todo es que todo lo desprecia.

La mujer que se ríe de todo es que sabe que tiene la den­tadura bonita.

El salvajismo no sabe reírse.

El forzoso descanso de los domingos es abrumador; pero existe un medio de huir al aburrimiento de los domingos: no trabajar en toda la semana.

En las mujeres que tienen la boca bonita, los dos labios son superiores.

Si queréis suprimir la política, suprimid los cafés.

Una gran pasión se parece a un ama de casa aburrida en que todo lo cambia constantemente de su sitio.

Si se os cae un botón, si echáis de menos una sortija, si queréis contemplar las piernas de una mujer, tiraos al suelo; todo eso lo hallaréis debajo de la mesa.

La dulzura del amor es la única dulzura que no con­duce a la diabetes.

El ferrocarril significa un invento tan extraordinario, que después de sesenta años de verlos funcionar, todavía «chocan» los trenes.

El miedo al peligro hace arrostrar los mayores peligros.

El político tiene que ser vil: tratar a sus amigos como si hubieran sido sus enemigos y a sus enemigos como si hubieran de llegar a ser sus amigos.

Casi todos los males sociales radican en que se cons­truyen pocos pesebres.

Cuando el gran hombre finge con habilidad, se dice de él que es un cómico. Cuando un cómico finge con habilidad, se dice de él que es un gran hombre.

Los vagones, las cerezas, los amantes y los cuentos idio­tas se enganchan unos a otros y el primero tira de los demás.

Malo es querer beber agua y no tener gota; pero peor es tener gota y no poder levantarse a beber agua.

El hombre es el animal que más se parece al hombre.

Una mujer de ojos bonitos nunca jugará a la «gallina ciega».

A los cuarenta años las mujeres aman con la precipitación del que toma el último tranvía.

Las más de las veces, cuando el hombre ama a una mujer, es porque no tiene otra a quien amar.

Entre el hombre y una mula hay una sola distinción: la de la mula.

La mujer es la ocupación del ocioso, el descanso del que trabaja, la inspiración del artista y la ruina del hombre de negocios.

Las mujeres y las espadas adquieren toda su importancia cuando están desnudas.

A las mujeres feas de cuerpos bonitos se las debe mirar únicamente como los clisés fotográficos: al trasluz.

La mujer y el libro que han de influir en una vida llegan siempre a las manos sin buscarlos.

Ser guapas es el defecto que más suele disculpárseles a las mujeres.

Quien hace feliz a una mujer es su esclavo; quien la hace desgraciada es su dueño.

La belleza de la mujer fracasa en el codo.

Una cuidadosa vigilancia de los padres sobre los hijos sirve para que sepan lo que los hijos hacen... después de que lo han hecho.

La felicidad suele darse, pero no recibirse.

De lejos todo parece más pequeño, a excepción del ser inteligente, que de lejos parece mayor.

Hay dos sistemas de lograr la felicidad: uno, hacerse el idiota; otro, serlo.

La mujer apasionada es con frecuencia confortable; la mujer coqueta es siempre incómoda.

Sólo los hombres sin experiencia prefieren la coqueta a la apasionada.

Cuando los inteligentes dan traspiés en la vida, ello obedece a que han supuesto en los demás su misma cantidad de inteligencia.

Quizá toda actividad obedece a un desarrollo nervioso.

La máxima actividad no es la de las manos, sino la del cerebro.

En la mujer apasionada, el amor es interno; en la coqueta, es mediopensionista.

Sin un método estricto, la actividad es un ajetreo inútil.

El pudor es una hemorragia interna.

Toda crueldad nace del miedo.

La apasionada es mujer; la coqueta es espectáculo.

El ser débil es el más cruel.

Para seducir basta con la seguridad de que se va a seducir.

Para seducir a una mujer lo más acertado es huir de ella.

A toda mujer la seduce que la seduzcan.

Humorismo es reasociar elementos previamente disociados.

Para conservar la admiración, muchos tienen que recordar que hubo un día en que admiraron.

Si se ha de ser admirado hay que permanecer inaccesible.

La muerte hace subir cien mil metros las admiraciones.

En toda admiración hay un resentimiento callado.

El ideal es siempre un horizonte.

Toda ilusión constituye un error poetizado.

El que no posee querría que nadie poseyese.

La propiedad tiene una tristeza: el miedo a perderla.

El ateo cree que él mismo es Dios.

La Filosofía es la Física recreativa del alma.

El fútbol es el bacilo de la guerra civil.

Cada ser tiene todo el tiempo que existe.

El que no hace alguna cosa por falta de tiempo es porque jamás tendría tiempo suficiente para hacerla.

La juventud pesa más que la vejez porque ésta está vacía de deseos, y la otra, rebosante de ansias.

Cuando el trabajo no constituye una diversión, hay que trabajar lo indecible para divertirse.

Es deber todo lo que exige el momento que se vive, y existen tantos deberes como momentos tiene la vida.

Los deberes ajenos se nos aparecen siempre clarísimos.

La misantropía es una forma del egoísmo.

La santidad es la utopía personificada.

Sólo puede haber santidad en quien no se cree santo.

El que habla de lo indecible hace paradojas.

El destino es siempre cruel e implacable con quienes proceden obedeciendo a un criterio extraño.

La energía del débil es siempre una injusticia.

En Arte, en Política y en Amor hay que obrar bien sin esperanza.

La leyenda es la hija de la Historia.

El mundo está regido por los imponderables.

El mundo es un presidio esférico.

Cada cien años hay que rehacer el mundo.

En muchos casos el orgullo suple a la convicción.

Todo intento de progreso social conduce al abismo, única salvación la da el pasado.

Si al pueblo se le da la razón, la pierde.

Al abogado deben decírsele las cosas bien claras para que él pueda embrollarlas con su intervención.

Los científicos puros están siempre de acuerdo; los líticos no lo están casi nunca.

La ciencia es el sentido común organizado.

La abogacía es la profesión de los ricos tontos y de los pobres listos.

El escritor, al escribir, enseña, y al descansar, aprende.

Lo que se lee sin esfuerzo ninguno, se ha escrito siempre con un gran esfuerzo.

En regir un Ejército hay siempre una brillante alegría; en gobernar un pueblo hay siempre una fatiga terrible.

Cuando se le embota la imaginación, el escritor recurre a la Historia.

El hombre suele quedarse soltero por estar enamorado de un ideal.

Quien confiesa tener celos se halla dispuesto a perdonar.

Media humanidad se esfuerza por hacer leyes justas, y la otra media se esfuerza por no cumplirlas.

Los celos son el delirio del instinto de la propiedad.

El despotismo de las leyes evita la arbitrariedad de los hombres.

Para ser agradable a una persona basta con elogiarle aquello para lo que no sirve.

Obtenida la victoria, ya nace un riesgo: perderla.

Sobre todo, no cejar nunca: es el principio base de la acción.

La acción exige un setenta por ciento de inconsciencia.

La mujer empieza a pregonar los escándalos ajenos cuando ya no tiene edad para producir escándalos propios.

Muchas veces se habla bien de las gentes: y es simple calumnia.

Si tienes razón o eres fuerte, verás siempre regateados tus méritos.

El que no vale para actuar se resigna y cree que así actúa.

El que espera siempre ver completamente claro, no obra jamás.

Lo que le da solidez a una ley es la excepción al aplicarla.

El recuerdo rehace los hechos cada seis u ocho años.

El desenlace absoluto no existe.

No hay vanidad más grande que la del filósofo.

Nadie es glorioso hasta que no empiezan a decir de él que es glorioso los que son incapaces de determinar qué sea glorioso.

Un ser de tres años es un niño, un niño de treinta años es un loco.

El niño es personalista, como los poetas; el loco es individualista, como los anarquistas.

En el interior del ser humano, romanticismo y realismo deben hallarse en partes iguales y al fiel; cuando la balanza cae de un lado o de otro, es que algo se ha podrido en aquella alma.

El cristianismo es romanticismo puro; el islamismo es realismo en esencia.

Unos aspiran los perfumes de las flores; otros las miran al microscopio.

Todo el mundo percibe en el acto el perfume que usa una mujer, menos su marido.

En nombre de otro, todos los humanos están dispuestos a sacrificarse.

Locos y niños viven desprendidos de la realidad.

El juego y la locura son realidad deformada.

La razón exasperada es ya locura.

Si la locura doliese, en todas las casas se oiría algún grito de dolor.

Ni el niño ni el loco conciben la muerte.

El animal sufre, luego tiene razón.

Educar a los ricos es inútil, y educar a los pobres, peligrosísimo.

Adán era de color negro: Eva era de color blanco; la unión de ambos ha producido una humanidad gris.

Desconfíese de la bondad de aquellas personas que aman la música; siempre tienen algo de fieras.

El éxito adormece; el fracaso excita.

Al que no tiene éxito, todo éxito le parece injusto.

La perfección, al personalizarse, se hace odiosa a todo el mundo; por ello debe reducirse a un símbolo, y sólo así resulta tolerable: en cuanto a su eficacia, como ejemplo, es nula.

Para tener éxito en la vida hay que considerar, ante todo, el egoísmo de los demás.

La tiranía de la Naturaleza supera a la de los déspotas más famosos del mundo.

La poesía es, ante todo, incoherencia.

La poesía es un pecado de juventud; un poeta viejo un monstruo.

El poeta es siempre un ser de alma antipoética.

El que consigue la libertad, casi nunca sabe qué hacer con ella.

La mayor tiranía es la debilidad o la barbarie apoyadas en la fuerza.

Todo arte es una mentira hermosa.

El oxígeno que se respira en la Patria es distinto a todos los demás.

La música es admirable para hablar de otras cosas